UN VIEJO SUEÑO HECHO REALIDAD: PUBLICACIÓN DE MI LIBRO

Portada de mi libro "MIS RECUERDOS FERROVIARIOS", que acaba de ver la luz como libro electrónico.

Portada de mi obra “MIS RECUERDOS FERROVIARIOS”, que acaba de ver la luz como libro electrónico.

          Como bien dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena. Tras dormir el sueño de los justos durante unos cuantos años, finalmente me he decidido a dar el paso y publicar (en formato electrónico, como e-book) un manuscrito que tenía más o menos preparado desde hacía tiempo.

          Se trata de un conjunto de vivencias que giran en torno al ferrocarril que yo conocí durante mis años de infancia y adolescencia, y un relato de cómo fue creciendo y desarrollándose en mi interior una mezcla de admiración, pasión y amor hacia este medio de transporte, en casi todas sus facetas. No se trata de un libro técnico, sino de un relato emocionado y nostálgico de mis primeras experiencias, aunque también abundan las descripciones detalladas de ciertos trenes, líneas y estaciones, con anotaciones y referencias históricas y, lo que puede resultar especialmente atractivo para el lector, una destacable colección de fotografías hechas en su mayoría por mí mismo.

          Este pequeño libro no sólo va dirigido al puro aficionado al ferrocarril, más concretamente al ferrocarril español de la década de los sesenta, sino a cualquier otra persona interesada en los trenes y en el momento histórico referido, una época de cambio y transformación a todos los niveles, en la que se percibía ya como lejana la tragedia nacional de la Guerra Civil española y la sociedad de nuestro país, pese a seguir gobernada por la dictadura del general Franco, iba modernizándose y adaptándose a los nuevos tiempos (al menos en el plano económico), sobre todo a partir de principios de la década mencionada.

          El índice del libro es el siguiente:

  • Una breve introducción del autor
  • La vía ancha española en general – 1
  • La vía ancha española en general – 2
  • El Ferrocarril del Tajuña
  • El Ferrocarril de Madrid a Almorox
  • Ficciones en torno a la vía estrecha madrileña
  • Panorama ferroviario español a principios de la década de los 70
  • Epílogo

          Como cualquier autor, sólo espero que los posibles y futuros lectores disfruten del libro, de sus textos y de sus imágenes, presididos todos ellos por un cariño innegable hacia el mundo de los trenes.

P.D.: El e-book está disponible en la plataforma Kindle Direct Publishing

A PROPÓSITO DE DONALD TRUMP

Republican presidential candidate Donald Trump speaks to supporters as he takes the stage for a campaign event in Dallas, Monday, Sept. 14, 2015. (AP Photo/LM Otero)

          En esta semana que ahora concluye, el mundo entero se ha visto sacudido por la sorprendente elección del candidato republicano Donald Trump como próximo presidente de los Estados Unidos de América. La inmensa mayoría de la gente, tanto aquí en España como en el resto del planeta, se ha quedado boquiabierta, cuando no directamente escandalizada, ante el hecho de que un personaje tan atípico y controvertido como Trump tenga ya abiertas las puertas de la Casa Blanca y esté a punto de dirigir los destinos de la nación más poderosa del planeta. Sus posicionamientos radicales y rupturistas, sus declaraciones a menudo grotescas, sus comentarios sexistas y machistas, sus ataques verbales a todos los rivales (señora Clinton incluída), nos hacen temer cualquier cosa durante los próximos años que dure su mandato. De momento, la incertidumbre es lo único seguro que tenemos al respecto, si se me permite esta figura literaria (¿un oxímoron?).

          No obstante, hay algo que sí sabemos acerca de los motivos de tan singular elección por parte del electorado norteamericano. Según parece, el señor Trump ha conectado con una gran masa de gente, mayoritariamente personas blancas de la América interior y profunda, descontentas y preocupadas con fenómenos como la globalización, la invasión de productos extranjeros (muchos procedentes de China), un cierto estancamiento económico (muy relativo en el caso de los EE.UU.), y el flujo masivo y constante de inmigrantes procedentes de la América de habla hispana. Está claro que mucha gente ve todo ello como una amenaza a sus esencias, identidad y forma de vida. Ese descontento y esa desconfianza crecientes por parte de gran cantidad de ciudadanos, unidos a otros factores, entre los que yo destacaría cierto grado de desconocimiento del mundo exterior y un recelo innato hacia cuanto signifique progreso cultural y social, han despertado el entusiasmo de mucha gente, que ven a Donald Trump como “alguien de los suyos”, una persona que les habla en su mismo lenguaje.

          Pero no quisiera referirme por el momento más al presidente electo USA ni a los norteamericanos, sino a lo que sucede aquí, en Europa y en España. Ya que hemos hablado de descontento y desapego, estoy convencido de que a este lado del Atlántico tenemos muchos más motivos de peso para estar inquietos y enfadados con la situación económica, laboral y social. En efecto, los ciudadanos europeos, y muy especialmente los españoles (por no hablar de los griegos, portugueses, etc.), estamos padeciendo graves y profundos problemas que la política “convencional” se muestra incapaz de afrontar y responder de modo satisfactorio. Echemos un rápido vistazo:

  • Hace ya más de 8 años tuvo lugar una crisis de ámbito global, provocada por los excesos del sector financiero. Dicha crisis se agravó en España al coincidir con el estallido de la burbuja inmobiliaria y el derrumbe del sector de la construcción. Sin embargo, después de todo este tiempo, lo único claro al respecto es que estamos siendo las clases medias y trabajadoras las que seguimos pagando en exclusiva las consecuencias de aquel desastre. Y parece que lo vamos a seguir haciendo durante un tiempo indeterminado, quizás ya de forma permanente. Las élites económicas y financieras han salido reforzadas, pero en cambio nuestros salarios han bajado de manera dramática, y las prestaciones de tipo social y asistencial a las que teníamos todo el derecho del mundo han quedado seriamente dañadas y mermadas. El empleo se ha vuelto más y más precario, y el futuro de nuestros jóvenes se ha tornado muy sombrío.
  • La gran crisis ha venido a unirse a otros fenómenos, como la globalización, la deslocalización, el creciente e imparable automatismo de los procesos productivos, la robotización, etc., que amenazan y destruyen empleo aquí y en muchos países de nuestro entorno. El trabajo humano y su remuneración está en franca recesión.
  • Por su parte. la población de ciertos países menos desarrollados (Oriente próximo y Africa) crece de forma incontrolada y huye hacia nuestras fronteras del sur y del este europeos. Y este fenómeno muy posiblemente seguirá creciendo en el futuro inmediato hasta hacerse insoportable, porque no se trata sólo de las guerras y conflictos que sufre ahora parte del mundo árabe (en particular Siria e Irak), sino que ciertas regiones del África subsahariana padecen una vigorosa explosión demográfica (el caso de Nigeria es extremo), junto con una enorme pobreza, inseguridad y ausencia de estados firmes y democráticos.

          ¿Y qué respuestas nos ofrecen nuestros gobiernos? Nada. Ninguna. Sólo la de seguir ahogándonos en vida invocando la necesidad ineludible de controlar el déficit público, lo que no evita por cierto que la deuda externa (como es el caso de la española) siga creciendo hasta alcanzar unas dimensiones que la convierten en virtualmente impagable.

          En definitiva, y ya termino, seguramente tenga yo muchas razones para temer a Donald Trump, pero la verdad es que me dan más miedo personajes mucho más cercanos como la canciller alemana Angela Merkel, su hiper-rígido ministro de finanzas Wolfgang Schäuble, el presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker, el comisario de Asuntos Económicos Pierre Moscovici, así como todos sus obedientes y fieles “peones” que componen el actual gobierno conservador de España. No podemos olvidar que a un país hermano como Grecia la han hundido en la miseria y la desesperanza entre todos ellos.  Y nosotros no estamos mucho mejor. No somos Alemania, ni Dinamarca, ni Suiza, ni Noruega, ni Suecia, ni Holanda.

          Que cada cual saque sus propias conclusiones.

ESPAÑOLES: ¿ORGULLOSOS O AVERGONZADOS DE SERLO?

Tribuna de personalidades asistentes al desfile militar en Madrid el día 12 de octubre de 2016.

Tribuna de personalidades asistentes al desfile militar en Madrid el día 12 de octubre de 2016.

          Hace apenas un mes, el pasado 12 de octubre,  celebrábamos en España la Fiesta Nacional o Día de la Hispanidad. Con motivo de ella se manifestaron en los medios y redes sociales de nuestro país numerosas opiniones, a menudo fuertemente dispares y encontradas. Frente a las voces que, siguiendo una inercia que proviene de muchas décadas atrás, no dudan en reiterar su particular idea del patriotismo y su orgullo inquebrantable por defender supuestos valores tradicionales de la nación española, surgen con fuerza otras opiniones bien distintas, que ponen en tela de juicio todo ese conjunto de valores y se muestran incómodas ante la reiterada exhibición de la bandera nacional, los desfiles militares, los actos oficiales, y la propia celebración. Si bien en esta dicotomía de pensamientos se ha introducido ahora como nuevo factor de discusión la muy diferente valoración que se hace del papel histórico de España en América (conquista, invasión, destrucción de antiguas civilizaciones, evangelización forzosa, expolio de riquezas, imposición de nuevas leyes y costumbres), en el fondo tenemos que reconocer que el concepto central de patriotismo español se entiende de muy distinta manera según la ideología y la forma de pensar de cada uno.

          El 05.05.2011 yo mismo publicaba en este blog un artículo, LOS LASTRES DE LA DERECHA POLÍTICA ESPAÑOLA, en el que apuntaba algunas de las causas que explican que el sentimiento de los españoles ante la idea de Patria sea tan diferente e incluso antagónica entre nosotros mismos. Principalmente, señalaba en aquel post (que sigue a disposición de cualquiera) que la derecha política de nuestra nación se ha apropiado, de una manera muy descarada, por cierto, de los símbolos del Estado, la bandera, el himno y la propia idea de España. Y esto no es más que una continuación prácticamente ininterrumpida de la forma de pensar impuesta por las élites -y seguida por la mayoría del sumiso y apolítico pueblo llano- que veíamos durante el franquismo. En este sentido, poco o nada ha cambiado con el advenimiento de la democracia. Precisamente, el pasado sábado escuchaba a mi admirado Gran Wyoming, en una entrevista televisada en la Sexta Noche, afirmar que en realidad la Transición política española llevada acabo entre 1976 y 1978 sirvió al régimen anterior (nacido con el golpe de Estado del 18.07.1936) para adaptarse sin apenas costes ni traumas a la nueva legalidad democrática. Es así como el principal partido político de España en estos momentos, el Partido Popular, no es más que un heredero directo del estado franquista. No creo que nadie pueda discutir en serio estos postulados, aunque no guste reconocerlos a casi nadie.

          Nos encontramos, pues, ante una idea de España, de nuestra Patria y los símbolos que la representan de forma oficial, que no agrada a una parte muy significativa de los ciudadanos españoles, entre los que desde luego me incluyo. No deja de ser curioso que no hayamos sido capaces de dar una letra satisfactoria a nuestro himno. Y es que dicha idea no suscita el entusiasmo de quienes se sienten realmente de izquierdas, por su sentido crítico de la Historia, por su valoración de la coyuntura económica (en especial del desigual reparto de la riqueza) y por la constatación de la maltrecha justicia social. Y al mismo tiempo fomenta el rechazo de gran parte de quienes viven en comunidades “históricas” como Cataluña y Euskadi, que tienen otra sensibilidad y rechazan frontalmente el nacionalismo español tradicional, centralista, desfasado y encerrado en sí mismo, del que hacen gala muchos conservadores españoles que se identifican sin fisuras con el Partido Popular. Por cierto, son estos mismos españoles los que no dudan en envolverse en la bandera rojigualda cuando salen a la calle a defender sus particulares ideas, FRENTE a todos los demás, a los que parecen considerar “malos españoles” y/o enemigos de la Patria. La apropiación excluyente del concepto de patria y de sus símbolos por una parte de la sociedad constituye un grave problema, a mi modo de ver. En primer lugar, porque dificulta extraordinariamente la identificación de muchos ciudadanos con un concepto de patria satisfactorio y por el que realmente merezca la pena luchar y trabajar. Y en segundo lugar, a consecuencia directa de lo anterior, porque tal actitud frentista no hace más que exacerbar el antagonismo y la sensación de desarraigo por parte de muchos ciudadanos de otros territorios peninsulares,  que optan por su propio nacionalismo porque piensan que se sentirían más cómodos en un hipotético Estado independiente, alejados de los manejos y la influencia de esa oligarquía particular que viene gobernando España  desde muchas décadas atrás, con democracia o sin ella.

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          De España no me atraen particularmente sus gestas militares (por cierto, muy alejadas ya en el tiempo), ni aquel Imperio “donde no se ponía el Sol”, ni su férrea defensa del catolicismo, representada por la Inquisición y la secular intolerancia por parte de las autoridades eclesiásticas a todo cuanto significase ideas nuevas, modernidad, refinamiento y adelantos científicos.

          Ni que decir tiene que me disgusta sobremanera la sucesión de pronunciamientos y asonadas militares que se reprodujeron a lo largo del siglo XIX y continuaron en el XX, que culminaron en la gran tragedia nacional que supuso la Guerra Civil Española. De alguna manera siniestra, los fracasos del ejército español en el exterior parecen haber discurrido en paralelo a una perversa utilización de las fuerzas armadas para reprimir y castigar duramente al pueblo, a la sociedad civil, cuando ésta tenía la osadía de protestar contra las injusticias y su precaria situación. Frasecitas históricas de carácter pseudo-patriótico como “más vale honra sin barcos que barcos sin honra” o esa otra de “por el Imperio hacia Dios” me parecen absolutamente lamentables.

          El mismo rechazo me merecen la corrupción, el clientelismo, el caciquismo, la picaresca, la cultura del pelotazo, así como los privilegios eclesiásticos y de la aristocracia. Es intolerable que la educación de nuestros niños y jóvenes haya recaído durante tanto tiempo en la Iglesia Católica,en especial durante el franquismo, y que aún pervive (no lo olvidemos) mediante la Educación Concertada, financiada como bien se sabe con dinero público. He de decir asimismo que me repugnan las corridas de toros, así como cualquier otra manifestación popular o festiva que implique maltrato animal.

          En definitiva, es fácil constatar que aún hoy día subsisten muchas lacras y rasgos distintivos provenientes de lo que podríamos considerar como “viejo régimen”, que por cierto se remonta mucho más atrás en el tiempo que el nefasto golpe de Estado perpetrado por el general Franco.

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          Es imprescindible y urgente redefinir el concepto de Patria y fundamentarlo más en un proyecto de futuro que en supuestas viejas glorias del pasado . No puede ser ciertamente un ente abstracto, “sagrado” e intocable, basado en antiguas y discutibles hazañas llevadas a cabo por nuestros antepasados, iluminados -al parecer- por una misión u objetivo trascendente. No, la Patria somos nosotros mismos, las personas que vivimos y trabajamos en este pedazo de tierra, con nuestros anhelos, aspiraciones, necesidades y fatigas diarias. Es la sociedad que formamos todos, naturalmente con las instituciones democráticas que nos hemos dado, que tienen el deber ineludible de garantizarnos seguridad, protección, asistencia y un futuro digno para nuestros hijos. Es el Estado, que ha de estar al servicio de la sociedad civil, y no al revés. Y, naturalmente, es nuestro entorno humano y natural, nuestros pueblos y ciudades, nuestros campos y espacios naturales, que constituyen nuestro patrimonio común (junto con lo cultural y artístico) y que hemos de amar, cuidar y respetar, tanto para nosotros como para las futuras generaciones. Por último, nunca olvidemos que nuestra Patria se inserta en un mundo exterior, dinámico y en continua evolución, formado por multitud de pueblos y naciones, con los que hemos ineludiblemente de interactuar de modo pacífico y constructivo, para beneficio de toda la Humanidad.

          He mencionado muchas cosas que me desagradan de lo que algunos aún consideran inherente al viejo concepto de patria. Es justo nombrar a unas cuantas personalidades de nuestro pasado reciente y nuestro presente a las que considero  ejemplares y que me reconcilian con la comunidad que formamos los españoles. Como sería demasiado prolijo hacer una relación exhaustiva, me tomaré la libertad de mencionar tan sólo una pequeña muestra:

  • Científicos ilustres como Santiago Ramón y Cajal o Severo Ochoa de Albornoz.
  • Médicos prestigiosos como Ignacio y Joaquim Barraquer (padre e hijo) o Valentín Fuster Carulla.
  • Inventores como Isaac Peral, Juan de la Cierva y Codorníu, o Alejandro Goicoechea.
  • Emprendedores y urbanistas como José de Salamanca y Mayol, Ildefons Cerdá i Sunyer, o Arturo Soria y Mata.
  • Pintores como el genial Francisco de Goya y Lucientes (precursor del impresionismo), Mariano Fortuny, Joaquín Sorolla, Ignacio Zuloaga, Julio Romero de Torres, o Antonio López García (actual).
  • Escritores de talento (la lista aquí podría ser interminable), como Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Antonio Machado, Angel Ganivet, Miguel Delibes, Camilo José Cela, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Laforet, Gloria Fuertes, Jose Luis Sampedro, etc.
  • Políticos de la talla de Pablo Iglesias Posse (fundador del PSOE y de UGT), Francisco Giner de los Ríos (creador de la Institución Libre de Enseñanza), Julián Besteiro, Manuel Azaña, o Adolfo Suárez.
  • Mujeres valientes y de gran talla intelectual como Victoria Kent, Clara Campoamor, María Zambrano, o Federica Montseny, luchadoras y defensoras de los derechos de la mujer en tiempos muy difíciles.
  • Buenos y leales militares, defensores hasta el final de la legalidad republicana, como los generales Vicente Rojo y José Miaja.
  • Personas extraordinarias en sus respectivos campos, como el ex-jesuita Vicente Ferrer Moncho (modelo de entrega absoluta a los más necesitados), el inolvidable naturalista Féliz Rodríguez de la Fuente (quien obró el milagro de hacernos mirar a la Naturaleza con otros ojos), intérpretes como Narciso Yepes, Joan Manuel Serrat y Paco de Lucía, grandes actores y actrices como Jose Luis López Vázquez, Fernando Fernán Gómez, Concha Velasco o Amparo Baró, magníficos deportistas como Rafa Nadal, Mireia Belmonte, Fernando Alonso, Andrés Iniesta, Pau Gasol, Gemma Mengual, etc., etc.

Aprendamos de los mejores. Ellos han de ser la esencia y la inspiración de nuestro proyecto en común.

 

 

“MEMORIAS DE ÁFRICA”: EL MÁGICO VUELO DE KAREN Y DENYS

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          En 1985 el gran cine nos obsequió a los espectadores de todo el mundo con una obra excepcional, “Memorias de África” (“Out of Africa” según su título original), basada en el libro autobiográfico del mismo nombre de la escritora danesa Isak Dinesen, publicado en 1937. Isak Dinesen, que en realidad era el pseudónimo literario, puesto que su verdadero nombre era el de Karen Blixen, cuenta en el libro su propia experiencia vital en Kenia, Africa Oriental Británica, entre los años 1913 y 1931. Casada con su primo segundo el barón Bror von Blixen, abandonó su Dinamarca natal y se estableció junto a su marido en las proximidades de Nairobi, donde ambos se empeñaron en sacar adelante una plantación de café. Su vida pronto se vio llena de dificultades, tanto económicas como afectivas, pues enseguida se hizo evidente el desapego que su esposo, inquieto y mujeriego, sentía por ella, lo que condujo a su separación. Sin embargo, Karen desarrolló una fuerte personalidad, tomó las riendas de su plantación, hizo frente como pudo a las adversidades y acabó enamorándose profundamente en una doble dimensión: por un lado, del apuesto cazador inglés Denys Finch Hatton, con quien vivió un intenso romance, … y, por otro lado, de África misma, de su paisaje, su atmósfera, sus bellezas naturales y las gentes primitivas que en ella moraban.

          La película dirigida por Sydney Pollack, una adaptación de la novela anterior, como decíamos antes, tuvo merecidamente un rotundo éxito tanto de público como de crítica. Contó para sus personajes principales con una Meryl Streep en estado de gracia, metida a la perfección en el papel de Karen Blixen, y un Robert Redford en el cenit de su espléndida madurez, encarnando al aventurero Denys Finch Hatton. La dirección de actores, la fotografía, la puesta en escena, los paisajes naturales escogidos, la recreación de aquel periodo histórico colonial (marcado al principio por el estallido de la Primera Guerra Mundial), y por supuesto la maravillosa e inolvidable banda sonora del compositor John Barry, todo ello contribuyó a convertir este producto cinematográfico en una obra memorable. No en vano fue galardonada con 7 Oscar de la Academia de Hollywood, además de muchos otros premios (BAFTA, Globos de Oro, etc.).

          A mí me gustaría centrar la atención del lector sobre la que considero, si se me permite, una de las escenas más hermosas de la historia del cine. Lo único que yo reprocharía a la misma es que resulta demasiado breve, de apenas unos tres minutos de duración (¡cómo me hubiera gustado que se prolongase por mucho más tiempo!), pero es de una belleza casi absoluta y transmite una emoción intensísima al espectador. Me refiero. naturalmente al vuelo, con que Denys (Robert Redford) obsequia a su amante Karen (Meryl Streep) a bordo del frágil biplano amarillo que el primero acaba de adquirir en Mombasa (recojo más abajo, al final de estas líneas, una dirección de Youtube, que he escogido por su buena calidad, para que el propio lector se deleite con la escena). Tras aterrizar por sorpresa en un terreno próximo a la casa de Karen, Denys invita a nuestra protagonista a subir a bordo del aeroplano. Ella, pese a los naturales recelos que pudiera sentir en ese preciso instante (al fin y al cabo su compañero había aprendido a volar ¡apenas un día antes!), toma asiento delante del puesto de pilotaje y se coloca las gafas de aviador. Pronto emprenden el vuelo … y comienza la magia. Bajo la asombrada mirada de Karen va apareciendo el interior del África más salvaje y espectacular, mientras la bellísima pieza musical de John Barry (“Flying over Africa”) suena de fondo. Vemos corrientes fluviales, cascadas, sabanas interminables, montañas majestuosas, cráteres, grandes lagos, manadas de herbívoros en plena libertad, gigantescas bandadas de flamencos alzando el vuelo al paso del pequeño De Havilland, … La profunda emoción que siente Karen, que el espectador capta íntegramente y también hace suya, la lleva finalmente a extender su mano hacia atrás, hacia la de Denys, en un gesto de pleno y sincero agradecimiento.

          ¡Gracias a Karen Blixen, a su libro, y la espléndida película de Sydney Pollack, por regalarnos este retazo de pura belleza!

Para ver la escena, véase el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=XUXs8dGxWyo

 

NUESTROS MONTES ARDEN, PERO … ¿LE IMPORTA A ALGUIEN?

Escena de uno de los muchos incendios forestales ocurridos este verano en Galicia, muy cerca de Santiago de Compostela. En primer término, técnicos de extinción de la U.M.E. (Unidad Militar de Emergencias)

Escena de uno de los muchos incendios forestales ocurridos este verano en Galicia, muy cerca de Santiago de Compostela. En primer término, agentes de extinción de la U.M.E. (Unidad Militar de Emergencias)

Pocas cosas son tan tristes y desoladoras como contemplar un bosque siendo devorado por las llamas.

          Durante este verano de 2016, que ya toca a su fin, los españoles hemos asistido impotentes a una realidad que por desgracia parece haberse hecho habitual en temporada estival: los incendios forestales que se producen a lo largo y ancho de todo el territorio. Al día 15 de agosto, y según los datos que he podido consultar, elaborados por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, habían ardido ya 33.370 hectáreas, una cifra ya bastante preocupante en sí misma. Pero es que a lo largo de la segunda quincena de agosto y en lo que llevamos de septiembre han surgido bastantes más incendios, algunos de ellos muy graves, como el que ha arrasado el entorno de Jávea (Alicante), de gran valor paisajístico. Galicia (de algún modo siguiendo la tónica del vecino y castigado Portugal), el interior montañoso de Valencia, Navarra, la isla canaria de La Palma, y otras regiones de España, han visto cómo el fuego destruía extensas zonas de bosque, monte bajo y matorral, sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.

          Y no digo esto último para infravalorar en modo alguno la extraordinaria y encomiable labor desarrollada por los equipos de extinción de incendios, que como siempre han puesto todo su empeño y arriesgado sus propias vidas en el control de los fuegos, muy a menudo auxiliados por los propios vecinos de las zonas afectadas. Pero, lamentablemente, cuando un incendio se declara, la mayoría de las veces ya es tarde para impedir que alcance grandes proporciones, máxime cuando aquél es intencionado. Se sabe perfectamente que la mayoría de los fuegos rurales y forestales se provocan adrede, a menudo desde varios puntos de ignición simultáneos, debido a la acción criminal de sus desalmados autores materiales.

          Estamos sin duda ante un hecho trágico y lamentabilísimo, que no parecemos capaces de evitar, verano tras verano y año tras año. Se ha convertido en una rutina siniestra que se abate de modo recurrente sobre nuestro patrimonio natural y lo destruye. Quizá muchos no se percaten de ello, pero con los incendios también muere una parte de nosotros mismos, ya que de alguna manera somos hijos del paisaje que nos rodea, de la tierra, así como de la flora y fauna que vive y se desarrolla en su superficie. Y además nuestro vínculo con el paisaje no es solamente físico, de mero sustento (con ser ello básico y primordial), sino también espiritual. Sobre este último punto podrían darnos grandes lecciones multitud de intelectuales, escritores, filósofos y artistas, tanto del presente como del pasado, españoles y foráneos.

          ¿Sólo cabe lamentarnos y llorar? Yo creo que no. Nuestro deber como ciudadanos responsables, conscientes de lo que ocurre y sensibles hacia nuestro entorno natural, es exigir en la medida de nuestras posibilidades a las instituciones y a los políticos que tomen iniciativas de valor para combatir esta pesadilla. Para empezar, un delito ecológico tan grave y destructivo como el provocar un incendio forestal debería tipificarse con la máxima gravedad en nuestro ordenamiento jurídico y penal, equiparándolo al asesinato. Si, digo bien: ASESINATO. Y no creo que incurra en ninguna aberración al sostener tal idea. Quien destruye intencionadamente un bosque lo hace ahora, en un preciso momento, pero sus efectos se prolongan por un plazo de 20, 30 o 40 años. No sólo extermina especies vegetales y de fauna silvestre, ya muchas veces amenazada por otros motivos (caza, presión demográfica, turismo irresponsable), sino que priva a generaciones futuras de espacios de gran valor ecológico, de esparcimiento y de conocimiento de la Naturaleza. Y, por descontado, no puede olvidarse que un incendio forestal se cobra con frecuencia vidas humanas, como todos sabemos. Y también perecen muchas cabezas de ganado y animales domésticos, propiedad de habitantes del lugar. Los efectos destructivos son terribles y, como hemos visto, se prolongan en el tiempo.

          Por otra parte, la labor preventiva adquiere en este problema una importancia capital, y es aquí donde deberíamos exigir a las autoridades una implicación y un esfuerzo mucho mayores que los que se vienen realizando hasta ahora. Hay que invertir más recursos en educación, concienciación ciudadana, limpieza de los montes, utilización responsable de sus recursos forestales, y vigilancia (estamos en la época de los drones, cuya utilidad podría ser decisiva en este terreno). Al igual que en medicina, resulta infinitamente mucho mejor prevenir que curar. Hasta el momento, yo sólo observo en los políticos una pasmosa indiferencia ante la desgracia recurrente de los incendios forestales. Parece como si el asunto no les concerniera, y si es así me parece de una flagrante irresponsabilidad. Es preciso presionar a nuestros representantes políticos para que cambien su punto de vista y se pongan a trabajar con la mayor urgencia sobre el problema señalado. Y, por favor, que no se escuden en que los fuegos son competencia exclusiva de las comunidades autónomas o de los ayuntamientos. No, señoras y señores, este problema nos afecta a todos (incluyendo a nuestro hijos y nietos) y exige la acción conjunta y eficaz de todas las administraciones públicas.

¡AY, MARIANO, QUE NADIE QUIERE BAILAR CONTIGO!

Rajoy autoritario

          Con la vista puesta en la fallida legislatura pasada y con el pánico a unas nuevas elecciones (¡serían las terceras en menos de un año!), casi todos los medios coinciden en señalar el preocupante bloqueo institucional y las malas perspectivas que nuevamente percibimos los españoles en lo referente a la formación de un nuevo Gobierno. Y es que pocas cosas han cambiado con respecto a la situación creada tras las elecciones del 20 de diciembre pasado. Los nuevos comicios del 26 de junio nos han dejado un panorama bastante parecido. El Partido Popular ha subido en votos y escaños, y en honor a la verdad ha sido la única fuerza política en mejorar los resultados precedentes, llegando a rozar casi los 8 millones de votos, pero no deja de ser cierto también que, al mismo tiempo, más de 16 millones de españoles han expresado claramente su rechazo a este partido y a su presidente por medio de su voto. Por supuesto, no es menos cierto que estos 16 millones de ciudadanos se han repartido al menos entre 8 partidos distintos, eso sin contar con todas aquellas otras formaciones que no han obtenido escaño.

          He aquí la clave del problema actual, la piedra en el camino o el enorme tapón que impide resolver por ahora la extrema dificultad de dar viabilidad a un proyecto de gobierno encabezado por el partido más votado, algo que en otro país o en otro tiempo no sería nada difícil ni extraño, sino una solución bastante natural. La cuestión es que ninguna otra fuerza política ni ninguno de sus líderes quieren llegar a pacto alguno con el partido encabezado por Mariano Rajoy Brei. Y la razón no es baladí. No obedece a ningún capricho ni a ninguna cabezonería individual. La verdad es que nadie desea facilitar al señor Rajoy  la presidencia de un nuevo gobierno a imagen y semejanza del anterior, que continúa en funciones. Lejos de consideraciones personalistas, Mariano Rajoy simboliza como nadie el continuismo de una legislatura que muchos consideramos nefasta bajo casi todos los puntos de vista, y resulta perfectamente lógico y explicable que ningún otro líder desee cualquier tipo de complicidad con él, ya sea mediante un pacto de gobierno u otra fórmula distinta que haga posible su investidura (voto afirmativo o incluso abstención, con condiciones en ambos casos). Ello supondría un grave descrédito y una traición manifiesta a sus propios electores. Naturalmente, me refiero en particular a Albert Rivera y Pedro Sánchez, líderes de Ciudadanos y del PSOE respectivamente. Me explicaré, y creo que con la mayor rotundidad.

          Cuando uno, armado de cierto criterio y espíritu crítico, mira a Mariano Rajoy, a su actual Gobierno (en funciones) y al partido que lo sustenta, estará recordando inevitablemente todas estas cosas:

  • La Reforma Laboral de su ministra Fátima Báñez, destructora de derechos de los trabajadores, eliminadora de la negociación colectiva, y creadora por excelencia de empleo precario.
  • La LOMCE, es decir, la reforma educativa emprendida por el ya ausente ministro Wert, elaborada contra viento y marea, impuesta  por la fuerza de la mayoría absoluta popular, y que ha generado un rechazo casi unánime entre toda la comunidad educativa, en razón de sus “singularidades” y su descarada orientación ideológica.
  • La Ley de Seguridad Ciudadana (“ley mordaza”), redactada por el ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, visiblemente molesto por la proliferación de manifestaciones ciudadanas, legales y legítimas, a consecuencia de la durísima política de recortes llevada a cabo por el ejecutivo actual. Esta ley, sobra decirlo, recorta gravemente los derechos de opinión y manifestación que exige cualquier democracia moderna que se precie.
  • Los severísimos recortes perpetrados en áreas tan básicas y sensibles como la Sanidad, la Educación Pública (¡qué poco amigos de lo público son los hombres y mujeres del PP!), y la asistencia social en general.
  • La disuasión acerca del uso de energías renovables (solar, principalmente) emprendida desde el Ministerio de Industria y Energía, dirigido casi todo el tiempo por el ahora dimitido señor Soria, quien apostó desde el principio por seguir con el modelo energético tradicional, basado sobre todo en el petróleo y acomodado a los intereses de las grandes empresas del sector. Innovación y progreso no son las señas de identidad de este gobierno, eso es seguro.
  • 21% del IVA cultural (cine, teatro, espectáculos, cultura). Un fuerte varapalo al sector y a todos los ciudadanos.
  • El creciente y preocupante déficit de la Seguridad Social, con un saqueo sin precedentes del Fondo de Reserva de las Pensiones, que ha descendido de casi 70 mil millones de euros a diciembre de 2011 a unos 24 mil millones en la actualidad. Es evidente que, entre otras cosas, la destrucción de empleo estable y de calidad, y su sustitución por empleo precario, temporal, inestable y mal pagado, no es un buen negocio para la sociedad. Este tema es de la máxima gravedad, pero nadie desde el Gobierno ha dicho una sola palabra al respecto.
  • A pesar de los recortes y la política de “austeridad” emprendida con tanto entusiasmo por el ejecutivo, hay que señalar también el incumplimiento sistemático de todos los objetivos anuales de déficit público marcados desde Bruselas, y eso aún con un suavizamiento y aplazamiento continuados por parte de las autoridades comunitarias.
  • Subida de los niveles y del alcance de la corrupción interna del Partido Popular a sus cotas máximas. Ahí están los escándalos de la trama Gürtel (que por cierto se llevó por delante al juez Baltasar Garzón, justamente el que comenzó a investigarla); toda la miseria destapada por el ex-tesorero señor Bárcenas (contabilidad paralela, reparto de sobres bien jugosos a los dirigentes del partido, aportaciones ilegales de grandes empresarios); la indemnización en diferido del propio señor Bárcenas, tan “modélicamente” explicada por Dolores de Cospedal; la destrucción de pruebas informáticas (ahora motivo de encausamiento procesal al mismo partido); la trama Púnica; la corrupción casi absoluta del PP valenciano; el apoyo entusiasta e incondicional prestado hasta hace bien poco a grandes caciques territoriales como Carlos Fabra (Castellón) o Jose Luis Baltar (Orense), y un largo etcétera. La corrupción, por desgracia presente en nuestro país en muchos ámbitos, niveles e instituciones (por supuesto que también ha afectado a otros partidos, como Convergencia y el propio PSOE), se ha identificado por excelencia con el Partido Popular, hasta el punto de ser una seña de identidad insoslayable del mismo.

          Y ahora yo les invito a todos ustedes a que se hagan la misma pregunta: ¿qué otro líder político con vocación de futuro, de renovación y regeneración democrática se avendrá de buena gana a mancharse las manos pactando con Mariano Rajoy? Amigas y amigos, he ahí el dilema.

 

DEPRESIÓN PRE-ELECTORAL

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          Habrá quien se sorprenda por el más bien poco esperanzador título de este artículo, pero es que corresponde a mi estado de ánimo en estas semanas previas a las nuevas elecciones generales del próximo 26 de junio. Trataré de explicarme y espero que al final de estas líneas el lector comprenda al menos las razones que rondan por la cabeza de quien esto suscribe.

          Lo que se ha visto y oído durante estos casi seis meses de lo que va de año, tras conocerse los resultados de los comicios del 20.12.15, nos da una idea bastante acertada del actual estado de nuestra política, así como de lo que podemos esperar de ella en el futuro inmediato. Por supuesto, las últimas encuestas de intención de voto son decisivas a la hora de formarnos una opinión. Para bien o para mal, el tradicional modelo bipartidista español se ha quebrado y ha quedado sustituido por un escenario en el que cuatro formaciones políticas se disputan su presencia parlamentaria, si bien no de una manera suficientemente armónica y equitativa. Veamos por qué.

Una rápida ojeada a los principales partidos de ámbito nacional

          El Partido Popular del señor Rajoy, a pesar de haberse convertido por derecho propio en sinónimo y paradigma de la corrupción en este país, y también pese a haber sometido a la sociedad española en la pasada legislatura a un severísimo castigo en términos de renta, bienestar, seguridad, derechos y perspectivas de futuro, continúa en una posición preeminente sobre el resto de los partidos. Ha sufrido desgaste, desde luego, que se ha traducido en la pérdida de la mayoría absoluta (¡menos mal!), pero ahí se ha quedado la cosa, y aún tiene asegurados los votos de unos 7 millones de españoles, que siguen siendo muchos. Me gusta pensar en ello como una anomalía de la política española, aunque lo cierto es que se trata de un pobre consuelo.

          La formación Ciudadanos, presidida por Albert Rivera, surgió como una alternativa bastante esperanzadora en el espacio de centro-derecha, que tenía la gran ventaja (en comparación con el PP) de no estar contaminada por la corrupción y no ser tampoco heredera de la casposa ideología neofranquista que continúa fluyendo abundantemente por las venas del gran partido conservador que preside Mariano Rajoy. En líneas generales, el partido de Albert Rivera se ha mostrado dialogante y propenso a llegar a pactos constructivos, al menos con las fuerzas situadas en su vecindad más inmediata, a izquierda y derecha. Con el PSOE de Pedro Sánchez firmó el pasado mes de marzo un acuerdo ampliamente detallado que podría haber sido la base de una nueva manera de hacerse las cosas desde el gobierno, bien distinta a la ofrecida por el equipo de Mariano Rajoy. Sin embargo, estas buenas intenciones y este talante no le han sido de mucha utilidad al señor Rivera, a juzgar por las encuestas, puesto que lejos de crecer, las previsiones de voto le dan incluso menor presencia parlamentaria tras el 26 de junio. Bastante curioso, la verdad.

          El Partido Socialista Obrero Español, con Pedro Sánchez al frente, también ha mostrado sentido de la responsabilidad y capacidad de diálogo, si bien ha fijado nítidamente su voluntad de no colaborar con el PP de Mariano Rajoy -por pura coherencia, a mi modo de ver-. Tampoco ha querido ceder a los cantos de sirena que le lanzaban desde Podemos, cuyas exigencias para formar un gobierno conjunto juzgaban demasiado ambiciosas. Con independencia de los vetos que se han puesto entre sí todas las formaciones políticas (básicamente entre Ciudadanos y Podemos, o entre el PSOE y el PP), que imposibilitan casi cualquier acuerdo de gobierno, debo decir que el PSOE sigue sufriendo el castigo del electorado por la mala gestión del último gobierno de Zapatero, de cuyo recuerdo colectivo aún no se ha recuperado. Hay herencias que pesan como una auténtica losa, aunque las decisiones que tomaría después el nuevo ejecutivo conservador resultasen infinitamente más duras y lesivas para la sociedad española que las adoptadas por el último gobierno socialista. Compárense si no las reformas laborales respectivas de unos y otros. Y aún hay otro factor clave que no ayuda mucho a la recuperación del crédito por parte de la actual ejecutiva socialista, y es el liderazgo continuamente discutido de Pedro Sánchez, por parte precisamente de algunos de sus principales compañeros de partido. Este débil apoyo al Secretario General, a medias, provisional y con condiciones, está perjudicando de una manera muy sensible al Partido Socialista. Y da la impresión de que no se percatan.

          Por último, me referiré brevemente a la formación Unidos-Podemos, liderada por Pablo Iglesias. Al contrario de lo que ocurre con PSOE y Ciudadanos, los sondeos de opinión otorgan a esta formación más apoyos que en las elecciones del 20D, hasta el punto de que se da por hecho un sorpasso al propio PSOE, que quedaría relegado al puesto de tercera fuerza política. Pero, ¿sería esto bueno para el país? Personalmente, lo dudo, puesto que lo veo como una polarización del espectro político, con un mayor peso de las dos fuerzas más extremas y antagónicas, en detrimento de PSOE y C’s, que vienen a representar el centro político actual. La formación de Pablo Iglesias aporta muchas y buenas ideas nuevas a la política española, y estoy convencido de que su presencia es necesaria en el parlamento, ahora y en el futuro, como contrapeso y neutralización de las posiciones más neoliberales y conservadoras. Pero creo que le falta cohesión interna (hay muchos movimientos y opiniones distintas dentro de este partido, ahora fusionado también con Izquierda Unida, que no siempre concuerdan) y un cierto barniz de moderación en gestos y actitudes, cualidades necesarias para una fuerza que aspira a gobernar.

          La cuestión es que, con estos actores políticos, tan distintos entre sí y cargados de tantos condicionamientos y prejuicios previos, la gobernabilidad va a seguir siendo muy complicada después de las nuevas elecciones.

¿Qué podemos esperar tras el próximo 26 de junio?

          Llegados a este punto, como decía, uno no puede dejar de preguntarse si con estos mimbres las cosas realmente pueden cambiar a mejor, habida cuenta de la desconfianza que cada formación política, con razón o sin ella, inspira en todas las demás. Al Partido Popular se le llena la boca condenando las líneas rojas y los vetos que interponen los demás (se refieren al PSOE fundamentalmente) con respecto a lo que ellos mismos han bautizado como “gran alianza”, en la que dan por hecho que también podría entrar Ciudadanos. Pero en realidad lo que están exigiendo es una adhesión incondicional a su propia política. El PP cree firmemente que su proyecto, que no es sino una continuación del desarrollado en el periodo 2012-15, es el mejor, más bien el único posible, razón por la que no debe tocarse en sus líneas maestras. En cualquier caso, tan sólo admitirían pequeños retoques de maquillaje para contentar a sus posibles socios.

          En resumidas cuentas, con el PP de líder al frente de un nuevo gobierno, nos esperaría más de lo mismo con respecto a los cuatro últimos años: nuevos y duros ajustes presupuestarios para cumplir lo más fielmente posible con los objetivos fijados por Bruselas, aderezados con un programa político y social conservador y retrógrado. La perspectiva no es nada risueña, desde luego. Es muy posible que, de darse esta eventualidad, el PP contase con el apoyo explícito de Ciudadanos, ya que Albert Rivera se sentiría muy presionado a favorecer la gobernabilidad al precio que fuese. La incógnita es qué haría el PSOE en caso de que Mariano Rajoy recibiese el encargo expreso de formar gobierno. Pienso que lo más sensato por parte de los socialistas sería la abstención, es decir, un apoyo puramente pasivo, puesto que un voto favorable (entrando o no en el nuevo gobierno) supondría un suicidio político casi definitivo para los de la calle Ferraz.

          Descartado a priori un gobierno de centro, cimentado sobre el núcleo PSOE-Ciudadanos, dado que las encuestas apuntan aún a bastantes menos escaños que los 130 actuales que suman ambas formaciones, la otra opción que se perfila en el horizonte es la de un gobierno de izquierda radical, liderado por Pablo Iglesias, quien se situaría ahora en una posición de ventaja en relación con el PSOE. Desde la perspectiva del socialista Pedro Sánchez, la posibilidad de formar un gobierno con Unidos Podemos (entrando en él en minoría) se me antoja muy difícil de aceptar.  Son muchos los riesgos que se asumirían, mucha la inertidumbre que habría que afrontar, y muchas también las posibilidades reales de no entendimiento y fracaso final. El partido de Pablo Iglesias, al que se ha adherido recientemente el grupo de Alberto Garzón (Izquierda Unida), tiene una imagen demasiado radical y despierta muchos recelos en amplias capas de la sociedad, por no hablar del ámbito empresarial y económico. Yo mismo tengo mis dudas de que los de Pablo Iglesias estén preparados para gobernar este país con un mínimo de moderación y prudencia sin romper demasiados platos en el camino, por expresarlo en términos figurados. Quizás peque de demasiado conservador por expresar esto. Sinceramente, ojalá me equivoque y la realidad futura eche por tierra mis dudas y prejuicios con respecto a Unidos Podemos.

          Al final de todas estas disquisiciones, este servidor de ustedes llega … a ninguna parte. Percibo una radicalización de posturas, una clara negativa a suavizar y aproximar posiciones, así como un atasco político e institucional. De ahí el título que he puesto al presente artículo. Pese a todo, no quiero finalizarlo sin dejar un leve resquicio a la esperanza. Al fin y al cabo, aún no está todo dicho, faltan las elecciones propiamente dichas, y pudiera ocurrir que la correlación de fuerzas resultante se configure de un modo distinto a lo que pronostican los sondeos de opinión. Veremos.

Ya para acabar, ahí dejo este llamamiento casi desesperado:

Señor don Mariano Rajoy Brei, por el bien de España y de los españoles, ¡márchese ya a su casa! En compensación, yo mismo me comprometo a solicitar al Excmo. Ayuntamiento de su Pontevedra natal que revisen su caso y tengan a bien retirarle la calificación de “persona non grata”. Palabra. ¡Pero váyase ya, por favor, y deje de bloquear el progreso de este país!