¡AY, MARIANO, QUE NADIE QUIERE BAILAR CONTIGO!

Rajoy autoritario

          Con la vista puesta en la fallida legislatura pasada y con el pánico a unas nuevas elecciones (¡serían las terceras en menos de un año!), casi todos los medios coinciden en señalar el preocupante bloqueo institucional y las malas perspectivas que nuevamente percibimos los españoles en lo referente a la formación de un nuevo Gobierno. Y es que pocas cosas han cambiado con respecto a la situación creada tras las elecciones del 20 de diciembre pasado. Los nuevos comicios del 26 de junio nos han dejado un panorama bastante parecido. El Partido Popular ha subido en votos y escaños, y en honor a la verdad ha sido la única fuerza política en mejorar los resultados precedentes, llegando a rozar casi los 8 millones de votos, pero no deja de ser cierto también que, al mismo tiempo, más de 16 millones de españoles han expresado claramente su rechazo a este partido y a su presidente por medio de su voto. Por supuesto, no es menos cierto que estos 16 millones de ciudadanos se han repartido al menos entre 8 partidos distintos, eso sin contar con todas aquellas otras formaciones que no han obtenido escaño.

          He aquí la clave del problema actual, la piedra en el camino o el enorme tapón que impide resolver por ahora la extrema dificultad de dar viabilidad a un proyecto de gobierno encabezado por el partido más votado, algo que en otro país o en otro tiempo no sería nada difícil ni extraño, sino una solución bastante natural. La cuestión es que ninguna otra fuerza política ni ninguno de sus líderes quieren llegar a pacto alguno con el partido encabezado por Mariano Rajoy Brei. Y la razón no es baladí. No obedece a ningún capricho ni a ninguna cabezonería individual. La verdad es que nadie desea facilitar al señor Rajoy  la presidencia de un nuevo gobierno a imagen y semejanza del anterior, que continúa en funciones. Lejos de consideraciones personalistas, Mariano Rajoy simboliza como nadie el continuismo de una legislatura que muchos consideramos nefasta bajo casi todos los puntos de vista, y resulta perfectamente lógico y explicable que ningún otro líder desee cualquier tipo de complicidad con él, ya sea mediante un pacto de gobierno u otra fórmula distinta que haga posible su investidura (voto afirmativo o incluso abstención, con condiciones en ambos casos). Ello supondría un grave descrédito y una traición manifiesta a sus propios electores. Naturalmente, me refiero en particular a Albert Rivera y Pedro Sánchez, líderes de Ciudadanos y del PSOE respectivamente. Me explicaré, y creo que con la mayor rotundidad.

          Cuando uno, armado de cierto criterio y espíritu crítico, mira a Mariano Rajoy, a su actual Gobierno (en funciones) y al partido que lo sustenta, estará recordando inevitablemente todas estas cosas:

  • La Reforma Laboral de su ministra Fátima Báñez, destructora de derechos de los trabajadores, eliminadora de la negociación colectiva, y creadora por excelencia de empleo precario.
  • La LOMCE, es decir, la reforma educativa emprendida por el ya ausente ministro Wert, elaborada contra viento y marea, impuesta  por la fuerza de la mayoría absoluta popular, y que ha generado un rechazo casi unánime entre toda la comunidad educativa, en razón de sus “singularidades” y su descarada orientación ideológica.
  • La Ley de Seguridad Ciudadana (“ley mordaza”), redactada por el ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, visiblemente molesto por la proliferación de manifestaciones ciudadanas, legales y legítimas, a consecuencia de la durísima política de recortes llevada a cabo por el ejecutivo actual. Esta ley, sobra decirlo, recorta gravemente los derechos de opinión y manifestación que exige cualquier democracia moderna que se precie.
  • Los severísimos recortes perpetrados en áreas tan básicas y sensibles como la Sanidad, la Educación Pública (¡qué poco amigos de lo público son los hombres y mujeres del PP!), y la asistencia social en general.
  • La disuasión acerca del uso de energías renovables (solar, principalmente) emprendida desde el Ministerio de Industria y Energía, dirigido casi todo el tiempo por el ahora dimitido señor Soria, quien apostó desde el principio por seguir con el modelo energético tradicional, basado sobre todo en el petróleo y acomodado a los intereses de las grandes empresas del sector. Innovación y progreso no son las señas de identidad de este gobierno, eso es seguro.
  • 21% del IVA cultural (cine, teatro, espectáculos, cultura). Un fuerte varapalo al sector y a todos los ciudadanos.
  • El creciente y preocupante déficit de la Seguridad Social, con un saqueo sin precedentes del Fondo de Reserva de las Pensiones, que ha descendido de casi 70 mil millones de euros a diciembre de 2011 a unos 24 mil millones en la actualidad. Es evidente que, entre otras cosas, la destrucción de empleo estable y de calidad, y su sustitución por empleo precario, temporal, inestable y mal pagado, no es un buen negocio para la sociedad. Este tema es de la máxima gravedad, pero nadie desde el Gobierno ha dicho una sola palabra al respecto.
  • A pesar de los recortes y la política de “austeridad” emprendida con tanto entusiasmo por el ejecutivo, hay que señalar también el incumplimiento sistemático de todos los objetivos anuales de déficit público marcados desde Bruselas, y eso aún con un suavizamiento y aplazamiento continuados por parte de las autoridades comunitarias.
  • Subida de los niveles y del alcance de la corrupción interna del Partido Popular a sus cotas máximas. Ahí están los escándalos de la trama Gürtel (que por cierto se llevó por delante al juez Baltasar Garzón, justamente el que comenzó a investigarla); toda la miseria destapada por el ex-tesorero señor Bárcenas (contabilidad paralela, reparto de sobres bien jugosos a los dirigentes del partido, aportaciones ilegales de grandes empresarios); la indemnización en diferido del propio señor Bárcenas, tan “modélicamente” explicada por Dolores de Cospedal; la destrucción de pruebas informáticas (ahora motivo de encausamiento procesal al mismo partido); la trama Púnica; la corrupción casi absoluta del PP valenciano; el apoyo entusiasta e incondicional prestado hasta hace bien poco a grandes caciques territoriales como Carlos Fabra (Castellón) o Jose Luis Baltar (Orense), y un largo etcétera. La corrupción, por desgracia presente en nuestro país en muchos ámbitos, niveles e instituciones (por supuesto que también ha afectado a otros partidos, como Convergencia y el propio PSOE), se ha identificado por excelencia con el Partido Popular, hasta el punto de ser una seña de identidad insoslayable del mismo.

          Y ahora yo les invito a todos ustedes a que se hagan la misma pregunta: ¿qué otro líder político con vocación de futuro, de renovación y regeneración democrática se avendrá de buena gana a mancharse las manos pactando con Mariano Rajoy? Amigas y amigos, he ahí el dilema.

 

DEPRESIÓN PRE-ELECTORAL

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          Habrá quien se sorprenda por el más bien poco esperanzador título de este artículo, pero es que corresponde a mi estado de ánimo en estas semanas previas a las nuevas elecciones generales del próximo 26 de junio. Trataré de explicarme y espero que al final de estas líneas el lector comprenda al menos las razones que rondan por la cabeza de quien esto suscribe.

          Lo que se ha visto y oído durante estos casi seis meses de lo que va de año, tras conocerse los resultados de los comicios del 20.12.15, nos da una idea bastante acertada del actual estado de nuestra política, así como de lo que podemos esperar de ella en el futuro inmediato. Por supuesto, las últimas encuestas de intención de voto son decisivas a la hora de formarnos una opinión. Para bien o para mal, el tradicional modelo bipartidista español se ha quebrado y ha quedado sustituido por un escenario en el que cuatro formaciones políticas se disputan su presencia parlamentaria, si bien no de una manera suficientemente armónica y equitativa. Veamos por qué.

Una rápida ojeada a los principales partidos de ámbito nacional

          El Partido Popular del señor Rajoy, a pesar de haberse convertido por derecho propio en sinónimo y paradigma de la corrupción en este país, y también pese a haber sometido a la sociedad española en la pasada legislatura a un severísimo castigo en términos de renta, bienestar, seguridad, derechos y perspectivas de futuro, continúa en una posición preeminente sobre el resto de los partidos. Ha sufrido desgaste, desde luego, que se ha traducido en la pérdida de la mayoría absoluta (¡menos mal!), pero ahí se ha quedado la cosa, y aún tiene asegurados los votos de unos 7 millones de españoles, que siguen siendo muchos. Me gusta pensar en ello como una anomalía de la política española, aunque lo cierto es que se trata de un pobre consuelo.

          La formación Ciudadanos, presidida por Albert Rivera, surgió como una alternativa bastante esperanzadora en el espacio de centro-derecha, que tenía la gran ventaja (en comparación con el PP) de no estar contaminada por la corrupción y no ser tampoco heredera de la casposa ideología neofranquista que continúa fluyendo abundantemente por las venas del gran partido conservador que preside Mariano Rajoy. En líneas generales, el partido de Albert Rivera se ha mostrado dialogante y propenso a llegar a pactos constructivos, al menos con las fuerzas situadas en su vecindad más inmediata, a izquierda y derecha. Con el PSOE de Pedro Sánchez firmó el pasado mes de marzo un acuerdo ampliamente detallado que podría haber sido la base de una nueva manera de hacerse las cosas desde el gobierno, bien distinta a la ofrecida por el equipo de Mariano Rajoy. Sin embargo, estas buenas intenciones y este talante no le han sido de mucha utilidad al señor Rivera, a juzgar por las encuestas, puesto que lejos de crecer, las previsiones de voto le dan incluso menor presencia parlamentaria tras el 26 de junio. Bastante curioso, la verdad.

          El Partido Socialista Obrero Español, con Pedro Sánchez al frente, también ha mostrado sentido de la responsabilidad y capacidad de diálogo, si bien ha fijado nítidamente su voluntad de no colaborar con el PP de Mariano Rajoy -por pura coherencia, a mi modo de ver-. Tampoco ha querido ceder a los cantos de sirena que le lanzaban desde Podemos, cuyas exigencias para formar un gobierno conjunto juzgaban demasiado ambiciosas. Con independencia de los vetos que se han puesto entre sí todas las formaciones políticas (básicamente entre Ciudadanos y Podemos, o entre el PSOE y el PP), que imposibilitan casi cualquier acuerdo de gobierno, debo decir que el PSOE sigue sufriendo el castigo del electorado por la mala gestión del último gobierno de Zapatero, de cuyo recuerdo colectivo aún no se ha recuperado. Hay herencias que pesan como una auténtica losa, aunque las decisiones que tomaría después el nuevo ejecutivo conservador resultasen infinitamente más duras y lesivas para la sociedad española que las adoptadas por el último gobierno socialista. Compárense si no las reformas laborales respectivas de unos y otros. Y aún hay otro factor clave que no ayuda mucho a la recuperación del crédito por parte de la actual ejecutiva socialista, y es el liderazgo continuamente discutido de Pedro Sánchez, por parte precisamente de algunos de sus principales compañeros de partido. Este débil apoyo al Secretario General, a medias, provisional y con condiciones, está perjudicando de una manera muy sensible al Partido Socialista. Y da la impresión de que no se percatan.

          Por último, me referiré brevemente a la formación Unidos-Podemos, liderada por Pablo Iglesias. Al contrario de lo que ocurre con PSOE y Ciudadanos, los sondeos de opinión otorgan a esta formación más apoyos que en las elecciones del 20D, hasta el punto de que se da por hecho un sorpasso al propio PSOE, que quedaría relegado al puesto de tercera fuerza política. Pero, ¿sería esto bueno para el país? Personalmente, lo dudo, puesto que lo veo como una polarización del espectro político, con un mayor peso de las dos fuerzas más extremas y antagónicas, en detrimento de PSOE y C’s, que vienen a representar el centro político actual. La formación de Pablo Iglesias aporta muchas y buenas ideas nuevas a la política española, y estoy convencido de que su presencia es necesaria en el parlamento, ahora y en el futuro, como contrapeso y neutralización de las posiciones más neoliberales y conservadoras. Pero creo que le falta cohesión interna (hay muchos movimientos y opiniones distintas dentro de este partido, ahora fusionado también con Izquierda Unida, que no siempre concuerdan) y un cierto barniz de moderación en gestos y actitudes, cualidades necesarias para una fuerza que aspira a gobernar.

          La cuestión es que, con estos actores políticos, tan distintos entre sí y cargados de tantos condicionamientos y prejuicios previos, la gobernabilidad va a seguir siendo muy complicada después de las nuevas elecciones.

¿Qué podemos esperar tras el próximo 26 de junio?

          Llegados a este punto, como decía, uno no puede dejar de preguntarse si con estos mimbres las cosas realmente pueden cambiar a mejor, habida cuenta de la desconfianza que cada formación política, con razón o sin ella, inspira en todas las demás. Al Partido Popular se le llena la boca condenando las líneas rojas y los vetos que interponen los demás (se refieren al PSOE fundamentalmente) con respecto a lo que ellos mismos han bautizado como “gran alianza”, en la que dan por hecho que también podría entrar Ciudadanos. Pero en realidad lo que están exigiendo es una adhesión incondicional a su propia política. El PP cree firmemente que su proyecto, que no es sino una continuación del desarrollado en el periodo 2012-15, es el mejor, más bien el único posible, razón por la que no debe tocarse en sus líneas maestras. En cualquier caso, tan sólo admitirían pequeños retoques de maquillaje para contentar a sus posibles socios.

          En resumidas cuentas, con el PP de líder al frente de un nuevo gobierno, nos esperaría más de lo mismo con respecto a los cuatro últimos años: nuevos y duros ajustes presupuestarios para cumplir lo más fielmente posible con los objetivos fijados por Bruselas, aderezados con un programa político y social conservador y retrógrado. La perspectiva no es nada risueña, desde luego. Es muy posible que, de darse esta eventualidad, el PP contase con el apoyo explícito de Ciudadanos, ya que Albert Rivera se sentiría muy presionado a favorecer la gobernabilidad al precio que fuese. La incógnita es qué haría el PSOE en caso de que Mariano Rajoy recibiese el encargo expreso de formar gobierno. Pienso que lo más sensato por parte de los socialistas sería la abstención, es decir, un apoyo puramente pasivo, puesto que un voto favorable (entrando o no en el nuevo gobierno) supondría un suicidio político casi definitivo para los de la calle Ferraz.

          Descartado a priori un gobierno de centro, cimentado sobre el núcleo PSOE-Ciudadanos, dado que las encuestas apuntan aún a bastantes menos escaños que los 130 actuales que suman ambas formaciones, la otra opción que se perfila en el horizonte es la de un gobierno de izquierda radical, liderado por Pablo Iglesias, quien se situaría ahora en una posición de ventaja en relación con el PSOE. Desde la perspectiva del socialista Pedro Sánchez, la posibilidad de formar un gobierno con Unidos Podemos (entrando en él en minoría) se me antoja muy difícil de aceptar.  Son muchos los riesgos que se asumirían, mucha la inertidumbre que habría que afrontar, y muchas también las posibilidades reales de no entendimiento y fracaso final. El partido de Pablo Iglesias, al que se ha adherido recientemente el grupo de Alberto Garzón (Izquierda Unida), tiene una imagen demasiado radical y despierta muchos recelos en amplias capas de la sociedad, por no hablar del ámbito empresarial y económico. Yo mismo tengo mis dudas de que los de Pablo Iglesias estén preparados para gobernar este país con un mínimo de moderación y prudencia sin romper demasiados platos en el camino, por expresarlo en términos figurados. Quizás peque de demasiado conservador por expresar esto. Sinceramente, ojalá me equivoque y la realidad futura eche por tierra mis dudas y prejuicios con respecto a Unidos Podemos.

          Al final de todas estas disquisiciones, este servidor de ustedes llega … a ninguna parte. Percibo una radicalización de posturas, una clara negativa a suavizar y aproximar posiciones, así como un atasco político e institucional. De ahí el título que he puesto al presente artículo. Pese a todo, no quiero finalizarlo sin dejar un leve resquicio a la esperanza. Al fin y al cabo, aún no está todo dicho, faltan las elecciones propiamente dichas, y pudiera ocurrir que la correlación de fuerzas resultante se configure de un modo distinto a lo que pronostican los sondeos de opinión. Veremos.

Ya para acabar, ahí dejo este llamamiento casi desesperado:

Señor don Mariano Rajoy Brei, por el bien de España y de los españoles, ¡márchese ya a su casa! En compensación, yo mismo me comprometo a solicitar al Excmo. Ayuntamiento de su Pontevedra natal que revisen su caso y tengan a bien retirarle la calificación de “persona non grata”. Palabra. ¡Pero váyase ya, por favor, y deje de bloquear el progreso de este país!

 

ESPAÑA ATASCADA: LA TENAZA DE LOS EXTREMOS

Rajoy vs. Iglesias

          Esta legislatura está acabada, aún habiendo nacido hace escasos meses. No ha sido capaz de alumbrar un nuevo Gobierno, pese a las esperanzas de millones y millones de españoles, que aspiraban legítimamente y cargados de buenas razones a que las cosas se empezasen a hacer de otra manera en este sufrido país. Desde el primer momento, tras publicarse los resultados de las elecciones del pasado 20 de diciembre, se supo que iba a ser una tarea difícil, que exigiría muchas horas de diálogo, negociaciones y pactos entre diferentes fuerzas políticas. Pero había ilusión y muchas ganas de cambio, por lo que el llegar a un acuerdo razonable y satisfactorio para la mayoría era algo que se consideraba factible. Sin embargo, a medida que iban transcurriendo las semanas y los meses, tal esperanza se ha visto truncada. El país se ha quedado atrapado entre dos fuerzas opuestas que actúan desde los extremos, y el meritorio intento que han llevado a cabo el PSOE de Pedro Sánchez y Ciudadanos de Albert Rivera, sin duda los dos partidos políticos más centrados a día de hoy, se ha quedado en agua de borrajas. Ello no los ha librado de las críticas más agresivas y descalificadoras de sus más directos adversarios: Mariano Rajoy por un lado y Pablo Iglesias por el otro. En especial Pedro Sánchez ha sido verbalmente crucificado con saña desde ambos frentes.

          El Partido Popular, la fuerza que representa a la derecha más conservadora de este país, así como a la élite financiera y empresarial que realmente rige los destinos de España (como viene haciendo desde los años más oscuros del período franquista, y aún desde mucho antes), no está dispuesto a ninguna otra solución de gobierno que no pase por conservar su liderazgo a toda costa. Ello supone mantener las cosas como están y seguir realizando la misma política económica y social que viene practicando desde diciembre de 2011, cuando ganaron las anteriores elecciones con mayoría absoluta. Dicha política ha consistido básicamente en seguir al pie de la letra los dictados de la Troika comunitaria, practicando acciones de corte neoliberal: incremento de la presión fiscal sobre las clases medias y trabajadoras y, paralelamente, fortísimos recortes en el estado del bienestar, en especial en Sanidad y Educación públicas. A cambio, se salvaba al sector bancario con dinero público, salvaguardando siempre los intereses del capital privado. A estas medidas se añadieron otras de carácter reaccionario (uno de los ejemplos más destacados quizás sea la nueva ley educativa, la tristemente famosa LOMCE, del ministro Wert), que intentaron imponer a la sociedad española una intolerable derechización.

          En lo económico, los resultados de esta política llevada acabo por el Gobierno de Mariano Rajoy han sido muy pobres, pese a la fuerte y machacona propaganda oficial. El nivel de desempleo es bastante similar al que había cuando el presidente Zapatero dejó el poder, porque, aunque ha habido un punto de inflexión en la evolución del paro, éste se ha producido a mediados de la legislatura “popular”. De cualquier forma, la calidad del nuevo empleo es ínfima, pues la mayor parte de los puestos de trabajo que se van generando son temporales, precarios y muy mal pagados. La Seguridad Social ha perdido muchos ingresos que antes tenía, ya que los nuevos empleos apenas aportan recursos en forma de cotizaciones; la llamada “hucha” de las pensiones se ha reducido a menos de la mitad (algo muy preocupante, se mire como se mire); la deuda pública total ha crecido hasta igualar el PIB nacional; y, para colmo, los objetivos de déficit comprometidos con Bruselas se han incumplido sistemáticamente ejercicio tras ejercicio, aún contando con las continuas rebajas y suavizaciones de plazos concedidas. ¿Se puede añadir algo más? Pues sí, la CORRUPCIÓN. Un nivel altísimo, insoportable y muy extendido de corrupción, que se ha ido conociendo casi día tras día y que afectaba de lleno a miembros destacados del partido en el Gobierno. Uno de los últimos casos más sonados ha sido el de la trama corrupta de Valencia, en cuya cabeza todas las evidencias apuntan a la antaño todopoderosa y populista alcaldesa Rita Barberá, a punto de ser imputada por el Tribunal Supremo. Pero esto, en realidad, no es más que una pieza más en un sucesión interminable de irregularidades, blanqueado de dinero, abusos de poder, designaciones a dedo, clientelismo, pelotazos urbanísticos, favoritismos, enriquecimientos ilícitos e indecencias de todo tipo, siempre con el PP como telón de fondo.

          Con respecto a la otra gran fuerza política situada en el extremo opuesto del arco parlamentario, Podemos y su líder Pablo Iglesias, se trata como bien sabemos de un partido político muy nuevo, que se acaba de estrenar en el parlamento, y que surgió de aquel gran movimiento de indignación popular del 15M. Hablamos pues de una formación muy joven, llena de proyectos e ilusión, e impregnada por una ideología claramente social, que ha irrumpido con fuerza en el ala izquierda de la vida política española. Nada que objetar. Al contrario, me parece que era muy necesario contar con un partido así, que lograra una rebasculación del espectro político español. Ahora bien, muchos estarán de acuerdo conmigo en que a Podemos le falta consolidación, madurez, unidad y, todo hay que decirlo, un cierto barniz de estabilidad y credibilidad que me parece que aún no tiene. Aquí mis críticas (que de ningún modo pueden ser equivalentes a las que ha formulado sobre el PP) no van tanto por sus hechos sino por las dudas que suscitan tanto el propio partido como los gestos y declaraciones de sus dirigentes, en particular de su líder Pablo Iglesias. Con franqueza, yo no veo a Iglesias, al menos de momento, al frente de una vicepresidencia o de un ministerio; tampoco me lo imagino en una reunión de alto nivel de la Eurozona, o en cualquier otro evento internacional de altura (ONU, OTAN, G-20, etc.). Y ya no sólo por su aspecto físico e indumentaria, que también cuentan, sino por su actitud a menudo provocadora y ciertamente excéntrica. Puede hacer mucha gracia a sus incondicionales, pero tiene que darse cuenta de que asusta y provoca desconfianza, y en política esto puede ser muy perjudicial. Durante la segunda y fallida sesión de investidura de Pedro Sánchez, dedicó buena parte de su intervención a comentar con cierto sarcasmo su famoso beso con el también diputado Xavier Doménech (vale el beso, al fin y al cabo, un gesto espontáneo sin mayor trascendencia, pero comentarlo largo y tendido sobraba); incluso también llegó a aludir en tono irónico a una supuesta atracción sexual entre un miembro de su partido y una diputada del PP. Tales actitudes evidencian que no se tomó suficientemente en serio la sesión de investidura, ni el Congreso, ni la ciudadanía en su conjunto, que escuchaba atenta las intervenciones y esperaba oir argumentos serios y rigurosos.

          Quizás le falte tiempo al señor Iglesias para llegar a comportarse de manera más madura y responsable. Mientras tanto, yo le habría recomendado que ejerciera su labor (importantísima, por otra parte) de oposición y de cabeza visible de una formación de 69 diputados y 5,2 millones de votantes, facilitando la investidura del socialista Pedro Sánchez, que ya contaba con el apoyo expreso de Albert Rivera (Ciudadanos), y de paso enviando a la oposición al Partido Popular de Mariano Rajoy, el gran anhelo de muchos millones de españoles. Y digo “habría recomendado”, porque me temo que ya es tarde para llegar a ningún arreglo o pacto entre fuerzas ajenas al PP . Tristemente, estamos ya abocados a celebrar nuevas elecciones el próximo mes de junio, salvo un muy improbable milagro de última hora.

          Balance de esta legislatura: casi 6 meses perdidos, un gobierno en funciones que actúa con desprecio hacia el parlamento, y de nuevo suspense ante lo que pueda surgir de las urnas en la próxima cita electoral.  ¡Suerte y buen criterio a la hora de elegir las papeletas!

UNA ESPERANZA TRUNCADA

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A continuación reproduzco mi comentario subido al video-blog del prestigioso periodista Iñaki Gabilondo (La voz de Iñaki) en la web de El País, el día 08.04.16:

          A día de hoy, se puede decir que han quedado disipadas las escasas esperanzas que algunos albergábamos sobre la formación de un gobierno de cambio, que sustituyese al de Mariano Rajoy y nos devolviese la esperanza de hacer las cosas mejor y de una manera distinta. En estos más de tres meses transcurridos desde las elecciones del 20-D, el único proyecto razonable, ambicioso y sensato que han podido gestar nuestros políticos ha sido el acordado, no sin dificultades, por el PSOE de Pedro Sánchez y la formación Ciudadanos de Albert Rivera. Pero la posición irreductible de Pablo Iglesias lo ha torpedeado una y otra vez, hasta el punto de imposibilitar que dicho pacto llegase a buen puerto. O, mejor dicho, por seguir con la terminología náutica, el señor Iglesias ha impedido que el nuevo “buque” saliera siquiera del astillero. Sus exigencias políticas, sus líneas rojas inamovibles, su ambición excesiva y su negativa absoluta a llegar a ningún tipo de acuerdo con Albert Rivera, han bloqueado la situación y nos han situado a todos los españoles en la tesitura irremediable de repetición de elecciones. Al final nos encontraremos en el punto de partida, habiendo perdido lamentablemente el tiempo, y con un montón de problemas de gran envergadura encima de la mesa, pendientes de abordar y resolver. Es evidente que la ausencia de un gobierno de verdad está perjudicando muchos aspectos de la vida de este país, en especial los de tipo económico, pero también los de carácter social, laboral, educativo, medioambiental, etc.

          Me reitero en señalar como principal culpable de esta situación de bloqueo al ciudadano Pablo Iglesias. Ya he dicho en otras ocasiones que el hecho de haber conseguido una representación parlamentaria de 69 diputados, partiendo de la nada, es un logro de primerísima importancia para Podemos. No cabe duda de que es un gran mérito y de que, gracias a su presencia en el parlamento, se abren nuevas perspectivas en el conjunto de la política española. Ahora bien, pretender a partir de ahí y a toda prisa formar parte de un nuevo gobierno es harina de otro costal. Desde mi modestísima posición, yo les sugeriría a los hombres y mujeres de Podemos que, de momento, se centrasen en hacer labor de oposición desde esa atalaya privilegiada que les han proporcionado sus muchos votos. Y, mientras tanto, que vayan madurando y consolidándose como partido, ejerciendo una labor de control del gobierno y proponiendo medidas legislativas novedosas, lo cual no es poca cosa. De paso, que dejasen gobernar a la coalición PSOE-C’s, a ver cómo iban evolucionando las cosas, sin duda mucho mejor que con un gobierno repetido del PP del señor Rajoy.

          Parece innegable que todo este periodo tan prolongado de incertidumbre y de intentos fallidos para formar gobierno por parte de Pedro Sánchez y de su socio Albert Rivera no hace más que dar nuevas alas al partido de la derecha-derecha, cuyos dirigentes no ocultan su satisfacción -con grandes dosis de sarcasmo- ante la confusión reinante y las disputas que tienen lugar entre todos los demás partidos. Aunque no olvidemos que fue precisamente Mariano Rajoy quien puso la primera semilla de este sindiós y este vacío de poder, al declinar el ofrecimiento inicial del rey Felipe VI para formar gobierno, evidenciando una actitud francamente desleal, huidiza, cobarde e irresponsable.

          No sé qué ocurrirá en los próximos y ya casi inevitables comicios, pero mucho me temo que el Partido Popular saque rédito electoral del actual periodo de incertidumbre, pese a haber sido parte activa del mismo (justamente por su pasividad), pese al insoportable nivel de corrupción que les salpica a todos ellos, y pese a los gravísimos daños infligidos a nuestro estado del bienestar durante los 4 años de gobierno anteriores, que por cierto no han servido ni siquiera para cerrar sus ejercicios con unas cifras adecuadas de déficit público. Pese a todo ello, el Partido Popular maneja muchos recursos y conserva mucho poder, lo suficiente como para convencer de nuevo a muchos millones de españoles de que ellos siguen siendo los garantes de “las cosas bien hechas”, “la política del sentido común” y “las cuentas como Dios manda”. La manipulación de las masas se les da de maravilla.

          Termino ya con un sincero reconocimiento a la intensa y especialmente ardua labor llevada a cabo estos meses por el socialista Pedro Sánchez, que ha hecho lo imposible por hacer realidad un proyecto de gobierno centrado, cuerdo, ambicioso y sensato. Hay quienes lo acusan (especialmente desde la derecha) de prestidigitador, comediante, ilusionista u otras lindezas por el estilo. Para mí, tiene el gran valor de haber intentado lo que tenía que hacer en unas circunstancias endiabladamente difíciles. Nada más y nada menos.

MAD MEN: ALGUNOS COMENTARIOS MÁS – II

Glamour y distinción en la noche neoyorquina.

Glamour y distinción en la noche neoyorquina.

          En mi post anterior (11.02.16) me dediqué preferentemente a presentar algunos de los personajes más significativos de la magnífica serie creada para la televisión por Matthew Weiner. No pretendo ni de lejos realizar un estudio exhaustivo sobre Mad Men, aunque la serie lo merezca sin duda, pero sí me gustaría recordar aquí una pequeña selección de situaciones y escenas que me han llamado especialmente la atención. Pido disculpas de antemano por dejarme en el tintero muchas otras cosas que con toda seguridad son al menos tan significativas e interesantes como las que voy a mencionar.

          Por razones que resultan obvias, el escenario central de la serie es la agencia de publicidad Sterling Cooper, en cuyas oficinas se desarrolla la actividad profesional de Donald Draper y su nutrido grupo de colegas. Lo cierto es que bien merecería la pena ver la serie al completo tan sólo para observar los procesos de captación de clientes, generación de ideas básicas para anunciar sus productos, desarrollo de las mismas, presentación a los clientes y demás, por el realismo de la puesta en escena y la naturalidad con que se conducen todos los personajes, todo ello en una época y un entorno fascinantes, como es el Nueva York de los años 60. El gran valor añadido de la serie es que, como ya señalaba en mi artículo anterior, Mad Men va mucho más allá en todos los sentidos.

Mad Men - Lee Garner Jr. y Roger Sterling

          Para una agencia publicitaria, sobre todo cuando la que se recrea en la serie es de reducido tamaño y tiene que pelear duramente para abrirse camino entre las grandes, está claro que el cliente constituye el objetivo primordial, aquel al que hay que satisfacer plenamente al precio que sea. Esta circunstancia hace que en muchas ocasiones, en especial cuando el cliente es muy poderoso y supone más de las tres cuartas partes del negocio, se den situaciones de claro abuso sobre los componentes de la agencia de publicidad. El caso de Lucky Strike, el gran fabricante de cigarrillos estadounidense, es muy significativo. El representante de esta compañía, Lee Garner Jr., hijo del propietario de la potente empresa tabaquera, aprovecha una ocasión para humillar sin piedad nada menos que al altivo y elegante Roger Sterling, el gerente de nuestra agencia publicitaria. Todo ocurre durante uno de los días previos a las fiestas navideñas, cuando los empleados están en plena celebración dentro de las oficinas. Lee Garner Jr. está de visita, invitado por los directivos de Sterling Cooper, y en un momento dado no vacila en pedir a Roger (más bien a exigírselo) que se ponga un disfraz de Santa Claus y actúe como tal delante de toda su plantilla. Roger comprende que no puede negarse, pese a que por dentro se lo lleven todos los demonios; acaba aceptando el “encargo” de su cliente, y se pone a hacer el ganso con la ridícula indumentaria.

Mad Men - Lee and Sal

          En otra ocasión, la víctima del caprichoso representante de Lucky Strike es el director de arte Salvatore Romano (interpretado por Bryan Batt). Salvatore, más conocido entre sus colegas como Sal. es homosexual. Aunque él intenta llevarlo con la mayor discreción posible -no olvidemos que nos encontramos en otra época-, su condición acaba por trascender su círculo de relaciones más inmediato. Hay una escena en la que ambos personajes, Lee Garner Jr. y Salvatore Romano, se quedan solos en una estancia donde Sal está manipulando unos rollos de película. Lee se acerca por detrás, lo abraza y le hace ver de inmediato sus intenciones (es bisexual), pero Sal reacciona enseguida, asombrado por la descarada insinuación de su cliente, y le indica como mejor puede que él no está en el trabajo para semejantes aventuras. Lee se lo toma mal, con indisimulado rencor, y muy poco después exige a Roger Sterling que despida a su director de arte, sin más razones que la de no resultar de su agrado. El infeliz Salvatore, a pesar de ser un buen profesional y desarrollar un papel muy importante en Sterling Cooper, resulta despedido de forma fulminante. De nada le sirve explicar a Donald Draper todo lo ocurrido; éste último se muestra frío y muy poco empático con Sal, llegándole a insinuar que, dada su homosexualidad (que desde luego Don no ve con buenos ojos), debería haber accedido a los caprichos del hombre de Lucky, por el bien del negocio. Este es uno de esos episodios que te dejan un poso de amargura y tristeza, por la evidente injusticia que se comete.

          Por ironías de la vida, más adelante Lucky Strike acaba por abandonar a Sterling Cooper, sumiendo a la agencia publicitaria en una de sus peores crisis (ya hemos dicho que los cigarrillos de esta marca representaban la mayor parte de la facturación de nuestra compañía). Es en ese momento cuando surge el máximo talento de Don Draper y envía por su cuenta y riesgo al New York Times  una arriesgada carta que causa sensación y hace tambalear muchos cimientos. Pero prefiero no dar detalles y que el lector vea por sí mismo el capítulo correspondiente. Merece la pena.

Mad Men - Conrad Connie Hilton

          Donald Draper conoce casi de casualidad al poderoso dueño de la prestigiosa cadena de hoteles Hilton, Conrad “Connie” Hilton. El magnate ve algo especial en Don y simpatiza enseguida con el creativo publicitario, con quien comienza a tener una serie de encuentros de carácter profesional. Ni que decir tiene que Don acoge de muy buen grado esta aproximación y pone toda la carne en el asador para llegar a establecer una suculenta línea de negocio. Pero Hilton es uno de esos hombres que, debido a su peculiar idiosincrasia y a su muy elevada posición social y económica, tratan y manejan a los demás mortales como si de sus esclavos se tratara. Acapara a Don de un modo absorbente, asfixiante, le cita a cualquier hora del día o de la noche, no duda en llamarlo por teléfono a su propia casa a altas horas de a madrugada, obligándolo a reunirse de inmediato con él. Luego, durante sus fatigosas charlas, abruma a Don con sus ideas personales, pseudo-filosóficas y a veces delirantes, como cuando le dice con todo el convencimiento del mundo que los Estados Unidos son mejores que la Unión Soviética, porque “ellos, los americanos, tienen a Dios”(¡?). Donald Draper hace todo lo posible por agradar a Conrad Hilton, quien a su vez, y según sus propias palabras, lo considera como su propio hijo (en un evidente intento de manipularle). Cuando todo este largo proceso parece que está a punto de cristalizar y traducirse en un gran negocio para Sterling Cooper, el poderoso magnate rechaza el inteligente y elaborado proyecto de campaña que se le presenta, alegando que no es lo suficientemente ambicioso. Y es que lo que Conrad pretendía, ¡ver uno de sus hoteles en la Luna!,  iba realmente en serio, algo que Don había interpretado como una broma, guiado por su sentido común. En resumen, un esfuerzo agotador y un gran consumo de energía … para nada.

Mad men - Ken Cosgrove          Por su parte, el brillante  ejecutivo de cuentas Ken Cosgrove (interpretado por Aaron Staton) sale bastante mal parado tras sus intentos por agradar y satisfacer a sus clientes potenciales. Ken es un joven empleado, ambicioso y eficaz, que en un primer momento aparece como un serio rival de Pete Campbell en el área de cuentas. Aunque Ken alberga en su fuero interno otros proyectos profesionales, pues muestra una gran ilusión por abrirse camino como escritor, diversas circunstancias le obligan a proseguir en el sector publicitario. Cuando se hace cargo de la cuenta de Chevy (General Motors), sus jefes le imponen una dedicación exclusiva, ya que el negocio, aún potencial, puede llegar a ser inmenso. Se traslada a vivir a Detroit y se las arregla para mantener todo el contacto posible con su poderoso cliente. Un día, tras una gran cena, regada con abundante alcohol, se pone al volante de su automóvil, acompañado por varios ejecutivos de GM, éstos completamente borrachos y con unas ganas irrefrenables de juerga. Entre carcajadas le llegan a tapar los ojos a Ken para que conduzca a ciegas y a gran velocidad. Como es de suponer, sufren un serio accidente de tráfico y, aunque no se mata ninguno, nuestro hombre sale con heridas y magulladuras. Para colmo, poco después, en el transcurso de una jornada cinegética con los mismos ejecutivos, uno de ellos realiza un movimiento incontrolado, pretendiendo hacer blanco sobre una posible presa, pero acaba abriendo fuego a poca distancia de la cara de Ken, quien pierde un ojo. Un precio demasiado caro sólo por hacer su trabajo, no cabe duda.

Mad Men-Despedida de Bert Cooper completa

          La serie nos regala muchas otras historias y escenas memorables, alguna de ellas incluso de carácter surrealista. Tal es el caso de la imaginaria despedida de Cooper, el ya anciano socio y fundador de la agencia. Bertram Cooper (Robert Morse) ejerce durante todo el tiempo una labor supervisora de la empresa, a cierta distancia y sin descender demasiado a la arena del día a día, aunque siempre acude puntualmente a las reuniones periódicas de socios. Es un personaje que llama la atención, debido a su mayor edad, su personal forma de vestir, sus ocurrencias y también sus excentricidades, en particular la de andar siempre en calcetines por su despacho, obligando también a descalzarse a cualquiera que entre a visitarlo. Se aprecia que Bert siente debilidad por el arte japonés, ya que son muchos los objetos procedentes del país nipón que decoran su lujosa estancia. El viejo Bert muere en la última temporada de la serie, pero los guionistas nos hacen ver que lo hace feliz y gozoso, justo después de ver en TV los primeros pasos que da el astronauta Neil Armstrong, del Apolo XI, sobre la superficie de la Luna. Como es de esperar, su fallecimiento causa una gran conmoción en la agencia, entre todos los directivos y empleados. Tras mantenerse una reunión de urgencia con tal motivo entre Roger Sterling y los demás socios, vemos a Don Draper dirigirse, sólo y pensativo, hacia su despacho. De repente, una voz familiar le llama a sus espaldas. Don se vuelve y contempla asombrado al bueno de Bert al pie de una escalera, descalzo (como era habitual en él) y con aspecto divertido y jovial. Ante la mirada atónita de Don,  Bert se pone a bailar y cantar al más puro estilo de los viejos musicales de Broadway, acompañado y coreografiado por un ramillete de guapísimas secretarias. El mensaje cantado que traslada a Don es que las mejores cosas de la vida no se compran con dinero, sino que son gratis. En fin, una despedida que no puede resultar más inesperada, a la vez que original y simpática.

Mad-Men-finale

          Para terminar el artículo, parece imprescindible volver nuestra mirada a Donald Draper, al fin y al cabo el personaje central de la serie. Estamos ya en el final de la última temporada, y ha sucedido lo que parecía inevitable: la absorción definitiva de Sterling Cooper & Partners por parte de la todopoderosa McCann Erickson, una de las compañías mayores del sector, si no la que más. El cambio es traumático para los protagonistas de nuestra serie. De un día para otro, quienes en buena medida eran dueños de su destino se ven ahora atrapados y diluídos en una gran organización, en la que imperan unas reglas del juego a las que no estaban acostumbrados. Entristece ver a Don Draper, alma y factótum de la antigua agencia, asistiendo a una reunión de muchos directores creativos (del mismo rango que el suyo) y escuchando la charla de un ejecutivo de marketing acerca del perfil del consumidor potencial de un nuevo producto de una conocida marca cervecera (charla que en otro momento y lugar podría haber dado él mismo, probablemente con mayor autoridad y credibilidad). Todos los asistentes, excepto Don, se muestran muy atentos y toman nota obedientemente de cuanto dice el conferenciante, sin preguntas ni interrupciones. Es evidente que éste no es el sitio de Don, quien se abstrae de la insulsa charla y vuelve su mirada al cielo, a través de uno de los ventanales. Se fija en un avión que cruza a gran altura el azul infinito -una clara alegoría de la libertad- y acto seguido se levanta, abandona la sala de reuniones … y desaparece del que había sido su mundo hasta ese momento. Sin decir nada a nadie, emprende en solitario un largo viaje de evasión por todo el país, sin rumbo fijo. En el momento final, parece que Don vuelve a reconciliarse con el mundo y a reencontrarse consigo mismo.

          Mad Men, la serie “en la que no ocurre nada”, al decir de algunos, pero que lo dice todo. Yo, desde luego, volveré a verla y a disfrutar de todos y cada uno de sus momentos.

MAD MEN: REFLEXIONES SOBRE UNA ESPLÉNDIDA SERIE – I

Mad Men - Conjunto

          Con cierto retraso, si bien a marchas forzadas a lo largo de los últimos meses, he conseguido ver todos los capítulos de esta gran serie televisiva norteamericana. En total, 92 episodios repartidos en 7 temporadas. De entrada, debo decir que no me ha pesado en absoluto, sino todo lo contrario. Mi interés por Mad Men no ha decaído en ningún momento, he disfrutado de todos y cada uno de los episodios, y he sentido de veras llegar al irremediable final, de modo semejante a cuando se termina de leer una buena obra literaria. Esto dice mucho en favor de un producto televisivo dramático que, no en vano, ha recibido numerosos elogios y excelentes críticas durante sus casi ocho años de exhibición (desde julio de 2007 hasta mayo de 2015), aparte de 15 premios Emmy y 4 Globos de Oro, todo lo cual sitúa a esta serie como una de las mejor valoradas de todos los tiempos.

          Como muchos lectores ya sabrán, esta serie, ideada para la televisión por Matthew Weiner (guionista y creador también de otro producto de gran éxito, Los Soprano), se centra en el fascinante mundo de la publicidad neoyorquina de la década de los sesenta. Su nombre, Mad Men, constituye un doble juego de palabras, ya que aparte de su significado literal, “hombres chiflados”, es la denominación que se daban a sí mismos los profesionales de la publicidad de La Gran Manzana, pues la mayoría de las agencias en las que trabajaban se ubicaban en Madison Avenue, en la isla de Manhattan. Pero la serie aporta mucho más que eso. Si bien la publicidad y las relaciones que ella mantiene con toda una diversidad de empresas clientes está perfectamente retratada, la trama profundiza sabiamente en las vicisitudes y problemas personales de todos sus numerosos personajes principales, encabezados por el carismático director creativo Don Draper, que se entremezclan entre sí por medio de guiones inteligentes y bien elaborados. La peculiar psicología de cuantos desfilan por la pantalla es un ingrediente de gran valor. Por otra parte, la serie sitúa también de lleno a sus protagonistas en su entorno histórico, en la década prodigiosa de los años 60, desde poco antes del ascenso de John F. Kennedy a la Casa Blanca hasta el año 1970, cuando gobernaba Richard Nixon, Neil Armstrong había puesto su pie por vez primera en la Luna (julio de 1969), el movimiento hippy era una poderosa realidad entre la juventud, y la protesta popular creciente ponía en tela de juicio la participación militar norteamericana en Vietnam. A lo largo de las siete temporadas de Mad Men, observamos muchos cambios -a veces sutiles, otras veces mucho más obvios- en los usos y costumbres, en las relaciones humanas, en la vestimenta, en la tecnología, en las actitudes y opiniones, tal y como fue sucediendo en la realidad. Problemas tan variados y reales como la hipocresía social, el excesivo conservadurismo de algunos, el papel secundario de la mujer, el racismo, el consumo anómalo de alcohol (tan presente en la serie), el tabaquismo omnipresente, las drogas, la rebeldía juvenil, la soledad y la frustración que muchos experimentan (a pesar de su posición privilegiada y de su alto nivel de vida), las frecuentísimas infidelidades de pareja, todo ello, en fin, queda muy bien reflejado a lo largo de los capítulos de Mad Men. Es un retrato magistral de aquellos años que, si bien pueden resultar lejanos para los jóvenes de hoy día, permanecen cercanos aún en la memoria de quienes los vivimos cuando éramos niños o jóvenes, y admirábamos boquiabiertos casi todo cuanto procedía de la otra orilla del Atlántico.

Fashion Emmy Nominees

Don Draper: el Hombre

El papel protagonista es indiscutiblemente el de Donald Draper (encarnado por Jon Hamm). Es un hombre que lo tiene casi todo: es muy atractivo, cuida su aspecto exterior y viste siempre de manera impecable, destila seguridad en sí mismo, aplomo y autoridad, ejerce un magnetismo irresistible sobre las mujeres, goza de un éxito profesional fuera de toda duda, tanto como director creativo de su agencia de publicidad como en su papel de puro hombre de empresa, tiene talento, y sabe salir airoso de situaciones particularmente difíciles. Es a la vez admirado y envidiado por casi todos cuantos le conocen. Su prestigio profesional trasciende su propia agencia, Sterling Cooper (de la que más tarde se convierte en socio), y disfruta de reconocimiento en todo el mundillo de la publicidad de Nueva York. Naturalmente, tiene sus lados oscuros, porque es humano a fin de cuentas. Pese a estar casado con una joven y atractiva mujer, Betty, con la que tiene tres hijos, no es feliz en su matrimonio, por varios motivos. En primer lugar, ello se debe en parte a la vaciedad y monotonía que se apodera de su vida conyugal; también influye de forma arrolladora la poderosísima atracción que Don siente por muchas otras mujeres que se cruzan en su camino, con las que es infiel sistemáticamente a su pareja formal (primero Betty, y más tarde la espectacular Megan); y también está el hecho indudable de que a Don Draper lo que le llena más intensamente son  las relaciones y los retos profesionales a las que se enfrenta día a día en Manhattan, siempre lejos de su hogar familiar. Es un bebedor compulsivo, incluso en la propia oficina, donde nunca falta el alcohol en los despachos de los directivos, que aprovechan el más mínimo pretexto para echarse al coleto un buen vaso de whisky; nuestro protagonista muestra desde luego un gran aguante, mantiene el tipo, y no parece que el exceso de bebida le afecte demasiado en su trabajo, aunque en determinados momentos sí le llega a crear problemas serios. El trabajo, el alcohol y el sexo llenan pues la vida de este personaje central, que casi siempre aparece como un tipo frío, calculador y con pleno dominio de la escena.

          Sin embargo, un episodio oscuro de su pasado le amenaza de forma recurrente, y en ocasiones le hace perder el control y llegar a sentir pánico. Durante la guerra de Corea, un bombardeo repentino sorprende a Don y a su inmediato superior, un oficial, que no es sino el auténtico y genuino Donald Draper. Este muere y, en medio del fragor de la escena, Don (que en realidad se llamaba Dick) toma la arriesgada decisión de suplantar la personalidad del oficial, haciéndose pasar por él. Como él mismo está herido tras el ataque, esta circunstancia le sirve para que los equipos de socorro le rescaten del infierno de la batalla, al tiempo que su nueva personalidad le abre un camino bien distinto en su vida futura, lejos de las miserias que habían envuelto su infancia y su juventud, en un entorno familiar bastante pobre y deprimente. Pese a su habilidad para abrirse paso en su nueva existencia, el temor a ser descubierto y castigado por su grave engaño lo acosa en diferentes momentos, quebrando el férreo control que ejerce sobre sí mismo y los demás.

Mad Men-Peggy Olson

Peggy Olson: el largo y difícil camino de la mujer

A principios de los años sesenta del pasado siglo, las cosas no eran nada fáciles para la mujer en el mundo laboral y profesional, ni siquiera en la avanzada y próspera Norteamérica. El machismo era claramente dominante en las empresas, donde el personal masculino raramente concebía que una mujer ocupara un puesto de responsabilidad, un puesto que no fuese el de mera secretaria. Para colmo, las insinuaciones, las bromas de mal gusto y las faltas de respeto para con sus compañeras de trabajo eran algo desgraciadamente muy habitual. Es en este desalentador escenario donde aparece al principio el personaje de Peggy Olson (interpretado por Elisabeth Moss), probablemente el más positivo  y digno de admiración de cuantos desfilan por la serie. Al menos, yo le tengo una gran simpatía.

          Peggy es una chica bastante joven y sencilla que entra en la agencia Sterling Cooper como simple secretaria. Proviene de una familia católica y de costumbres muy tradicionales, lo que se traduce en su habitual discreción e incluso en su forma de vestir, al principio bastante pacata y puritana. Su personaje va evolucionando poco a poco y transformándose en todos los sentidos a lo largo de la serie, a medida que va adquiriendo más confianza, asumiendo tareas de mayor rango y sintiéndose más valorada por los clientes y sus compañeros de la empresa, incluido el propio Donald Draper. Sin embargo, nunca pierde su buen fondo, ni su actitud habitualmente respetuosa para con los demás, ni tampoco su capacidad de asombro, que trasmite muy bien mediante la gran expresividad de sus ojos. Peggy es trabajadora como la que más, eficaz y servicial, y pronto uno de sus jefes, un veterano creativo llamado Frederick C. Rumsen (Joel Murray), advierte el especial talento para la publicidad que tiene la muchacha. Esta circunstancia la convierte en redactora y a partir de ahí su prestigio y valía van en aumento. Pese a todo ello, Peggy Olson no es ninguna “doña perfecta”; como todos los demás, tiene sus tropezones y sus momentos de desaliento, en ocasiones provocados por la actitud hostil de sus propios colegas, tanto masculinos como femeninos. Don Draper, aunque la valora y aprecia, también la presiona y se muestra duro con ella, convirtiéndose con el tiempo en un obstáculo a su carrera de publicista. En lo relativo al ámbito amoroso, Peggy no es demasiado afortunada, y parece claro que ella echa de menos una vida sentimental estable y satisfactoria. Al final de la serie, encontrará el amor donde quizás ella menos se lo imagina.

Mad Men - Roger Sterling

Roger Sterling: el gentleman vividor

Roger Sterling (encarnado por John Slattery) detenta el rango de socio y director de la agencia de publicidad, junto con el veterano y algo excéntrico Bertram Cooper (Robert Morse), quien fundó la compañía con el padre de Roger, ya fallecido. Roger Sterling es un hombre elegante, atractivo y más bien cínico, que asume la máxima responsabilidad de la agencia, con el apoyo y la compañía del viejo Bert. Más específicamente, se encarga de la dirección de cuentas y de las relaciones públicas al más alto nivel. Al igual que Don Draper, es un mujeriego empedernido y un gran bebedor; también es un excelente compañero de juergas. Casado con Mona desde hace bastantes años, tiene con ésta una hija ya adolescente. Eso no le impide mantener una intensa relación amorosa con la voluptuosa y espectacular Joan Holloway (Christina Hendricks), la jefa del equipo de secretarias, en la primera etapa de la serie. Más adelante, se divorcia de su primera esposa y se casa con una joven y guapa secretaria de la propia agencia (casualmente, secretaria de Don), a la que termina dejando también. La verdad es que, pese a la frivolidad y al cinismo del personaje, uno termina sintiendo simpatía por él y lamentando de veras que su vida privada resulte a fin de cuentas bastante vacía y frustrante. Con el tiempo, su liderazgo al frente de la agencia se ve un tanto eclipsado por la poderosa personalidad de Donald Draper, cuyo genio para encontrar salida en situaciones bastante complicadas para la empresa resulta decisivo.

 

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 Pete Campbell: la ambición

Un personaje muy significativo de la serie es Pete Campbell (interpretado por Vincent Kartheiser), joven ejecutivo de cuentas de Sterling Cooper. Es un hombre ambicioso y, al principio, algo inexperto. Carece del aplomo y del carisma propios de Don Draper o de Roger Sterling, y ello unido a su temperamento impulsivo le lleva a sufrir diversas decepciones y encontronazos, algunos de estos incluso físicos. Es muy celoso de su espacio y sus responsabilidades profesionales, poniendo todo su empeño por escalar posición y notoriedad en la agencia. Finalmente, consigue ser admitido como socio de la misma. Poco antes de casarse con la joven Trudy, hija de una familia bastante adinerada, mantiene una relación amorosa pasajera con Peggy (siendo ésta aún secretaria). De resultas de esta relación, Peggy queda embarazada, pero ella decide mantenerlo en absoluto secreto, no se lo comunica a Pete, disimula como puede su estado de gestación, y finalmente decide dar en adopción a su bebé, nada más dar a luz. Ya de casado, aunque todo parece indicar que forma con Trudy la pareja ideal (el bonito y coordinado baile de Charleston que interpretan juntos, durante el transcurso de una fiesta al aire libre, despierta la admiración de todos), comienza a producirse un distanciamiento entre ambos, él se busca una aventura extra-matrimonial (parece que lo ansía), las discusiones y desavenencias se hacen más frecuentes, y acaban por separarse, cuando tienen ya una hija en común. Sin embargo, la separación no será definitiva.

Mad Men - Joan Holloway bis

Joan Holloway: ¡cuidado, que vienen curvas!

He aquí a la jefa de secretarias de Sterling Cooper. Mujer de belleza esplendorosa y formas rotundas (que asociamos inevitablemente con el icono sexual de la época, Marilyn Monroe), también está dotada de una gran inteligencia, savoir faire y mucha mano izquierda, hasta tal punto que Joan se convierte en alguien imprescindible para el buen funcionamiento de la agencia de publicidad. En un primer momento la vemos meramente como responsable del pool de secretarias, aunque está claro que su tórrida relación sentimental con Roger Sterling confiere a esta mujer un estatus muy especial dentro de la compañía. Tras sufrir Roger un serio ataque al corazón, ambos abandonan su condición de amantes habituales. Poco después Joan conoce a un apuesto cirujano con quien inicia una relación estable y formal, que se interrumpe cuando a él lo destinan a Vietnam como médico militar. Joan está sinceramente enamorada de su pareja, con la que -en apariencia- tiene un niño (que en realidad es fruto de un nuevo encuentro esporádico con Roger), pero acaba rompiendo definitivamente con él cuando, al regreso de éste, comprueba con estupor que el médico, voluntariamente, ha decidido regresar a Vietnam por tiempo indefinido. Mientras tanto, la carrera profesional de Joan dentro de la agencia va ganando en peso y responsabilidad: pasa a ejercer como jefa de personal, asiste a las reuniones de socios como secretaria ejecutiva, se encarga de resolver problemas delicados, y acaba convirtiéndose en socia de pleno derecho, aparte de gestionar también personalmente algunas cuentas. Vive un episodio particularmente complicado cuando se ve obligada a pasar una noche con uno de los posibles nuevos clientes de la agencia, un alto ejecutivo de la empresa automovilística Jaguar, quien se ha encaprichado de ella y pone esto como condición para adjudicar el negocio a Sterling, Cooper, Draper & Pryce (nuevo nombre de la empresa). Los directivos de la compañía, tras las vacilaciones iniciales, se lo proponen a Joan, quien acaba por aceptar el humillante encargo, pese a la evidente repugnancia que le produce.

Mad Men - Sally Draper & her Mom

Sally Draper: hija, víctima y rebelde

No quiero terminar este breve repaso a los personajes, a mi juicio, más representativos de Mad Men, sin referirme la hija de Don y Betty, Sally Draper (interpretado por la actriz Kiernan Shipka). Podemos ver bien la evolución física y psicológica de esta niña, la mayor de tres hermanos, desde su tierna infancia hasta su compleja adolescencia. Sally se muestra siempre afectivamente mucho más próxima a su padre, pese a que éste pase la mayor parte del tiempo fuera del hogar familiar, por razones obvias. Su madre, Betty, asume su tarea de madre y educadora con excesiva frialdad, dureza y distanciamiento; vive en un cuasi permanente estado de insatisfacción en su vida personal, y pretende moldear a sus hijos como si de meros objetos se tratase, sin mantener con su hija ningún tipo de complicidad. Cuando Don y Betty deciden separarse, la tragedia de la ruptura se ceba particularmente en Sally, que ve cómo su padre se aleja todavía más de su vida, al tiempo que se ve obligada a convivir con el nuevo marido de Betty, Henry Francis, y con la familia de éste, a la que detesta con toda su alma. A partir de aquí, la relación con su madre se vuelve mucho más tormentosa, y las discusiones y desavenencias entre madre e hija son ya constantes.

          Sally aprovecha cualquier oportunidad (aparte de las visitas obligatorias concertadas) para escaparse a Nueva York y ver a su padre, junto al que sueña poder volver a vivir bajo el mismo techo. Simpatiza con la nueva esposa de Don, la bellísima Megan, con quien establece cierta relación de complicidad, de mujer a mujer, aunque no está claro que ese vínculo sea demasiado profundo. Sufre una enorme decepción cuando descubre a su padre en pleno encuentro amoroso con una vecina del edificio de apartamentos en el que viven él mismo y Megan, en apariencia un matrimonio feliz. Es una escena muy fuerte y uno se sitúa dentro de la piel de Sally, que ve cómo su mundo se derrumba en un desgraciado instante. Sally, con la que uno no puede evitar sentir una gran simpatía (en mi caso, se da además la coincidencia de que el personaje naciera el mismo año que el que suscribe, 1954), ingresa en un colegio interno y allí convive con otras chicas de su edad, ya adolescentes, con las que puede compartir libremente sus vivencias y secretos. También se ve de vez en cuando con un chico de su edad al que conocía desde pequeña en su antiguo lugar de residencia; se trata de un confidente y buen amigo de Sally, a quien su madre había prohibido terminantemente ver desde hacía tiempo.

          Termino ya esta primera aproximación al mundo de Donald Draper, un universo muy especial que me ha hecho pasar ratos muy placenteros, por todo cuanto trasmite sobre las personas, sus problemas, conflictos, anhelos, triunfos y fracasos, en un escenario recreado con todo lujo y amor por el detalle. En un próximo post, espero comentar diversos episodios y situaciones que se ven a lo largo de la serie y que me han llamado particularmente la atención.

EL CARA A CARA RAJOY – SÁNCHEZ DEL 14.12.15: LAMENTABLE

Debate Sánchez- Rajoy 14D

A continuación, transcribo con pocos cambios mi comentario de hoy en el video-blog del periodista Iñaki Gabilondo, en la web del diario El País:

El debate de ayer noche organizado por Atresmedia fue decepcionante y lamentable, sobre todo a partir de la segunda mitad, cuando los dos candidatos se enzarzaron en una fea bronca de descalificación mutua, asemejándose a dos boxeadores trabados una y otra vez, sin que el árbitro de la pugna, el señor Campo Vidal, profesional de la televisión de reconocido prestigio, hiciese apenas nada por separarlos y obligarles a debatir con fluidez y serenidad sobre todos los temas cruciales que aún quedaban encima de la mesa. Pedro Sánchez (PSOE) iba llevando la iniciativa durante la primera parte, y habría ganado claramente el debate, aunque fuera a los puntos, pero cometió la torpeza de atacar de un modo frontal y personal a Mariano Rajoy (PP), quien a partir de ese momento se revolvió como un búfalo herido y rabioso contra su contrincante. Y desde ese preciso instante el debate se degradó como nunca ha ocurrido en un encuentro entre candidatos de estas características. Al final, a mi modo de ver, perdieron los dos, por su descenso al fango y su incapacidad de salir de él y abordar con perspectiva otros asuntos de vital importancia para el país. La labor del moderador fue, como ya he apuntado, en exceso pasiva, dando la imagen de permanecer ausente de lo que se traía entre manos.

Cuando a continuación tocaba tratar de Cataluña y del modelo de Estado, Pedro Sánchez insistió en seguir acusando a su rival sobre la corrupción, y el feo espectáculo siguió prácticamente hasta el final, haciendo que el espectador se sintiera (supongo que, como yo, la mayoría) profundamente incómodo. El tema de la educación (de importancia capital en España) se trató muy de pasada, y fue una verdadera lástima, porque el candidato socialista podía haber recordado el meritorio intento de consenso nacional que llevó a cabo en su momento (gobernando Rodríguez Zapatero) el ex-ministro Angel Gabilondo, y que boicoteó el entonces en la oposición Partido Popular (partido que luego impondría por su cuenta y riesgo la pésima reforma perpetrada por el señor Wert).

Me gustaría hacer la siguiente reflexión. El PP ha venido utilizando hasta la saciedad el argumento de que con el anterior gobierno socialista del señor Zapatero, el paro aumentó en sus últimos dos años de gestión hasta niveles insoportables (hasta 5 millones de desempleados), pintando este fenómeno como una consecuencia directa de su mala política. Y hasta ahora no he oido a un sólo dirigente destacado del PSOE contradecir mínimamente esta argumentación e intentar al menos una justa defensa, porque lo que ocurrió en realidad fue una desgraciada coincidencia de dos profundas crisis: la internacional de índole financiera y el estallido interno de la burbuja inmobiliaria española. Ante tal escenario, la capacidad real del gobierno de entonces era bastante limitada. ¿Tuvieron responsabilidad? Sí, desde luego, pero no toda. ¿Acaso alguien piensa que, estando el PP en el poder, las cosas hubieran sido muy distintas? Aún admitiendo que hubieran reaccionado con más prontitud de la que mostró el ejecutivo socialista, cosa que nunca sabremos, las consecuencias habrían sido igualmente devastadoras en un país como España, cuyo desarrollo económico se basaba desde hacía ya demasiado tiempo en la construcción y la promoción inmobiliaria, con el aplauso y aquiescencia de TODOS los responsables: promotores, empresarios, banqueros, administraciones públicas (en especial ayuntamientos y comunidades autónomas), y políticos de toda clase y condición.

Y con esto termino. Estoy convencido de que el debate de ayer ha señalado el fin de una época. A partir de ahora, los partidos emergentes, en especial Podemos y Ciudadanos, van a tener mucho más protagonismo, y confío en que sea para bien de esta sociedad nuestra, tan maltratada y ninguneada por sus gobernantes.

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