Archive for 24 octubre 2015

SIGAMOS HABLANDO DE CINE

Alan Ladd en “Raíces profundas” (“Shane”), todo un clásico del género western, rodado en 1953.

          Como continuación de mis dos posts anteriores acerca de antiguas películas y salas de cine, quisiera hacer una rápida semblanza de muchas otras películas que pude disfrutar en la pantalla grande durante mis años de infancia, y que no he mencionado en los artículos referidos. En esta ocasión, y dado que mi memoria no da para tanto, prescindiré de cualquier referencia a las salas de proyección en que las vi.

          Comenzaré por algunos de los estrenos que podríamos calificar como más glamurosos que tuvieron lugar en los años sesenta del siglo pasado, como por ejemplo “El Álamo”, “El fabuloso mundo del circo” (última gran producción de Samuel Bronston rodada en España) y “Lawrence de Arabia”, ésta última dirigida por David Lean y también rodada parcialmente en nuestro país. Este film, como se sabe, lanzó al estrellato a Peter O’Toole, quien encarnaba al oficial británico T. E. Lawrence, personaje real que jugó un papel destacado en la rebelión árabe contra el dominio otomano, durante la Primera Guerra Mundial. Puedo citar también “Kartum” (o “Khartoum”, en su título original), protagonizada por Charlton Heston y Laurence Olivier. En este film, de carácter épico, se narran unos hechos históricos, a saber, la violenta rebelión de musulmanes sudaneses encabezada por un temible caudillo, quien se hacía llamar “El Mahdi” (más o menos, el Elegido por Alá), y que amenazaba con extenderse a Egipto; los ingleses, alarmados, enviaron a un prestigioso militar, el general Gordon, el cual consiguió llegar a Jartum (en la confluencia del Nilo Azul con el Nilo Blanco) y organizar los limitados efectivos de que disponía; sin embargo, los rebeldes mahdistas eran mucho más numerosos, sitiaron la capital y acabaron tomándola a sangre y fuego, matando a todos sus defensores, Gordon incluido. Corría el año 1883, y por lo que se ve los brotes radicales islámicos estaban ya presentes. Otra buena película histórica de aquellos años es, por ejemplo, “Un hombre para la eternidad”, una buena interpretación cinematográfica del enfrentamiento entre Tomás Moro y Enrique VIII de Inglaterra, a propósito de la ruptura que éste último llevó a cabo con la Iglesia Católica de Roma, motivada yo diría que exclusivamente por su desmedida afición a cambiar de consorte (Catalina de Aragón, Ana Bolena, Juana Seymour … y tres más). En esta misma línea, podría mencionar también “El tormento y el éxtasis”, acerca de la excelsa figura de Miguel Angel (Charlton Heston de nuevo) y su singular relación con el Papa Julio II (Rex Harrison), un pontífice que vivía sobre todo para el arte y la guerra, cosas bastante habituales en aquella época. Y también estaba “Rebelión a bordo” (“Mutiny on the Bounty”, producida en 1962), que contaba nada menos que con Marlon Brando como estrella principal  del reparto. Dedicaré a esta película un comentario especial.

          Este film era la segunda versión que se hizo en el cine acerca del motín en el buque HMS Bounty, una historia real sucedida a fines del siglo XVIII, en el Pacífico meridional. La primera, rodada en blanco y negro, databa de 1935 y estaba protagonizada por Clark Gable y Charles Laughton. Y en tiempos más recientes se filmaría un tercer remake, esta vez con Mel Gibson y Anthony Hopkins en los papeles principales. Personalmente, me quedo con la versión intermedia, dirigida por el estadounidense Lewis Milestone y protagonizada como decíamos por Marlon Brando y también por Trevor Howard. Me encantan su espléndida fotografía en Technicolor, el sabor de gran aventura, el fiel retrato de cómo era la navegación en alta mar, los paisajes paradisíacos de Tahití, el bonito amor que surge entre el oficial Fletcher Christian (Brando) y la encantadora princesa Maimiti (Tarita, con la que se casaría el actor en la vida real), y por descontado la larga gestación del conflicto entre gran parte de la tripulación de la nave y el despótico capitán  Bligh (Trevor Howard), que acaba estallando en un motín y la inmediata asunción del mando por parte del primer oficial. Me gusta también mucho la banda sonora (del compositor de origen polaco Bronislaw Kaper), que realza el dramatismo y la poesía de la aventura. Sin duda alguna, esta ha sido una de mis películas predilectas a lo largo de toda mi vida. Como curiosidad, sí que recuerdo bien dónde la vi por vez primera: fue en un cine de verano en las cercanías de Marbella, durante unas vacaciones en familia, con mis padres, mi hermano y mi tía; por paradójico que pueda sonar, tras mis anteriores alabanzas a esta gran película, en aquella ocasión me quedé dormido, debido a mi corta edad y al largo metraje del film. Posteriormente, claro está, he tenido varias veces la ocasión de volver a disfrutarla por entero.

“Rebelión a bordo”(1962): puesto de mando del HMS Bounty, con el temible capitán Bligh (Trevor Howard) en primer término.

          Bien es sabido que en aquellos años, cuando la dictadura del general Franco proseguía en todo  su apogeo, la Semana Santa española obligaba a guardar con bastante celo ciertas normas de respeto al culto católico. En lo que al cine se refiere, ello se traducía en la prohibición de proyectar en las salas películas que no tuviesen un marcado acento religioso. En consecuencia, entre lo proyectado durante tales días abundaban bastante las llamadas “pelis de romanos”, aderezadas naturalmente con historias de primeros cristianos, conversiones, mártires, etc. Sin embargo, y que yo recuerde, nunca vi entonces grandes clásicos de este género como “Quo vadis?” o “La túnica sagrada”, y pienso que ya era difícil, porque se repetían hasta la saciedad ( y posteriormente la TV se ha encargado de proseguir esta machacona tradición, en especial con la primera de ellas). Ya he dicho en otro post anterior que siempre me ha atraído poderosamente el género “peplum” (preferiblemente sin modélicos y abnegados cristianos de por medio), aunque he de decir también que raras veces los productos italo-norteamericanos de este tipo alcanzaban un alto nivel de calidad. Recuerdo algunas de estas películas, como “Los últimos días de Pompeya” y “Helena de Troya”, con la hermosa Rossana Podestà, film este último que considero bastante digno. No llegué a ver entonces “Espartaco”, de Stanley Kubrick, seguramente porque cuando se estrenó no era tolerada para menores. Por la misma razón me perdí también “Cleopatra”, con Elizabeth Taylor y Richard Burton, gran producción que tuvo un gran impacto en la época.

Escena de "Helena de Troya" (1956). El "divino" Aquiles (Stanley Baker) se prepara para la batalla.

Escena de “Helena de Troya” (1956). El “divino” Aquiles (Stanley Baker) se dispone a entrar en combate.

          Lo cierto es que por culpa de mi edad me quedé con las ganas de ver unos cuantos estrenos de cine, como es el caso de la serie dedicada al personaje de James Bond, creado por el escritor Ian Fleming y a quien empezó a dar rostro el excelente actor Sean Connery. La saga inaugurada por “Agente 007 contra el Dr. No” constituyó una gran aportación al cine de la época, con su atractivo cóctel de acción trepidante, escenarios espectaculares, bellísimas mujeres, ingenios sorprendentes, lujo, cochazos, yates, etc. La atmósfera de guerra fría que se respiraba en el mundo de los sesenta abonaba el terreno a este tipo de películas, que han tenido continuidad hasta nuestros días, como bien se sabe. Entre otras grandes y exitosas producciones cinematográficas que me perdí durante aquellos años están “La Pantera Rosa” (de Blake Edwards, 1963), con el torpe y entrañable inspector Clouseau encarnado por Peter Sellers, el hermoso musical “My fair lady” (George Cukor, 1964), protagonizado por Rex Harrison y la siempre encantadora Audrey Hepburn, y “West Side Story” (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961), película esta última a la que he dedicado un post en este mismo blog (22.07.2013). ¡Cuántas veces oí a mi hermano (6 años mayor que yo) ensalzar esta película musical! Pienso que este gran espectáculo, una moderna versión de la historia de amor de Romeo y Julieta, supuso ciertamente una gran conmoción para todos los adolescentes de la época.

           Volviendo a los géneros cinematográficos, y ya que he mencionado el “peplum”, ciertamente uno de los más populares y conocidos de la época era el “western”, que continuaba en pleno apogeo. Ya he dedicado un post a esta categoría de películas (ELOGIO DEL WESTERN, 24.04.2011), de manera que no me extenderé mucho más aquí. Tan sólo quiero escribir unas líneas para recordar una producción que aprecio de forma muy especial. Se trata de “Raíces profundas” (“Shane”, en su título original, un film de George Stevens, rodado en 1953). Veo en esta película una belleza primitiva, y pienso que de alguna manera representa muchas de las esencias del western más genuino. Se trata de una historia narrada de forma muy directa y sin dobleces, en la que quizás lo único que permanece en el misterio es el pasado del protagonista, Shane, encarnado por un sobrio Alan Ladd, en uno de los papeles más emblemáticos de su carrera. La banda sonora (Victor Young), el paisaje más bien desolado y las altas montañas que se alzan majestuosamente como un telón de fondo componen con maestría el ambiente en que se desarrolla la acción. La escena final, en la que nuestro protagonista se aleja del poblado a caballo y comienza a ascender las escarpadas sendas de la sierra, mientras resuena el eco de la voz del chiquillo pronunciando su nombre, forma parte del imaginario más clásico de la historia del cine, del Cine con mayúsculas. No es necesario afirmar que el cine del Oeste, del que existe una amplísima filmografía, con muchos y excelentes títulos (también hay muchas producciones mediocres y malas, cierto), influyó en buena medida en varias generaciones de españoles.

          Me gustaría ahora mencionar algunas otras películas que me dejaron huella, pertenecientes ya a géneros bastante diversos. Comenzaré con un clásico del cine de aventuras en el África profunda, “Las minas del rey Salomón”; ¡qué buena pareja hacían Deborah Kerr y Stewart Granger! También actuarían juntos en “El prisionero de Zenda”, un film de intrigas palaciegas y espadachines, esta vez con la compañía de un malvado James Mason. Me gustó mucho en su momento “Hombres temerarios” (“The racers”), protagonizada por Kirk Douglas, dedicada al fascinante mundo de las carreras de automóviles en una época ya legendaria y mucho menos tecnificada que la actual, cuando sonaban los nombres míticos de Alberto Ascari, Stirling Moss o Juan Manuel Fangio. También recuerdo “Al borde de la eternidad”, con Cornel Wilde, una historia contemporánea de tipo policíaco junto al impresionante escenario natural del Gran Cañón del Colorado; personalmente, disfruté mucho admirando los espectaculares coches americanos de los 50 y 60 que se dejan ver generosamente en la película, y es que siempre me han fascinado aquellos vehículos, que aquí en España conocíamos como “haigas”. Dentro de lo que podríamos denominar cine fantástico, recuerdo con cariño “Simbad y la princesa” (1958), con sus más que meritorios efectos especiales, a pesar de que en aquel entonces no se podía siquiera soñar con los perfeccionados efectos digitales de hoy día. Nunca olvidaré al temible cíclope que amenaza a Simbad y sus compañeros en una isla misteriosa, en una especie de revisión de una de las aventuras de Ulises en la Odisea de Homero, ni tampoco la asombrosa danza de la mujer-serpiente, con sus cuatro ondulantes brazos, por obra y gracia de la poderosa magia de un malvado brujo. El cine japonés de ciencia-ficción comenzaba a darse a conocer, y un ejemplo que puedo mencionar aquí es “Los hijos del volcán” (1956), en la que el monstruo principal era un gigantesco pterosaurio que surgía de las entrañas de un volcán y provocaba la destrucción y el caos, obligando a movilizarse al mismísimo ejército. Y ya para finalizar este apartado, no puedo dejar de pasar por alto “Fantomas” (1964), una película francesa de acción que me gustó mucho en su día, en la que intervenían el galán Jean Marais, la atractiva Mylène Demogeot y el cómico Louis de Funès. Este último nos hizo reír de lo lindo a toda una generación de españoles, interpretando a una serie de personajes histriónicos y caricaturescos en diversas películas hechas a su medida. Por cierto, tras la antes mencionada se rodaron dos secuelas: “Fantomas vuelve” y “Fantomas contra Scotland Yard”, con el mismo reparto protagonista.

"Las minas del rey Salomón", con Deborah Kerr y Stewart Granger. Estilo y elegancia británicos en el corazón de Africa.

“Las minas del rey Salomón”, con Deborah Kerr y Stewart Granger. Estilo y elegancia británicos en el corazón de Africa.

          No sería justo finalizar este artículo sin dedicar al menos unas líneas al cine español, naturalmente el que yo solía ver en aquellos años de mi vida. En este apartado, más que a películas en concreto, me gustaría expresar mi sincero reconocimiento a una serie de intérpretes como son José Luis López Vázquez, Antonio Ozores, Gracita Morales (con su voz inolvidable), Manolo Gómez Bur, Tony Leblanc, Pepe Isbert y José Sazatornil “Saza”, entre otros muchos. Todos ellos me hicieron pasar muy buenos ratos en las salas de cine, dando vida a personajes costumbristas y cómicos, algo que probablemente era lo mejor que se podía hacer durante aquel largo periodo de censura y acatamiento a rajatabla de los Principios Fundamentales del Movimiento. Simpáticos films como “Los tramposos” o “Atraco a las tres” nos hacían reír de buena gana, y eso era muy de agradecer. A pesar de las duras restricciones tanto políticas como económicas, algunas producciones brillaron con luz propia, como es el caso de “Bienvenido, Mr. Marshall” (Luis Gª Berlanga, 1953), una auténtica joya, “El cochecito” (Marco Ferreri, 1960) o “El verdugo” (Luis Gª Berlanga, 1963), estas dos últimas con el entrañable e irrepetible Pepe Isbert de protagonista. Podría destacar también “Calle Mayor” (Juan Antonio Bardem, 1956), si bien tanto ésta como las dos anteriores películas no las vería hasta unos cuantos años después. Pese a tratarse de un cine menor, y espero que nadie se ofenda por ello, deseo hacer aquí también un hueco a las películas de Marisol (Pepa Flores), cuyo encanto y simpatía conquistaban el corazón de todos los públicos. Otro menor, Pablito Calvo, lo había hecho con anterioridad en la emotiva “Marcelino, pan y vino”. Había también un cine español cuyo objetivo fundamental era el de exaltar las virtudes patrias y las glorias de antaño, aunque justo es reconocer que se le veía demasiado el plumero; en este subgénero se encuadraba, por citar un ejemplo, “Jeromín”, película que narraba las supuestas peripecias infantiles del hermano bastardo de Felipe II, don Juan de Austria, el vencedor de la batalla de Lepanto.

          Con este rápido repaso al cine de mis primeros años he pretendido expresar como mejor he podido mi amor incondicional al cine, al arte por excelencia del siglo XX, ateniéndome solamente a los recuerdos que aún permanecen vivos en mi memoria. Pido disculpas por mis posibles errores y muchos olvidos.

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SOBRE EL DEBATE IGLESIAS – RIVERA MODERADO POR JORDI ÉVOLE

Debate Iglesias-Rivera 18.10.15          Acerca del debate conducido por Jordi Évole, que enfrentó a Pablo Iglesias con Albert Rivera y que se pudo ver por TV (La Sexta) el pasado domingo por la noche, lo primero que me gustaría destacar es que me gustó mucho el formato y el estilo. Nada que ver con los encorsetados y rígidos debates televisivos a que hasta ahora estábamos acostumbrados. Demostraron que se puede tratar de temas serios y de la mayor importancia con cierto desenfado, fluidez y “buen rollo”, si se me permite la expresión. A eso ayudaba, por supuesto, que se trataba de dos personas jóvenes y que, hasta el momento, no han tenido grosso modo responsabilidades de gobierno. Pero el encuentro sirvió para contrastar ideas y programas, en un escenario y con un tono distendido que parecen presagiar un tiempo nuevo en la política española. Felicito sinceramente a Jordi Évole por aportar este formato tan novedoso.

          Sobre quién ganó el debate, yo no lo tengo muy claro, y tampoco me parece esta cuestión demasiado relevante. Es cierto que Albert Rivera (Ciudadanos) se mostró más agresivo y algo más desenvuelto, si bien no me agradó que interrumpiese tantas veces a Pablo Iglesias (Podemos), al que no le permitía redondear ni acabar sus argumentaciones. Tampoco me pareció correcto que, cada vez que se mencionara el concepto de “empresa pública” (no nacionalización, ojo, sino simplemente empresa pública), Rivera se apresurase a calificarlo despectivamente de vieja idea comunista o franquista (¿en qué quedamos?). Creo que en este campo se pueden matizar mucho más las cosas. Por lo que se refiere a Pablo Iglesias, da la impresión de que el joven líder de Podemos está haciendo un esfuerzo por moderarse a sí mismo así como por dotar de un mayor pragmatismo a sus propuestas y proyectos políticos. Él mismo lo reconoció durante la conversación. Quizás esto le haga perder algo del empuje inicial, pero también le da mayor credibilidad ante gran parte del electorado.

          En cuanto a las ideologías subyacentes, va resultando obvio que a ambos políticos les separa bastante distancia, y es este factor el que debe primar en la valoración que cada uno haga sobre una y otra formación. Mi opinión es que Ciudadanos se perfila como el gran partido de centro o centro-derecha de este país, que va a ir desplazando al PP hacia su espacio natural, esto es, la extrema derecha, razón por la cual Rivera tiene ante sí un gran caladero de votos. Lo que no sabemos aún es si esta sustitución va a producirse con rapidez o a marcha más pausada. En cuanto a Podemos, creo que va a ser sin duda el gran partido de referencia de la izquierda española, y la incógnita es qué va a pasar con Izquierda Unida, liderada ahora por Alberto Garzón, un hombre consecuente y a mi modo de ver muy válido. No me parece justo que se ignore y condene a la marginalidad a un partido político (IU) que hasta ahora ha defendido con honestidad (aunque con menor fortuna) las ideas de izquierdas en nuestro país. En medio de Ciudadanos y Podemos queda, en mi opinión, un espacio de centro-izquierda en el que puede encajar con cierta holgura el PSOE de Pedro Sánchez, siempre y cuando acierte a trasmitir a la ciudadanía un programa sensato, pero a la vez ambicioso y progresista, así como a mantener una deseable unidad de criterio entre sus filas. En este último aspecto, yo les recomendaría ser mucho más cuidadosos.

          Pese a todas las críticas que se han lanzado y siguen lanzándose contra los “viejos” partidos que han protagonizado el modelo bipartidista imperante en la España de estas últimas décadas, no se puede medir con la misma vara al PP y al PSOE, ni mucho menos afirmar que vienen a ser lo mismo, como muy burdamente hacen algunos. Se trata de afirmaciones facilonas y gratuitas. Con todos los errores, contradicciones y escándalos que se puedan achacar a los socialistas, el Partido Popular pierde credibilidad por goleada, entre otros factores, por el altísimo nivel de corrupción que afecta a toda su organización interna y a su propia cúpula, como han demostrado hasta la saciedad los casos Gürtel y Bárcenas, pese a que aún no han llegado ni mucho menos al fondo de sus respectivos asuntos. Por otra parte, y esto lo he insinuado muchas veces en este y otros foros, ¿hay todavía alguien que ponga en duda que el PP representa demasiado bien a la derecha neofranquista de nuestra nación?

RECORDANDO ANTIGUAS PELÍCULAS Y SALAS DE CINE – II

La gran pantalla

          Aparte de la Gran Vía, otra zona de Madrid pródiga en salas de estreno era el tramo de la calle Fuencarral que discurre entre las glorietas de Bilbao y Quevedo, más la adyacente calle Luchana. Precisamente en esta última vía se encuentra el cine Palafox, del que se decía cuando abrió por vez primera sus puertas que era “el mejor de Europa”. Es probable que fuera una exageración publicitaria, pero lo cierto es que para mí este local tiene un gratísimo recuerdo, y es que desde sus butacas pude disfrutar de “55 días en Pekín”, un film que ya en su momento me fascinó y que nunca ha dejado de atraerme. Personalmente, considero esta producción como la mejor de todas las que salieron de la factoría Samuel Bronston, el hombre que acercó Hollywood a Madrid y atrajo a España a algunas de las más deslumbrantes estrellas del cine norteamericano. De “55 días en Pekín”, dirigida por Nicholas Ray, me gusta todo: la presencia de Charlton Heston, Ava Gardner y David Niven, perfecto éste último en su rol de caballero británico victoriano, la acción y la espectacularidad de los decorados, la sensación de peligro que rodea a todos los occidentales que moran en la capital imperial tras el estallido de la rebelión boxer, el excelente vestuario tanto de chinos como de europeos y, cómo no, la estupenda banda sonora de Dimitri Tiomkin, otro genial compositor de cine. Vista con más rigor y espíritu crítico, debo decir ahora en su contra que los chinos, encabezados por su emperatriz Cíxî, aparecen de alguna manera como los villanos de la historia, cuando la triste realidad era más bien a la inversa. En efecto, China vivía un período de gran decadencia bajo la última dinastía imperial, la Qing (o Manchú, según su nombre más conocido), y durante todo el siglo XIX había venido sufriendo toda clase de abusos, conquistas territoriales, vejaciones, expolios y derrotas militares por parte de varias potencias occidentales, incluyendo Rusia y Japón, potencias todas ellas que no ocultaban ambiciones comerciales a todas luces desmedidas. Asimismo, otro “fallo” de la película, si bien comprensible y perdonable, es la breve aparición del supuesto embajador español en Pekín (Alfredo Mayo); nuestro país nunca mantuvo legación diplomática en aquel lejano país en la época referida. Imagino que no estábamos para semejantes aventuras en aquellas latitudes, puesto que nosotros también padecíamos nuestra propia decadencia. Sin duda, se trató de un guiño del señor Bronston a nuestra nación.

          Acudí muchas veces al cine Proyecciones, en la calle Fuencarral. En él pude disfrutar de “Hatari”, una bonita y simpática película en la que se vivían las aventuras de un singular grupo de hombres y mujeres de acción que se dedicaban a capturar animales salvajes vivos en las sabanas de Tanganyka, con el fin de enviarlos a distintos zoológicos de Europa y Norteamérica. Encabezaba el reparto John Wayne, ya bastante maduro pero aún con una contundente presencia física, mientras que la italiana Elsa Martinelli ponía un contrapunto de frescura y feminidad. La secuencia en la que el grupo, que suele utilizar dos vehículos para cazar a sus presas, intenta hacerse con un gran rinoceronte a la carrera es espectacular. E inolvidable es también la música de Henry Mancini, con sus ritmos tan deliciosamente africanos. También vi en esta sala “El mundo está loco, loco, loco, loco”, una animada comedia de carretera, en la que un grupo muy heterogéneo de personas se lanza a la búsqueda de un supuesto tesoro escondido en una playa californiana, tras escuchar la confesión de un hombre moribundo que acaba de sufrir un accidente. En el film hay una interesante exhibición automovilística de la época -muy de mi gusto-, ya que casi toda la acción discurre sobre ruedas. Una producción intrascendente, pero muy divertida. Por último, sin estar muy seguro de si se pasó en el Proyecciones, quiero destacar también “Hello, dolly!”, un bonito y desenfadado musical dirigido por Gene Kelly y protagonizado por Barbra Streisand y Walter Matthau. Ella ya había triunfado muy poco antes con “Funny girl”, ésta vez junto a Omar Sharif, y ciertamente ambas películas la lanzaron a la fama en el mundo entero. Nunca entendí por qué motivo ambos films quedaron relegados al olvido durante muchos años en España, ya que no pude volver a verlos ni en el cine ni en TVE. Por suerte, hace muy poco tiempo me hice con los dos DVD’s y he conseguido disfrutarlos de nuevo en casa. ¿Ha habido algún tipo de extraño boicot en la televisión española contra Barbra Streisand? ¿Quizás por el hecho de ser judía? Quién sabe, pero su talento interpretativo, su simpatía y la calidad de su maravillosa voz están fuera de toda duda.

          Poco antes se había estrenado en Madrid “Sonrisas y lágrimas” (“The sound of music”), un musical protagonizado por Julie Andrews (convertida en gran estrella por “Mary Poppins”), y que contaba también con la presencia de Christopher Plummer y Eleanor Parker. No voy a comentar nada de esta película, que obtuvo un enorme éxito, aunque algunos la han tildado de demasiado edulcorada y un tanto cursi. La banda sonora es buena, hay que reconocerlo, y el número de las marionetas es encantador. Sí que me gustaría añadir una anécdota personal, y es que yo enseguida simpaticé con la Parker, que interpretaba a la Baronesa, debido a su indudable belleza y elegancia (ya me había fijado en esta actriz en “El Valle de los Reyes”), y no pude evitar sentir un poco de rabia al comprobar que el capitán Von Trapp (C. Plummer) acabara enamorándose de la sencillota y monjil María (J. Andrews). Así son de caprichosos los sentimientos, incluso los de un chavalín como yo, aunque nadie me podrá acusar de carecer de buen gusto en lo que a damas se refiere. La bella y distinguida Eleanor Parker también había actuado en “Cuando ruge la marabunta”, junto al apuesto Charlton Heston, y en “Scaramouche”, una película de espadachines protagonizada por Stewart Granger. Con todo esto casi me olvido de citar la sala de cine en que vi esta película; me parece que fue el Amaya, en el Paseo del General Mnez. Campos, aunque no podría asegurarlo al cien por cien. Lo que sí recuerdo muy bien es que en este mismo cine, muchos años después, vería con mi mujer la disparatada y desternillante “Aterriza como puedas”.

          La verdad es que no sólo vi buenas e interesantes películas en los cines de estreno de la capital. En realidad, solíamos acudir más frecuentemente a los llamados cines de barrio, o de sesión continua, diseminados por todo Madrid, principalmente por el hecho de que en estas salas podías ver dos películas seguidas a un precio mucho más módico; además, si habías llegado al cine con la primera película ya empezada, no tenías más que quedarte en tu butaca a verla de nuevo desde el principio en la siguiente sesión. Es cierto que la calidad de los locales menguaba bastante y el público era más ruidoso, pero no creo que estas circunstancias me preocupasen demasiado. Como mis recuerdos al respecto son más confusos, y tampoco es cuestión de alargarme en exceso, solamente mencionaré una sala bastante decente que había en la calle Bravo Murillo, a la altura de Estrecho. Se trataba del cine Lido, el cual frecuenté muy a menudo sobre todo cuando, ya de adolescente, empecé a salir por mi cuenta, casi siempre con compañeros de clase. Entre otros muchos films, aquí vi dos que me gustaron de forma muy especial: “Un día en Nueva York”, todo un clásico del mejor cine musical norteamericano, con unos joviales Gene Kelly y Frank Sinatra, y “La vida privada de Sherlock Holmes”, de Billy Wilder, una película que nunca me cansaré de alabar y que siempre recuerdo con gran cariño. Ya la he dedicado un post en este mismo blog (con fecha 09.03.13), y únicamente me gustaría subrayar de nuevo la bellísima partitura de Miklós Rózsa, con seguridad uno de los más inspirados compositores que hayan trabajado nunca para el Séptimo Arte. Ciertamente, la contribución de una buena banda sonora a la calidad de una película es decisiva.

          Como me he dejado muchas y buenas películas en el tintero, de todas las que pasaron ante mis asombrados ojos durante mi infancia y primeros años mozos, dedicaré otro post a seguir divagando sobre cine, sin referirme ya a ninguna sala en concreto. El tema lo merece.

Cartel 55-Days-Peking

RECORDANDO ANTIGUAS PELÍCULAS Y SALAS DE CINE – I

proyector de cine

          En mi memoria siempre ha permanecido el recuerdo de ciertas películas íntimamente ligado con el de las salas en las que las vi por primera vez, allá por los ya lejanos años mi infancia y primera adolescencia. Soy de los que creen que el cine, el séptimo arte, tiene una gran carga de magia, por su capacidad para trasladarte a otras realidades y permitirte experimentar vivencias de todo tipo y apasionantes aventuras. Como ya he escrito en otra ocasión, en este mismo blog, el cine es una ventana maravillosa por la que escapas, al menos momentáneamente, de ti mismo y de tu entorno más inmediato. Se me ocurre que, quizás debido a estas razones, he podido retener el recuerdo indeleble de una serie de películas junto con el de la propia sala de proyección en que las disfruté. Por acotar un poco el relato, me ceñiré básicamente a la década que va desde finales de los años 50 hasta finales de los 60, cuando dejaba ya atrás la niñez. Y para quien lea este blog por vez primera, le aclararé que todo transcurrió en la ciudad de Madrid.

          Muy cerca de mi primera casa, en la calle Lope de Rueda, había varios cines que, o bien han desaparecido del todo, o bien han sufrido una profunda transformación, como ha sido el caso del Teatro-cine Alcalá, situado en la esquina de las calles Alcalá y Jorge Juan, especializado ahora en espectáculos musicales. Dada su gran proximidad a nuestro domicilio, y también por tratarse en aquella época de una sala de sesión continua (mucho más barata que los locales de estreno), vi en este local infinidad de películas, casi siempre aprovechando las tardes libres de los jueves (libranza escolar que luego se trasladaría a los miércoles). De entre todas ellas, recuerdo especialmente una muy bella y de poético título, “El albergue de la sexta felicidad”, protagonizada por Ingrid Bergman. En ella, la extraordinaria actriz encarna a una misionera británica -un personaje real- que en el periodo de entre-guerras del siglo XX decide viajar sola nada menos que hasta la lejana China, con el fin de dedicarse al cuidado de los demás, y en particular de un nutrido grupo de niños huérfanos. Tras la invasión de Manchuria por parte del ejército imperial japonés, esta valiente mujer se ve directamente involucrada en la tarea titánica de conducir a este grupo a través de las montañas hasta un lugar seguro, a salvo de la guerra. Se trata de una historia muy emotiva, que te deja un buen recuerdo en el corazón.

          Otro cine muy cercano a nuestra casa era el Salamanca, sede ahora de una gran tienda C&A, en la misma esquina de Conde de Peñalver con Hermosilla. Aún me veo a mi mismo, junto a mi tía y mi hermano, haciendo cola para entrar a ver “Moby Dick” (John Huston, 1956), con muchos nervios y una gran expectación por contemplar a la gran ballena blanca de la novela de Herman Melville. De esta película, que figura entre mis predilectas de toda la historia del cine, ya he escrito en otro post de este mismo blog (EL GENUINO SABOR DE LA AVENTURA). A pesar del tiempo transcurrido desde su rodaje, creo que es una versión muy digna de la historia descrita por Melville, y aún hoy se puede ver a plena satisfacción. También en el cine Salamanca pude ver “Rey de reyes”, la primera de las grandes producciones de Samuel Bronston rodadas en España. De este film, una buena muestra del cine religioso, dirigida  por Nicholas Ray, yo destacaría la música inigualable de Miklós Rózsa (que ya había compuesto la también magnífica banda sonora de “Ben Hur”), así como los extraordinarios ojos azules de Jeffrey Hunter, en su papel de Jesús de Nazaret. Fui visitante muy asiduo de este cine y, si la memoria no me falla, años más tarde también vería aquí “El día más largo”, una buena película rodada en blanco y negro  que contaba las vicisitudes del desembarco  aliado en Normandía, el famoso día D. Esta producción se hizo famosa por su conocido tema musical, de aire castrense y fácilmente tarareable.

          Ya que hablamos de cine bélico, no puedo dejar de mencionar otra gran película anterior, “El puente sobre el río Kwai”, dirigida por el gran David Lean y protagonizada por el siempre eficaz Alec Guinness, un joven William Holden y el japonés Sessue Hayakawa, en el papel del férreo y tiránico coronel Saito. Este film también se hizo mundialmente famoso por popularizar otro tema en su banda sonora, la Marcha del Coronel Bogey. Si mal no recuerdo, creo que vi esta película (ya de reestreno) en el cine Narváez, hoy Renoir Retiro, entonces de sesión continua o “de barrio”.

          Otra sala muy frecuentada por nosotros en el mismo barrio era el Benlliure (esquina de Alcalá con Fernán González), que ha conseguido permanecer abierta hasta hace pocos años, pero que al final se ha visto condenada al cierre, como tantas otras. Este cine siempre lo recordaré asociado con la película “Barrabás”, protagonizada por un excepcional Anthony Quinn, así como por Vittorio Gassman, Silvana Mangano y Jack Palance, éste último metido en la piel de un famoso y despiadado gladiador profesional. Al igual que otras grandes producciones de la época, contaba con una buena banda sonora, especialmente adaptada al trasfondo religioso del film. Muy destacable la secuencia del anfiteatro romano, en la que asistimos a un desigual combate entre Quinn, a pie y muy básicamente armado, y Palance, que guía un carro de combate tirado por dos caballos. Mi gusto por el “cine de romanos” o género peplum viene de antiguo, y curiosamente la casualidad quiso que en esta misma sala Benlliure, muchos años después, disfrutase de dos modernos y buenos exponentes de este tipo de cine: “Gladiator” (2000) y “Troya” (2004). Al finalizar el pase de esta última película, que vi en compañía de mis hijos, me sentí emocionado y prorrumpí en aplausos, que otros espectadores siguieron. Muy poco tiempo después, tristemente, el Benlliure cerraría sus puertas.

          Refiriéndome ya a otras zonas de Madrid, tengo que nombrar en primer lugar una sala de estreno muy emblemática, el cine Albéniz, muy próximo a la Puerta del Sol. Este local fue sin duda muy especial para mí, puesto que fue el primero de la capital en estar adaptado al sistema de proyección Cinerama, de 3 cámaras simultáneas. Las primeras producciones rodadas con esta tecnología eran de carácter documental, y estaban encaminadas fundamentalmente a mostrar al público las excelencias del sistema, en especial la espectacularidad de las imágenes, gracias a la pantalla curva y al gran ángulo de visión. Pero luego vendrían las películas con argumento, como “La conquista del Oeste”, “El maravilloso mundo de los hermanos Grimm” y “La última aventura del General Custer”. De la primera de ellas, que me marcó en buena medida y que volvería a ver muchas veces, ya he escrito en mi post ELOGIO DEL WESTERN (24.04.11). Posteriormente, una vez abandonado el sistema Cinerama, en el Albéniz se siguieron proyectando films en formato convencional. Sin que pueda asegurarlo al cien por cien, creo que vi aquí también “2001: una Odisea en el Espacio”, de Stanley Kubrick. Debo confesar que en aquel momento no entendí casi nada de esta aclamadísima obra de ciencia ficción, aunque diré en mi favor que yo aún era muy crío.

          En aquel entonces, la Gran Vía era la avenida más glamurosa de Madrid, con su inequívoco aire neoyorquino de los años treinta, y estaba salpicada de un buen número de salas cinematográficas de estreno: Palacio de la Prensa, Palacio de la Música, Imperial, Avenida, Rialto, Capitol, Lope de Vega, Rex, Coliseum,… También frecuenté estos cines, en los que pude ver películas de la categoría de “Los Diez Mandamientos”, “El Cid”, “La caída del Imperio Romano”, “Mary Poppins” (un delicioso musical del que me sigue gustando prácticamente todo), “El planeta de los simios”, “El jovencito Frankestein”, “El violinista en el tejado” y “Tiburón”, entre las más destacadas que recuerde, si bien no podría asociar casi ninguna de ellas a una u otra sala en concreto. Creo poder relacionar “Ben Hur”, impresionante producción donde las haya, con el desaparecido cine Benavente, en la Plaza Vázquez de Mella, aunque no podría asegurarlo. En el Imperial vi “El Valle de los Reyes”, una historia de aventuras y egiptología protagonizada por Robert Taylor y Eleanor Parker, y “El quinteto de la muerte”, una simpática película inglesa de ladrones de bancos en cuyo reparto figuraban nada menos que Alec Guinness y Peter Sellers. Siempre recordaré a éste último en la genial “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú” (Stanley Kubrick, 1964), dando vida nada menos que a tres personajes, entre ellos el del gesticulante Dr. Strangelove. Inolvidable Peter Sellers.

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