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INTOXICACIÓN INFORMATIVA Y ESTUPIDEZ HUMANA

 

 

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          A nadie se le escapa que, a lo largo de los últimos 12 o 14 años, los hábitos de vida y consumo de una gran parte de la población mundial han cambiado radicalmente. Sobre la base ya existente de Internet, la utilización masiva de los dispositivos móviles, en especial de los smart-phones y las tablets, ha acelerado este proceso, en paralelo con el desarrollo fulgurante de las redes sociales, los buscadores y las diferentes plataformas proveedoras de servicios digitales. Un elevadísimo porcentaje de habitantes de nuestra sociedad, y ya no sólo del mundo económicamente más desarrollado, estamos hiperconectados. Y esto sucede a muchos niveles: social, informativo, profesional, publicitario y comercial, lúdico, etcétera. Compartimos toda clase de mensajes, imágenes, fotografías, videos, archivos, noticias y opiniones. La circulación global de información por los medios digitales alcanza un volumen inmenso en todo momento. Basta un sólo dato para hacernos idea de su magnitud: se estima que cada minuto que pasa se suben a la plataforma YouTube ¡más de 300 horas de video!, y probablemente esta cifra ya esté desfasada. No nos separamos de nuestro móvil ni un instante al día, algunos (entre los que me incluyo) por obligación, y muchos otros (sobre todo los más jóvenes) por pura adicción. Siempre estamos pendientes del último mensaje de Whatsapp o de la noticia más reciente; nos acostamos escrutando la pantallita táctil, y lo primero que hacemos al despertar es consultarla de nuevo.

          Un observador externo e imparcial podría pensar, a la vista de este fenómeno que ha irrumpido tan repentinamente en nuestras vidas, que los humanos ahora somos mucho más sabios y más inteligentes, al manejar constantemente tanta información. Pues lamentablemente no creo que sea así, al menos desde una óptica general. Tras un primera y rápida reflexión, es fácil deducir que un exceso de información no le hace a uno mejor conocedor de lo que realmente importa e interesa, máxime cuando todo ese caudal informativo está plagado de nimiedades, fruslerías, meras distracciones visuales, datos cazados a la ligera y sin contrastarse debidamente, opiniones poco fundamentadas e incluso noticias contradictorias. Y hay que señalar que todos estos graves defectos que restan en gran medida valor a la información no son exclusivos de los canales digitales ya mencionados, sino que también se vierten abundantemente sobre la sociedad a través de los medios tradicionales (que aún cuentan con audiencias masivas), como la televisión, la radio y la prensa.

          La búsqueda sincera de la verdad, la intención honrada por describir la realidad de la manera más objetiva posible, las opiniones rigurosas y fundamentadas sobre datos y hechos objetivos, son conceptos que hoy día están seriamente amenazados, si no en franco retroceso. La manipulación de las mentes se halla en estos momentos, por desgracia, peligrosamente activa. De un lado, medios como la televisión y muchos canales digitales nos bombardean con estúpidos reality-shows, en los que las discusiones y las peleas de famosillos y caraduras profesionales están a la orden del día, siempre a causa de trivialidades y bobadas intrascendentes; no faltan tampoco pseudo-debates políticos presididos por el ruido, la falta de respeto y el robo continuado de la palabra entre los distintos tertulianos; los noticiarios no conceden a las noticias los tiempos ni la importancia que cada una merece,  sino que evidencian una gran arbitrariedad en su tratamiento, y muy a menudo nos ofrecen sucesos y curiosidades con los que parecen querer distraer nuestra atención y alejarla de lo más importante.  De otro lado, actúa la superpoderosa publicidad, que acapara todos los medios posibles, incluidos por supuesto los digitales, a través de los que extrae todo tipo de información sobre nosotros, los consumidores, y no cesa de intentar vendernos cuanto más mejor y al mayor ritmo posible. Por último, ¿qué decir de los políticos? Estos merecen un comentario aparte.

          Gran parte de la clase política, salvo honrosas excepciones, ha optado por abandonar la prudencia y la sensatez y se ha lanzado descaradamente a la utilización de la táctica del engaño puro y duro. Se tergiversan los datos, se silencian las verdades, se echa mano de todo tipo de eufemismos, se practica la auto-alabanza sin mesura al tiempo que se desacredita siempre y por sistema al rival, se incumple lo prometido, se utiliza el miedo, se miente, se miente, se miente… Aquella frase tan tristemente célebre atribuida al ministro de propaganda del III Reich, Joseph Goebbles, acerca de que una mentira repetida mil veces acaba siendo verdad, está ahora más de actualidad que nunca, porque refleja perfectamente lo que está ocurriendo. El lenguaje y las formas puramente “mitineras” se adoptan ya en el día a día de una buena parte de los políticos. Todo vale con tal de defender e imponer las tesis de cada partido, así como de presentarse ante los electores como los mejores, si no los únicos válidos, para llevar las riendas del gobierno. “Fíjense ustedes qué unidos estamos nosotros, frente a esa especie de jaula de grillos de Vistalegre, en la que no se ponen de acuerdo en nada”, repetían hace pocos días destacados dirigentes del Partido Popular, en alusión al congreso que celebraban al mismo tiempo los miembros de la formación Podemos. Fariseísmo político descarnado, ¿no cree el lector?

          Recientemente se ha acuñado el término posverdad. Este vocablo, en principio, hace referencia a que, a la hora de crear y modelar la opinión pública, los hechos objetivos se trasladan a un segundo término, en favor de las apelaciones a las emociones y creencias personales. Bueno, esta sería una definición demasiado ecléctica y suave para describir lo que está sucediendo, porque realmente la posverdad no es más que una manera de ocultar la verdad tras otra interpretación subjetiva y manipulada de la realidad, mucho más del gusto personal del político de turno y de su audiencia más incondicional. No sé si es el mejor ejemplo, pero el eslogan central que presidió la reciente campaña presidencial de Donald Trump, “We will make America great again” (“Haremos que los U.S.A. vuelvan a ser grandes”, en traducción más o menos libre) encierra una gran falsedad, la de pensar que los U.S.A. habían dejado de ser ya grandes, fuertes y prósperos, cayendo de su aún indiscutible liderazgo mundial. Evidentemente, esto no es así, pero se ha hecho creer lo contrario a muchos ciudadanos americanos, probablemente los más incultos y peor formados.

          En medio de todo este caos informativo y de la gran confusión reinante en todo lo concerniente a la política, la dirección de la economía y la evolución de las sociedades, tanto a nivel nacional como europeo y global, se pasan por alto los grandes retos que la Humanidad tiene planteados ahora y en su futuro más inmediato. Quizás el más importante y grave, a juicio de quien esto escribe, sea el problema medioambiental, en sus 3 vertientes de deterioro del entorno natural, agotamiento de los recursos de la biosfera y del subsuelo, y calentamiento global. Muy relacionados con ello, e interconectados entre sí, están sin duda los problemas de crecimiento incontrolado de la población y pobreza severa en determinadas áreas del tercer mundo, los movimientos migratorios (que todo apunta se van a agravar seriamente en los próximos lustros), los conflictos bélicos en los que se entremezclan motivos económicos y religiosos, el arrinconamiento del trabajo humano desplazado paulatinamente por la digitalización y la robotización, la creciente brecha en renta y riqueza entre países e individuos (que está alcanzando niveles de absoluta obscenidad), y el auge de los movimientos populistas de extrema derecha, que tratan de imponer soluciones radicalmente equivocadas, en contra del sentido común, la inteligencia y el mejor humanismo.

          De algún modo, consciente o inconscientemente, se está haciendo creer a la gran mayoría de la población que la única verdad es el poder absoluto del dinero, el predominio de los mercados financieros, la fuerza incontestable del capital (cada vez más y más concentrado en un número muy escaso de manos). Ante este nuevo Dios, las democracias, la libertad individual, la supuesta autonomía de los Estados de Derecho, han pasado a un nivel subsidiario. Y lo más grave es que parecemos aceptar este lamentabilísimo hecho con resignación, despreciando nosotros mismos cualquier loable intento por revertir y cambiar el proceso. Los más nobles ideales se dejan ya sólo para los ilusos y los locos. ¡Qué bajo estamos cayendo!

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P.D.: Quiero agradecer a El Roto la genialidad mostrada en su ingente colección de chistes gráficos. Me siento muy identificado con la mayoría de ellos. Espero que sabrá disculparme la utilización de algunos de ellos para ilustrar este post, así como otros anteriores.

A PROPÓSITO DE DONALD TRUMP

Republican presidential candidate Donald Trump speaks to supporters as he takes the stage for a campaign event in Dallas, Monday, Sept. 14, 2015. (AP Photo/LM Otero)

          En esta semana que ahora concluye, el mundo entero se ha visto sacudido por la sorprendente elección del candidato republicano Donald Trump como próximo presidente de los Estados Unidos de América. La inmensa mayoría de la gente, tanto aquí en España como en el resto del planeta, se ha quedado boquiabierta, cuando no directamente escandalizada, ante el hecho de que un personaje tan atípico y controvertido como Trump tenga ya abiertas las puertas de la Casa Blanca y esté a punto de dirigir los destinos de la nación más poderosa del planeta. Sus posicionamientos radicales y rupturistas, sus declaraciones a menudo grotescas, sus comentarios sexistas y machistas, sus ataques verbales a todos los rivales (señora Clinton incluída), nos hacen temer cualquier cosa durante los próximos años que dure su mandato. De momento, la incertidumbre es lo único seguro que tenemos al respecto, si se me permite esta figura literaria (¿un oxímoron?).

          No obstante, hay algo que sí sabemos acerca de los motivos de tan singular elección por parte del electorado norteamericano. Según parece, el señor Trump ha conectado con una gran masa de gente, mayoritariamente personas blancas de la América interior y profunda, descontentas y preocupadas con fenómenos como la globalización, la invasión de productos extranjeros (muchos procedentes de China), un cierto estancamiento económico (muy relativo en el caso de los EE.UU.), y el flujo masivo y constante de inmigrantes procedentes de la América de habla hispana. Está claro que mucha gente ve todo ello como una amenaza a sus esencias, identidad y forma de vida. Ese descontento y esa desconfianza crecientes por parte de gran cantidad de ciudadanos, unidos a otros factores, entre los que yo destacaría cierto grado de desconocimiento del mundo exterior y un recelo innato hacia cuanto signifique progreso cultural y social, han despertado el entusiasmo de mucha gente, que ven a Donald Trump como “alguien de los suyos”, una persona que les habla en su mismo lenguaje.

          Pero no quisiera referirme por el momento más al presidente electo USA ni a los norteamericanos, sino a lo que sucede aquí, en Europa y en España. Ya que hemos hablado de descontento y desapego, estoy convencido de que a este lado del Atlántico tenemos muchos más motivos de peso para estar inquietos y enfadados con la situación económica, laboral y social. En efecto, los ciudadanos europeos, y muy especialmente los españoles (por no hablar de los griegos, portugueses, etc.), estamos padeciendo graves y profundos problemas que la política “convencional” se muestra incapaz de afrontar y responder de modo satisfactorio. Echemos un rápido vistazo:

  • Hace ya más de 8 años tuvo lugar una crisis de ámbito global, provocada por los excesos del sector financiero. Dicha crisis se agravó en España al coincidir con el estallido de la burbuja inmobiliaria y el derrumbe del sector de la construcción. Sin embargo, después de todo este tiempo, lo único claro al respecto es que estamos siendo las clases medias y trabajadoras las que seguimos pagando en exclusiva las consecuencias de aquel desastre. Y parece que lo vamos a seguir haciendo durante un tiempo indeterminado, quizás ya de forma permanente. Las élites económicas y financieras han salido reforzadas, pero en cambio nuestros salarios han bajado de manera dramática, y las prestaciones de tipo social y asistencial a las que teníamos todo el derecho del mundo han quedado seriamente dañadas y mermadas. El empleo se ha vuelto más y más precario, y el futuro de nuestros jóvenes se ha tornado muy sombrío.
  • La gran crisis ha venido a unirse a otros fenómenos, como la globalización, la deslocalización, el creciente e imparable automatismo de los procesos productivos, la robotización, etc., que amenazan y destruyen empleo aquí y en muchos países de nuestro entorno. El trabajo humano y su remuneración está en franca recesión.
  • Por su parte. la población de ciertos países menos desarrollados (Oriente próximo y Africa) crece de forma incontrolada y huye hacia nuestras fronteras del sur y del este europeos. Y este fenómeno muy posiblemente seguirá creciendo en el futuro inmediato hasta hacerse insoportable, porque no se trata sólo de las guerras y conflictos que sufre ahora parte del mundo árabe (en particular Siria e Irak), sino que ciertas regiones del África subsahariana padecen una vigorosa explosión demográfica (el caso de Nigeria es extremo), junto con una enorme pobreza, inseguridad y ausencia de estados firmes y democráticos.

          ¿Y qué respuestas nos ofrecen nuestros gobiernos? Nada. Ninguna. Sólo la de seguir ahogándonos en vida invocando la necesidad ineludible de controlar el déficit público, lo que no evita por cierto que la deuda externa (como es el caso de la española) siga creciendo hasta alcanzar unas dimensiones que la convierten en virtualmente impagable.

          En definitiva, y ya termino, seguramente tenga yo muchas razones para temer a Donald Trump, pero la verdad es que me dan más miedo personajes mucho más cercanos como la canciller alemana Angela Merkel, su hiper-rígido ministro de finanzas Wolfgang Schäuble, el presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker, el comisario de Asuntos Económicos Pierre Moscovici, así como todos sus obedientes y fieles “peones” que componen el actual gobierno conservador de España. No podemos olvidar que a un país hermano como Grecia la han hundido en la miseria y la desesperanza entre todos ellos.  Y nosotros no estamos mucho mejor. No somos Alemania, ni Dinamarca, ni Suiza, ni Noruega, ni Suecia, ni Holanda.

          Que cada cual saque sus propias conclusiones.

NUESTROS MONTES ARDEN, PERO … ¿LE IMPORTA A ALGUIEN?

Escena de uno de los muchos incendios forestales ocurridos este verano en Galicia, muy cerca de Santiago de Compostela. En primer término, técnicos de extinción de la U.M.E. (Unidad Militar de Emergencias)

Escena de uno de los muchos incendios forestales ocurridos este verano en Galicia, muy cerca de Santiago de Compostela. En primer término, agentes de extinción de la U.M.E. (Unidad Militar de Emergencias)

Pocas cosas son tan tristes y desoladoras como contemplar un bosque siendo devorado por las llamas.

          Durante este verano de 2016, que ya toca a su fin, los españoles hemos asistido impotentes a una realidad que por desgracia parece haberse hecho habitual en temporada estival: los incendios forestales que se producen a lo largo y ancho de todo el territorio. Al día 15 de agosto, y según los datos que he podido consultar, elaborados por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, habían ardido ya 33.370 hectáreas, una cifra ya bastante preocupante en sí misma. Pero es que a lo largo de la segunda quincena de agosto y en lo que llevamos de septiembre han surgido bastantes más incendios, algunos de ellos muy graves, como el que ha arrasado el entorno de Jávea (Alicante), de gran valor paisajístico. Galicia (de algún modo siguiendo la tónica del vecino y castigado Portugal), el interior montañoso de Valencia, Navarra, la isla canaria de La Palma, y otras regiones de España, han visto cómo el fuego destruía extensas zonas de bosque, monte bajo y matorral, sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.

          Y no digo esto último para infravalorar en modo alguno la extraordinaria y encomiable labor desarrollada por los equipos de extinción de incendios, que como siempre han puesto todo su empeño y arriesgado sus propias vidas en el control de los fuegos, muy a menudo auxiliados por los propios vecinos de las zonas afectadas. Pero, lamentablemente, cuando un incendio se declara, la mayoría de las veces ya es tarde para impedir que alcance grandes proporciones, máxime cuando aquél es intencionado. Se sabe perfectamente que la mayoría de los fuegos rurales y forestales se provocan adrede, a menudo desde varios puntos de ignición simultáneos, debido a la acción criminal de sus desalmados autores materiales.

          Estamos sin duda ante un hecho trágico y lamentabilísimo, que no parecemos capaces de evitar, verano tras verano y año tras año. Se ha convertido en una rutina siniestra que se abate de modo recurrente sobre nuestro patrimonio natural y lo destruye. Quizá muchos no se percaten de ello, pero con los incendios también muere una parte de nosotros mismos, ya que de alguna manera somos hijos del paisaje que nos rodea, de la tierra, así como de la flora y fauna que vive y se desarrolla en su superficie. Y además nuestro vínculo con el paisaje no es solamente físico, de mero sustento (con ser ello básico y primordial), sino también espiritual. Sobre este último punto podrían darnos grandes lecciones multitud de intelectuales, escritores, filósofos y artistas, tanto del presente como del pasado, españoles y foráneos.

          ¿Sólo cabe lamentarnos y llorar? Yo creo que no. Nuestro deber como ciudadanos responsables, conscientes de lo que ocurre y sensibles hacia nuestro entorno natural, es exigir en la medida de nuestras posibilidades a las instituciones y a los políticos que tomen iniciativas de valor para combatir esta pesadilla. Para empezar, un delito ecológico tan grave y destructivo como el provocar un incendio forestal debería tipificarse con la máxima gravedad en nuestro ordenamiento jurídico y penal, equiparándolo al asesinato. Si, digo bien: ASESINATO. Y no creo que incurra en ninguna aberración al sostener tal idea. Quien destruye intencionadamente un bosque lo hace ahora, en un preciso momento, pero sus efectos se prolongan por un plazo de 20, 30 o 40 años. No sólo extermina especies vegetales y de fauna silvestre, ya muchas veces amenazada por otros motivos (caza, presión demográfica, turismo irresponsable), sino que priva a generaciones futuras de espacios de gran valor ecológico, de esparcimiento y de conocimiento de la Naturaleza. Y, por descontado, no puede olvidarse que un incendio forestal se cobra con frecuencia vidas humanas, como todos sabemos. Y también perecen muchas cabezas de ganado y animales domésticos, propiedad de habitantes del lugar. Los efectos destructivos son terribles y, como hemos visto, se prolongan en el tiempo.

          Por otra parte, la labor preventiva adquiere en este problema una importancia capital, y es aquí donde deberíamos exigir a las autoridades una implicación y un esfuerzo mucho mayores que los que se vienen realizando hasta ahora. Hay que invertir más recursos en educación, concienciación ciudadana, limpieza de los montes, utilización responsable de sus recursos forestales, y vigilancia (estamos en la época de los drones, cuya utilidad podría ser decisiva en este terreno). Al igual que en medicina, resulta infinitamente mucho mejor prevenir que curar. Hasta el momento, yo sólo observo en los políticos una pasmosa indiferencia ante la desgracia recurrente de los incendios forestales. Parece como si el asunto no les concerniera, y si es así me parece de una flagrante irresponsabilidad. Es preciso presionar a nuestros representantes políticos para que cambien su punto de vista y se pongan a trabajar con la mayor urgencia sobre el problema señalado. Y, por favor, que no se escuden en que los fuegos son competencia exclusiva de las comunidades autónomas o de los ayuntamientos. No, señoras y señores, este problema nos afecta a todos (incluyendo a nuestro hijos y nietos) y exige la acción conjunta y eficaz de todas las administraciones públicas.

LA VERGÜENZA DEL TORO DE LA VEGA, UN AÑO MÁS

         Toro de la Vega 2015

Deseo dejar constancia, una vez más, de la extrema repugnancia que siento ante el vergonzoso espectáculo del Toro de la Vega, en Tordesillas. El creciente rechazo que surge en toda España ante este acto, de crueldad colectiva y dolor animal, no ha bastado aún para detener esta “fiesta” y prohibirla definitivamente.

Las gentes del lugar intentan justificar esta barbarie invocando la tradición, pero yo les digo que la tradición NUNCA nunca puede ser razón ni argumento válido para llevar a cabo algo tan cobarde, sádico y sanguinario como es perseguir, acorralar y matar a lanzazos a un pobre animal inocente. Quienes lo protagonizan y defienden muestran lo peor de lo peor del ser humano: causar pánico a otro ser vivo, hacerlo sufrir sin sentido alguno, y matarlo finalmente entre los vítores de una muchedumbre descerebrada y sin corazón.

¡Todo para regocijo de una multitud exaltada, insensible y vociferante! ¿Qué quieren demostrar con ello? ¿Acaso la supuesta superioridad del ser humano, que destruye y degrada casi todo lo que toca? Si alguien experimenta placer ante actuaciones tan lamentables, es digno del mayor de los desprecios. Debería preguntarse a sí mismo qué demonios pinta en este mundo.

¡BIEN DICHO, SANTO PADRE!

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          Hace muy pocos días, el Papa Francisco viajó a la cercana isla de Cerdeña. Allí, tras escuchar los testimonios de varias personas especialmente golpeadas por la precariedad y la falta de trabajo y de perspectivas, improvisó un discurso salpicado de frases tan certeras y sinceras como sorprendentes en un Pontífice de la Iglesia Católica:

     “La falta de  trabajo te lleva a sentirte sin dignidad … El actual sistema económico nos está llevando a una tragedia. Vivimos las consecuencias de una decisión mundial, de un sistema que tiene en el centro  a un ídolo que se llama dinero … Señor Jesús (oración), a ti no te faltó el trabajo, enséñanos a luchar por él”.

          Me parece extraordinario que un Papa de Roma tenga la valentía de denunciar con palabras tan sencillas y claras los excesos del capitalismo. ¡Ya era hora! Debo confesar que, desde el primer momento he sentido una creciente simpatía hacia este nuevo Papa. Ya no me cabe la menor duda de que ha aportado a la Iglesia, no sólo un lenguaje y unos modos nuevos y mucho más cercanos, sino también un mensaje de fondo rupturista con aquello a lo que nos tenían acostumbrados sus antecesores inmediatos. En la isla italiana de Cerdeña, el Papa Francisco ha señalado sin tapujos el meollo de la crisis actual, su causa última, que no es sino el exceso de codicia por parte de unos pocos (en términos relativos), de aquellos que idolatran y acaparan el dinero, lo que trae como consecuencia directa la falta de trabajo y la pobreza de muchos.

          Obviamente, se puede explicar la situación actual con términos mucho más amplios y técnicos (la globalización, la deslocalización de empresas y procesos productivos, el imperativo de abaratar al máximo los costes, el exceso de competencia, el automatismo creciente que destruye sin cesar puestos de trabajo, la locura del crecimiento sin límites, la imposición de objetivos de beneficio cada vez más ambiciosos, etc.), pero no cabe la menor duda de que la esencia, el núcleo del problema, es el denunciado ahora por Jorge Mario Bergoglio. Celebro que, por fin, la Iglesia Católica, por medio de su cabeza visible, dé un paso adelante y se pronuncie con rotundidad en el mundo actual de la economía y el trabajo.

          Su nuevo mensaje debería entroncar y reforzarse mutuamente con las ideas expresadas ya por muchos científicos, economistas y personas de bien de todo el mundo, sinceramente preocupadas por el bienestar y el futuro de la humanidad. El capitalismo depredador es ciego, sólo piensa en crecer y en acumular más y más riqueza, sin tener en cuenta las limitaciones que impone per se un planeta finito y pequeño como la Tierra. Además, genera cada vez mayores diferencias de renta y bienestar, impulsa las grandes bolsas de miseria, estimula el consumismo irresponsable y no se preocupa por sus gravísimas consecuencias: montañas y montañas de residuos, paisajes degradados, agotamiento de recursos naturales, grave contaminación del medio ambiente, etc. Es imprescindible luchar contra todos estos excesos que amenazan severamente la vida sobre la Tierra, y bienvenidas sean todas las aportaciones, ya sean desde el humanismo científico, desde el cristianismo responsable, o bien desde cualquier otra postura ideológica comprometida de verdad con el hombre y la Naturaleza.

          ¡Gracias, Francisco, por su sinceridad y su compromiso! Contamos con su Santidad.

          Para terminar, yo me permitiría darle un buen consejo: guárdese bien de sus enemigos, principalmente de los de su propia casa. Sospecho que su nuevo mensaje y sus nuevas maneras no serán bien vistas por muchos de sus “colegas” que visten sotana. No creo que me equivoque al sospechar que monseñor Rouco Varela, su fiel portavoz Martínez Camino y otros “pajarracos de mal agüero” deben de estar echando humo por las orejas, ante los nuevos aires que soplan en la Iglesia.

ASPIRACIÓN FRUSTRADA … Y YA VAN TRES

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          No pudo ser, una vez más. Por razones que aún desconocemos con amplitud y exactitud, el Comité Olímpico Internacional dijo no por tercera vez consecutiva a la candidatura de Madrid, como futura sede de unos Juegos Olímpicos. Bueno, ¿qué le vamos a hacer? Era un riesgo que se corría, y desde luego una posibilidad muy real. Comprendo bien la frustración de muchos, en especial de la gente joven, los aficionados al deporte y todo el colectivo de deportistas españoles, para los que la posibilidad de albergar unos Juegos en Madrid constituía un acicate y un motivo de ilusión. No lo siento tanto, en cambio, por otros muchos, políticos, oportunistas y empresarios, sobre todo, que sólo veían en este proyecto una oportunidad de hacer negocio de la manera más acostumbrada en este país, a saber, mediante concesiones a dedo y construcciones de caros edificios, vías de comunicación y otras instalaciones fijas. Aunque pueda parecer un poco frívolo, en estos momentos tristes para muchos, me atrevo a decir que no pasa nada, que la vida sigue, y que no es necesario albergar unos Juegos Olímpicos para pensar con optimismo en el futuro. ¡No se hunde el mundo, caramba!

          A mi modo de ver, se han exagerado ampliamente las supuestas ventajas económicas que iba a tener para Madrid -y España- el evento olímpico. Por un lado, sí es cierto que los Juegos iban a atraer a gentes de todos los países a nuestra capital, y que convertirían a Madrid en un escaparate privilegiado ante el mundo entero, durante los meses previos a la celebración de las Olimpiadas y, por descontado, durante las semanas en las que éstas se desarrollasen. La industria turística gozaría de un buen empujón durante este periodo, pero no olvidemos que este fenómeno positivo funcionaría sólo durante un cierto lapso (luego se acabaría todo de golpe). En el otro lado de la balanza, por el contrario, habría que invertir mucho dinero público en crear las infraestructuras que faltan, rematar las que están a medias, dejarlo todo listo en organización, medios de transporte, seguridad, etc. Nadie nos iba a regalar esos dineros, sino que saldrían de nuestros presupuestos y, por tanto, de nuestros humildes y castigados bolsillos. Por supuesto que unos pocos sacarían buen provecho de esos gastos e inversiones públicas, pero a estas alturas de la vida, ya sabemos todos muy bien quiénes serían los afortunados: promotores, entidades financieras y empresarios de la construcción. La historia se repite, y lo hace con tozudez, por cierto.

          A los jóvenes, a los aficionados y, en especial, a los deportistas españoles, a quienes admiro muy sinceramente, les diría que lo más importante es seguir practicando y entrenando con ilusión, de cara a los próximos Juegos de Río de Janeiro, de Tokio y de donde toque en el futuro, y por supuesto de cara a todas las demás citas y encuentros deportivos que se celebran en el mundo año tras año. El lugar no es lo decisivo. Lo importante es participar y acudir con posibilidades de ganar, sea donde sea. Yo les animo a seguir trabajando y esforzándose, porque lo hacen muy bien y lo van a seguir haciendo mejor, ellos y ellas. El deporte español nos está proporcionando últimamente muchas alegrías, y eso se consigue con esfuerzo, disciplina, constancia, humildad y también, claro está, con el apoyo de las instituciones públicas (espero que éste no decaiga nunca).

          Dicho todo esto, me gustaría hacer algunas reflexiones y lanzar al aire alguna que otra pregunta. Me parece a mí que las instituciones públicas, Ayuntamiento de Madrid, Comunidad de Madrid, COE, Gobierno de la nación, etc., han contribuido a crear unas ilusiones y expectativas desmesuradas en torno a la candidatura de Madrid 2020. Muchos actos y presentaciones, demasiadas fiestecitas, mucha publicidad y alharaca, gastos, gastos, gastos. La expedición oficial española a Buenos Aires fue impresionante, creo que en torno a unas 200 personalidades, entre polìticos, deportistas de élite, empresarios, periodistas y adheridos. ¿Qué diablos pintaba allí Rita Barberá, la alcaldesa de Valencia, por poner un ejemplo? Tampoco me agradó, la verdad, ver a personajes como Juan Rosell y Arturo Fernández, de la CEOE. También estaba Florentino Pérez, ¡cómo no!, el todopoderoso presidente del Real Madrid. ¿Les habremos costeado entre todos los cuantiosos gastos de viaje, manutención y hospedaje a todos estos señores? Mucho me temo que sí, conociendo cómo se hacen las cosas en este país. Una anécdota; según fuentes bien informadas, en el viaje de ida de la nutrida representación institucional española, se agotaron todas las reservas de ginebra (unos 300 botellines) y hielo del avión, porque nuestros “sanos y deportivos” representantes se bebieron todos los gin-tonics que pudieron. Se ve claramente que ya iban de fiesta a la ida. Me pregunto qué pasará a la vuelta, puesto que habrá que ahogar las penas de algún modo, ¿no?

          Y un último apunte. Vergonzoso, una vez más, el nivel de inglés de nuestros máximos representantes. Seguimos igual en este terreno, haciendo el ridículo y creyendo que en el mundo entenderán bien nuestro bochornoso spanglish. La señora alcaldesa de Madrid podía haber desempeñado un papel más digno (al menos podía haber hecho un uso correcto de los medios que se ponían a su disposición, es decir, de los cascos de traducción simultánea, que para algo estaban). En cuanto al presidente del Comité Olìmpico español, señor Blanco, también se lució con aquello de “no listened the ask”. En fin, para qué seguir. A estas alturas, los idiomas siguen siendo una de las asignaturas pendientes de nuestra avezada clase política.

EL PAPA FRANCISCO: BUENAS VIBRACIONES

Papa Francisco

          Debo confesar que al anochecer del día 13 de marzo, después de que la fumata blanca sobrevolara el tejado de la capilla Sixtina, en el Vaticano, acudí de mala gana al televisor para ver aparecer poco después al recién nombrado Papa en el balcón principal de la Basílica de San Pedro. En esos momentos me importaba bien poco quién saliera elegido, porque pensaba que todo seguiría más o menos igual en la Iglesia Católica, tras los pontificados bastante conservadores y ortodoxos de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

          A pesar de haber recibido una educación machaconamente religiosa en mis años mozos, como tantos y tantos españoles de mi edad, soy una persona muy fría en cuestiones de fe. Con los años me he vuelto bastante escéptico y, además, he podido comprobar toda la hipocresía y falsedad que rodea, no sólo a la alta jerarquía de la Iglesia, sino a muchos que se consideran católicos y que se jactan de ello ante los demás, contraviniendo flagrantemente lo que se supone que deberían ser la humildad y el espíritu evangélicos. Si hablamos de los grupos más conservadores del mundo católico, que mezclan de manera obscena la profesión religiosa con el poder político y el poder financiero, el rechazo que siento hacia todos ellos es absoluto.

          Pero tengo que reconocer que, tras los primeros minutos de aparición ante las cámaras del hasta entonces cardenal Bergoglio, tras sus primeros gestos y sus primeras palabras, me invadió un sentimiento bastante positivo. Fue sorprendente que saludara a la multitud con un simple “Buona sera” y que, pocos minutos después, pidiera humildemente a los fieles allí congregados que rezaran y pidiesen por él. Me pareció una persona cercana, empática, sencilla y bastante diferente del estilo que ha caracterizado a sus antecesores inmediatos. Su manera de conducirse y expresar sus ideas, en los primeros días que han seguido a su elección como nuevo Papa, no ha hecho más que confirmar esta primera y favorable impresión personal.

          Ayer, durante la ceremonia solemne de entronización, entre otras muchas cosas, el nuevo Papa Francisco dijo algo que me agradó especialmente, cuando exhortó a todos los dirigentes y personas con poder político en el mundo a cuidar del planeta y proteger la Naturaleza, evitando su destrucción. Ya va siendo hora de que la Iglesia Católica tome auténtica conciencia de los graves problemas medioambientales que sufre nuestro mundo, y se implique de verdad en cuestiones de ecología y medio ambiente, en lugar de dar la espalda a algo tan serio y preocupante. Por supuesto, también me gustó su posicionamiento en favor de las más pobres y desfavorecidos. La Iglesia de Roma, si quiere recuperar autenticidad y credibilidad, debe involucrarse también en los problemas económicos y sociales, ahora que el capitalismo más descarnado y la extrema codicia de una pequeña minoría han causado esta profunda crisis en la que estamos sumidos, y que se puede resumir en un gigantesco y descarado trasvase de recursos financieros de las clases medias y trabajadoras a los grandes bancos, a los poderosos grupos de inversión y a los hombres más ricos y acaudalados del planeta, lo que no hace más que extender la pobreza y agigantar el abismo entre pobres y ricos. Es hora de denunciar conductas y actitudes, y no de andarse con paños calientes.

          Ojalá los primeros gestos del nuevo Papa Francisco, como lo de elegir su propio nombre o renunciar a ciertos signos personales de ostentación, como la cruz de oro, se traduzcan en cambios más profundos y trascendentes. La Iglesia Católica lo necesita como el agua, y el mundo entero, creyente o no, lo agradecería también.