¿HAY ALGUIEN QUE SEPA A DÓNDE VAMOS? ALGUNAS REFLEXIONES A DISTINTO NIVEL

 

 

POLITIQUEO NACIONAL

      En España, y en lo que va de año, acabamos de sufrir varios procesos electorales y un largo, tedioso y estéril intento de formar Gobierno. El Partido Socialista, liderado por Pedro Sánchez, y ganador claro de las elecciones generales del pasado 28 de abril, aunque sin una mayoría suficiente, ha encallado en su pretensión de investir como nuevo presidente a su candidato, y por el momento nos vemos obligados a continuar  con un gobierno en funciones que, por su propia naturaleza, no puede gobernar de verdad, ni decidir sobre los grandes problemas existentes ni proponer iniciativas legislativas de ninguna clase. ¿Quién o quiénes tienen la culpa? Está claro que hay opiniones de todos los colores y para todos los gustos. Desde la derecha (ahora tricéfala) se lanzan sin cesar duras críticas a Pedro Sánchez, al que tachan de incapaz y acusan de “echarse en manos” de los independentistas, los antisistema, los que apoyan a ETA, etc., etc., sin cortarse un pelo en cuanto a la gravedad y lo inapropiado de sus invectivas.

      Cuando escucho tales acusaciones, sólo puedo pensar en la flagrante contradicción en la que incurren quienes las pronuncian. Porque, ¿qué otra alternativa posible podría barajar el PSOE? Obviamente, lo más sensato sería que los partidos “constitucionalistas”, como PP y C’s, se abstuvieran en la votación de investidura, para facilitar así que el candidato socialista obtuviese una mayoría simple, suficiente como para formar gobierno y echar a andar, que no es poco (parafraseando a Mariano Rajoy, “no es cosa menor”). Pero no, ¡de ninguna manera, al enemigo Sánchez, ni agua! Los partidos de la derecha se han encastillado en el NO rotundo, de manera que no dejan otra opción a los socialistas más que la de buscar apoyos en fuerzas situadas a su izquierda (como ya lo ha intentado, sin éxito) o entre las fuerzas nacionalistas e independentistas. Semejante forma de actuar por parte de los conservadores es la del famoso perro del hortelano, que ni comía ni dejaba comer: no te voto en modo alguno, y ni siquiera me abstengo, pero te fustigo sin piedad al menor indicio de que intentes buscar otros apoyos. ¿Es o no es una actitud absurda? Por su parte, Unidas Podemos, con Pablo Iglesias al frente (una fuerza en declive y con profundas divisiones internas), no ha posibilitado tampoco el tan necesario apoyo a Pedro Sánchez, ya que exigían una cuota de poder, en fondo, forma, número y contenido, que resultaba inasumible por los socialistas, quienes se verían forzados a aceptar dos gobiernos en uno sólo, algo que evidentemente no iba a funcionar.

      Así las cosas, los españoles hemos comprobado las profundas divisiones, los incontables vetos y la notoria incapacidad de llegar a acuerdos entre los distintos partidos politicos, al menos entre las cuatro o cinco principales fuerzas a nivel nacional. Los abismos entre unos y otros son demasiado hondos, las antipatías y cordones sanitarios resultan tan patentes que se imposibilita cualquier entendimiento, por otra parte tan deseable y provechoso para el conjunto de la nación. En estos últimos tiempos, hemos transitado de un sistema bipartidista, muy denostado por los nuevos actores políticos, por cierto, a un sistema de bloques, aún más incapaces si cabe de tenderse puentes entre sí. La sensación que se queda en el ciudadano español no puede ser otra que la de un gran desencanto y frustración, tras tantos meses de campañas electorales, discursos, mitines, promesas, debates … y esperanzas incumplidas. Estamos de nuevo en la casilla de salida (como en el mes de abril), ya que el fantasma de unas nuevas elecciones se hace más real cada día.

      Mientras la política nacional está atascada, los problemas no se paran. La sanidad y la educación públicas, duramente castigadas por los ejecutivos de M. Rajoy (2011-2018), precisan con urgencia atención y más recursos. El mundo laboral aún sufre las consecuencias de la drástica reforma llevada a cabo por la entonces ministra popular Fátima Báñez (2012), y requiere un nuevo marco jurídico que luche eficazmente contra la precariedad, los sueldos de miseria y la inestabilidad en el empleo. A nivel europeo, hay que prestar la mayor atención a la política de la UE, precisamente ahora que se están renovando sus órganos de gobierno, sin olvidar en ningún momento las consecuencias que pueda tener un Brexit duro, ahora muy probable con Boris Johnson como nuevo inquilino del nº 10 de Downing Street. En otro orden de cosas, como viene siendo una lamentable costumbre verano tras verano, los incendios forestales surgen de nuevo con virulencia en muchos puntos de nuestra geografía, ya de por sí muy afectada por la sequía; nunca me cansaré de repetir que este gravísimo problema medioambiental exige una respuesta a nivel nacional contundente y eficaz, con actuaciones en muchos frentes: jurídico y penal, de educación ciudadana, preventivo (a lo largo de todo el año), y de disponibilidad de medios.

 

POPULISMOS, FALSEDADES Y MIOPÍA, A ESCALA GLOBAL

      La verdad es que, en el ámbito mundial, tampoco podemos felicitarnos en modo alguno sobre cómo marchan las cosas. Desde que Donald Trump se convirtiera en presidente de los Estados Unidos de América, hace ya 2 años y medio (¡parece una eternidad!), el mundo es bastante más inseguro e inestable. La primera potencia económica y militar ha elegido un rumbo atípico y errático, salpicado de errores, declaraciones agresivas, dimisiones y ceses fulminantes en la cúpula del gobierno de Washington. Uno de los efectos más inquietantes de la nueva política norteamericana ha sido la de poner aún más en peligro la salud ecológica y medioambiental del planeta. Cuando ya nadie duda de la realidad del cambio climático y del enorme daño que nuestro sistema económico-productivo y generador de residuos causa al medio natural, el inquilino de la Casa Blanca sigue enrocado en un absurdo negacionismo, del que incluso se atreve a bromear. No voy a decir nada nuevo al afirmar que el señor Trump es un hombre inculto, soberbio, imprudente y autoritario, capaz de generar conflictos y tensiones innecesarios, haciendo caso omiso a las más elementales normas de prudencia (cuando alguien de su equipo más próximo le molesta, lo despide sin contemplaciones, sin pararse a valorar sus propuestas y consejos). Se ha hecho tristemente famosa su cuenta de Twitter, en la que vierte todas sus ideas y opiniones, tan superficiales e inmaduras como peligrosas.

      ¿Qué dirían, si levantasen la cabeza, antiguos y prestigiosos presidentes de los EE.UU. como Franklin D. Roosevelt, Dwight D. Eisenhower o John F. Kennedy? ¿Qué ha sucedido en los U.S.A., una nación tan asombrosa y admirable en muchos aspectos a lo largo de todo el siglo XX, para que se haya confiado la máximo responsabilidad a un personaje tan zafio, maleducado y escasamente preparado a nivel intelectual? Por si fueran pocos sus defectos, el señor Trump se vale de la mentira y el embuste de modo continuado y con el mayor de los descaros, con el fin de defender sus posiciones y desacreditar a sus oponentes. No hace falta decir que esta conducta es extremadamente peligrosa en un presidente, para la nación entera, por cuanto supone de degradación de la vida política y de los mensajes que se trasladan a la ciudadanía. Resulta muy preocupante su odio a la prensa y medios de comunicación que no le son afines, a los que no vacila en acusar de crear “fake news”, en el colmo de la desvergüenza. La prensa libre y bien informada, no lo olvidemos, es uno de los pilares fundamentales de una sociedad libre, plural y democrática, algo que garantiza el rigor y la objetividad de las informaciones, y evita la burda manipulación de la ciudadanía por parte de un poder abusivo.

      El uso y abuso de la mentira no es privativo de Donald Trump. Tenemos ejemplos más cercanos, como ocurre en el Reino Unido. La sociedad británica fue muy mal informada sobre aquel aciago referéndum del Brexit, en especial por parte de políticos de relevancia como Nigel Farage y el propio Boris Johnson (ahora Primer Ministro), los cuales mintieron sin ningún escrúpulo acerca de las hipotéticas ventajas que tendría para su país la salida de la Unión Europea. Y lo siguen haciendo, apelando mucho más a emociones y sentimientos patrioteros que a razones objetivas y bien fundamentadas. Desgraciadamente, los movimientos de extrema derecha, una manera de pensar que creíamos arrinconada y marginal, ha emergido con fuerza y ya gobierna en ciertos países europeos e iberoamericanos. Uno de los casos más lamentables es el de Brasil, con Jair Bolsonaro en la presidencia. Una de las políticas más dañinas del nuevo presidente brasileño es la referente a la Amazonia y a la explotación salvaje de sus recursos naturales, a la que ha retirado todos los vetos que existían con anterioridad. Al más puro estilo Trump, que por cierto le tiene una gran simpatía, hace pocos días nos enterábamos de que va a nombrar a uno de sus hijos (gran experto en el manejo de armas) como embajador en Washington. Nepotismo puro, otra llamativa “virtud” de estos nuevos gobernantes.

      ¿Y en España? Pues, sin llegar a tales extremos, también aquí se echa mano del embuste, el engaño y la manipulación grosera de la verdad ante la opinión pública, por parte de muchos políticos relevantes y de algunos medios de comunicación afines a sus tesis. Las consignas de partido y las “verdades” oficiales constituyen el pan nuestro de cada día, en detrimento de la realidad objetiva. Cada fuerza política tiene su propio argumentario y su particular visión de las cosas, de un modo tan rígido y encorsetado que los debates, lejos de ser enriquecedores de cara al ciudadano, resultan siempre estériles, además de crispar en gran medida el diálogo político. Cuando, desde los medios de comunicación, se pide a los políticos de diferente signo su opinión acerca de tal o cual problema, las versiones que se dan son tan opuestas que confunden a la ciudadanía, especialmente a todos aquellos que no tienen un criterio formado y claro acerca del asunto tratado.

      No quiero dejar de lado otro gran defecto que caracteriza a la mayor parte de nuestra clase política (sigo refiriéndome al caso español): la clamorosa ausencia de visión a medio y largo plazo. Se supone que un político auténtico, comprometido y con vocación de estadista, ha de ser capaz de mirar más allá del corto periodo de una legislatura, un lapso de tiempo (4 años) demasiado breve como para abordar seriamente los grandes retos a los que se enfrenta nuestra sociedad, tanto en el plano estrictamente nacional como en el plano global. Me gustaría oírles debatir, en serio y sin guiones precocinados, acerca del modelo energético, la conservación del medio ambiente, la lucha contra el cambio climático, las crisis migratorias (actuales y futuras), el papel del trabajo humano en un mundo cada vez más automatizado, la renta mínima, o nuestro papel en Europa. ¡Qué lejos están muchos políticos mediocres de estas grandes cuestiones! A algunos, por ejemplo, les preocupa sobremanera que no se les permita desarrollar con normalidad un mitin en Alsasua (¡vaya, qué tragedia!). Otros, particularmente afines a regímenes autoritarios y represores como el que padecimos en España desde 1939 hasta 1977, no vacilan en calificar al movimiento feminista como una “dictadura ideológica” (¡qué curioso que utilicen ellos, precisamente, el término dictadura como arma arrojadiza!). Si la formación EH Bildu (que guste o no, hoy día es un grupo político totalmente legal) menciona la posibilidad de abstenerse en una votación de investidura para desbloquear la formación de un gobierno, autonómico o nacional, la derecha salta como un sólo hombre acusando agriamente a los socialistas de “ir de la mano de los terroristas”, con lo que faltan así a la verdad de un modo clamoroso y esperpéntico. Del mismo modo, a muchos de los que tanto gustan de envolverse en la bandera rojigualda les produce irritación la creciente y espontánea corriente antitaurina, acusándola de ir en contra de las “esencias y señas de identidad de nuestra cultura”, pero permanecen en silencio ante un fenómeno tan destructivo como las olas de incendios, que devastan nuestro patrimonio natural y están provocados en su mayoría por auténticos criminales sin escrúpulos, que suelen quedar impunes. El verdadero patriotismo se demuestra con responsabilidad y con hechos, no con formas ni símbolos.

      Como se ve, la miopía política suele ir acompañada de la rigidez mental, la manipulación de la verdad, y la ausencia de una cultura abierta, amplia y sólida.

 

UNA REFLEXIÓN FINAL

      Hace pocos días escuchaba yo una noticia muy inquietante. De acuerdo con cierto observatorio científico, en este preciso momento (verano de 2019) nuestro planeta se halla a tan sólo 18 meses de alcanzar un punto crítico de no retorno, a partir del cual podría ser ya imposible revertir los fenómenos del cambio climático y el calentamiento de los océanos. Sin dar a esta noticia todo el crédito que posiblemente pueda llegar a tener, puesto que ni soy científico ni poseo los medios suficientes para contrastarla, sí que estoy absolutamente convencido de que la acción depredadora del ser humano está llevando rápidamente a la Biosfera a un estado muy peligroso y nada halagüeño, sin que las medidas que se van adoptando puntualmente sean lo suficientemente amplias, contundentes y eficaces como para detener y resolver el problema.

      La economía basada en el consumo a gran escala (la cultura del usar y tirar) y en la maximización del beneficio financiero actúa frontalmente en contra de la Naturaleza y, a la postre, de nuestros propios bienestar y supervivencia. Son ya muchos los hombres, mujeres y organizaciones civiles que alzan su voz acerca de esta cuestión, aquí y ahora el Gran Problema por excelencia. Ahí tenemos el ejemplo de la admirable Greta Thunberg, jovencísima activista sueca , que, venciendo todos los obstáculos posibles, clama en todos los foros por cambiar nuestra forma de vida y evitar los daños irreversibles que seguimos causando a nuestro medio ambiente.

      ¿Qué puedo decir más? Lo expondré de forma muy esquemática y resumida:

          * Formación y cultura

          * Espíritu crítico

          * Amor a la verdad

          * Libertad de pensamiento

          * Sensatez y responsabilidad

          * Capacidad de denuncia

          * Exigencia de soluciones a nuestros gobernantes

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