Archive for 26 noviembre 2010

Algo sobre economía, el euro y la situación española

     Parece que el ciclo se repite. De nuevo estamos viviendo unos días críticos en lo que se refiere a la deuda pública, su coste y, en definitiva, la credibilidad de los países más desfavorecidos de la eurozona, con los que los mercados financieros (esos entes difusos e impersonales de los que tanto se habla, pero que muy pocos parecen conocer bien)  parecen jugar al acoso y derribo. Primero saltaron todas las alarmas con Grecia, ahora le toca a Irlanda y, siempre, los medios se empeñan en situar a España en la cuerda floja, como futura candidata a ser rescatada.

     Desde luego, es éste un tema bastante complejo y poco explicado por las autoridades y por los expertos que lo pueden conocer con rigor y profundidad. Pese a ello, yo, modestamente, me permito sacar algunas conclusiones a la vista de todas estas turbulencias financieras y de lo manifestado por las personalidades más autorizadas. Las expongo a continuación:

1) La estabilidad económica de la eurozona en su conjunto parece muy frágil. Evidentemente, hay países que funcionan muy bien (Alemania en primer y destacado lugar) y hay otros cuyas economías están muy endeudadas, son deficitarias, por tanto débiles, y parecen depender para su subsistencia del núcleo duro de la Unión, el cual, dicho sea de paso, no está por la labor de acudir al rescate una y otra vez.

2) Se hace cada vez más preciso contar con un gobierno económico único que imponga firmemente sus directrices en toda la zona euro, ya que se está comprobando que no basta con disponer de una moneda única si no hay detrás una autoridad monetaria y económica sólida que determine con eficacia y sin fisuras la política a seguir en este campo.

3) Aparte del rigor presupuestario y los esfuerzos de austeridad que están llevando a cabo todos los países, España incluída, lo que por cierto está originando no pocas protestas y tensiones sociales, ¿por qué no se plantea una devaluación del euro? Esta medida daría más competitividad a los sectores productivos de todos estos países, al abaratar las exportaciones al resto del mundo. En los momentos actuales, creo que un euro tan fuerte produce a los europeos más perjuicios que beneficios.

4) Sospecho, y así se sugería en un reciente debate televisivo entre expertos conducido por Iñaki Gabilondo en CNN+, que todos estos problemas son sintomáticos de una realidad global bastante preocupante, y es que el mundo está cambiando muy aceleradamente; en efecto, tanto Europa como los Estados Unidos y Japón están perdiendo peso en el conjunto de la economía planetaria, ya que sus productos son caros y cada vez menos competitivos en relación con los procedentes de los países emergentes, sobre todo China, la cual está demostrando su capacidad para fabricar todo lo imaginable a costes bajísimos y con un nivel de calidad equiparable al de cualquier otro país. Este fenómeno, unido al de la deslocalización de empresas (que destruye irremisiblemente empleo en países como el nuestro), está provocando inmensos desajustes a escala global y, para terminar de agravarlo, a un ritmo demasiado rápido como para poder adaptarse correctamente a los cambios.

5) Como consecuencia de lo indicado en el punto anterior, parece muy difícil que podamos seguir manteniendo nuestros niveles de vida y bienestar. Mucho me temo que los europeos vamos a ir empobreciéndonos paulatinamente en relación con los ciudadanos chinos, hindúes, brasileños y de otros países emergentes. Entonces, ante esta nueva realidad (que, por cierto, nadie tiene la valentía de explicarnos), ¿no deberíamos poner en tela de juicio la globalización?, ¿no sería sensato establecer barreras que de un modo u otro disuadiesen a los consumidores internos de adquirir ilimitadamente productos extracomunitarios?, ¿por qué no se penaliza de alguna manera a las empresas que desmontan sus fábricas o incluso sus propios servicios de atención al cliente y se los llevan a países del otro lado del mundo? Son preguntas que lanzo desde aquí y me encantaría poder intercambiar sosegadamente opiniones sobre estos temas con personas preocupadas con los mismos. En cualquier caso, me parecen de una importancia capital.

6) Después de hacerme estas reflexiones, me parece ridículo y patético escuchar a gente como Rajoy, Cospedal, González Pons y otros dirigentes del PP, cuando insisten machaconamente en que el problema de España es Zapatero, que Zapatero nos lleva a la ruina, que ellos sí que darían confianza (me pregunto cómo) y que con un gobierno del PP mejoraría la economía española de forma automática. ¿Cómo pueden ser tan ignorantes? ¿O es que les da igual todo, ya que la crisis no les afecta personalmente, y recurren a cualquier recurso con tal de recuperar el poder y seguir aprovechándose de él?

Ojalá nadie medianamente inteligente e informado se deje engañar por gente tan mediocre, tan poco imaginativa y tan poco patriota, que carece de una visión cabal de los problemas reales de España en el mundo actual.

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Sobre el Sahara Occidental y la actitud de nuestro Gobierno

     Tras unos cuantos días de “holganza”, vuelvo a ponerme ante el teclado para poner un poco en orden mis ideas ante los últimos acontecimientos de la actualidad política y económica que considero puedan tener más relevancia para los españoles.

     La verdad es que, aunque parto de una posición bastante crítica con respecto a la actuación general del Partido Popular, cuyo estilo facilón, superficial y vacío ya he comentado en mis primeros posts, debo confesar que la postura oficial del Gobierno en torno a los recientes sucesos de El Aaiún me ha decepcionado profundamente y me ha trasmitido una imagen de debilidad e incluso miedo a todo lo que se origine en nuestro vecino del sur.

     No se puede permanecer impasible ante el atropello perpetrado por las fuerzas armadas marroquíes sobre una población civil saharaui en clara situación de inferioridad. Por supuesto que todo lo que concierne a Marruecos ha de tratarse con prudencia, tacto y diplomacia, pero esto no debe impedir que, ante un acto de fuerza y abuso de poder, ocultado inaceptablemente a los reporteros y periodistas -especialmente a los españoles-, el Gobierno español presente una protesta formal en la que se exprese inequívocamente nuestro desacuerdo. No es admisible que el miedo a posibles represalias, sean del tipo que sean, por parte de Marruecos nos atenace y reprima nuestra legítima denuncia de los desmanes llevados a cabo por sus tropas y población civil mayoritaria.

     Como es de sobra conocido, el pueblo saharaui sufre desde hace décadas una situación de opresión, marginación y acoso por parte del Estado marroquí, situación que debería resolverse por mediación directa de la ONU, con el firme respaldo de la Unión Europea y Estados Unidos. Por desgracia, el escaso peso específico de la población saharaui no ayuda en la adopción de medidas rápidas y positivas que tiendan a la resolución del conflicto.

     España debería poner más interés y participar de manera más activa en todo este proceso, aunque sólo sea para compensar nuestra deplorable actuación en la descolonización de este territorio, literalmente abandonado a su suerte e invadido impunemente por Marruecos, en un hecho insólito en el mundo del último tercio del siglo XX. Se hizo muy mal entonces, bien es cierto que no estábamos en democracia, sino asistiendo a la agonía del general Franco, pero por esa misma razón España debe mostrar ahora una postura más firme en defensa de los legítimos dueños del territorio, que tienen todo el derecho del mundo a determinar en libertad su futuro político.

A propósito de la reciente visita del Papa

La verdad es que no era mi intención “meterme en ningún jardín” como lo es sin duda hablar de la Iglesia Católica en tono de crítica. ¡Menuda cuestión, ardua y espinosa como pocas! Sin embargo, ciertas declaraciones de Benedicto XVI durante su reciente viaje a España me han agitado sobremanera, y no precisamente por estar de acuerdo con mi línea de pensamiento, sino más bien todo lo contrario.
No voy a referirme aquí a su condena, ya reiterada en muchas ocasiones, del aborto y el matrimonio gay. Yo creo que, a estas alturas, a nadie puede sorprender el pensamiento de la Iglesia oficial acerca de tales asuntos. Lo que más me ha llamado la atención ha sido su condena del “laicismo agresivo” que, al parecer, impera muy especialmente en la sociedad española (¡vaya por Dios, precisamente en España!), así como su particular apelación a las raíces cristianas de Europa, a las que nuestra sociedad ha de seguir siendo fiel ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Intentaré desmenuzar y desmontar estas ideas en las líneas siguientes, aunque sé muy bien que  no es fácil abordar estos temas y menos en un espacio más bien reducido.
I – Supuesto “laicismo agresivo” en la sociedad española.
Es ésta una verdad sólo a medias. En efecto, la sociedad española ha evolucionado bastante en las últimas décadas y, como resultado, ahora es predominantemente laica; pero esta laicidad no tiene nada de agresiva, sino todo lo contrario. Nadie insulta a los curas ni a la jerarquía eclesiástica, ni muchísimo menos les agrede o persigue. Por favor, que nadie en su sano juicio compare la situación que se vive ahora con determinados episodios violentos, cruentos y claramente condenables que tuvieron lugar en este mismo país en los tiempos inmediatamente anteriores al estallido de la Guerra Civil. No hay en absoluto ningún paralelismo, y quien quiera verlo así está faltando gravemente a la verdad, a la vez que cometiendo una gran irresponsabilidad. Me resulta incomprensible que una personalidad culta y -yo pensaba- moderada como el Papa Ratzinger lance estas afirmaciones.
Pues no, Santidad, aquí y ahora ni el Gobierno ni las instituciones ni nadie en particular muestra agresividad con la Iglesia, que goza -aún- de un status y de una serie de privilegios que no se corresponden ya con su ascendiente real sobre la sociedad, lo cual se comprueba en las estadísticas que reflejan el número y el porcentaje de católicos que practican activamente su religión, cifras que van descendiendo inexorablemente conforme pasan los años.

Lo que ocurre en realidad, y esto les duele sobremanera a los obispos y a la jerarquía católica, es que la sociedad es bastante indiferente a la actividad de la Iglesia, institución que, a los ojos de una gran mayoría -creciente- de españoles, se ha quedado caduca y muy alejada de los problemas reales que preocupan hoy en día, como el desempleo, las malas perspectivas económicas, la superpoblación en los países más subdesarrollados, los daños al medio ambiente,  el cambio climático, enfermedades como el sida, el terrorismo islámico, etcétera. La verdad es que, a la vista de todas estas graves cuestiones que afectan al mundo actual, resulta chocante e incluso patético que el Papa hable de un “laicismo agresivo”. Da la impresión de que echan de menos tiempos ya muy, muy lejanos, de persecuciones, víctimas y mártires cristianos que, como tantas veces nos han contado, con su sangre derramada regaban la semilla sembrada por sus predicadores. Por fortuna el mundo ha evolucionado mucho y ya no está por aquellas aventuras, al menos en las sociedades más cultas y desarrolladas.

II- Sobre las raíces cristianas de Europa.

Obviamente, no puede negarse la influencia que ha tenido el cristianismo en la cultura y la civilización europeas a lo largo de dos mi años. Pero habría que preguntarse sobre los supuestos beneficios que tal influencia ha reportado al desarrollo socioeconómico y al bienestar real de los habitantes del continente. Yo quiero adelantar la idea de que Europa ha llegado a donde está, me refiero a sus actuales niveles de cultura, ciencia, tecnología y desarrollo en general, a pesar de la Iglesia de Roma. Me explicaré.

* Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, en el siglo V, Europa se sumió en uno de los periodos más prolongados, oscuros y lamentables de su historia, la Edad Media. Por espacio de mil años, el conocimiento, la ciencia y el libre pensamiento estuvieron perseguidos, pisoteados y ocultos, bajo la amenaza constante de la intolerancia religiosa y las acusaciones de herejía o brujería. Además, cabe preguntarse cuánto hizo la Iglesia de entonces por el bienestar de las clases más desfavorecidas, como los siervos de la gleba, o el propio pueblo llano, sometidos de forma absoluta a la tiranía y los caprichos de la nobleza.

* A la jerarquía católica siempre le ha atraido sin disimulo el poder político y económico, bien para ejercerlo directamente, bien para situarse junto a él con el fin de manipularlo a su conveniencia y obtener el mayor provecho posible. ¡Qué actitud tan alejada de la pobreza y sencillez evangélicas! En nombre de Dios se ha perseguido, torturado, asesinado, conspirado y hecho la guerra. Con el pretexto de preservar sus dogmas y creencias, se ha acusado de herejía y ejecutado a tantos y tantos inocentes y bienintencionados.

* La Inquisición o Santo Oficio ha sido el más odioso instrumento represivo que la mente humana ha creado para atemorizar y dominar a sus semejantes. Su lamentable actuación es de sobra conocida y no vale la pena extenderse aquí en detalles. Pero lo que sí debemos ver con claridad es que el progreso científico siempre ha sido discutido y frenado -cuando no perseguido- por la Iglesia (Miguel Servet, Galileo, Darwin…). Hubo que esperar al Renacimiento para ver los primeros y tímidos avances en el conocimiento científico, y no fue hasta los siglos XVIII y XIX cuando la Ilustración y la Revolución Industrial comenzaron a proporcionar a este sufrido mundo un progreso material significativo. ¡Cuánto siglos perdidos en las tinieblas de la intransigencia y el integrismo religiosos!

* Para finalizar, en un periodo todavía muy reciente de la historia de España, hemos padecido el vergonzante fenómeno del nacional-catolicismo, fruto de la íntima colaboración entre Iglesia y Estado y que, en pleno siglo XX, ha dominado la vida pública y privada de nuestro país durante cuarenta años, con su represión espiritual, su moral retrógrada, su visión estrecha de los fenómenos sociales, su censura, etc. Es más, la Iglesia española se alineó desde el primer momento y sin vacilación con el régimen del general Franco, “santificando” todos sus actos, incluida la cruel represión de los años inmediatamente posteriores a la contienda.

En conclusión, se puede afirmar que, en efecto y por desgracia, Europa ha padecido una influencia bastante notoria de la Iglesia Católica, influencia que se ha ido atenuando paulatinamente en los últimos 250 años, bien es cierto que más en algunos países (los más desarrollados) que en otros. Ahora bien, de ahí a dar por buena y positiva dicha influencia media un abismo, ya que la labor ejercida por la Iglesia oficial ha constituido más un obstáculo que otra cosa para el desarrollo social, cultural y económico de la civilización europea occidental. De manera que apelar a las raíces cristianas de Europa es, como mínimo, un sarcasmo, a la vista de todo lo expuesto en este post.

Por fortuna, en las raíces de Europa figuran otros componentes mucho más beneficiosos, como nuestra querida civilización griega clásica, el poso organizativo dejado por el Imperio Romano (amén de su lengua, arquitectura y derecho), el verdadero humanismo resurgido en el Renacimiento y, en definitiva, el interés y la curiosidad de muchos grandes hombres y mujeres que pusieron los cimientos de la revolución científico-técnica de los siglos XVIII, XIX y XX.

Acerca del desempleo

     Es imprescindible desmontar las falacias que se repiten de boca en boca, animadas sobre todo desde el principal partido de la oposición, en torno al gravísimo problema del paro en España. No pretendo aquí ni mucho menos desarrollar un tratado de economía, pero necesito exponer con un mínimo de seriedad algunos puntos fundamentales sobre la cuestión. Espero que el lector se muestre paciente en su lectura. Tan sólo serán unos pocos minutos.

  A la situación actual de desempleo se ha llegado tras una crisis de gran calado que, a su vez, ha tenido en España 2 componentes fundamentales:

     1) Internacional o, mejor dicho, global. En efecto, recordemos que todo empezó con una grave crisis financiera originada en Estado Unidos con motivo de las hipotecas sub-prime o hipotecas basura, transformadas en activos que acabaron contaminando a todo el sistema bancario, en especial en Norteamérica y Europa. Como consecuencia inmediata, se produjo una fortísima crisis de liquidez y un parón en los créditos.

     2) Nacional. Dicha crisis global actuó de detonante para que “pinchase” nuestra particular burbuja inmobiliaria, cuya evolución insostenible había propiciado que la construcción actuara como motor principal de nuestra economía, desequilibrándola claramente.

  El Gobierno del Sr. Zapatero no tiene absolutamente ninguna responsabilidad en cuanto al primer componente de la crisis se refiere (el internacional). Por lo que concierne al segundo componente, sí se puede afirmar que tiene una responsabilidad, pero compartida con los gobiernos anteriores (los del Sr. Aznar e incluso con los últimos de Felipe González), al haber heredado un estado de cosas que, mientras funcionaba, generaba empleo y prosperidad. Es evidente que, tanto desde la clase política como desde la clase dirigente empresarial española, debería haberse intentado corregir tal desequilibrio antes del estallido previsible de la crisis, pero también es cierto que no era tarea fácil ni rápida de ejecutar.

  Por todo lo anterior, es totalmente falso -y perverso- afirmar que el actual gobierno es el culpable del paro. ¿Qué habría ocurrido si el PP hubiera conservado el poder durante estos años? Pues exactamente lo mismo, ya que con toda seguridad no habría dado ningún paso por modificar el modelo productivo. Por otra parte, ¿qué ocurre con las empresas y los empresarios, que son los que ponen directamente a la gente en la calle?; ¿no tienen acaso ninguna responsabilidad en todo este asunto?; ¿acaso su comportamiento social y económico es intachable? Se da por hecho que recurrir automáticamente al despido es la única vía que tienen los empresarios para afrontar tiempos difíciles. Me permito sugerir que existen otras formas de ahorro (la fuerza de trabajo no es el único recurso que se puede gestionar), que hay que recurrir a la imaginación, mejorar la calidad, esforzarse por ser más competitivos, etc. La sociedad española debería exigir más a sus empresarios en este sentido.

  Las herramientas de que dispone el Gobierno del Sr. Zapatero (como cualquier otro) son más limitadas de lo que la gente piensa. Desde que pertenecemos a la zona euro, España carece de autonomía en lo referente a política monetaria, instrumento de control importantísimo que ahora está en manos del Banco Central Europeo. Queda la política fiscal y laboral, desde luego, pero no son suficientes para solucionar con rapidez y eficacia el problema ante el que nos encontramos. En cuanto a la reforma laboral, recordemos que empresarios y sindicatos fueron incapaces de llegar a un acuerdo para establecer sus bases; tuvo que ser el Ministro de Trabajo, Sr. Corbacho, el que cogiera la patata caliente y desarrollase la mencionada reforma laboral que, recordemos, era exigida por numerosos órganos internacionales (FMI, BCE, Unión Europea, grandes multinacionales, prestigiosos expertos en economía, etc) como condición ineludible para devolver a España su competitividad. Personalmente, tengo mis dudas de que una cosa conduzca directamente a la otra, pero no cabe duda de que la presión internacional era clarísima.

  Pese a todo lo afirmado en los puntos anteriores, no se puede exculpar por supuesto al Sr. Zapatero y su equipo económico de la gestión de la crisis. Creo que cometieron un importante error al no reconocerla en su fase inicial y, además, se retrasaron demasiado en adoptar las primeras medidas; hubo un proceso electoral enmedio y debieron pensar que no era popular admitir la existencia de la crisis en aquellos momentos, pero desgraciadamente se perdieron muchos meses. Además, El Sr. Zapatero debería haber seguido los consejos que sin duda le proporcionaría su entonces Vicepresidente Económico Sr. Solbes y apretarse el cinturón, en vez de malgastar recursos importantes en ayudas y políticas sociales que agotaron la capacidad del Estado en momentos cruciales. La cosa podría haber tomado otros derroteros y, al menos, el Gobierno hubiera dado a tiempo una necesaria imagen de austeridad. Estos son los “pecados” de los que sí se puede razonablemente responsabilizar a nuestro Presidente.