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ELOGIO DE LA GALLINA

Ya desde que era un niño de muy corta edad empecé a sentir una ternura especial hacia las gallinas. Las conocí, como chico de ciudad, durante mis largos veraneos en pueblecitos serranos, y me gustaba contemplarlas, con su suave cacareo, sus peculiares andares, el vaivén acompasado del cuello, y su incesante picoteo de semillas y bichillos que encontraba por el suelo.

Hacía ya bastante tiempo que deseaba escribir este artículo, pero no me acababa de decidir. No sabía muy bien cómo darlo forma y, sobre todo, no quería en modo alguno caer en un sentimentalismo ñoño, que restase autenticidad y sentido a mis palabras. Finalmente, me he decidido a hacerlo, porque por encima de todo hay una idea que me ronda con fuerza, y es la de que el ser humano está en deuda con este animal desde los albores de la civilización. En efecto, la gallina, quizás la más humilde de todas las aves, nos ha sido siempre extremadamente provechosa, y sin embargo la hemos maltratado sistemáticamente y sin consideración alguna.

Como todo el mundo sabe, la gallina (y por extensión, el gallo y el pollo) es un ave de granja de enorme utilidad, que nunca falta, ni ha faltado, en cualquier asentamiento humano a lo largo y ancho de casi todo el planeta. Nos provee de huevos y carne, alimentos esenciales para nuestra supervivencia. Aunque sólo fuese por el primero de ellos, el huevo, la contribución de éste a nuestra dieta habitual posee un valor inmenso. Se me antoja imposible pensar en una alimentación que prescindiera por completo del huevo. ¡Cuánto le debemos a la tortilla, en sus múltiples variedades, o a un simple pero sabroso y gratificante huevo frito con patatas! También es un ingrediente fundamental en muchos otros platos, en la elaboración de mayonesas, o en la pastelería, donde goza de infinitas aplicaciones.

Por otra parte, la gallina es un ave bastante austera y «barata» de mantener. No exige mucho: tan sólo grano o pienso para comer, agua fresca y limpia, y un refugio decente para pasar la noche o guarecerse de las inclemencias del tiempo; también es cierto que necesita un mínimo de espacio al aire libre, sobre suelo natural, para moverse con libertad y poder picotear y escarbar. Todo ello es vital para su salud y bienestar.

Sin embargo, pese a su virtudes y la gran utilidad que tiene para todos nosotros, los seres humanos, ¡qué mal la tratamos en general! Sobre todo, a partir de mediados del siglo XX (quizás desde antes), cuando fueron instalándose grandes naves de producción avícola para atender nuestra demanda cada vez mayor de huevos y carne de pollo, las condiciones de vida de estas pobres aves se volvieron particularmente penosas y crueles. No sólo se las condenó a vivir hacinadas a millares en el interior de esas espantosas construcciones, en un ambiente sucio e insano, sino que encima, para que produjesen más y más, se las sometía a una iluminación artificial permanente que las mantuviese activas durante las 24 horas del día. No sé a ustedes, que me están leyendo, pero a mí esto me parece de una crueldad infinita, un auténtico infierno.

Por fortuna, a lo largo de los últimos años ciertas explotaciones avícolas han suavizado estas condiciones tan extremas, en paralelo a una mayor sensibilización de los consumidores en lo que concierne al bienestar animal. Se están valorando más los huevos procedentes de granjas de gallinas «criadas en el suelo», no en jaulas, y/o en régimen de «semilibertad», con acceso al aire libre. Es un cambio de tendencia esperanzador y positivo, pero sospecho que todavía hay que mejorar muchas cosas. Aún siguen existiendo granjas industriales del tipo anterior, en las que estas aves malviven enjauladas y en condiciones miserables. En cuanto a las nuevas granjas, habría que investigar y controlar que, en efecto, las gallinas no sufran y se mantengan siempre en unas condiciones verdaderamente aceptables. No cabe duda de que las gallinas más felices son aquellas que se crían en granjas familiares de aldeas o pueblos pequeños, en contacto con el campo y la naturaleza, y siempre que dispongan, claro está, de un espacio amplio, al aire libre y sobre tierra natural. ¡Ah, y los huevos de éstas son siempre de mayor calidad!

Ciertamente, todo lo expuesto es extensible a las demás especies animales que criamos en granjas y de las que nos aprovechamos intensivamente: pavos, ocas, conejos, corderos, cabras, cerdos, vacas, etc. Sirva este modesto artículo para contribuir de algún modo a fomentar el bienestar de todos estos animales que mantenemos en cautividad, minimizando o limitando los criterios de explotación puramente económicos. Pensemos que ellos, las gallinas y los demás seres vivos mencionados, nos dan mucho, entre otras cosas su propia vida.

Dejemos de ser crueles. Es de justicia natural.

¿HAY ALGUIEN QUE SEPA A DÓNDE VAMOS? ALGUNAS REFLEXIONES A DISTINTO NIVEL

 

 

POLITIQUEO NACIONAL

      En España, y en lo que va de año, acabamos de sufrir varios procesos electorales y un largo, tedioso y estéril intento de formar Gobierno. El Partido Socialista, liderado por Pedro Sánchez, y ganador claro de las elecciones generales del pasado 28 de abril, aunque sin una mayoría suficiente, ha encallado en su pretensión de investir como nuevo presidente a su candidato, y por el momento nos vemos obligados a continuar  con un gobierno en funciones que, por su propia naturaleza, no puede gobernar de verdad, ni decidir sobre los grandes problemas existentes ni proponer iniciativas legislativas de ninguna clase. ¿Quién o quiénes tienen la culpa? Está claro que hay opiniones de todos los colores y para todos los gustos. Desde la derecha (ahora tricéfala) se lanzan sin cesar duras críticas a Pedro Sánchez, al que tachan de incapaz y acusan de «echarse en manos» de los independentistas, los antisistema, los que apoyan a ETA, etc., etc., sin cortarse un pelo en cuanto a la gravedad y lo inapropiado de sus invectivas.

      Cuando escucho tales acusaciones, sólo puedo pensar en la flagrante contradicción en la que incurren quienes las pronuncian. Porque, ¿qué otra alternativa posible podría barajar el PSOE? Obviamente, lo más sensato sería que los partidos «constitucionalistas», como PP y C’s, se abstuvieran en la votación de investidura, para facilitar así que el candidato socialista obtuviese una mayoría simple, suficiente como para formar gobierno y echar a andar, que no es poco (parafraseando a Mariano Rajoy, «no es cosa menor»). Pero no, ¡de ninguna manera, al enemigo Sánchez, ni agua! Los partidos de la derecha se han encastillado en el NO rotundo, de manera que no dejan otra opción a los socialistas más que la de buscar apoyos en fuerzas situadas a su izquierda (como ya lo ha intentado, sin éxito) o entre las fuerzas nacionalistas e independentistas. Semejante forma de actuar por parte de los conservadores es la del famoso perro del hortelano, que ni comía ni dejaba comer: no te voto en modo alguno, y ni siquiera me abstengo, pero te fustigo sin piedad al menor indicio de que intentes buscar otros apoyos. ¿Es o no es una actitud absurda? Por su parte, Unidas Podemos, con Pablo Iglesias al frente (una fuerza en declive y con profundas divisiones internas), no ha posibilitado tampoco el tan necesario apoyo a Pedro Sánchez, ya que exigían una cuota de poder, en fondo, forma, número y contenido, que resultaba inasumible por los socialistas, quienes se verían forzados a aceptar dos gobiernos en uno sólo, algo que evidentemente no iba a funcionar.

      Así las cosas, los españoles hemos comprobado las profundas divisiones, los incontables vetos y la notoria incapacidad de llegar a acuerdos entre los distintos partidos politicos, al menos entre las cuatro o cinco principales fuerzas a nivel nacional. Los abismos entre unos y otros son demasiado hondos, las antipatías y cordones sanitarios resultan tan patentes que se imposibilita cualquier entendimiento, por otra parte tan deseable y provechoso para el conjunto de la nación. En estos últimos tiempos, hemos transitado de un sistema bipartidista, muy denostado por los nuevos actores políticos, por cierto, a un sistema de bloques, aún más incapaces si cabe de tenderse puentes entre sí. La sensación que se queda en el ciudadano español no puede ser otra que la de un gran desencanto y frustración, tras tantos meses de campañas electorales, discursos, mitines, promesas, debates … y esperanzas incumplidas. Estamos de nuevo en la casilla de salida (como en el mes de abril), ya que el fantasma de unas nuevas elecciones se hace más real cada día.

      Mientras la política nacional está atascada, los problemas no se paran. La sanidad y la educación públicas, duramente castigadas por los ejecutivos de M. Rajoy (2011-2018), precisan con urgencia atención y más recursos. El mundo laboral aún sufre las consecuencias de la drástica reforma llevada a cabo por la entonces ministra popular Fátima Báñez (2012), y requiere un nuevo marco jurídico que luche eficazmente contra la precariedad, los sueldos de miseria y la inestabilidad en el empleo. A nivel europeo, hay que prestar la mayor atención a la política de la UE, precisamente ahora que se están renovando sus órganos de gobierno, sin olvidar en ningún momento las consecuencias que pueda tener un Brexit duro, ahora muy probable con Boris Johnson como nuevo inquilino del nº 10 de Downing Street. En otro orden de cosas, como viene siendo una lamentable costumbre verano tras verano, los incendios forestales surgen de nuevo con virulencia en muchos puntos de nuestra geografía, ya de por sí muy afectada por la sequía; nunca me cansaré de repetir que este gravísimo problema medioambiental exige una respuesta a nivel nacional contundente y eficaz, con actuaciones en muchos frentes: jurídico y penal, de educación ciudadana, preventivo (a lo largo de todo el año), y de disponibilidad de medios.

 

POPULISMOS, FALSEDADES Y MIOPÍA, A ESCALA GLOBAL

      La verdad es que, en el ámbito mundial, tampoco podemos felicitarnos en modo alguno sobre cómo marchan las cosas. Desde que Donald Trump se convirtiera en presidente de los Estados Unidos de América, hace ya 2 años y medio (¡parece una eternidad!), el mundo es bastante más inseguro e inestable. La primera potencia económica y militar ha elegido un rumbo atípico y errático, salpicado de errores, declaraciones agresivas, dimisiones y ceses fulminantes en la cúpula del gobierno de Washington. Uno de los efectos más inquietantes de la nueva política norteamericana ha sido la de poner aún más en peligro la salud ecológica y medioambiental del planeta. Cuando ya nadie duda de la realidad del cambio climático y del enorme daño que nuestro sistema económico-productivo y generador de residuos causa al medio natural, el inquilino de la Casa Blanca sigue enrocado en un absurdo negacionismo, del que incluso se atreve a bromear. No voy a decir nada nuevo al afirmar que el señor Trump es un hombre inculto, soberbio, imprudente y autoritario, capaz de generar conflictos y tensiones innecesarios, haciendo caso omiso a las más elementales normas de prudencia (cuando alguien de su equipo más próximo le molesta, lo despide sin contemplaciones, sin pararse a valorar sus propuestas y consejos). Se ha hecho tristemente famosa su cuenta de Twitter, en la que vierte todas sus ideas y opiniones, tan superficiales e inmaduras como peligrosas.

      ¿Qué dirían, si levantasen la cabeza, antiguos y prestigiosos presidentes de los EE.UU. como Franklin D. Roosevelt, Dwight D. Eisenhower o John F. Kennedy? ¿Qué ha sucedido en los U.S.A., una nación tan asombrosa y admirable en muchos aspectos a lo largo de todo el siglo XX, para que se haya confiado la máximo responsabilidad a un personaje tan zafio, maleducado y escasamente preparado a nivel intelectual? Por si fueran pocos sus defectos, el señor Trump se vale de la mentira y el embuste de modo continuado y con el mayor de los descaros, con el fin de defender sus posiciones y desacreditar a sus oponentes. No hace falta decir que esta conducta es extremadamente peligrosa en un presidente, para la nación entera, por cuanto supone de degradación de la vida política y de los mensajes que se trasladan a la ciudadanía. Resulta muy preocupante su odio a la prensa y medios de comunicación que no le son afines, a los que no vacila en acusar de crear «fake news», en el colmo de la desvergüenza. La prensa libre y bien informada, no lo olvidemos, es uno de los pilares fundamentales de una sociedad libre, plural y democrática, algo que garantiza el rigor y la objetividad de las informaciones, y evita la burda manipulación de la ciudadanía por parte de un poder abusivo.

      El uso y abuso de la mentira no es privativo de Donald Trump. Tenemos ejemplos más cercanos, como ocurre en el Reino Unido. La sociedad británica fue muy mal informada sobre aquel aciago referéndum del Brexit, en especial por parte de políticos de relevancia como Nigel Farage y el propio Boris Johnson (ahora Primer Ministro), los cuales mintieron sin ningún escrúpulo acerca de las hipotéticas ventajas que tendría para su país la salida de la Unión Europea. Y lo siguen haciendo, apelando mucho más a emociones y sentimientos patrioteros que a razones objetivas y bien fundamentadas. Desgraciadamente, los movimientos de extrema derecha, una manera de pensar que creíamos arrinconada y marginal, ha emergido con fuerza y ya gobierna en ciertos países europeos e iberoamericanos. Uno de los casos más lamentables es el de Brasil, con Jair Bolsonaro en la presidencia. Una de las políticas más dañinas del nuevo presidente brasileño es la referente a la Amazonia y a la explotación salvaje de sus recursos naturales, a la que ha retirado todos los vetos que existían con anterioridad. Al más puro estilo Trump, que por cierto le tiene una gran simpatía, hace pocos días nos enterábamos de que va a nombrar a uno de sus hijos (gran experto en el manejo de armas) como embajador en Washington. Nepotismo puro, otra llamativa «virtud» de estos nuevos gobernantes.

      ¿Y en España? Pues, sin llegar a tales extremos, también aquí se echa mano del embuste, el engaño y la manipulación grosera de la verdad ante la opinión pública, por parte de muchos políticos relevantes y de algunos medios de comunicación afines a sus tesis. Las consignas de partido y las «verdades» oficiales constituyen el pan nuestro de cada día, en detrimento de la realidad objetiva. Cada fuerza política tiene su propio argumentario y su particular visión de las cosas, de un modo tan rígido y encorsetado que los debates, lejos de ser enriquecedores de cara al ciudadano, resultan siempre estériles, además de crispar en gran medida el diálogo político. Cuando, desde los medios de comunicación, se pide a los políticos de diferente signo su opinión acerca de tal o cual problema, las versiones que se dan son tan opuestas que confunden a la ciudadanía, especialmente a todos aquellos que no tienen un criterio formado y claro acerca del asunto tratado.

      No quiero dejar de lado otro gran defecto que caracteriza a la mayor parte de nuestra clase política (sigo refiriéndome al caso español): la clamorosa ausencia de visión a medio y largo plazo. Se supone que un político auténtico, comprometido y con vocación de estadista, ha de ser capaz de mirar más allá del corto periodo de una legislatura, un lapso de tiempo (4 años) demasiado breve como para abordar seriamente los grandes retos a los que se enfrenta nuestra sociedad, tanto en el plano estrictamente nacional como en el plano global. Me gustaría oírles debatir, en serio y sin guiones precocinados, acerca del modelo energético, la conservación del medio ambiente, la lucha contra el cambio climático, las crisis migratorias (actuales y futuras), el papel del trabajo humano en un mundo cada vez más automatizado, la renta mínima, o nuestro papel en Europa. ¡Qué lejos están muchos políticos mediocres de estas grandes cuestiones! A algunos, por ejemplo, les preocupa sobremanera que no se les permita desarrollar con normalidad un mitin en Alsasua (¡vaya, qué tragedia!). Otros, particularmente afines a regímenes autoritarios y represores como el que padecimos en España desde 1939 hasta 1977, no vacilan en calificar al movimiento feminista como una «dictadura ideológica» (¡qué curioso que utilicen ellos, precisamente, el término dictadura como arma arrojadiza!). Si la formación EH Bildu (que guste o no, hoy día es un grupo político totalmente legal) menciona la posibilidad de abstenerse en una votación de investidura para desbloquear la formación de un gobierno, autonómico o nacional, la derecha salta como un sólo hombre acusando agriamente a los socialistas de «ir de la mano de los terroristas», con lo que faltan así a la verdad de un modo clamoroso y esperpéntico. Del mismo modo, a muchos de los que tanto gustan de envolverse en la bandera rojigualda les produce irritación la creciente y espontánea corriente antitaurina, acusándola de ir en contra de las «esencias y señas de identidad de nuestra cultura», pero permanecen en silencio ante un fenómeno tan destructivo como las olas de incendios, que devastan nuestro patrimonio natural y están provocados en su mayoría por auténticos criminales sin escrúpulos, que suelen quedar impunes. El verdadero patriotismo se demuestra con responsabilidad y con hechos, no con formas ni símbolos.

      Como se ve, la miopía política suele ir acompañada de la rigidez mental, la manipulación de la verdad, y la ausencia de una cultura abierta, amplia y sólida.

 

UNA REFLEXIÓN FINAL

      Hace pocos días escuchaba yo una noticia muy inquietante. De acuerdo con cierto observatorio científico, en este preciso momento (verano de 2019) nuestro planeta se halla a tan sólo 18 meses de alcanzar un punto crítico de no retorno, a partir del cual podría ser ya imposible revertir los fenómenos del cambio climático y el calentamiento de los océanos. Sin dar a esta noticia todo el crédito que posiblemente pueda llegar a tener, puesto que ni soy científico ni poseo los medios suficientes para contrastarla, sí que estoy absolutamente convencido de que la acción depredadora del ser humano está llevando rápidamente a la Biosfera a un estado muy peligroso y nada halagüeño, sin que las medidas que se van adoptando puntualmente sean lo suficientemente amplias, contundentes y eficaces como para detener y resolver el problema.

      La economía basada en el consumo a gran escala (la cultura del usar y tirar) y en la maximización del beneficio financiero actúa frontalmente en contra de la Naturaleza y, a la postre, de nuestros propios bienestar y supervivencia. Son ya muchos los hombres, mujeres y organizaciones civiles que alzan su voz acerca de esta cuestión, aquí y ahora el Gran Problema por excelencia. Ahí tenemos el ejemplo de la admirable Greta Thunberg, jovencísima activista sueca , que, venciendo todos los obstáculos posibles, clama en todos los foros por cambiar nuestra forma de vida y evitar los daños irreversibles que seguimos causando a nuestro medio ambiente.

      ¿Qué puedo decir más? Lo expondré de forma muy esquemática y resumida:

          * Formación y cultura

          * Espíritu crítico

          * Amor a la verdad

          * Libertad de pensamiento

          * Sensatez y responsabilidad

          * Capacidad de denuncia

          * Exigencia de soluciones a nuestros gobernantes

«CAMBALACHE» – REFLEXIONES SOBRE EL MUNDO ACTUAL

 

          Existe un viejo tango que lleva por título «Cambalache«. Lo compuso allá por 1934 el maestro argentino Enrique Santos Discépolo, y alcanzó bastante popularidad tanto en su tierra natal como en otros países de habla hispana. Su letra, jocosamente amarga y de pura denuncia social, adquiere hoy, a pesar de los años transcurridos, plena vigencia y una enorme actualidad. Entresaco aquí algunos de sus párrafos más reveladores, aunque toda ella es sumamente acertada:

«Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé …… pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue …… Hoy resulta que es lo mismo ser derecho (honrado) que traidor, ignorante, sabio, chorro (ladrón), generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! …… Siglo XX, cambalache (negocio sucio), problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil (huelga explicar el término) …… Es lo mismo el que labora noche y día como un buey que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley.»

          Podríamos ampliar el significado del término «cambalache», trasladándolo a nuestra vida actual y asemejándolo a conceptos como el muy español de cachondeo, o al de sin dios, o al de maricón el último, si se me permite la licencia. Y es que en realidad el mundo de ahora, del año 2018, está bastante trastornado. Quizás nunca estuvo sano, por lo que se refiere a muchas de las actividades protagonizadas por nuestra especie, la del mal llamado Homo Sapiens, pero estoy convencido de que nunca antes habíamos llegado con nuestra acción a un punto tan crítico para con nosotros mismos y el entorno natural en que vivimos. Hagamos un breve repaso de algunos de los grandes problemas que aquejan a la Humanidad en estos momentos:

  • Inseguridad, conflictos armados, terrorismo yihadista, tensiones entre las grandes potencias, las amenazas del líder norcoreano, peligro nuclear, estados fallidos, en fin, en los que reinan el caos, la anarquía y los grupos armados descontrolados. La sustitución de Barack Obama hace ahora justo un año por el magnate Donald Trump en la presidencia de la primera potencia mundial no ha contribuido precisamente a la mejora del equilibrio global; más bien lo ha empeorado de manera significativa.
  • Superpoblación. El crecimiento demográfico no se detiene, pese a habérsenos quedado el planeta pequeño desde hace décadas. China e India superan los 1.300 millones de habitantes cada una. A pesar de su extrema pobreza, el África subsahariana experimenta un boom demográfico, una de cuyas consecuencias es la presión migratoria que sufrimos en Europa, y que es muy probable vaya a más en los años venideros. De modo parecido, los U.S.A. padecen el mismo problema con respecto a Centroamérica y Sudamérica. Y esto sucede, no lo olvidemos, cuando el trabajo humano está seriamente amenazado con la automatización y la robotización crecientes.
  • Desigualdades económicas profundísimas, no sólo entre unas naciones y otras, sino también, dentro de los propios estados, entre grandes masas de población en situación de precariedad y/o pobreza y minorías cada vez más poderosas y ricas. La acumulación de riqueza por parte de unos pocos (en términos relativos) ha llegado a niveles absolutamente obscenos.
  • Mientras tanto, la Naturaleza se halla en franco retroceso, debido a la sobreexplotación de los campos, bosques, aguas continentales y mares. La presión demográfica, los vertidos industriales, la acumulación de desperdicios y desechos de todo tipo, la caza y la pesca indiscriminadas, la explotación de todo tipo de recursos naturales, todo ello conlleva el exterminio de especies animales y vegetales. Para colmo, el sobrecalentamiento de la atmósfera, por causa de las emisiones de gases contaminantes, altera el clima, como ya estamos comprobando, provoca inundaciones y también genera grandes sequías, lo que no hace sino empeorar y poner en grave peligro las condiciones de vida sobre la Tierra.
  • Incapacidad de las clases dirigentes, especialmente de los gobiernos, para abordar con eficacia todos estos grandes problemas. Se observa una preocupante ausencia de visión a medio y largo plazo por parte de quienes asumen las mayores responsabilidades políticas. Tampoco se aprecia en la mayoría de ellos inteligencia ni imaginación para cambiar el estado de cosas. Asimismo, albergo serias dudas acerca de sus principios éticos y buenas intenciones, ya que siempre optan por adular a las grandes corporaciones y los más poderosos, antes que escuchar las continuas voces de alarma que surgen del mundo cientifico y las propias sociedades civiles. Volviendo a lo que indicaba en el punto primero, la presencia de un personaje tan discutido y anti-ecológico como Mr. Trump en la Casa Blanca es desalentadora.

          ¿Por qué ocurre todo esto, precisamente cuando «disfrutamos» de la mayor cantidad de información que hubiéramos podido nunca imaginar, cuando las comunicaciones entre cualesquiera puntos del planeta son prácticamente instantáneas, y cuando la evolución científica y técnica no deja de sorprendernos cada día con nuevos logros, adelantos y aplicaciones? ¿Acaso no parece paradójico? Lo cierto es que, a pesar de ello, todos estos avances parecen incapaces de ofrecernos unas perspectivas optimistas acerca de un mundo mejor, más seguro, sano y justo. Se me ocurren algunos motivos que explican el «cambalache» actual, en el que estamos todos enfangados.

          1) En primer lugar, están los todopoderosos intereses económicos por parte de algunos Estados y (sobre todo) de entidades y grandes grupos empresariales, financieros y de comunicación, que acumulan más dinero y poder real que los propios gobiernos nacionales. Frente al poder arrollador de los mercados, hemos podido comprobar la debilidad de las democracias, que han perdido grandes cuotas de independencia y soberanía en este mundo globalizado, una globalización por cierto que nos ha venido impuesta no se sabe bien desde qué instancias superiores y a la que nos hemos tenido que entregar a la fuerza, perdiendo en el camino derechos, capacidad adquisitiva, seguridad y confianza en el futuro. El principio básico por el que todo parece regirse es el egoísmo avaricioso, la búsqueda del máximo beneficio posible; los niveles de acumulación de capital financiero en unas pocas manos han llegado a ser abrumadores.

          2) Paralelamente, las masas de población (naturalmente, de quienes se lo pueden permitir) están de forma permanente empujadas al consumo  de todo tipo de bienes y servicios, por encima de lo que sería necesario y sensato para vivir con normalidad. Las promociones de toda índole, el marketing telefónico, la publicidad, que se cuela por todos los dispositivos imaginables, todos estos medios nos bombardean incesantemente para comprar hasta lo que no precisamos de ningún modo. Ya sé, se me dirá que «es necesario, porque así se mueve la rueda de la economía y circula el dinero». No lo voy a discutir, y menos en el espacio de este post, pero sí quiero dejar muy claro que lo que sí se consigue con este sistema es acelerar el ciclo PRODUCCIÓN-CONSUMO-DESECHOS. De esta manera, contribuímos «con mucha eficiencia» al rápido deterioro del medio.

          3) Otro factor que, a mi modo de ver, explica lo enfermo que está nuestro mundo es el paulatino embrutecimiento de la sociedad, de la gente en general. Me explicaré, antes de que el lector se enfade conmigo. Valores como el amor por la cultura, la edcuación en nuestro modo de expresarnos y relacionarnos con los demás, la filantropía, el sentido de servicio a los otros, la honradez, la nobleza de espíritu, la elegancia y la sobriedad, en suma, todo aquello que nos eleva y nos hace mejores está en crisis. Lo vemos en los programas de TV, a menudo y curiosamente en los de mayor audiencia, en el tipo de cine violento y duro que normalmente se exhibe (¡qué diferencia con el de otras épocas!), en la forma de comunicar ideas y sentimientos por los distintos canales de Internet (Twitter, Whatsapp, redes sociales en general, foros de opinión). Lo vulgar, lo soez, los chismes intrascendentes, las gracietas facilonas, los exabruptos, los insultos y las faltas de respeto son lo que predomina de forma abrumadora en nuestras comunicaciones. ¿Qué ocurre en las aulas y escuelas? Los esfuerzos de maestros y profesores, la inmensa mayoría de ellos bienintencionados, se estrellan contra la pésima educación y la preocupante violencia de muchos chicos y chicas. El resultado es que se pierde un tiempo valiosísimo en intentar mantener un mínimo de orden en las clases, lo que va en detrimento de la calidad educativa. La figura del profesor/a no está suficientemente protegida ni dotada de la necesaria autoridad. La más mínima reprimenda o llamada de atención a un alumno muchas veces es contestada por parte de los airados padres con una gran bronca o incluso una agresión física al educador (esto debería ser intolerable y, al menos aquí en España, se viene permitiendo desde hace ya décadas).

          4) Por último, qué duda cabe que la continua y grosera exhibición de comportamientos vergonzosos y delictivos por parte de responsables políticos, en connivencia con empresarios sin escrúpulos, desmoraliza a la sociedad civil. La corrupción político-económica, que en mi país (España) ha alcanzado niveles insoportables y aún no ha sido plenamente castigada con contundencia, supone un pésimo ejemplo para la gente, y para los más jóvenes en especial. Se lanza el mensaje de que las conductas irregulares y los actos fraudulentos constituyen una vía fácil y rápida hacia el enriquecimiento, en lugar del trabajo honrado y la conducta respetuosa para con los demás. Sí -pensarán muchos-, existe el riesgo de que le pillen a uno, pero es una manera de conseguir pasta en poco tiempo y disfrutar a tope de la buena vida. Además, hasta que se ponga en marcha la maquinaria judicial, ¡fijaos todo lo que podemos «afanar»!

 

A MODO DE CONCLUSIÓN

          Los hombres y mujeres que formamos la sociedad del siglo XXI no podemos seguir caminando a ciegas, como un pollo sin cabeza. Tenemos que ser muy conscientes para discernir con claridad en qué punto nos encontramos, en términos temporales, y adivinar qué peligros globales nos acechan a la vuelta de la esquina, en caso de no aplicarse medidas contundentes y lo suficientemente amplias. En vista de la miopía que afecta a casi toda nuestra clase política (por no hablar directamente de mala fe en muchos casos), hemos de usar la razón, separar el grano de la paja (entre tanta y tan confusa información), prestar atención a los científicos e intelectuales de prestigio, y no a los charlatanes y cantamañanas, y exigir en definitiva a nuestros representantes políticos que cambien rápidamente el rumbo de nuestra civilización para así conjurar el desastre.

P.D.: A continuación dejo uno de los numerosos enlaces para escuchar el tango que ha inspirado y dado nombre a este artículo:  https://www.youtube.com/watch?v=YYaG2ne-QZM

 

 

 

Enrique Santos Discépolo, poeta del tango y autor de «Cambalache». Allá donde se encuentre usted, ¡un afectuoso saludo, maestro!

 

 

HOMENAJE A LAS AGUAS FLUVIALES (Y UN GRITO DESESPERADO POR SU SALUD)

 

Un plácido y bello paraje del río Júcar, en la provincia de Cuenca (España)

 

          Hoy, día 22 de abril, se celebra el Día Internacional de la Tierra. Con tal motivo me parece adecuado escribir siquiera unas pocas palabras en favor de todas esas corrientes fluviales que recorren la geografía de las tierras emergidas del planeta, y es que los ríos y los lagos poseen una importancia capital para la vida. Por muy obvia que nos pueda resultar tal afirmación, nunca está de más recordárnosla.

          Las aguas continentales son un regalo de la Naturaleza. Constituyen una fuente imprescindible de vida. Las corrientes de agua modelan y transforman el paisaje, lo reverdecen y embellecen. En su propio seno, así como en sus riberas y proximidades, la vida vegetal y animal prolifera, proporcionando un imprescindible sustento al ser humano que habita junto a ellas. El hombre antiguo supo reconocer sabiamente esta virtud extraordinaria de los ríos, y aprendió a respetarlos desde el principio de los tiempos. Incluso en muchas civilizaciones se los deificó, como signo máximo de reconocimiento.

          Por desgracia el hombre moderno, a partir de la Revolución Industrial, y de modo especialmente devastador a partir de la segunda mitad del siglo XX, ha maltratado a sus ríos y lagos (¡y también a los mares!, que merecerían un comentario aparte), convirtiéndolos en vertederos y alcantarillas a las que arrojar todo tipo de desperdicios y desechos. ¡Bonita manera de corresponder por parte del ser humano a los inmensos beneficios recibidos! La polución y degradación de las aguas es una de las grandes catástrofes de nuestro tiempo. Si no reaccionamos con rapidez y de modo contundente, a nivel de todo el planeta, terminaremos viviendo en un inmenso basurero y nuestros ríos acabarán convirtiéndose de manera irreversible en lastimosas y apestosas cloacas. Un final lamentabilísimo, que además nos perjudicará directamente a nosotros, como especie, por cierto una especie superdepredadora y aniquiladora de recursos naturales, merced a nuestro acelerado ciclo de producción y consumo.

          Es imprescindible cambiar radicalmente nuestra mentalidad, nuestro modo de vida, y nuestros métodos a la hora de hacer uso de los recursos naturales y deshacernos de los residuos. Hemos de volver a tratar con el mayor de los cuidados a nuestros ríos y corrientes de agua, desde los cursos fluviales más importantes y caudalosos del planeta, hasta los más modestos y pequeños riachuelos, como los que serpentean por nuestras propias y sedientas tierras castellanas, andaluzas, levantinas o catalanas.

          Volvamos nuestra mirada hacia ese milagro de la Naturaleza y hagamos todo lo posible por asegurar su limpieza y dignidad. Si las administraciones públicas miran hacia otro lado y no muestran la necesaria preocupación por el problema, es nuestro deber de ciudadanos exigir que se involucren de lleno y con todos los medios posibles.

NUESTROS MONTES ARDEN, PERO … ¿LE IMPORTA A ALGUIEN?

Escena de uno de los muchos incendios forestales ocurridos este verano en Galicia, muy cerca de Santiago de Compostela. En primer término, técnicos de extinción de la U.M.E. (Unidad Militar de Emergencias)

Escena de uno de los muchos incendios forestales ocurridos este verano en Galicia, muy cerca de Santiago de Compostela. En primer término, agentes de extinción de la U.M.E. (Unidad Militar de Emergencias)

Pocas cosas son tan tristes y desoladoras como contemplar un bosque siendo devorado por las llamas.

          Durante este verano de 2016, que ya toca a su fin, los españoles hemos asistido impotentes a una realidad que por desgracia parece haberse hecho habitual en temporada estival: los incendios forestales que se producen a lo largo y ancho de todo el territorio. Al día 15 de agosto, y según los datos que he podido consultar, elaborados por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, habían ardido ya 33.370 hectáreas, una cifra ya bastante preocupante en sí misma. Pero es que a lo largo de la segunda quincena de agosto y en lo que llevamos de septiembre han surgido bastantes más incendios, algunos de ellos muy graves, como el que ha arrasado el entorno de Jávea (Alicante), de gran valor paisajístico. Galicia (de algún modo siguiendo la tónica del vecino y castigado Portugal), el interior montañoso de Valencia, Navarra, la isla canaria de La Palma, y otras regiones de España, han visto cómo el fuego destruía extensas zonas de bosque, monte bajo y matorral, sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.

          Y no digo esto último para infravalorar en modo alguno la extraordinaria y encomiable labor desarrollada por los equipos de extinción de incendios, que como siempre han puesto todo su empeño y arriesgado sus propias vidas en el control de los fuegos, muy a menudo auxiliados por los propios vecinos de las zonas afectadas. Pero, lamentablemente, cuando un incendio se declara, la mayoría de las veces ya es tarde para impedir que alcance grandes proporciones, máxime cuando aquél es intencionado. Se sabe perfectamente que la mayoría de los fuegos rurales y forestales se provocan adrede, a menudo desde varios puntos de ignición simultáneos, debido a la acción criminal de sus desalmados autores materiales.

          Estamos sin duda ante un hecho trágico y lamentabilísimo, que no parecemos capaces de evitar, verano tras verano y año tras año. Se ha convertido en una rutina siniestra que se abate de modo recurrente sobre nuestro patrimonio natural y lo destruye. Quizá muchos no se percaten de ello, pero con los incendios también muere una parte de nosotros mismos, ya que de alguna manera somos hijos del paisaje que nos rodea, de la tierra, así como de la flora y fauna que vive y se desarrolla en su superficie. Y además nuestro vínculo con el paisaje no es solamente físico, de mero sustento (con ser ello básico y primordial), sino también espiritual. Sobre este último punto podrían darnos grandes lecciones multitud de intelectuales, escritores, filósofos y artistas, tanto del presente como del pasado, españoles y foráneos.

          ¿Sólo cabe lamentarnos y llorar? Yo creo que no. Nuestro deber como ciudadanos responsables, conscientes de lo que ocurre y sensibles hacia nuestro entorno natural, es exigir en la medida de nuestras posibilidades a las instituciones y a los políticos que tomen iniciativas de valor para combatir esta pesadilla. Para empezar, un delito ecológico tan grave y destructivo como el provocar un incendio forestal debería tipificarse con la máxima gravedad en nuestro ordenamiento jurídico y penal, equiparándolo al asesinato. Si, digo bien: ASESINATO. Y no creo que incurra en ninguna aberración al sostener tal idea. Quien destruye intencionadamente un bosque lo hace ahora, en un preciso momento, pero sus efectos se prolongan por un plazo de 20, 30 o 40 años. No sólo extermina especies vegetales y de fauna silvestre, ya muchas veces amenazada por otros motivos (caza, presión demográfica, turismo irresponsable), sino que priva a generaciones futuras de espacios de gran valor ecológico, de esparcimiento y de conocimiento de la Naturaleza. Y, por descontado, no puede olvidarse que un incendio forestal se cobra con frecuencia vidas humanas, como todos sabemos. Y también perecen muchas cabezas de ganado y animales domésticos, propiedad de habitantes del lugar. Los efectos destructivos son terribles y, como hemos visto, se prolongan en el tiempo.

          Por otra parte, la labor preventiva adquiere en este problema una importancia capital, y es aquí donde deberíamos exigir a las autoridades una implicación y un esfuerzo mucho mayores que los que se vienen realizando hasta ahora. Hay que invertir más recursos en educación, concienciación ciudadana, limpieza de los montes, utilización responsable de sus recursos forestales, y vigilancia (estamos en la época de los drones, cuya utilidad podría ser decisiva en este terreno). Al igual que en medicina, resulta infinitamente mucho mejor prevenir que curar. Hasta el momento, yo sólo observo en los políticos una pasmosa indiferencia ante la desgracia recurrente de los incendios forestales. Parece como si el asunto no les concerniera, y si es así me parece de una flagrante irresponsabilidad. Es preciso presionar a nuestros representantes políticos para que cambien su punto de vista y se pongan a trabajar con la mayor urgencia sobre el problema señalado. Y, por favor, que no se escuden en que los fuegos son competencia exclusiva de las comunidades autónomas o de los ayuntamientos. No, señoras y señores, este problema nos afecta a todos (incluyendo a nuestro hijos y nietos) y exige la acción conjunta y eficaz de todas las administraciones públicas.

LA PESADILLA DE LOS INCENDIOS FORESTALES

          Este verano está resultando especialmente trágico y dañino para nuestro medio natural, por el gran número de incendios forestales que están teniendo lugar a lo largo y ancho de toda nuestra geografía. En casi todos estos fuegos se aprecia claramente una intencionalidad criminal, pues sería de necios atribuirlos tan sólo a las altas temperaturas que estamos padeciendo. El calor extremado no es la causa de los incendios, aunque ciertamente favorezca su propagación, una vez comenzados, y dificulte gravemente su extinción. Para desgracia de nuestros bosques y montes (y para desgracia nuestra, por supuesto), hay muchos pirómanos que, movidos por oscuros intereses o, simplemente, por el placer miserable de causar el máximo daño posible, actúan con casi total impunidad. A mi modo de ver, en este tremendo problema hay dos elementos que fallan estrepitosamente, dejando aparte la cuestión añadida de que la reciente política de recortes aplicada en todo el territorio ha afectado sin duda a la efectividad de los equipos de prevención y extinción (sobre esto habría mucho que decir, naturalmente).

          El primer punto débil es la falta de detección de los fuegos en los primeros instantes de originarse los mismos. Sé que no es fácil, pero me parece fundamental que los medios y dispositivos de vigilancia sean mucho más exhaustivos y precisos, con el fin de minimizar el tiempo de respuesta por parte de los operativos de extinción, a fin de abortar el incendio cuando éste aún no haya adquirido grandes dimensiones y sea demasiado tarde. Obviamente, cuando un fuego afecta ya a miles de hectáreas, la labor de los servicios de extinción se multiplica y se dificulta de manera extraordinaria, comprometiendo una cantidad de recursos humanos y medios materiales a veces inasumible.

          El otro elemento que falla es de carácter penal y punitivo en relación con el que provoca el incendio. Creo que en la mente de todos está la idea de que estos individuos cometen un gravísimo delito, por cuanto destruyen un paisaje natural, patrimonio de todos y resultado de varias décadas de crecimiento y desarrollo. Arrasan flora y fauna, con un valor inapreciable en una naturaleza ya de por sí bastante castigada, y también ponen en serio peligro vidas humanas, comenzando por la de los que se esfuerzan en combatir los fuegos, cuyo trabajo es singularmente arriesgado, como todo el mundo sabe. ¿A qué esperan nuestros legisladores para endurecer la gravedad de estos delitos y elevar las penas correspondientes? Para mí, no sería ninguna incoherencia equiparar este delito al rango de asesinato o acto terrorista y, por consiguiente, castigar a quien lo cometa con las penas legales máximas. ¿Por qué no, si el daño que provocan es también del máximo nivel imaginable? Sinceramente, creo que nuestos parlamentarios tienen aquí mucho que hacer, si es que les importa algo el valor de nuestro patrimonio medioambiental y también el de las vidas humanas que se ponen en peligro, indefectiblemente, verano tras verano.

          Una vez más, el gobierno y su máximo responsable en estos temas, el ministro Arias Cañete, demuestran estar muy alejados e insensibilizados con respecto a este grave problema. Hace pocos días, el titular de Medio Ambiente se defendía en una comparecencia pública, en la que ponía todo su empeño en demostrar que la gestión de su departamento con respecto a los incendios había sido «intachable» (¡¡toma ya!!). Se refería a los incendios como si fueran un fenómeno natural, como pudiera ser la lluvia, el calor o el viento, que se presentan espontáneamente y ante los que sólo cabe tomar medidas a posteriori, para paliar sus efectos. Naturalmente, también aprovechó su comparecencia para descargar todo el peso de la responsabilidad sobre las comunidades autónomas, que son las que deben encarar a priori este asunto al ser de su competencia. Es lamentable, pero ante los más graves problemas seguimos presenciando comportamientos insolidarios e irresponsables por parte de los que ocupan los más altos puestos. Para ellos, en este caso para el señor Arias Cañete en particular, lo principal es defender su parcelita de poder y su particular actuación, aunque haya estado desaparecido casi todo el verano mientras los incendios arrasaban decenas de miles de hectáreas por toda España. La verdad es que este personaje no tiene aspecto de alterarse ni de perder su beatífica tranquilidad por nada ni por nadie, por más que arrecie la tempestad en el exterior de su despacho ministerial. Él está a otras cosas, como lo de «poner en valor» nuestro litoral, ¿recuerdan?

          ¡Pobre medio ambiente español, menudo «abogado defensor» que le han endilgado!

¡NO OLVIDEMOS EL MEDIO AMBIENTE!

          La gran crisis económica en la que estamos inmersos, cuyo final los españoles no acabamos de ver en absoluto, ocupa de tal manera nuestras preocupaciones diarias que nos hace olvidar otros grandes problemas que tenemos planteados, no ya como meros ciudadanos de este país, sino como habitantes de este planeta que constituye nuestro último hogar. Justamente se celebra ahora mismo en Río de Janeiro una cumbre sobre el medio ambiente, muy poco después de la reunión del G-20. En principio, podría parecer que esta Conferencia Río+20 va a quedar eclipsada, como en un segundo plano, tras el encuentro que acaba de tener lugar en Los Cabos (México), que ha puesto todo el foco de interés sobre la economía, los problemas financieros específicos de Europa, y los riesgos de que se pueda sufrir otra recesión global, precisamente a causa de la particular situación que vivimos en la eurozona. Pero la economía, con ser fundamental y situarse en el centro de nuestras actuales preocupaciones, no lo es todo ni mucho menos.

          La Naturaleza y el futuro de nuestra propia existencia sobre el planeta Tierra están en serio peligro. Esto no es nada nuevo. Lo sabemos, y se viene denunciando en numerosos foros internacionales, desde hace varias décadas, muy especialmente desde que se tuvo evidencia científica del fenómeno del cambio climático, en los pasados años ochenta y noventa del siglo XX. Pero lo peor es que, lejos de corregirse, la gravedad y magnitud de los problemas medioambientales siguen creciendo cada año que pasa. Ciertamente, muchísima gente se ha sensibilizado con estas cuestiones, se han producido reacciones positivas y se han adoptado iniciativas importantes, pero todo ello no basta. La inercia impuesta por nuestro desarrollo y forma de vida es demasiado grande, y en general estamos aún muy lejos de invertir las tendencias observadas, en cuanto al proceso de calentamiento global, el impacto negativo de la actividad humana sobre la biodiversidad y el deterioro de la calidad de nuestra atmósfera y de nuestras aguas. El medio ambiente continúa su proceso de degradación, ante el acoso incesante que representa la vida humana, tal y como la tenemos concebida.

          Desgraciadamente, la protección del medio y la preservación de los recursos naturales aún ocupan un lugar secundario en las agendas de gobierno de la inmensa mayoría de las naciones, incluso de aquéllas que podemos considerar más desarrolladas y mejor preparadas para abordar tan serios problemas. Podría hacer un chiste fácil acerca del grado de preocupación medioambiental de nuestro actual gobierno de España, el encabezado por Mariano Rajoy, pero casi prefiero pasarlo por alto; sería una frivolidad innecesaria por mi parte. De todos modos, la magnitud del problema y sus características exigen, por supuesto, grandes y ambiciosos acuerdos internacionales. Las acciones aisladas pueden no tener ningún valor.

          Si algún extraterrestre nos pudiese estudiar desde el espacio exterior, disponiendo de medios adecuados y precisos de observación, nos podría ver como un gigantesco hormiguero de unos  7.000 millones de individuos, enfrascados en una actividad frenética, devorando recursos naturales a un ritmo endiabladamente alto, produciendo sin cesar millones y millones de productos de todas clases, generando cantidades ingentes de residuos, moviendo personas y mercancías intensísimamente entre todos los puntos imaginables del planeta, y dejando inservibles (contaminados) la atmósfera que respiramos, el agua que bebemos y grandes áreas del espacio físico que habitamos.

          La llamada economía capitalista o de libre mercado está basada en un absurdo: el crecimiento continuo, de los mercados, de las ventas, del consumo y de los beneficios empresariales. Está meridianamente claro que, en un planeta limitado, superpoblado y sobreexplotado como el nuestro, dicha expansión es literalmente insostenible. No es necesario recordar que el espacio físico está rígidamente limitado, los recursos naturales son escasos, y la naturaleza requiere un ritmo determinado para renovarse y regenerarse convenientemente (como es el caso del agua que utilizamos para beber y limpiarnos, o de los bancos de peces que habitan los mares y que necesitamos para alimentarnos). El empeño de las grandes empresas y corporaciones por crecer y maximizar sin límite sus beneficios resulta, si se contempla la realidad humana en su conjunto, sencillamente aberrante. Si no se pusiera límite de ningún tipo, la expansión de algunas compañías (las de mayor éxito comercial y financiero) conllevaría la ruina y desaparición de otras, en un proceso perverso y canallesco, alimentado en exclusiva por la codicia humana, que conduciría «in extremis» al dominio absoluto de una de ellas sobre todo el planeta, tal y como hemos visto o leído en las peores pesadillas de las películas y novelas de ciencia-ficción. Al final de ese camino demencial, ¿dónde quedarían las demás compañías -y sus trabajadores- que habrían ido sucumbiendo?, ¿en qué situación quedarían los individuos y su libertad?

          Sin lugar a dudas, el gran reto al que se enfrenta ahora y en el futuro inmediato la ciencia económica es el de su conciliación con la ecología. Ambas ciencias, conjuntamente con muchas otras disciplinas del conocimiento, tendrán forzosamente que aproximarse y buscar soluciones integrales válidas que posibiliten el llamado desarrollo sostenible. Me permito hacer una matización sobre este nombre; el concepto de «desarrollo» tendrá que referirse en exclusiva a su aspecto o dimensión cualitativa. No será posible un desarrollo cuantitativo, por las razones ya vistas poco más arriba: limitación de recursos y de espacio. Y si queremos evitar un gran desastre a nivel global, que cada vez se va aproximando más en el tiempo, tendremos todos que redoblar nuestros esfuerzos en las actividades siguientes:

  • Uso creciente y rápido desarrollo de energías limpias y renovables, poniendo fin cuanto antes a la era de los combustibles fósiles no renovables.
  • Reciclado integral de todo tipo de desechos y residuos, tanto orgánicos como inorgánicos.
  • Maximizar la eficacia -y reducir el consumo energético- de medios de transporte, maquinaria industrial, todo tipo de aparatos electrodomésticos, sistemas de calefacción y elementos de alumbrado.
  • Perfeccionar al máximo todos los sistemas y aparatos de filtración y limpieza de gases y aguas, estableciendo nuevas y exigentes normas de obligado cumplimiento, con imposición de sanciones disuasorias y adecuadas al daño ambiental causado.
  • Alcanzar pactos a nivel mundial para limitar el crecmiento de la población, quizá el punto más difícil de lograr de entre todos los expuestos. La explosión demográfica de muchos países, en especial de los más subdesarrollados, constituye el mayor de los problemas y está en el origen de todos los desequilibrios que observamos en el mundo actual. Es preciso actuar ya y con toda la eficacia, antes de que sea demasiado tarde.

          Está claro que todo ello requiere una sensibilización mucho mayor que la actual por parte de los líderes políticos de todo el mundo, ya que su voluntad es imprescindible para acometer con garantías de éxito la titánica tarea de convertir en un lugar habitable para las futuras generaciones este querido planeta nuestro, «nuestra buena y vieja amiga la Tierra», usando la misma expresión que empleara el capitán Haddock (el entrañable personaje, compañero de Tintín, creado por el genial Hergé), al término de su aventura en la Luna.