INTOXICACIÓN INFORMATIVA Y ESTUPIDEZ HUMANA

 

 

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          A nadie se le escapa que, a lo largo de los últimos 12 o 14 años, los hábitos de vida y consumo de una gran parte de la población mundial han cambiado radicalmente. Sobre la base ya existente de Internet, la utilización masiva de los dispositivos móviles, en especial de los smart-phones y las tablets, ha acelerado este proceso, en paralelo con el desarrollo fulgurante de las redes sociales, los buscadores y las diferentes plataformas proveedoras de servicios digitales. Un elevadísimo porcentaje de habitantes de nuestra sociedad, y ya no sólo del mundo económicamente más desarrollado, estamos hiperconectados. Y esto sucede a muchos niveles: social, informativo, profesional, publicitario y comercial, lúdico, etcétera. Compartimos toda clase de mensajes, imágenes, fotografías, videos, archivos, noticias y opiniones. La circulación global de información por los medios digitales alcanza un volumen inmenso en todo momento. Basta un sólo dato para hacernos idea de su magnitud: se estima que cada minuto que pasa se suben a la plataforma YouTube ¡más de 300 horas de video!, y probablemente esta cifra ya esté desfasada. No nos separamos de nuestro móvil ni un instante al día, algunos (entre los que me incluyo) por obligación, y muchos otros (sobre todo los más jóvenes) por pura adicción. Siempre estamos pendientes del último mensaje de Whatsapp o de la noticia más reciente; nos acostamos escrutando la pantallita táctil, y lo primero que hacemos al despertar es consultarla de nuevo.

          Un observador externo e imparcial podría pensar, a la vista de este fenómeno que ha irrumpido tan repentinamente en nuestras vidas, que los humanos ahora somos mucho más sabios y más inteligentes, al manejar constantemente tanta información. Pues lamentablemente no creo que sea así, al menos desde una óptica general. Tras un primera y rápida reflexión, es fácil deducir que un exceso de información no le hace a uno mejor conocedor de lo que realmente importa e interesa, máxime cuando todo ese caudal informativo está plagado de nimiedades, fruslerías, meras distracciones visuales, datos cazados a la ligera y sin contrastarse debidamente, opiniones poco fundamentadas e incluso noticias contradictorias. Y hay que señalar que todos estos graves defectos que restan en gran medida valor a la información no son exclusivos de los canales digitales ya mencionados, sino que también se vierten abundantemente sobre la sociedad a través de los medios tradicionales (que aún cuentan con audiencias masivas), como la televisión, la radio y la prensa.

          La búsqueda sincera de la verdad, la intención honrada por describir la realidad de la manera más objetiva posible, las opiniones rigurosas y fundamentadas sobre datos y hechos objetivos, son conceptos que hoy día están seriamente amenazados, si no en franco retroceso. La manipulación de las mentes se halla en estos momentos, por desgracia, peligrosamente activa. De un lado, medios como la televisión y muchos canales digitales nos bombardean con estúpidos reality-shows, en los que las discusiones y las peleas de famosillos y caraduras profesionales están a la orden del día, siempre a causa de trivialidades y bobadas intrascendentes; no faltan tampoco pseudo-debates políticos presididos por el ruido, la falta de respeto y el robo continuado de la palabra entre los distintos tertulianos; los noticiarios no conceden a las noticias los tiempos ni la importancia que cada una merece,  sino que evidencian una gran arbitrariedad en su tratamiento, y muy a menudo nos ofrecen sucesos y curiosidades con los que parecen querer distraer nuestra atención y alejarla de lo más importante.  De otro lado, actúa la superpoderosa publicidad, que acapara todos los medios posibles, incluidos por supuesto los digitales, a través de los que extrae todo tipo de información sobre nosotros, los consumidores, y no cesa de intentar vendernos cuanto más mejor y al mayor ritmo posible. Por último, ¿qué decir de los políticos? Estos merecen un comentario aparte.

          Gran parte de la clase política, salvo honrosas excepciones, ha optado por abandonar la prudencia y la sensatez y se ha lanzado descaradamente a la utilización de la táctica del engaño puro y duro. Se tergiversan los datos, se silencian las verdades, se echa mano de todo tipo de eufemismos, se practica la auto-alabanza sin mesura al tiempo que se desacredita siempre y por sistema al rival, se incumple lo prometido, se utiliza el miedo, se miente, se miente, se miente… Aquella frase tan tristemente célebre atribuida al ministro de propaganda del III Reich, Joseph Goebbles, acerca de que una mentira repetida mil veces acaba siendo verdad, está ahora más de actualidad que nunca, porque refleja perfectamente lo que está ocurriendo. El lenguaje y las formas puramente “mitineras” se adoptan ya en el día a día de una buena parte de los políticos. Todo vale con tal de defender e imponer las tesis de cada partido, así como de presentarse ante los electores como los mejores, si no los únicos válidos, para llevar las riendas del gobierno. “Fíjense ustedes qué unidos estamos nosotros, frente a esa especie de jaula de grillos de Vistalegre, en la que no se ponen de acuerdo en nada”, repetían hace pocos días destacados dirigentes del Partido Popular, en alusión al congreso que celebraban al mismo tiempo los miembros de la formación Podemos. Fariseísmo político descarnado, ¿no cree el lector?

          Recientemente se ha acuñado el término posverdad. Este vocablo, en principio, hace referencia a que, a la hora de crear y modelar la opinión pública, los hechos objetivos se trasladan a un segundo término, en favor de las apelaciones a las emociones y creencias personales. Bueno, esta sería una definición demasiado ecléctica y suave para describir lo que está sucediendo, porque realmente la posverdad no es más que una manera de ocultar la verdad tras otra interpretación subjetiva y manipulada de la realidad, mucho más del gusto personal del político de turno y de su audiencia más incondicional. No sé si es el mejor ejemplo, pero el eslogan central que presidió la reciente campaña presidencial de Donald Trump, “We will make America great again” (“Haremos que los U.S.A. vuelvan a ser grandes”, en traducción más o menos libre) encierra una gran falsedad, la de pensar que los U.S.A. habían dejado de ser ya grandes, fuertes y prósperos, cayendo de su aún indiscutible liderazgo mundial. Evidentemente, esto no es así, pero se ha hecho creer lo contrario a muchos ciudadanos americanos, probablemente los más incultos y peor formados.

          En medio de todo este caos informativo y de la gran confusión reinante en todo lo concerniente a la política, la dirección de la economía y la evolución de las sociedades, tanto a nivel nacional como europeo y global, se pasan por alto los grandes retos que la Humanidad tiene planteados ahora y en su futuro más inmediato. Quizás el más importante y grave, a juicio de quien esto escribe, sea el problema medioambiental, en sus 3 vertientes de deterioro del entorno natural, agotamiento de los recursos de la biosfera y del subsuelo, y calentamiento global. Muy relacionados con ello, e interconectados entre sí, están sin duda los problemas de crecimiento incontrolado de la población y pobreza severa en determinadas áreas del tercer mundo, los movimientos migratorios (que todo apunta se van a agravar seriamente en los próximos lustros), los conflictos bélicos en los que se entremezclan motivos económicos y religiosos, el arrinconamiento del trabajo humano desplazado paulatinamente por la digitalización y la robotización, la creciente brecha en renta y riqueza entre países e individuos (que está alcanzando niveles de absoluta obscenidad), y el auge de los movimientos populistas de extrema derecha, que tratan de imponer soluciones radicalmente equivocadas, en contra del sentido común, la inteligencia y el mejor humanismo.

          De algún modo, consciente o inconscientemente, se está haciendo creer a la gran mayoría de la población que la única verdad es el poder absoluto del dinero, el predominio de los mercados financieros, la fuerza incontestable del capital (cada vez más y más concentrado en un número muy escaso de manos). Ante este nuevo Dios, las democracias, la libertad individual, la supuesta autonomía de los Estados de Derecho, han pasado a un nivel subsidiario. Y lo más grave es que parecemos aceptar este lamentabilísimo hecho con resignación, despreciando nosotros mismos cualquier loable intento por revertir y cambiar el proceso. Los más nobles ideales se dejan ya sólo para los ilusos y los locos. ¡Qué bajo estamos cayendo!

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P.D.: Quiero agradecer a El Roto la genialidad mostrada en su ingente colección de chistes gráficos. Me siento muy identificado con la mayoría de ellos. Espero que sabrá disculparme la utilización de algunos de ellos para ilustrar este post, así como otros anteriores.

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