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PARTIDO ¿POPULAR?: DEBERÍAN CAMBIARSE EL NOMBRE

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          Es indudable que la sucesión ininterrumpida de noticias a lo largo de estas últimas semanas, concernientes al partido que sustenta el actual Gobierno de España, están produciendo en él un profundo descrédito, reflejado con bastante fidelidad en las encuestas más recientes. Las evidencias de corrupción que se desprenden de los supuestos papeles contables del ex-tesorero Luis Bárcenas, y sus más que posibles conexiones con la trama Gürtel, han significado una auténtica lluvia de chapapote sobre la cúpula del partido que preside Mariano Rajoy. Y las reacciones oficiales airadas e indignadas, por parte de la secretaria general primero y del propio presidente después, ni aclaran nada ni desmienten de manera convincente los graves indicios de financiación irregular y cobro de sustanciosos sobresueldos en dinero negro.

          En particular, la “comparecencia” del señor Rajoy este último sábado, día 2 de febrero, a puerta cerrada y rodeado sólo por los suyos, desde un monitor de TV, y sin la menor posibilidad de atender las preguntas de los medios informativos, fue una burla a todo el pueblo español. Por mucho que repitiese, de forma lenta y remachada sus frases escritas (Es falso. Lo diré otra vez: es falso…), negando porque sí toda veracidad a los datos publicados, su encorsetado discurso resultó clamorosamente insuficiente. Hacen falta otras pruebas, otras actitudes y otros hechos, si realmente quieren recuperar su imagen de credibilidad y honradez. Como han señalado muchos comentaristas, a estas alturas no estamos para actos de fe.

          Como ya escribí en mi post LOS LASTRES DE LA DERECHA ESPAÑOLA, publicado en este mismo post el 05.05.2011, lo que sucede en el Partido Popular y la actitud de sus líderes trasmiten una imagen muy penosa, y sitúan a esta formación muy por debajo de otras fuerzas políticas europeas más o menos equivalentes, desde el punto de vista moral y en lo que a prestigio y seriedad se refiere. Para muestra, un botón. He ahí personajes como Jose Luis Baltar, en Orense, o Carlos Fabra, en Castellón, enmarcados en el más rancio, clasista y prepotente caciquismo español, que hunde sus raíces en el franquismo y aún mucho más atrás. Son una prueba palpable de que el PP no es más que un conglomerado de meros intereses económicos y de poder, carente de una ideología mínimamente válida para servir de manera útil al conjunto de la sociedad. Lo único que buscan es preservar los privilegios de una clase dominante (y de sus numerosos advenedizos), que continúa manejando los hilos de muchas empresas, grupos empresariales y entidades financieras de este país.

          En este contexto, me parece una burla de muy mal gusto autodenominarse Partido Popular, como si intentasen vender la idea de estar actuando al servicio del pueblo. Nada más lejos de la realidad, como ha quedado palpablemente demostrado a lo largo de todo el nefasto año 2012 que acaba de terminar, marcado por los brutales recortes y su feroz ataque a todo lo público. Y lo peor es que, en muchas ocasiones sus dirigentes siguen inistiendo en la idea, como cuando María Dolores de Cospedal tuvo la desfachatez de afirmar que ellos eran “el partido de los trabajadores”, llegando al colmo del sarcasmo. Por desgracia, puede que hayan conseguido engañar con su burda propaganda a muchos trabajadores de buena voluntad (que ahora imagino amargamente arrepentidos de haberles prestado sus votos), pero insisto: de POPULARES, nada de nada. Su mero nombre ya constituye un insulto a la inteligencia de millones de españoles.