Archive for the ‘Cultura y espectáculos’ Category

“MEMORIAS DE ÁFRICA”: EL MÁGICO VUELO DE KAREN Y DENYS

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          En 1985 el gran cine nos obsequió a los espectadores de todo el mundo con una obra excepcional, “Memorias de África” (“Out of Africa” según su título original), basada en el libro autobiográfico del mismo nombre de la escritora danesa Isak Dinesen, publicado en 1937. Isak Dinesen, que en realidad era el pseudónimo literario, puesto que su verdadero nombre era el de Karen Blixen, cuenta en el libro su propia experiencia vital en Kenia, Africa Oriental Británica, entre los años 1913 y 1931. Casada con su primo segundo el barón Bror von Blixen, abandonó su Dinamarca natal y se estableció junto a su marido en las proximidades de Nairobi, donde ambos se empeñaron en sacar adelante una plantación de café. Su vida pronto se vio llena de dificultades, tanto económicas como afectivas, pues enseguida se hizo evidente el desapego que su esposo, inquieto y mujeriego, sentía por ella, lo que condujo a su separación. Sin embargo, Karen desarrolló una fuerte personalidad, tomó las riendas de su plantación, hizo frente como pudo a las adversidades y acabó enamorándose profundamente en una doble dimensión: por un lado, del apuesto cazador inglés Denys Finch Hatton, con quien vivió un intenso romance, … y, por otro lado, de África misma, de su paisaje, su atmósfera, sus bellezas naturales y las gentes primitivas que en ella moraban.

          La película dirigida por Sydney Pollack, una adaptación de la novela anterior, como decíamos antes, tuvo merecidamente un rotundo éxito tanto de público como de crítica. Contó para sus personajes principales con una Meryl Streep en estado de gracia, metida a la perfección en el papel de Karen Blixen, y un Robert Redford en el cenit de su espléndida madurez, encarnando al aventurero Denys Finch Hatton. La dirección de actores, la fotografía, la puesta en escena, los paisajes naturales escogidos, la recreación de aquel periodo histórico colonial (marcado al principio por el estallido de la Primera Guerra Mundial), y por supuesto la maravillosa e inolvidable banda sonora del compositor John Barry, todo ello contribuyó a convertir este producto cinematográfico en una obra memorable. No en vano fue galardonada con 7 Oscar de la Academia de Hollywood, además de muchos otros premios (BAFTA, Globos de Oro, etc.).

          A mí me gustaría centrar la atención del lector sobre la que considero, si se me permite, una de las escenas más hermosas de la historia del cine. Lo único que yo reprocharía a la misma es que resulta demasiado breve, de apenas unos tres minutos de duración (¡cómo me hubiera gustado que se prolongase por mucho más tiempo!), pero es de una belleza casi absoluta y transmite una emoción intensísima al espectador. Me refiero. naturalmente al vuelo, con que Denys (Robert Redford) obsequia a su amante Karen (Meryl Streep) a bordo del frágil biplano amarillo que el primero acaba de adquirir en Mombasa (recojo más abajo, al final de estas líneas, una dirección de Youtube, que he escogido por su buena calidad, para que el propio lector se deleite con la escena). Tras aterrizar por sorpresa en un terreno próximo a la casa de Karen, Denys invita a nuestra protagonista a subir a bordo del aeroplano. Ella, pese a los naturales recelos que pudiera sentir en ese preciso instante (al fin y al cabo su compañero había aprendido a volar ¡apenas un día antes!), toma asiento delante del puesto de pilotaje y se coloca las gafas de aviador. Pronto emprenden el vuelo … y comienza la magia. Bajo la asombrada mirada de Karen va apareciendo el interior del África más salvaje y espectacular, mientras la bellísima pieza musical de John Barry (“Flying over Africa”) suena de fondo. Vemos corrientes fluviales, cascadas, sabanas interminables, montañas majestuosas, cráteres, grandes lagos, manadas de herbívoros en plena libertad, gigantescas bandadas de flamencos alzando el vuelo al paso del pequeño De Havilland, … La profunda emoción que siente Karen, que el espectador capta íntegramente y también hace suya, la lleva finalmente a extender su mano hacia atrás, hacia la de Denys, en un gesto de pleno y sincero agradecimiento.

          ¡Gracias a Karen Blixen, a su libro, y la espléndida película de Sydney Pollack, por regalarnos este retazo de pura belleza!

Para ver la escena, véase el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=XUXs8dGxWyo

 

MAD MEN: ALGUNOS COMENTARIOS MÁS – II

Glamour y distinción en la noche neoyorquina.

Glamour y distinción en la noche neoyorquina.

          En mi post anterior (11.02.16) me dediqué preferentemente a presentar algunos de los personajes más significativos de la magnífica serie creada para la televisión por Matthew Weiner. No pretendo ni de lejos realizar un estudio exhaustivo sobre Mad Men, aunque la serie lo merezca sin duda, pero sí me gustaría recordar aquí una pequeña selección de situaciones y escenas que me han llamado especialmente la atención. Pido disculpas de antemano por dejarme en el tintero muchas otras cosas que con toda seguridad son al menos tan significativas e interesantes como las que voy a mencionar.

          Por razones que resultan obvias, el escenario central de la serie es la agencia de publicidad Sterling Cooper, en cuyas oficinas se desarrolla la actividad profesional de Donald Draper y su nutrido grupo de colegas. Lo cierto es que bien merecería la pena ver la serie al completo tan sólo para observar los procesos de captación de clientes, generación de ideas básicas para anunciar sus productos, desarrollo de las mismas, presentación a los clientes y demás, por el realismo de la puesta en escena y la naturalidad con que se conducen todos los personajes, todo ello en una época y un entorno fascinantes, como es el Nueva York de los años 60. El gran valor añadido de la serie es que, como ya señalaba en mi artículo anterior, Mad Men va mucho más allá en todos los sentidos.

Mad Men - Lee Garner Jr. y Roger Sterling

          Para una agencia publicitaria, sobre todo cuando la que se recrea en la serie es de reducido tamaño y tiene que pelear duramente para abrirse camino entre las grandes, está claro que el cliente constituye el objetivo primordial, aquel al que hay que satisfacer plenamente al precio que sea. Esta circunstancia hace que en muchas ocasiones, en especial cuando el cliente es muy poderoso y supone más de las tres cuartas partes del negocio, se den situaciones de claro abuso sobre los componentes de la agencia de publicidad. El caso de Lucky Strike, el gran fabricante de cigarrillos estadounidense, es muy significativo. El representante de esta compañía, Lee Garner Jr., hijo del propietario de la potente empresa tabaquera, aprovecha una ocasión para humillar sin piedad nada menos que al altivo y elegante Roger Sterling, el gerente de nuestra agencia publicitaria. Todo ocurre durante uno de los días previos a las fiestas navideñas, cuando los empleados están en plena celebración dentro de las oficinas. Lee Garner Jr. está de visita, invitado por los directivos de Sterling Cooper, y en un momento dado no vacila en pedir a Roger (más bien a exigírselo) que se ponga un disfraz de Santa Claus y actúe como tal delante de toda su plantilla. Roger comprende que no puede negarse, pese a que por dentro se lo lleven todos los demonios; acaba aceptando el “encargo” de su cliente, y se pone a hacer el ganso con la ridícula indumentaria.

Mad Men - Lee and Sal

          En otra ocasión, la víctima del caprichoso representante de Lucky Strike es el director de arte Salvatore Romano (interpretado por Bryan Batt). Salvatore, más conocido entre sus colegas como Sal. es homosexual. Aunque él intenta llevarlo con la mayor discreción posible -no olvidemos que nos encontramos en otra época-, su condición acaba por trascender su círculo de relaciones más inmediato. Hay una escena en la que ambos personajes, Lee Garner Jr. y Salvatore Romano, se quedan solos en una estancia donde Sal está manipulando unos rollos de película. Lee se acerca por detrás, lo abraza y le hace ver de inmediato sus intenciones (es bisexual), pero Sal reacciona enseguida, asombrado por la descarada insinuación de su cliente, y le indica como mejor puede que él no está en el trabajo para semejantes aventuras. Lee se lo toma mal, con indisimulado rencor, y muy poco después exige a Roger Sterling que despida a su director de arte, sin más razones que la de no resultar de su agrado. El infeliz Salvatore, a pesar de ser un buen profesional y desarrollar un papel muy importante en Sterling Cooper, resulta despedido de forma fulminante. De nada le sirve explicar a Donald Draper todo lo ocurrido; éste último se muestra frío y muy poco empático con Sal, llegándole a insinuar que, dada su homosexualidad (que desde luego Don no ve con buenos ojos), debería haber accedido a los caprichos del hombre de Lucky, por el bien del negocio. Este es uno de esos episodios que te dejan un poso de amargura y tristeza, por la evidente injusticia que se comete.

          Por ironías de la vida, más adelante Lucky Strike acaba por abandonar a Sterling Cooper, sumiendo a la agencia publicitaria en una de sus peores crisis (ya hemos dicho que los cigarrillos de esta marca representaban la mayor parte de la facturación de nuestra compañía). Es en ese momento cuando surge el máximo talento de Don Draper y envía por su cuenta y riesgo al New York Times  una arriesgada carta que causa sensación y hace tambalear muchos cimientos. Pero prefiero no dar detalles y que el lector vea por sí mismo el capítulo correspondiente. Merece la pena.

Mad Men - Conrad Connie Hilton

          Donald Draper conoce casi de casualidad al poderoso dueño de la prestigiosa cadena de hoteles Hilton, Conrad “Connie” Hilton. El magnate ve algo especial en Don y simpatiza enseguida con el creativo publicitario, con quien comienza a tener una serie de encuentros de carácter profesional. Ni que decir tiene que Don acoge de muy buen grado esta aproximación y pone toda la carne en el asador para llegar a establecer una suculenta línea de negocio. Pero Hilton es uno de esos hombres que, debido a su peculiar idiosincrasia y a su muy elevada posición social y económica, tratan y manejan a los demás mortales como si de sus esclavos se tratara. Acapara a Don de un modo absorbente, asfixiante, le cita a cualquier hora del día o de la noche, no duda en llamarlo por teléfono a su propia casa a altas horas de a madrugada, obligándolo a reunirse de inmediato con él. Luego, durante sus fatigosas charlas, abruma a Don con sus ideas personales, pseudo-filosóficas y a veces delirantes, como cuando le dice con todo el convencimiento del mundo que los Estados Unidos son mejores que la Unión Soviética, porque “ellos, los americanos, tienen a Dios”(¡?). Donald Draper hace todo lo posible por agradar a Conrad Hilton, quien a su vez, y según sus propias palabras, lo considera como su propio hijo (en un evidente intento de manipularle). Cuando todo este largo proceso parece que está a punto de cristalizar y traducirse en un gran negocio para Sterling Cooper, el poderoso magnate rechaza el inteligente y elaborado proyecto de campaña que se le presenta, alegando que no es lo suficientemente ambicioso. Y es que lo que Conrad pretendía, ¡ver uno de sus hoteles en la Luna!,  iba realmente en serio, algo que Don había interpretado como una broma, guiado por su sentido común. En resumen, un esfuerzo agotador y un gran consumo de energía … para nada.

Mad men - Ken Cosgrove          Por su parte, el brillante  ejecutivo de cuentas Ken Cosgrove (interpretado por Aaron Staton) sale bastante mal parado tras sus intentos por agradar y satisfacer a sus clientes potenciales. Ken es un joven empleado, ambicioso y eficaz, que en un primer momento aparece como un serio rival de Pete Campbell en el área de cuentas. Aunque Ken alberga en su fuero interno otros proyectos profesionales, pues muestra una gran ilusión por abrirse camino como escritor, diversas circunstancias le obligan a proseguir en el sector publicitario. Cuando se hace cargo de la cuenta de Chevy (General Motors), sus jefes le imponen una dedicación exclusiva, ya que el negocio, aún potencial, puede llegar a ser inmenso. Se traslada a vivir a Detroit y se las arregla para mantener todo el contacto posible con su poderoso cliente. Un día, tras una gran cena, regada con abundante alcohol, se pone al volante de su automóvil, acompañado por varios ejecutivos de GM, éstos completamente borrachos y con unas ganas irrefrenables de juerga. Entre carcajadas le llegan a tapar los ojos a Ken para que conduzca a ciegas y a gran velocidad. Como es de suponer, sufren un serio accidente de tráfico y, aunque no se mata ninguno, nuestro hombre sale con heridas y magulladuras. Para colmo, poco después, en el transcurso de una jornada cinegética con los mismos ejecutivos, uno de ellos realiza un movimiento incontrolado, pretendiendo hacer blanco sobre una posible presa, pero acaba abriendo fuego a poca distancia de la cara de Ken, quien pierde un ojo. Un precio demasiado caro sólo por hacer su trabajo, no cabe duda.

Mad Men-Despedida de Bert Cooper completa

          La serie nos regala muchas otras historias y escenas memorables, alguna de ellas incluso de carácter surrealista. Tal es el caso de la imaginaria despedida de Cooper, el ya anciano socio y fundador de la agencia. Bertram Cooper (Robert Morse) ejerce durante todo el tiempo una labor supervisora de la empresa, a cierta distancia y sin descender demasiado a la arena del día a día, aunque siempre acude puntualmente a las reuniones periódicas de socios. Es un personaje que llama la atención, debido a su mayor edad, su personal forma de vestir, sus ocurrencias y también sus excentricidades, en particular la de andar siempre en calcetines por su despacho, obligando también a descalzarse a cualquiera que entre a visitarlo. Se aprecia que Bert siente debilidad por el arte japonés, ya que son muchos los objetos procedentes del país nipón que decoran su lujosa estancia. El viejo Bert muere en la última temporada de la serie, pero los guionistas nos hacen ver que lo hace feliz y gozoso, justo después de ver en TV los primeros pasos que da el astronauta Neil Armstrong, del Apolo XI, sobre la superficie de la Luna. Como es de esperar, su fallecimiento causa una gran conmoción en la agencia, entre todos los directivos y empleados. Tras mantenerse una reunión de urgencia con tal motivo entre Roger Sterling y los demás socios, vemos a Don Draper dirigirse, sólo y pensativo, hacia su despacho. De repente, una voz familiar le llama a sus espaldas. Don se vuelve y contempla asombrado al bueno de Bert al pie de una escalera, descalzo (como era habitual en él) y con aspecto divertido y jovial. Ante la mirada atónita de Don,  Bert se pone a bailar y cantar al más puro estilo de los viejos musicales de Broadway, acompañado y coreografiado por un ramillete de guapísimas secretarias. El mensaje cantado que traslada a Don es que las mejores cosas de la vida no se compran con dinero, sino que son gratis. En fin, una despedida que no puede resultar más inesperada, a la vez que original y simpática.

Mad-Men-finale

          Para terminar el artículo, parece imprescindible volver nuestra mirada a Donald Draper, al fin y al cabo el personaje central de la serie. Estamos ya en el final de la última temporada, y ha sucedido lo que parecía inevitable: la absorción definitiva de Sterling Cooper & Partners por parte de la todopoderosa McCann Erickson, una de las compañías mayores del sector, si no la que más. El cambio es traumático para los protagonistas de nuestra serie. De un día para otro, quienes en buena medida eran dueños de su destino se ven ahora atrapados y diluídos en una gran organización, en la que imperan unas reglas del juego a las que no estaban acostumbrados. Entristece ver a Don Draper, alma y factótum de la antigua agencia, asistiendo a una reunión de muchos directores creativos (del mismo rango que el suyo) y escuchando la charla de un ejecutivo de marketing acerca del perfil del consumidor potencial de un nuevo producto de una conocida marca cervecera (charla que en otro momento y lugar podría haber dado él mismo, probablemente con mayor autoridad y credibilidad). Todos los asistentes, excepto Don, se muestran muy atentos y toman nota obedientemente de cuanto dice el conferenciante, sin preguntas ni interrupciones. Es evidente que éste no es el sitio de Don, quien se abstrae de la insulsa charla y vuelve su mirada al cielo, a través de uno de los ventanales. Se fija en un avión que cruza a gran altura el azul infinito -una clara alegoría de la libertad- y acto seguido se levanta, abandona la sala de reuniones … y desaparece del que había sido su mundo hasta ese momento. Sin decir nada a nadie, emprende en solitario un largo viaje de evasión por todo el país, sin rumbo fijo. En el momento final, parece que Don vuelve a reconciliarse con el mundo y a reencontrarse consigo mismo.

          Mad Men, la serie “en la que no ocurre nada”, al decir de algunos, pero que lo dice todo. Yo, desde luego, volveré a verla y a disfrutar de todos y cada uno de sus momentos.

MAD MEN: REFLEXIONES SOBRE UNA ESPLÉNDIDA SERIE – I

Mad Men - Conjunto

          Con cierto retraso, si bien a marchas forzadas a lo largo de los últimos meses, he conseguido ver todos los capítulos de esta gran serie televisiva norteamericana. En total, 92 episodios repartidos en 7 temporadas. De entrada, debo decir que no me ha pesado en absoluto, sino todo lo contrario. Mi interés por Mad Men no ha decaído en ningún momento, he disfrutado de todos y cada uno de los episodios, y he sentido de veras llegar al irremediable final, de modo semejante a cuando se termina de leer una buena obra literaria. Esto dice mucho en favor de un producto televisivo dramático que, no en vano, ha recibido numerosos elogios y excelentes críticas durante sus casi ocho años de exhibición (desde julio de 2007 hasta mayo de 2015), aparte de 15 premios Emmy y 4 Globos de Oro, todo lo cual sitúa a esta serie como una de las mejor valoradas de todos los tiempos.

          Como muchos lectores ya sabrán, esta serie, ideada para la televisión por Matthew Weiner (guionista y creador también de otro producto de gran éxito, Los Soprano), se centra en el fascinante mundo de la publicidad neoyorquina de la década de los sesenta. Su nombre, Mad Men, constituye un doble juego de palabras, ya que aparte de su significado literal, “hombres chiflados”, es la denominación que se daban a sí mismos los profesionales de la publicidad de La Gran Manzana, pues la mayoría de las agencias en las que trabajaban se ubicaban en Madison Avenue, en la isla de Manhattan. Pero la serie aporta mucho más que eso. Si bien la publicidad y las relaciones que ella mantiene con toda una diversidad de empresas clientes está perfectamente retratada, la trama profundiza sabiamente en las vicisitudes y problemas personales de todos sus numerosos personajes principales, encabezados por el carismático director creativo Don Draper, que se entremezclan entre sí por medio de guiones inteligentes y bien elaborados. La peculiar psicología de cuantos desfilan por la pantalla es un ingrediente de gran valor. Por otra parte, la serie sitúa también de lleno a sus protagonistas en su entorno histórico, en la década prodigiosa de los años 60, desde poco antes del ascenso de John F. Kennedy a la Casa Blanca hasta el año 1970, cuando gobernaba Richard Nixon, Neil Armstrong había puesto su pie por vez primera en la Luna (julio de 1969), el movimiento hippy era una poderosa realidad entre la juventud, y la protesta popular creciente ponía en tela de juicio la participación militar norteamericana en Vietnam. A lo largo de las siete temporadas de Mad Men, observamos muchos cambios -a veces sutiles, otras veces mucho más obvios- en los usos y costumbres, en las relaciones humanas, en la vestimenta, en la tecnología, en las actitudes y opiniones, tal y como fue sucediendo en la realidad. Problemas tan variados y reales como la hipocresía social, el excesivo conservadurismo de algunos, el papel secundario de la mujer, el racismo, el consumo anómalo de alcohol (tan presente en la serie), el tabaquismo omnipresente, las drogas, la rebeldía juvenil, la soledad y la frustración que muchos experimentan (a pesar de su posición privilegiada y de su alto nivel de vida), las frecuentísimas infidelidades de pareja, todo ello, en fin, queda muy bien reflejado a lo largo de los capítulos de Mad Men. Es un retrato magistral de aquellos años que, si bien pueden resultar lejanos para los jóvenes de hoy día, permanecen cercanos aún en la memoria de quienes los vivimos cuando éramos niños o jóvenes, y admirábamos boquiabiertos casi todo cuanto procedía de la otra orilla del Atlántico.

Fashion Emmy Nominees

Don Draper: el Hombre

El papel protagonista es indiscutiblemente el de Donald Draper (encarnado por Jon Hamm). Es un hombre que lo tiene casi todo: es muy atractivo, cuida su aspecto exterior y viste siempre de manera impecable, destila seguridad en sí mismo, aplomo y autoridad, ejerce un magnetismo irresistible sobre las mujeres, goza de un éxito profesional fuera de toda duda, tanto como director creativo de su agencia de publicidad como en su papel de puro hombre de empresa, tiene talento, y sabe salir airoso de situaciones particularmente difíciles. Es a la vez admirado y envidiado por casi todos cuantos le conocen. Su prestigio profesional trasciende su propia agencia, Sterling Cooper (de la que más tarde se convierte en socio), y disfruta de reconocimiento en todo el mundillo de la publicidad de Nueva York. Naturalmente, tiene sus lados oscuros, porque es humano a fin de cuentas. Pese a estar casado con una joven y atractiva mujer, Betty, con la que tiene tres hijos, no es feliz en su matrimonio, por varios motivos. En primer lugar, ello se debe en parte a la vaciedad y monotonía que se apodera de su vida conyugal; también influye de forma arrolladora la poderosísima atracción que Don siente por muchas otras mujeres que se cruzan en su camino, con las que es infiel sistemáticamente a su pareja formal (primero Betty, y más tarde la espectacular Megan); y también está el hecho indudable de que a Don Draper lo que le llena más intensamente son  las relaciones y los retos profesionales a las que se enfrenta día a día en Manhattan, siempre lejos de su hogar familiar. Es un bebedor compulsivo, incluso en la propia oficina, donde nunca falta el alcohol en los despachos de los directivos, que aprovechan el más mínimo pretexto para echarse al coleto un buen vaso de whisky; nuestro protagonista muestra desde luego un gran aguante, mantiene el tipo, y no parece que el exceso de bebida le afecte demasiado en su trabajo, aunque en determinados momentos sí le llega a crear problemas serios. El trabajo, el alcohol y el sexo llenan pues la vida de este personaje central, que casi siempre aparece como un tipo frío, calculador y con pleno dominio de la escena.

          Sin embargo, un episodio oscuro de su pasado le amenaza de forma recurrente, y en ocasiones le hace perder el control y llegar a sentir pánico. Durante la guerra de Corea, un bombardeo repentino sorprende a Don y a su inmediato superior, un oficial, que no es sino el auténtico y genuino Donald Draper. Este muere y, en medio del fragor de la escena, Don (que en realidad se llamaba Dick) toma la arriesgada decisión de suplantar la personalidad del oficial, haciéndose pasar por él. Como él mismo está herido tras el ataque, esta circunstancia le sirve para que los equipos de socorro le rescaten del infierno de la batalla, al tiempo que su nueva personalidad le abre un camino bien distinto en su vida futura, lejos de las miserias que habían envuelto su infancia y su juventud, en un entorno familiar bastante pobre y deprimente. Pese a su habilidad para abrirse paso en su nueva existencia, el temor a ser descubierto y castigado por su grave engaño lo acosa en diferentes momentos, quebrando el férreo control que ejerce sobre sí mismo y los demás.

Mad Men-Peggy Olson

Peggy Olson: el largo y difícil camino de la mujer

A principios de los años sesenta del pasado siglo, las cosas no eran nada fáciles para la mujer en el mundo laboral y profesional, ni siquiera en la avanzada y próspera Norteamérica. El machismo era claramente dominante en las empresas, donde el personal masculino raramente concebía que una mujer ocupara un puesto de responsabilidad, un puesto que no fuese el de mera secretaria. Para colmo, las insinuaciones, las bromas de mal gusto y las faltas de respeto para con sus compañeras de trabajo eran algo desgraciadamente muy habitual. Es en este desalentador escenario donde aparece al principio el personaje de Peggy Olson (interpretado por Elisabeth Moss), probablemente el más positivo  y digno de admiración de cuantos desfilan por la serie. Al menos, yo le tengo una gran simpatía.

          Peggy es una chica bastante joven y sencilla que entra en la agencia Sterling Cooper como simple secretaria. Proviene de una familia católica y de costumbres muy tradicionales, lo que se traduce en su habitual discreción e incluso en su forma de vestir, al principio bastante pacata y puritana. Su personaje va evolucionando poco a poco y transformándose en todos los sentidos a lo largo de la serie, a medida que va adquiriendo más confianza, asumiendo tareas de mayor rango y sintiéndose más valorada por los clientes y sus compañeros de la empresa, incluido el propio Donald Draper. Sin embargo, nunca pierde su buen fondo, ni su actitud habitualmente respetuosa para con los demás, ni tampoco su capacidad de asombro, que trasmite muy bien mediante la gran expresividad de sus ojos. Peggy es trabajadora como la que más, eficaz y servicial, y pronto uno de sus jefes, un veterano creativo llamado Frederick C. Rumsen (Joel Murray), advierte el especial talento para la publicidad que tiene la muchacha. Esta circunstancia la convierte en redactora y a partir de ahí su prestigio y valía van en aumento. Pese a todo ello, Peggy Olson no es ninguna “doña perfecta”; como todos los demás, tiene sus tropezones y sus momentos de desaliento, en ocasiones provocados por la actitud hostil de sus propios colegas, tanto masculinos como femeninos. Don Draper, aunque la valora y aprecia, también la presiona y se muestra duro con ella, convirtiéndose con el tiempo en un obstáculo a su carrera de publicista. En lo relativo al ámbito amoroso, Peggy no es demasiado afortunada, y parece claro que ella echa de menos una vida sentimental estable y satisfactoria. Al final de la serie, encontrará el amor donde quizás ella menos se lo imagina.

Mad Men - Roger Sterling

Roger Sterling: el gentleman vividor

Roger Sterling (encarnado por John Slattery) detenta el rango de socio y director de la agencia de publicidad, junto con el veterano y algo excéntrico Bertram Cooper (Robert Morse), quien fundó la compañía con el padre de Roger, ya fallecido. Roger Sterling es un hombre elegante, atractivo y más bien cínico, que asume la máxima responsabilidad de la agencia, con el apoyo y la compañía del viejo Bert. Más específicamente, se encarga de la dirección de cuentas y de las relaciones públicas al más alto nivel. Al igual que Don Draper, es un mujeriego empedernido y un gran bebedor; también es un excelente compañero de juergas. Casado con Mona desde hace bastantes años, tiene con ésta una hija ya adolescente. Eso no le impide mantener una intensa relación amorosa con la voluptuosa y espectacular Joan Holloway (Christina Hendricks), la jefa del equipo de secretarias, en la primera etapa de la serie. Más adelante, se divorcia de su primera esposa y se casa con una joven y guapa secretaria de la propia agencia (casualmente, secretaria de Don), a la que termina dejando también. La verdad es que, pese a la frivolidad y al cinismo del personaje, uno termina sintiendo simpatía por él y lamentando de veras que su vida privada resulte a fin de cuentas bastante vacía y frustrante. Con el tiempo, su liderazgo al frente de la agencia se ve un tanto eclipsado por la poderosa personalidad de Donald Draper, cuyo genio para encontrar salida en situaciones bastante complicadas para la empresa resulta decisivo.

 

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 Pete Campbell: la ambición

Un personaje muy significativo de la serie es Pete Campbell (interpretado por Vincent Kartheiser), joven ejecutivo de cuentas de Sterling Cooper. Es un hombre ambicioso y, al principio, algo inexperto. Carece del aplomo y del carisma propios de Don Draper o de Roger Sterling, y ello unido a su temperamento impulsivo le lleva a sufrir diversas decepciones y encontronazos, algunos de estos incluso físicos. Es muy celoso de su espacio y sus responsabilidades profesionales, poniendo todo su empeño por escalar posición y notoriedad en la agencia. Finalmente, consigue ser admitido como socio de la misma. Poco antes de casarse con la joven Trudy, hija de una familia bastante adinerada, mantiene una relación amorosa pasajera con Peggy (siendo ésta aún secretaria). De resultas de esta relación, Peggy queda embarazada, pero ella decide mantenerlo en absoluto secreto, no se lo comunica a Pete, disimula como puede su estado de gestación, y finalmente decide dar en adopción a su bebé, nada más dar a luz. Ya de casado, aunque todo parece indicar que forma con Trudy la pareja ideal (el bonito y coordinado baile de Charleston que interpretan juntos, durante el transcurso de una fiesta al aire libre, despierta la admiración de todos), comienza a producirse un distanciamiento entre ambos, él se busca una aventura extra-matrimonial (parece que lo ansía), las discusiones y desavenencias se hacen más frecuentes, y acaban por separarse, cuando tienen ya una hija en común. Sin embargo, la separación no será definitiva.

Mad Men - Joan Holloway bis

Joan Holloway: ¡cuidado, que vienen curvas!

He aquí a la jefa de secretarias de Sterling Cooper. Mujer de belleza esplendorosa y formas rotundas (que asociamos inevitablemente con el icono sexual de la época, Marilyn Monroe), también está dotada de una gran inteligencia, savoir faire y mucha mano izquierda, hasta tal punto que Joan se convierte en alguien imprescindible para el buen funcionamiento de la agencia de publicidad. En un primer momento la vemos meramente como responsable del pool de secretarias, aunque está claro que su tórrida relación sentimental con Roger Sterling confiere a esta mujer un estatus muy especial dentro de la compañía. Tras sufrir Roger un serio ataque al corazón, ambos abandonan su condición de amantes habituales. Poco después Joan conoce a un apuesto cirujano con quien inicia una relación estable y formal, que se interrumpe cuando a él lo destinan a Vietnam como médico militar. Joan está sinceramente enamorada de su pareja, con la que -en apariencia- tiene un niño (que en realidad es fruto de un nuevo encuentro esporádico con Roger), pero acaba rompiendo definitivamente con él cuando, al regreso de éste, comprueba con estupor que el médico, voluntariamente, ha decidido regresar a Vietnam por tiempo indefinido. Mientras tanto, la carrera profesional de Joan dentro de la agencia va ganando en peso y responsabilidad: pasa a ejercer como jefa de personal, asiste a las reuniones de socios como secretaria ejecutiva, se encarga de resolver problemas delicados, y acaba convirtiéndose en socia de pleno derecho, aparte de gestionar también personalmente algunas cuentas. Vive un episodio particularmente complicado cuando se ve obligada a pasar una noche con uno de los posibles nuevos clientes de la agencia, un alto ejecutivo de la empresa automovilística Jaguar, quien se ha encaprichado de ella y pone esto como condición para adjudicar el negocio a Sterling, Cooper, Draper & Pryce (nuevo nombre de la empresa). Los directivos de la compañía, tras las vacilaciones iniciales, se lo proponen a Joan, quien acaba por aceptar el humillante encargo, pese a la evidente repugnancia que le produce.

Mad Men - Sally Draper & her Mom

Sally Draper: hija, víctima y rebelde

No quiero terminar este breve repaso a los personajes, a mi juicio, más representativos de Mad Men, sin referirme la hija de Don y Betty, Sally Draper (interpretado por la actriz Kiernan Shipka). Podemos ver bien la evolución física y psicológica de esta niña, la mayor de tres hermanos, desde su tierna infancia hasta su compleja adolescencia. Sally se muestra siempre afectivamente mucho más próxima a su padre, pese a que éste pase la mayor parte del tiempo fuera del hogar familiar, por razones obvias. Su madre, Betty, asume su tarea de madre y educadora con excesiva frialdad, dureza y distanciamiento; vive en un cuasi permanente estado de insatisfacción en su vida personal, y pretende moldear a sus hijos como si de meros objetos se tratase, sin mantener con su hija ningún tipo de complicidad. Cuando Don y Betty deciden separarse, la tragedia de la ruptura se ceba particularmente en Sally, que ve cómo su padre se aleja todavía más de su vida, al tiempo que se ve obligada a convivir con el nuevo marido de Betty, Henry Francis, y con la familia de éste, a la que detesta con toda su alma. A partir de aquí, la relación con su madre se vuelve mucho más tormentosa, y las discusiones y desavenencias entre madre e hija son ya constantes.

          Sally aprovecha cualquier oportunidad (aparte de las visitas obligatorias concertadas) para escaparse a Nueva York y ver a su padre, junto al que sueña poder volver a vivir bajo el mismo techo. Simpatiza con la nueva esposa de Don, la bellísima Megan, con quien establece cierta relación de complicidad, de mujer a mujer, aunque no está claro que ese vínculo sea demasiado profundo. Sufre una enorme decepción cuando descubre a su padre en pleno encuentro amoroso con una vecina del edificio de apartamentos en el que viven él mismo y Megan, en apariencia un matrimonio feliz. Es una escena muy fuerte y uno se sitúa dentro de la piel de Sally, que ve cómo su mundo se derrumba en un desgraciado instante. Sally, con la que uno no puede evitar sentir una gran simpatía (en mi caso, se da además la coincidencia de que el personaje naciera el mismo año que el que suscribe, 1954), ingresa en un colegio interno y allí convive con otras chicas de su edad, ya adolescentes, con las que puede compartir libremente sus vivencias y secretos. También se ve de vez en cuando con un chico de su edad al que conocía desde pequeña en su antiguo lugar de residencia; se trata de un confidente y buen amigo de Sally, a quien su madre había prohibido terminantemente ver desde hacía tiempo.

          Termino ya esta primera aproximación al mundo de Donald Draper, un universo muy especial que me ha hecho pasar ratos muy placenteros, por todo cuanto trasmite sobre las personas, sus problemas, conflictos, anhelos, triunfos y fracasos, en un escenario recreado con todo lujo y amor por el detalle. En un próximo post, espero comentar diversos episodios y situaciones que se ven a lo largo de la serie y que me han llamado particularmente la atención.

SIGAMOS HABLANDO DE CINE

Alan Ladd en “Raíces profundas” (“Shane”), todo un clásico del género western, rodado en 1953.

          Como continuación de mis dos posts anteriores acerca de antiguas películas y salas de cine, quisiera hacer una rápida semblanza de muchas otras películas que pude disfrutar en la pantalla grande durante mis años de infancia, y que no he mencionado en los artículos referidos. En esta ocasión, y dado que mi memoria no da para tanto, prescindiré de cualquier referencia a las salas de proyección en que las vi.

          Comenzaré por algunos de los estrenos que podríamos calificar como más glamurosos que tuvieron lugar en los años sesenta del siglo pasado, como por ejemplo “El Álamo”, “El fabuloso mundo del circo” (última gran producción de Samuel Bronston rodada en España) y “Lawrence de Arabia”, ésta última dirigida por David Lean y también rodada parcialmente en nuestro país. Este film, como se sabe, lanzó al estrellato a Peter O’Toole, quien encarnaba al oficial británico T. E. Lawrence, personaje real que jugó un papel destacado en la rebelión árabe contra el dominio otomano, durante la Primera Guerra Mundial. Puedo citar también “Kartum” (o “Khartoum”, en su título original), protagonizada por Charlton Heston y Laurence Olivier. En este film, de carácter épico, se narran unos hechos históricos, a saber, la violenta rebelión de musulmanes sudaneses encabezada por un temible caudillo, quien se hacía llamar “El Mahdi” (más o menos, el Elegido por Alá), y que amenazaba con extenderse a Egipto; los ingleses, alarmados, enviaron a un prestigioso militar, el general Gordon, el cual consiguió llegar a Jartum (en la confluencia del Nilo Azul con el Nilo Blanco) y organizar los limitados efectivos de que disponía; sin embargo, los rebeldes mahdistas eran mucho más numerosos, sitiaron la capital y acabaron tomándola a sangre y fuego, matando a todos sus defensores, Gordon incluido. Corría el año 1883, y por lo que se ve los brotes radicales islámicos estaban ya presentes. Otra buena película histórica de aquellos años es, por ejemplo, “Un hombre para la eternidad”, una buena interpretación cinematográfica del enfrentamiento entre Tomás Moro y Enrique VIII de Inglaterra, a propósito de la ruptura que éste último llevó a cabo con la Iglesia Católica de Roma, motivada yo diría que exclusivamente por su desmedida afición a cambiar de consorte (Catalina de Aragón, Ana Bolena, Juana Seymour … y tres más). En esta misma línea, podría mencionar también “El tormento y el éxtasis”, acerca de la excelsa figura de Miguel Angel (Charlton Heston de nuevo) y su singular relación con el Papa Julio II (Rex Harrison), un pontífice que vivía sobre todo para el arte y la guerra, cosas bastante habituales en aquella época. Y también estaba “Rebelión a bordo” (“Mutiny on the Bounty”, producida en 1962), que contaba nada menos que con Marlon Brando como estrella principal  del reparto. Dedicaré a esta película un comentario especial.

          Este film era la segunda versión que se hizo en el cine acerca del motín en el buque HMS Bounty, una historia real sucedida a fines del siglo XVIII, en el Pacífico meridional. La primera, rodada en blanco y negro, databa de 1935 y estaba protagonizada por Clark Gable y Charles Laughton. Y en tiempos más recientes se filmaría un tercer remake, esta vez con Mel Gibson y Anthony Hopkins en los papeles principales. Personalmente, me quedo con la versión intermedia, dirigida por el estadounidense Lewis Milestone y protagonizada como decíamos por Marlon Brando y también por Trevor Howard. Me encantan su espléndida fotografía en Technicolor, el sabor de gran aventura, el fiel retrato de cómo era la navegación en alta mar, los paisajes paradisíacos de Tahití, el bonito amor que surge entre el oficial Fletcher Christian (Brando) y la encantadora princesa Maimiti (Tarita, con la que se casaría el actor en la vida real), y por descontado la larga gestación del conflicto entre gran parte de la tripulación de la nave y el despótico capitán  Bligh (Trevor Howard), que acaba estallando en un motín y la inmediata asunción del mando por parte del primer oficial. Me gusta también mucho la banda sonora (del compositor de origen polaco Bronislaw Kaper), que realza el dramatismo y la poesía de la aventura. Sin duda alguna, esta ha sido una de mis películas predilectas a lo largo de toda mi vida. Como curiosidad, sí que recuerdo bien dónde la vi por vez primera: fue en un cine de verano en las cercanías de Marbella, durante unas vacaciones en familia, con mis padres, mi hermano y mi tía; por paradójico que pueda sonar, tras mis anteriores alabanzas a esta gran película, en aquella ocasión me quedé dormido, debido a mi corta edad y al largo metraje del film. Posteriormente, claro está, he tenido varias veces la ocasión de volver a disfrutarla por entero.

“Rebelión a bordo”(1962): puesto de mando del HMS Bounty, con el temible capitán Bligh (Trevor Howard) en primer término.

          Bien es sabido que en aquellos años, cuando la dictadura del general Franco proseguía en todo  su apogeo, la Semana Santa española obligaba a guardar con bastante celo ciertas normas de respeto al culto católico. En lo que al cine se refiere, ello se traducía en la prohibición de proyectar en las salas películas que no tuviesen un marcado acento religioso. En consecuencia, entre lo proyectado durante tales días abundaban bastante las llamadas “pelis de romanos”, aderezadas naturalmente con historias de primeros cristianos, conversiones, mártires, etc. Sin embargo, y que yo recuerde, nunca vi entonces grandes clásicos de este género como “Quo vadis?” o “La túnica sagrada”, y pienso que ya era difícil, porque se repetían hasta la saciedad ( y posteriormente la TV se ha encargado de proseguir esta machacona tradición, en especial con la primera de ellas). Ya he dicho en otro post anterior que siempre me ha atraído poderosamente el género “peplum” (preferiblemente sin modélicos y abnegados cristianos de por medio), aunque he de decir también que raras veces los productos italo-norteamericanos de este tipo alcanzaban un alto nivel de calidad. Recuerdo algunas de estas películas, como “Los últimos días de Pompeya” y “Helena de Troya”, con la hermosa Rossana Podestà, film este último que considero bastante digno. No llegué a ver entonces “Espartaco”, de Stanley Kubrick, seguramente porque cuando se estrenó no era tolerada para menores. Por la misma razón me perdí también “Cleopatra”, con Elizabeth Taylor y Richard Burton, gran producción que tuvo un gran impacto en la época.

Escena de "Helena de Troya" (1956). El "divino" Aquiles (Stanley Baker) se prepara para la batalla.

Escena de “Helena de Troya” (1956). El “divino” Aquiles (Stanley Baker) se dispone a entrar en combate.

          Lo cierto es que por culpa de mi edad me quedé con las ganas de ver unos cuantos estrenos de cine, como es el caso de la serie dedicada al personaje de James Bond, creado por el escritor Ian Fleming y a quien empezó a dar rostro el excelente actor Sean Connery. La saga inaugurada por “Agente 007 contra el Dr. No” constituyó una gran aportación al cine de la época, con su atractivo cóctel de acción trepidante, escenarios espectaculares, bellísimas mujeres, ingenios sorprendentes, lujo, cochazos, yates, etc. La atmósfera de guerra fría que se respiraba en el mundo de los sesenta abonaba el terreno a este tipo de películas, que han tenido continuidad hasta nuestros días, como bien se sabe. Entre otras grandes y exitosas producciones cinematográficas que me perdí durante aquellos años están “La Pantera Rosa” (de Blake Edwards, 1963), con el torpe y entrañable inspector Clouseau encarnado por Peter Sellers, el hermoso musical “My fair lady” (George Cukor, 1964), protagonizado por Rex Harrison y la siempre encantadora Audrey Hepburn, y “West Side Story” (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961), película esta última a la que he dedicado un post en este mismo blog (22.07.2013). ¡Cuántas veces oí a mi hermano (6 años mayor que yo) ensalzar esta película musical! Pienso que este gran espectáculo, una moderna versión de la historia de amor de Romeo y Julieta, supuso ciertamente una gran conmoción para todos los adolescentes de la época.

           Volviendo a los géneros cinematográficos, y ya que he mencionado el “peplum”, ciertamente uno de los más populares y conocidos de la época era el “western”, que continuaba en pleno apogeo. Ya he dedicado un post a esta categoría de películas (ELOGIO DEL WESTERN, 24.04.2011), de manera que no me extenderé mucho más aquí. Tan sólo quiero escribir unas líneas para recordar una producción que aprecio de forma muy especial. Se trata de “Raíces profundas” (“Shane”, en su título original, un film de George Stevens, rodado en 1953). Veo en esta película una belleza primitiva, y pienso que de alguna manera representa muchas de las esencias del western más genuino. Se trata de una historia narrada de forma muy directa y sin dobleces, en la que quizás lo único que permanece en el misterio es el pasado del protagonista, Shane, encarnado por un sobrio Alan Ladd, en uno de los papeles más emblemáticos de su carrera. La banda sonora (Victor Young), el paisaje más bien desolado y las altas montañas que se alzan majestuosamente como un telón de fondo componen con maestría el ambiente en que se desarrolla la acción. La escena final, en la que nuestro protagonista se aleja del poblado a caballo y comienza a ascender las escarpadas sendas de la sierra, mientras resuena el eco de la voz del chiquillo pronunciando su nombre, forma parte del imaginario más clásico de la historia del cine, del Cine con mayúsculas. No es necesario afirmar que el cine del Oeste, del que existe una amplísima filmografía, con muchos y excelentes títulos (también hay muchas producciones mediocres y malas, cierto), influyó en buena medida en varias generaciones de españoles.

          Me gustaría ahora mencionar algunas otras películas que me dejaron huella, pertenecientes ya a géneros bastante diversos. Comenzaré con un clásico del cine de aventuras en el África profunda, “Las minas del rey Salomón”; ¡qué buena pareja hacían Deborah Kerr y Stewart Granger! También actuarían juntos en “El prisionero de Zenda”, un film de intrigas palaciegas y espadachines, esta vez con la compañía de un malvado James Mason. Me gustó mucho en su momento “Hombres temerarios” (“The racers”), protagonizada por Kirk Douglas, dedicada al fascinante mundo de las carreras de automóviles en una época ya legendaria y mucho menos tecnificada que la actual, cuando sonaban los nombres míticos de Alberto Ascari, Stirling Moss o Juan Manuel Fangio. También recuerdo “Al borde de la eternidad”, con Cornel Wilde, una historia contemporánea de tipo policíaco junto al impresionante escenario natural del Gran Cañón del Colorado; personalmente, disfruté mucho admirando los espectaculares coches americanos de los 50 y 60 que se dejan ver generosamente en la película, y es que siempre me han fascinado aquellos vehículos, que aquí en España conocíamos como “haigas”. Dentro de lo que podríamos denominar cine fantástico, recuerdo con cariño “Simbad y la princesa” (1958), con sus más que meritorios efectos especiales, a pesar de que en aquel entonces no se podía siquiera soñar con los perfeccionados efectos digitales de hoy día. Nunca olvidaré al temible cíclope que amenaza a Simbad y sus compañeros en una isla misteriosa, en una especie de revisión de una de las aventuras de Ulises en la Odisea de Homero, ni tampoco la asombrosa danza de la mujer-serpiente, con sus cuatro ondulantes brazos, por obra y gracia de la poderosa magia de un malvado brujo. El cine japonés de ciencia-ficción comenzaba a darse a conocer, y un ejemplo que puedo mencionar aquí es “Los hijos del volcán” (1956), en la que el monstruo principal era un gigantesco pterosaurio que surgía de las entrañas de un volcán y provocaba la destrucción y el caos, obligando a movilizarse al mismísimo ejército. Y ya para finalizar este apartado, no puedo dejar de pasar por alto “Fantomas” (1964), una película francesa de acción que me gustó mucho en su día, en la que intervenían el galán Jean Marais, la atractiva Mylène Demogeot y el cómico Louis de Funès. Este último nos hizo reír de lo lindo a toda una generación de españoles, interpretando a una serie de personajes histriónicos y caricaturescos en diversas películas hechas a su medida. Por cierto, tras la antes mencionada se rodaron dos secuelas: “Fantomas vuelve” y “Fantomas contra Scotland Yard”, con el mismo reparto protagonista.

"Las minas del rey Salomón", con Deborah Kerr y Stewart Granger. Estilo y elegancia británicos en el corazón de Africa.

“Las minas del rey Salomón”, con Deborah Kerr y Stewart Granger. Estilo y elegancia británicos en el corazón de Africa.

          No sería justo finalizar este artículo sin dedicar al menos unas líneas al cine español, naturalmente el que yo solía ver en aquellos años de mi vida. En este apartado, más que a películas en concreto, me gustaría expresar mi sincero reconocimiento a una serie de intérpretes como son José Luis López Vázquez, Antonio Ozores, Gracita Morales (con su voz inolvidable), Manolo Gómez Bur, Tony Leblanc, Pepe Isbert y José Sazatornil “Saza”, entre otros muchos. Todos ellos me hicieron pasar muy buenos ratos en las salas de cine, dando vida a personajes costumbristas y cómicos, algo que probablemente era lo mejor que se podía hacer durante aquel largo periodo de censura y acatamiento a rajatabla de los Principios Fundamentales del Movimiento. Simpáticos films como “Los tramposos” o “Atraco a las tres” nos hacían reír de buena gana, y eso era muy de agradecer. A pesar de las duras restricciones tanto políticas como económicas, algunas producciones brillaron con luz propia, como es el caso de “Bienvenido, Mr. Marshall” (Luis Gª Berlanga, 1953), una auténtica joya, “El cochecito” (Marco Ferreri, 1960) o “El verdugo” (Luis Gª Berlanga, 1963), estas dos últimas con el entrañable e irrepetible Pepe Isbert de protagonista. Podría destacar también “Calle Mayor” (Juan Antonio Bardem, 1956), si bien tanto ésta como las dos anteriores películas no las vería hasta unos cuantos años después. Pese a tratarse de un cine menor, y espero que nadie se ofenda por ello, deseo hacer aquí también un hueco a las películas de Marisol (Pepa Flores), cuyo encanto y simpatía conquistaban el corazón de todos los públicos. Otro menor, Pablito Calvo, lo había hecho con anterioridad en la emotiva “Marcelino, pan y vino”. Había también un cine español cuyo objetivo fundamental era el de exaltar las virtudes patrias y las glorias de antaño, aunque justo es reconocer que se le veía demasiado el plumero; en este subgénero se encuadraba, por citar un ejemplo, “Jeromín”, película que narraba las supuestas peripecias infantiles del hermano bastardo de Felipe II, don Juan de Austria, el vencedor de la batalla de Lepanto.

          Con este rápido repaso al cine de mis primeros años he pretendido expresar como mejor he podido mi amor incondicional al cine, al arte por excelencia del siglo XX, ateniéndome solamente a los recuerdos que aún permanecen vivos en mi memoria. Pido disculpas por mis posibles errores y muchos olvidos.

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RECORDANDO ANTIGUAS PELÍCULAS Y SALAS DE CINE – II

La gran pantalla

          Aparte de la Gran Vía, otra zona de Madrid pródiga en salas de estreno era el tramo de la calle Fuencarral que discurre entre las glorietas de Bilbao y Quevedo, más la adyacente calle Luchana. Precisamente en esta última vía se encuentra el cine Palafox, del que se decía cuando abrió por vez primera sus puertas que era “el mejor de Europa”. Es probable que fuera una exageración publicitaria, pero lo cierto es que para mí este local tiene un gratísimo recuerdo, y es que desde sus butacas pude disfrutar de “55 días en Pekín”, un film que ya en su momento me fascinó y que nunca ha dejado de atraerme. Personalmente, considero esta producción como la mejor de todas las que salieron de la factoría Samuel Bronston, el hombre que acercó Hollywood a Madrid y atrajo a España a algunas de las más deslumbrantes estrellas del cine norteamericano. De “55 días en Pekín”, dirigida por Nicholas Ray, me gusta todo: la presencia de Charlton Heston, Ava Gardner y David Niven, perfecto éste último en su rol de caballero británico victoriano, la acción y la espectacularidad de los decorados, la sensación de peligro que rodea a todos los occidentales que moran en la capital imperial tras el estallido de la rebelión boxer, el excelente vestuario tanto de chinos como de europeos y, cómo no, la estupenda banda sonora de Dimitri Tiomkin, otro genial compositor de cine. Vista con más rigor y espíritu crítico, debo decir ahora en su contra que los chinos, encabezados por su emperatriz Cíxî, aparecen de alguna manera como los villanos de la historia, cuando la triste realidad era más bien a la inversa. En efecto, China vivía un período de gran decadencia bajo la última dinastía imperial, la Qing (o Manchú, según su nombre más conocido), y durante todo el siglo XIX había venido sufriendo toda clase de abusos, conquistas territoriales, vejaciones, expolios y derrotas militares por parte de varias potencias occidentales, incluyendo Rusia y Japón, potencias todas ellas que no ocultaban ambiciones comerciales a todas luces desmedidas. Asimismo, otro “fallo” de la película, si bien comprensible y perdonable, es la breve aparición del supuesto embajador español en Pekín (Alfredo Mayo); nuestro país nunca mantuvo legación diplomática en aquel lejano país en la época referida. Imagino que no estábamos para semejantes aventuras en aquellas latitudes, puesto que nosotros también padecíamos nuestra propia decadencia. Sin duda, se trató de un guiño del señor Bronston a nuestra nación.

          Acudí muchas veces al cine Proyecciones, en la calle Fuencarral. En él pude disfrutar de “Hatari”, una bonita y simpática película en la que se vivían las aventuras de un singular grupo de hombres y mujeres de acción que se dedicaban a capturar animales salvajes vivos en las sabanas de Tanganyka, con el fin de enviarlos a distintos zoológicos de Europa y Norteamérica. Encabezaba el reparto John Wayne, ya bastante maduro pero aún con una contundente presencia física, mientras que la italiana Elsa Martinelli ponía un contrapunto de frescura y feminidad. La secuencia en la que el grupo, que suele utilizar dos vehículos para cazar a sus presas, intenta hacerse con un gran rinoceronte a la carrera es espectacular. E inolvidable es también la música de Henry Mancini, con sus ritmos tan deliciosamente africanos. También vi en esta sala “El mundo está loco, loco, loco, loco”, una animada comedia de carretera, en la que un grupo muy heterogéneo de personas se lanza a la búsqueda de un supuesto tesoro escondido en una playa californiana, tras escuchar la confesión de un hombre moribundo que acaba de sufrir un accidente. En el film hay una interesante exhibición automovilística de la época -muy de mi gusto-, ya que casi toda la acción discurre sobre ruedas. Una producción intrascendente, pero muy divertida. Por último, sin estar muy seguro de si se pasó en el Proyecciones, quiero destacar también “Hello, dolly!”, un bonito y desenfadado musical dirigido por Gene Kelly y protagonizado por Barbra Streisand y Walter Matthau. Ella ya había triunfado muy poco antes con “Funny girl”, ésta vez junto a Omar Sharif, y ciertamente ambas películas la lanzaron a la fama en el mundo entero. Nunca entendí por qué motivo ambos films quedaron relegados al olvido durante muchos años en España, ya que no pude volver a verlos ni en el cine ni en TVE. Por suerte, hace muy poco tiempo me hice con los dos DVD’s y he conseguido disfrutarlos de nuevo en casa. ¿Ha habido algún tipo de extraño boicot en la televisión española contra Barbra Streisand? ¿Quizás por el hecho de ser judía? Quién sabe, pero su talento interpretativo, su simpatía y la calidad de su maravillosa voz están fuera de toda duda.

          Poco antes se había estrenado en Madrid “Sonrisas y lágrimas” (“The sound of music”), un musical protagonizado por Julie Andrews (convertida en gran estrella por “Mary Poppins”), y que contaba también con la presencia de Christopher Plummer y Eleanor Parker. No voy a comentar nada de esta película, que obtuvo un enorme éxito, aunque algunos la han tildado de demasiado edulcorada y un tanto cursi. La banda sonora es buena, hay que reconocerlo, y el número de las marionetas es encantador. Sí que me gustaría añadir una anécdota personal, y es que yo enseguida simpaticé con la Parker, que interpretaba a la Baronesa, debido a su indudable belleza y elegancia (ya me había fijado en esta actriz en “El Valle de los Reyes”), y no pude evitar sentir un poco de rabia al comprobar que el capitán Von Trapp (C. Plummer) acabara enamorándose de la sencillota y monjil María (J. Andrews). Así son de caprichosos los sentimientos, incluso los de un chavalín como yo, aunque nadie me podrá acusar de carecer de buen gusto en lo que a damas se refiere. La bella y distinguida Eleanor Parker también había actuado en “Cuando ruge la marabunta”, junto al apuesto Charlton Heston, y en “Scaramouche”, una película de espadachines protagonizada por Stewart Granger. Con todo esto casi me olvido de citar la sala de cine en que vi esta película; me parece que fue el Amaya, en el Paseo del General Mnez. Campos, aunque no podría asegurarlo al cien por cien. Lo que sí recuerdo muy bien es que en este mismo cine, muchos años después, vería con mi mujer la disparatada y desternillante “Aterriza como puedas”.

          La verdad es que no sólo vi buenas e interesantes películas en los cines de estreno de la capital. En realidad, solíamos acudir más frecuentemente a los llamados cines de barrio, o de sesión continua, diseminados por todo Madrid, principalmente por el hecho de que en estas salas podías ver dos películas seguidas a un precio mucho más módico; además, si habías llegado al cine con la primera película ya empezada, no tenías más que quedarte en tu butaca a verla de nuevo desde el principio en la siguiente sesión. Es cierto que la calidad de los locales menguaba bastante y el público era más ruidoso, pero no creo que estas circunstancias me preocupasen demasiado. Como mis recuerdos al respecto son más confusos, y tampoco es cuestión de alargarme en exceso, solamente mencionaré una sala bastante decente que había en la calle Bravo Murillo, a la altura de Estrecho. Se trataba del cine Lido, el cual frecuenté muy a menudo sobre todo cuando, ya de adolescente, empecé a salir por mi cuenta, casi siempre con compañeros de clase. Entre otros muchos films, aquí vi dos que me gustaron de forma muy especial: “Un día en Nueva York”, todo un clásico del mejor cine musical norteamericano, con unos joviales Gene Kelly y Frank Sinatra, y “La vida privada de Sherlock Holmes”, de Billy Wilder, una película que nunca me cansaré de alabar y que siempre recuerdo con gran cariño. Ya la he dedicado un post en este mismo blog (con fecha 09.03.13), y únicamente me gustaría subrayar de nuevo la bellísima partitura de Miklós Rózsa, con seguridad uno de los más inspirados compositores que hayan trabajado nunca para el Séptimo Arte. Ciertamente, la contribución de una buena banda sonora a la calidad de una película es decisiva.

          Como me he dejado muchas y buenas películas en el tintero, de todas las que pasaron ante mis asombrados ojos durante mi infancia y primeros años mozos, dedicaré otro post a seguir divagando sobre cine, sin referirme ya a ninguna sala en concreto. El tema lo merece.

Cartel 55-Days-Peking

RECORDANDO ANTIGUAS PELÍCULAS Y SALAS DE CINE – I

proyector de cine

          En mi memoria siempre ha permanecido el recuerdo de ciertas películas íntimamente ligado con el de las salas en las que las vi por primera vez, allá por los ya lejanos años mi infancia y primera adolescencia. Soy de los que creen que el cine, el séptimo arte, tiene una gran carga de magia, por su capacidad para trasladarte a otras realidades y permitirte experimentar vivencias de todo tipo y apasionantes aventuras. Como ya he escrito en otra ocasión, en este mismo blog, el cine es una ventana maravillosa por la que escapas, al menos momentáneamente, de ti mismo y de tu entorno más inmediato. Se me ocurre que, quizás debido a estas razones, he podido retener el recuerdo indeleble de una serie de películas junto con el de la propia sala de proyección en que las disfruté. Por acotar un poco el relato, me ceñiré básicamente a la década que va desde finales de los años 50 hasta finales de los 60, cuando dejaba ya atrás la niñez. Y para quien lea este blog por vez primera, le aclararé que todo transcurrió en la ciudad de Madrid.

          Muy cerca de mi primera casa, en la calle Lope de Rueda, había varios cines que, o bien han desaparecido del todo, o bien han sufrido una profunda transformación, como ha sido el caso del Teatro-cine Alcalá, situado en la esquina de las calles Alcalá y Jorge Juan, especializado ahora en espectáculos musicales. Dada su gran proximidad a nuestro domicilio, y también por tratarse en aquella época de una sala de sesión continua (mucho más barata que los locales de estreno), vi en este local infinidad de películas, casi siempre aprovechando las tardes libres de los jueves (libranza escolar que luego se trasladaría a los miércoles). De entre todas ellas, recuerdo especialmente una muy bella y de poético título, “El albergue de la sexta felicidad”, protagonizada por Ingrid Bergman. En ella, la extraordinaria actriz encarna a una misionera británica -un personaje real- que en el periodo de entre-guerras del siglo XX decide viajar sola nada menos que hasta la lejana China, con el fin de dedicarse al cuidado de los demás, y en particular de un nutrido grupo de niños huérfanos. Tras la invasión de Manchuria por parte del ejército imperial japonés, esta valiente mujer se ve directamente involucrada en la tarea titánica de conducir a este grupo a través de las montañas hasta un lugar seguro, a salvo de la guerra. Se trata de una historia muy emotiva, que te deja un buen recuerdo en el corazón.

          Otro cine muy cercano a nuestra casa era el Salamanca, sede ahora de una gran tienda C&A, en la misma esquina de Conde de Peñalver con Hermosilla. Aún me veo a mi mismo, junto a mi tía y mi hermano, haciendo cola para entrar a ver “Moby Dick” (John Huston, 1956), con muchos nervios y una gran expectación por contemplar a la gran ballena blanca de la novela de Herman Melville. De esta película, que figura entre mis predilectas de toda la historia del cine, ya he escrito en otro post de este mismo blog (EL GENUINO SABOR DE LA AVENTURA). A pesar del tiempo transcurrido desde su rodaje, creo que es una versión muy digna de la historia descrita por Melville, y aún hoy se puede ver a plena satisfacción. También en el cine Salamanca pude ver “Rey de reyes”, la primera de las grandes producciones de Samuel Bronston rodadas en España. De este film, una buena muestra del cine religioso, dirigida  por Nicholas Ray, yo destacaría la música inigualable de Miklós Rózsa (que ya había compuesto la también magnífica banda sonora de “Ben Hur”), así como los extraordinarios ojos azules de Jeffrey Hunter, en su papel de Jesús de Nazaret. Fui visitante muy asiduo de este cine y, si la memoria no me falla, años más tarde también vería aquí “El día más largo”, una buena película rodada en blanco y negro  que contaba las vicisitudes del desembarco  aliado en Normandía, el famoso día D. Esta producción se hizo famosa por su conocido tema musical, de aire castrense y fácilmente tarareable.

          Ya que hablamos de cine bélico, no puedo dejar de mencionar otra gran película anterior, “El puente sobre el río Kwai”, dirigida por el gran David Lean y protagonizada por el siempre eficaz Alec Guinness, un joven William Holden y el japonés Sessue Hayakawa, en el papel del férreo y tiránico coronel Saito. Este film también se hizo mundialmente famoso por popularizar otro tema en su banda sonora, la Marcha del Coronel Bogey. Si mal no recuerdo, creo que vi esta película (ya de reestreno) en el cine Narváez, hoy Renoir Retiro, entonces de sesión continua o “de barrio”.

          Otra sala muy frecuentada por nosotros en el mismo barrio era el Benlliure (esquina de Alcalá con Fernán González), que ha conseguido permanecer abierta hasta hace pocos años, pero que al final se ha visto condenada al cierre, como tantas otras. Este cine siempre lo recordaré asociado con la película “Barrabás”, protagonizada por un excepcional Anthony Quinn, así como por Vittorio Gassman, Silvana Mangano y Jack Palance, éste último metido en la piel de un famoso y despiadado gladiador profesional. Al igual que otras grandes producciones de la época, contaba con una buena banda sonora, especialmente adaptada al trasfondo religioso del film. Muy destacable la secuencia del anfiteatro romano, en la que asistimos a un desigual combate entre Quinn, a pie y muy básicamente armado, y Palance, que guía un carro de combate tirado por dos caballos. Mi gusto por el “cine de romanos” o género peplum viene de antiguo, y curiosamente la casualidad quiso que en esta misma sala Benlliure, muchos años después, disfrutase de dos modernos y buenos exponentes de este tipo de cine: “Gladiator” (2000) y “Troya” (2004). Al finalizar el pase de esta última película, que vi en compañía de mis hijos, me sentí emocionado y prorrumpí en aplausos, que otros espectadores siguieron. Muy poco tiempo después, tristemente, el Benlliure cerraría sus puertas.

          Refiriéndome ya a otras zonas de Madrid, tengo que nombrar en primer lugar una sala de estreno muy emblemática, el cine Albéniz, muy próximo a la Puerta del Sol. Este local fue sin duda muy especial para mí, puesto que fue el primero de la capital en estar adaptado al sistema de proyección Cinerama, de 3 cámaras simultáneas. Las primeras producciones rodadas con esta tecnología eran de carácter documental, y estaban encaminadas fundamentalmente a mostrar al público las excelencias del sistema, en especial la espectacularidad de las imágenes, gracias a la pantalla curva y al gran ángulo de visión. Pero luego vendrían las películas con argumento, como “La conquista del Oeste”, “El maravilloso mundo de los hermanos Grimm” y “La última aventura del General Custer”. De la primera de ellas, que me marcó en buena medida y que volvería a ver muchas veces, ya he escrito en mi post ELOGIO DEL WESTERN (24.04.11). Posteriormente, una vez abandonado el sistema Cinerama, en el Albéniz se siguieron proyectando films en formato convencional. Sin que pueda asegurarlo al cien por cien, creo que vi aquí también “2001: una Odisea en el Espacio”, de Stanley Kubrick. Debo confesar que en aquel momento no entendí casi nada de esta aclamadísima obra de ciencia ficción, aunque diré en mi favor que yo aún era muy crío.

          En aquel entonces, la Gran Vía era la avenida más glamurosa de Madrid, con su inequívoco aire neoyorquino de los años treinta, y estaba salpicada de un buen número de salas cinematográficas de estreno: Palacio de la Prensa, Palacio de la Música, Imperial, Avenida, Rialto, Capitol, Lope de Vega, Rex, Coliseum,… También frecuenté estos cines, en los que pude ver películas de la categoría de “Los Diez Mandamientos”, “El Cid”, “La caída del Imperio Romano”, “Mary Poppins” (un delicioso musical del que me sigue gustando prácticamente todo), “El planeta de los simios”, “El jovencito Frankestein”, “El violinista en el tejado” y “Tiburón”, entre las más destacadas que recuerde, si bien no podría asociar casi ninguna de ellas a una u otra sala en concreto. Creo poder relacionar “Ben Hur”, impresionante producción donde las haya, con el desaparecido cine Benavente, en la Plaza Vázquez de Mella, aunque no podría asegurarlo. En el Imperial vi “El Valle de los Reyes”, una historia de aventuras y egiptología protagonizada por Robert Taylor y Eleanor Parker, y “El quinteto de la muerte”, una simpática película inglesa de ladrones de bancos en cuyo reparto figuraban nada menos que Alec Guinness y Peter Sellers. Siempre recordaré a éste último en la genial “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú” (Stanley Kubrick, 1964), dando vida nada menos que a tres personajes, entre ellos el del gesticulante Dr. Strangelove. Inolvidable Peter Sellers.

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EL GENUINO SABOR DE LA AVENTURA – DESCRIPCIÓN DE UNA DE LAS ESCENAS INICIALES DE “MOBY DICK”, DE JOHN HUSTON (1956)

MobyDick - Ismael y Queequeg antes de enrolarse

 

          Siempre me he sentido muy atraído por la película Moby Dick dirigida por John Huston, una producción de 1956 y protagonizada por Gregory Peck, Richard Basehart y Leo Genn. Considero que es una buena versión de la magistral novela del mismo nombre escrita por Herman Melville, aunque es bien sabido que resulta muy difícil condensar una obra literaria densa y extensa en una película de algo menos de dos horas de duración, como es este caso. De cualquier modo, el trabajo de Huston se me antoja bastante satisfactorio y, lo que me parece muy importante, anima a acercarse a la novela original. No pretendo realizar aquí una crítica más o menos amplia de la película, que es un clásico del séptimo arte, sino que deseo centrarme en la descripción de una escena que para mí resulta sumamente hermosa. Comienza más o menos en el minuto 22 y dura unos 6 minutos. Se centra en la partida del Pequod, el barco ballenero gobernado por el capitán Ahab, justo antes de lanzarse a la mar océana en su épica y demencial aventura.

          Estamos en el puerto pesquero de Nantucket, Nueva Inglaterra, en un frío día invernal, a mediados del siglo XIX. Hay mucha actividad en el muelle, donde se encuentra atracado el Pequod. Se cargan numerosas mercancías a bordo, bajo la atenta mirada de los capitanes Peleg y Bildad, copropietarios y armadores del buque: repuestos de todo tipo, cera, alimentos, agua potable, incluso animales de granja vivos, todo destinado a una larga navegación que puede prolongarse hasta tres años. La tripulación va subiendo poco a poco a cubierta, mientras una mujer, al pie mismo de la escalerilla, les ofrece biblias para sus oraciones y momentos de tribulación. En aquella época, las gentes del lugar (cuáqueros en su mayoría) tenían un sentimiento religioso muy arraigado, probablemente acrecentado por el temor que inspiraba el inmenso mar y la propia actividad pesquera y ballenera de sus hombres, que obligaba a faenar en inferioridad de condiciones frente a todos los peligros imaginables del océano.

          El protagonista de la historia -y quien comienza a narrarla-, Ismael, se dirige por los muelles próximos hacia el velero. Le acompaña su nuevo amigo, el gigantesco Quiqueg, un “salvaje” de la Polinesia, hijo del reyezuelo de una de sus innumerables islas, y convertido en certero arponero de la nueva tripulación en la que ambos se han enrolado. De pronto, desde detrás de unas cajas que hay allí estibadas, les sale al encuentro un tipo flaco y desarrapado, que les interroga sobre el barco en el que pretenden hacerse a la mar. Al saber que van a embarcarse en el Pequod, les hace una severa advertencia sobre su capitán, el enigmático y misterioso Ahab (que aún no ha aparecido en escena), y los motivos ocultos que le guían. Como Ismael y Quiqueg no hacen caso y se muestran despreciativos para con el hombrecillo, éste eleva el tono de su discurso y pronuncia una terrible profecía acerca del trágico destino que les aguarda a todos … menos a uno. Tras quedarse pensativo durante unos instantes, Ismael se gira y vuelve a encaminarse junto a su compañero hacia el buque.

          Prosiguen los preparativos para la partida del ballenero, y se oyen órdenes en cubierta. Sobre el muelle, frente al barco, se congrega un pequeña multitud de mujeres y algunos niños, para despedir a los hombres que están a punto de marchar a mares lejanos y llenos de Dios sabe cuántos peligros. Entre las mujeres, las hay de todas las edades y condiciones: ancianas, madres, esposas, viudas. En el rostro de todas ellas se refleja una honda preocupación y un punto de resignación. Sus tristes miradas acaparan varias veces la atención de la cámara. Se ve al primer oficial, segundo de a bordo, el señor Starbuck (Leo Genn), supervisar las tareas de la tripulación; en un momento dado, vuelve sus ojos hacia su familia, mujer e hijos, asomados en la azotea de su casa, que le saludan con los brazos. Starbuck les corresponde discretamente.

MobyDick - mujeres y niños mirando

          El viejo capitán Bildad, en pie sobre cubierta junto a su socio Peleg, ambos armadores del buque, no cesa de  dirigir consejos a todos los miembros de la tripulación, recordándoles que no desperdicien nada y que cuiden bien de todo lo que hay en el barco. Curiosamente, también les hace advertencias sobre los rezos que han de practicar y sobre la necesidad de honrar al Señor en domingo, para a continuación volver a insistir sobre cuánto ha subido en el último año el precio de un buen tablón de madera de fresno o el kilo de manteca. Al final, su colega el capitán Peleg, más realista y resolutivo, le dice que ya está bien de tanta cháchara y le anima a descender de una vez al muelle. Los dos capitanes constituyen una pareja muy singular, con su aire puritano, su oscura y larga indumentaria, abotonados de arriba abajo, y tocados ambos con sus características chisteras bajas de ala ancha.

          Los oficiales segundo y tercero, Stubb y Flask, empiezan a gritar órdenes para iniciar las maniobras de desatraque y los marineros se aprestan a cumplirlas con premura. Un grupo numeroso trepa por las escalas de cuerda de los tres mástiles para encaramarse a las vergas y comenzar a soltar el trapo. Otros se dedican a soltar amarras y halar maromas para empezar a mover la embarcación y dirigirla hacia la bocana del puerto. Para infundirse fuerzas y marcar el ritmo de su tarea, entonan una vieja y monótona canción marinera. El grumete baila y toca la pandereta, mientras la nave se separa lentamente del muelle. Hay un bellísimo primer plano de la proa y su mascarón deslizándose frente el fondo estático de las casas próximas al puerto.

MobyDick - mascarón de proa del Pequod

          El viento del norte infla pronto las velas conforme el Pequod rebasa la bocana del pequeño puerto. Los marineros que aún están encaramados a los palos dicen adiós con la mano a la reducida multitud congregada en el muelle. Starbuck, el primer oficial, que ha vigilado atentamente todas las maniobras del buque y su tripulación, vuelve por última vez su mirada a la línea de casas, en una de las cuales aún permanece su familia. Sus ojos reflejan nostalgia, tristeza por la separación de sus seres queridos y, probablemente, una preocupación indefinida ante los desconocidos peligros que les aguardan a todos. Aún no es consciente de la profunda y trágica demencia que alberga en su interior la mente de su capitán, Ahab, y tampoco puede prever su futuro enfrentamiento con él, en un desesperado intento de contraponer su sensatez a la locura. Pero, de algún modo, parece intuir dificultades y graves peligros en esta singladura que ahora da comienzo.

MobyDick - última mirada de Starbuck al puerto

           En el plano final de la escena, podemos ver al Pequod ya en lontananza, dejando atrás la bahía de Nantucket. Suena a lo lejos el grito de su timonel: “¡Hasta la vueltaaaa…!“. El ballenero sólo tiene frente a sí el imponente y vasto océano, la aventura … y su destino.

          He pretendido reflejar en estas líneas, como mejor he sabido, toda la belleza, la innegable poesía y los diversos sentimientos que surgen y se entrecruzan en esta hermosa escena. Los viajes y la aventura poseen un fuerte atractivo, y el momento de la partida es quizás el más emocionante.

          Este es mi modesto homenaje a una gran película y a quienes la hicieron posible.

MobyDick - el Pequod se aleja de tierra