Archive for 21 junio 2012

¡NO OLVIDEMOS EL MEDIO AMBIENTE!

          La gran crisis económica en la que estamos inmersos, cuyo final los españoles no acabamos de ver en absoluto, ocupa de tal manera nuestras preocupaciones diarias que nos hace olvidar otros grandes problemas que tenemos planteados, no ya como meros ciudadanos de este país, sino como habitantes de este planeta que constituye nuestro último hogar. Justamente se celebra ahora mismo en Río de Janeiro una cumbre sobre el medio ambiente, muy poco después de la reunión del G-20. En principio, podría parecer que esta Conferencia Río+20 va a quedar eclipsada, como en un segundo plano, tras el encuentro que acaba de tener lugar en Los Cabos (México), que ha puesto todo el foco de interés sobre la economía, los problemas financieros específicos de Europa, y los riesgos de que se pueda sufrir otra recesión global, precisamente a causa de la particular situación que vivimos en la eurozona. Pero la economía, con ser fundamental y situarse en el centro de nuestras actuales preocupaciones, no lo es todo ni mucho menos.

          La Naturaleza y el futuro de nuestra propia existencia sobre el planeta Tierra están en serio peligro. Esto no es nada nuevo. Lo sabemos, y se viene denunciando en numerosos foros internacionales, desde hace varias décadas, muy especialmente desde que se tuvo evidencia científica del fenómeno del cambio climático, en los pasados años ochenta y noventa del siglo XX. Pero lo peor es que, lejos de corregirse, la gravedad y magnitud de los problemas medioambientales siguen creciendo cada año que pasa. Ciertamente, muchísima gente se ha sensibilizado con estas cuestiones, se han producido reacciones positivas y se han adoptado iniciativas importantes, pero todo ello no basta. La inercia impuesta por nuestro desarrollo y forma de vida es demasiado grande, y en general estamos aún muy lejos de invertir las tendencias observadas, en cuanto al proceso de calentamiento global, el impacto negativo de la actividad humana sobre la biodiversidad y el deterioro de la calidad de nuestra atmósfera y de nuestras aguas. El medio ambiente continúa su proceso de degradación, ante el acoso incesante que representa la vida humana, tal y como la tenemos concebida.

          Desgraciadamente, la protección del medio y la preservación de los recursos naturales aún ocupan un lugar secundario en las agendas de gobierno de la inmensa mayoría de las naciones, incluso de aquéllas que podemos considerar más desarrolladas y mejor preparadas para abordar tan serios problemas. Podría hacer un chiste fácil acerca del grado de preocupación medioambiental de nuestro actual gobierno de España, el encabezado por Mariano Rajoy, pero casi prefiero pasarlo por alto; sería una frivolidad innecesaria por mi parte. De todos modos, la magnitud del problema y sus características exigen, por supuesto, grandes y ambiciosos acuerdos internacionales. Las acciones aisladas pueden no tener ningún valor.

          Si algún extraterrestre nos pudiese estudiar desde el espacio exterior, disponiendo de medios adecuados y precisos de observación, nos podría ver como un gigantesco hormiguero de unos  7.000 millones de individuos, enfrascados en una actividad frenética, devorando recursos naturales a un ritmo endiabladamente alto, produciendo sin cesar millones y millones de productos de todas clases, generando cantidades ingentes de residuos, moviendo personas y mercancías intensísimamente entre todos los puntos imaginables del planeta, y dejando inservibles (contaminados) la atmósfera que respiramos, el agua que bebemos y grandes áreas del espacio físico que habitamos.

          La llamada economía capitalista o de libre mercado está basada en un absurdo: el crecimiento continuo, de los mercados, de las ventas, del consumo y de los beneficios empresariales. Está meridianamente claro que, en un planeta limitado, superpoblado y sobreexplotado como el nuestro, dicha expansión es literalmente insostenible. No es necesario recordar que el espacio físico está rígidamente limitado, los recursos naturales son escasos, y la naturaleza requiere un ritmo determinado para renovarse y regenerarse convenientemente (como es el caso del agua que utilizamos para beber y limpiarnos, o de los bancos de peces que habitan los mares y que necesitamos para alimentarnos). El empeño de las grandes empresas y corporaciones por crecer y maximizar sin límite sus beneficios resulta, si se contempla la realidad humana en su conjunto, sencillamente aberrante. Si no se pusiera límite de ningún tipo, la expansión de algunas compañías (las de mayor éxito comercial y financiero) conllevaría la ruina y desaparición de otras, en un proceso perverso y canallesco, alimentado en exclusiva por la codicia humana, que conduciría “in extremis” al dominio absoluto de una de ellas sobre todo el planeta, tal y como hemos visto o leído en las peores pesadillas de las películas y novelas de ciencia-ficción. Al final de ese camino demencial, ¿dónde quedarían las demás compañías -y sus trabajadores- que habrían ido sucumbiendo?, ¿en qué situación quedarían los individuos y su libertad?

          Sin lugar a dudas, el gran reto al que se enfrenta ahora y en el futuro inmediato la ciencia económica es el de su conciliación con la ecología. Ambas ciencias, conjuntamente con muchas otras disciplinas del conocimiento, tendrán forzosamente que aproximarse y buscar soluciones integrales válidas que posibiliten el llamado desarrollo sostenible. Me permito hacer una matización sobre este nombre; el concepto de “desarrollo” tendrá que referirse en exclusiva a su aspecto o dimensión cualitativa. No será posible un desarrollo cuantitativo, por las razones ya vistas poco más arriba: limitación de recursos y de espacio. Y si queremos evitar un gran desastre a nivel global, que cada vez se va aproximando más en el tiempo, tendremos todos que redoblar nuestros esfuerzos en las actividades siguientes:

  • Uso creciente y rápido desarrollo de energías limpias y renovables, poniendo fin cuanto antes a la era de los combustibles fósiles no renovables.
  • Reciclado integral de todo tipo de desechos y residuos, tanto orgánicos como inorgánicos.
  • Maximizar la eficacia -y reducir el consumo energético- de medios de transporte, maquinaria industrial, todo tipo de aparatos electrodomésticos, sistemas de calefacción y elementos de alumbrado.
  • Perfeccionar al máximo todos los sistemas y aparatos de filtración y limpieza de gases y aguas, estableciendo nuevas y exigentes normas de obligado cumplimiento, con imposición de sanciones disuasorias y adecuadas al daño ambiental causado.
  • Alcanzar pactos a nivel mundial para limitar el crecmiento de la población, quizá el punto más difícil de lograr de entre todos los expuestos. La explosión demográfica de muchos países, en especial de los más subdesarrollados, constituye el mayor de los problemas y está en el origen de todos los desequilibrios que observamos en el mundo actual. Es preciso actuar ya y con toda la eficacia, antes de que sea demasiado tarde.

          Está claro que todo ello requiere una sensibilización mucho mayor que la actual por parte de los líderes políticos de todo el mundo, ya que su voluntad es imprescindible para acometer con garantías de éxito la titánica tarea de convertir en un lugar habitable para las futuras generaciones este querido planeta nuestro, “nuestra buena y vieja amiga la Tierra”, usando la misma expresión que empleara el capitán Haddock (el entrañable personaje, compañero de Tintín, creado por el genial Hergé), al término de su aventura en la Luna.

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¿POR QUÉ ODIABA TANTO LA DERECHA A ZP?

          Uno de los asuntos que más destacan en la actualidad política española de estas semanas es el caso de Carlos Dívar, presidente del TS y del CGPJ. Casi todos conocen de sobra sus viajes a Marbella (Puerto Banús, para ser exactos) y a otros lugares de nuestra geografía, viajes de fin de semana “al caribeño modo”, es decir, de tres o cuatro días de duración, en hoteles de cinco estrellas, con comidas y cenas a todo tren (siempre para dos comensales, él y otra persona, que permanece aún envuelta en el misterio), alquiler de Mercedes 500 de superlujo, motivos de los susodichos viajes sospechosamente poco profesionales……y gastos cargados enteramente a cuenta del erario público. Es bien sabido también que se trata de un hombre de fuertes convicciones religiosas, profundamente devoto y, al parecer, muy vinculado al Opus Dei. Es algo que, lejos de ocultarse, es bien público y notorio.

          Pero no voy a hablar sobre él en este artículo, aunque ciertamente el peculiar y poco honorable comportamiento de este magistrado me ha servido de base para desarrollar el comentario que expongo a continuación. No deja de ser curioso que el hombre que dirigió el gobierno de España durante las dos pasadas legislaturas, Jose Luis Rodríguez Zapatero, fuese objeto de tantas iras, tanta indignación y tantos insultos por parte de sus enemigos políticos: dirigentes, militantes y votantes de base del Partido Popular. Pero lo que más llama la atención es que esa rabia no contenida se manifestara desde el primer momento, desde el mismo instante en que el señor Zapatero ocupó el palacio de la Moncloa, o sea, varios años antes de que se desatara la crisis económica, pinchara nuestra burbuja inmobiliaria y la cifra de paro comenzase a crecer alocadamente. Con ello quiero dejar muy claro que la siempre feroz crítica a su papel de gobernante no tuvo como causa su discutible manejo o gestión de la crisis económica, que se ha llevado casi todo por delante en este país, sino más bien con sus características personales.

          Desde el principio de su mandato,  la actitud dialogante y conciliadora del ahora ex-presidente, sus suaves maneras, sus gestos elegantes, su famoso “talante” en definitiva, empezaron enseguida a ser objeto de mofa, burla y escarnio por parte de sus oponentes políticos, con Rajoy a la cabeza. Los modales educados y correctísimos de Rodríguez Zapatero, reconocidos por cualquier observador medianamente objetivo y neutral, recibían casi siempre por respuesta comentarios despectivos, irónicos, desagradables e incluso claramente agresivos. Esto fue así durante todo el tiempo que duró su mandato. Las causas que podrían ser directamente atribuíbles a su más o menos acertada gestión, a sus logros o fracasos, eran lo de menos. Se convertían en simples excusas para descargar toda la artillería verbal de los populares sobre la persona del entonces presidente.

          Recuerdo una anécdota que tuvo lugar en una fecha más o menos temprana de su primera legislatura. Durante toda una jornada se desarrolló un tenso, largo y agotador debate en el Congreso sobre los sucesos del 11-M, con la asistencia y la participación de Pilar Manjón, como representante de la asociación de víctimas de aquellos terribles atentados. La sesión se prolongó hasta muy tarde, ya de madrugada. El presidente Zapatero, que al día siguiente tenía programado un viaje oficial a Polonia, se sintió indispuesto (enfermo, en una palabra), y se vio obligado a cancelar y posponer dicho viaje. Pues bien, Mariano Rajoy, en una sesión parlamentaria celebrada muy poco después, se lo reprochó  públicamente espetándole con sarcasmo algo así como “usted siga así, haciendo amigos (en el exterior)”, empleando un tono y un fondo extremadamente duros y malintencionados. Estoy completamente seguro de que Zapatero nunca le habría atacado con esas mismas armas, de haberse producido la misma situación a la inversa.

          Bueno, pues llegados a este punto, cabría preguntarse por qué la mera presencia del anterior presidente Zapatero provocaba tantos ladridos de indignación entre las filas de sus contrarios. Pues mi conclusión es que, siendo ZP ateo o agnóstico (condición de la que, sin embargo, nunca ha alardeado en absoluto), sus enemigos políticos no le podían perdonar su comportamiento moralmente intachable, sus maneras educadas, discretas y corteses, su máximo respeto hacia todos, su alto nivel ético, que le sitúan en este terreno normalmente muy por encima de todos sus detractores, muchos de los cuales en cambio sí que presumen de su “ejemplar” vida cristiana, de sus creencias religiosas (que toman como firme base de su “moral”), y no ocultan sus simpatías hacia la jerarquía católica de nuestro país, con la que en varias ocasiones se han manifestado en la calle. El discurso educado y respetuoso del anterior presidente sacaba de quicio, sencillamente, a sus oponentes políticos y hacía aflorar  una rabia y una indignación irracionales. Es un fenómeno  indudablemente curioso, que entronca con las raíces más primarias y rudas de nuestra psicología individual y colectiva, y que mantiene un claro paralelismo con ese rechazo que en el colegio o la escuela experimentan  a menudo muchos gamberretes y “perdonavidas”  hacia un compañero más discreto, educado y aplicado de lo normal.

            Quiero dejar bien claro que todo lo aquí dicho se refiere en exclusiva al estilo personal y a las maneras particulares que definen el modo de comportarse de Jose Luis Rodríguez Zapatero. Aquí no he entrado a analizar ni opinar sobre su valía como jefe del gobierno, ni acerca de sus éxitos y fracasos como político. Sobre todo ello ya se han vertido ríos de tinta, y sin duda alguna se continuará hablando y escribiendo durante mucho tiempo.

ESPAÑA, PARAÍSO DEL EMBUSTE

“Podrás engañar a todos durante algún tiempo;

podrás engañar a alguien siempre; pero

no podrás engañar siempre a todos” (Abraham Lincoln)

          Han transcurrido ya más de cinco meses desde la toma de posesión del gobierno de Mariano Rajoy, allá por los últimos días de diciembre de 2011. Han sido cinco meses muy intensos, plenos de decisiones, decretos-leyes y medidas de profundo calado, todos ellos con el denominador común de la austeridad y el esfuerzo por reducir a toda costa el déficit público, a fin de cumplir con el objetivo final de llegar al 3% sobre el valor del PIB  al término del año 2013 (objetivo éste ahora prorrogado un año más por decisión de la Comisión Europea).

          En el camino recorrido, amparado en su mayoría absoluta, el Gobierno ha actuado como una apisonadora, arrollando multitud de derechos y logros conseguidos por la sociedad española, con gran esfuerzo, a lo largo de décadas. Asalariados, pensionistas, funcionarios, educadores, estudiantes, parados, trabajadores del sistema nacional de salud, usuarios de servicios públicos, es decir, la sociedad española por entero, han visto seriamente mermados sus ingresos reales, sus derechos y sus posibilidades actuales y futuras. Invocando la sacrosanta austeridad, se ha perpetrado un recorte brutal en nuestro Estado del bienestar y en nuestra calidad de vida.

          Sin embargo, con ser muy serio y preocupante todo lo anterior, aún peor es haber constatado el monumental engaño llevado a cabo por el señor Rajoy y los dirigentes del PP sobre el conjunto de los españoles. Irónicamente, quienes acusaban una y otra vez (y a menudo de manera gratuita) al anterior gobierno socialista de mentir (¡cuánto se abusó de esta grave palabra!), luego no han hecho más que engañar haciendo exactamente lo contrario de lo que afirmaban alegremente antes del 20-N. Todos recordamos el famoso debate televisado que mantuvieron Rajoy y Rubalcaba, y cómo el primero se hacía el ofendido y calificaba de “insidias” las veladas acusaciones de su contrincante socialista, cuando éste le insinuaba que subiría los impuestos nada más llegar al poder, como en realidad así sucedió: tras el primer consejo de ministros del gobierno popular se aprobó una importante subida del IRPF, por cierto ahora criticada por la Comisión europea. A  partir  de aquel momento, la trayectoria del nuevo ejecutivo ha estado sembrada de decisiones que contradecían frontalmente su propio programa electoral. Consciente de que esto era así, el propio presidente Rajoy llegó a declarar en una reciente entrevista en la radio, con el fin de curarse en salud, que él tomaría cualquier decisión que creyese necesaria, aun cuando no estuviera en su programa y aunque previamente hubiera dicho que no la adoptaría. Con tales palabras, se otorgaba a sí mismo plena libertad para hacer cualquier cosa. Pero es que todo tiene un límite.

          Todos sabemos que un gobernante, en ocasiones, se ve obligado a tomar decisiones impopulares y que van en contra de sus propios deseos personales. A veces, la dura realidad se impone y es preciso actuar como sea para resolver problemas con los que no se contaba. Pero también es cierto que el Gobierno popular de Mariano Rajoy ha cruzado demasiadas líneas rojas. Sus promesas y sus palabras se han devaluado por completo, hasta el punto de equivaler a papel mojado. Se  actúa de tal manera que se va siempre por el camino contrario al que previamente nos han asegurado. Han perdido en muy poco tiempo su credibilidad, y el sentimiento mayoritario entre los españoles es el de haber sido estafados. No creo exagerar lo más mínimo al hacer esta afirmación.

          Para desgracia nuestra, la mentira está muy firmemente instalada en los círculos de poder de nuestro país. Es uno de los pecados capitales que “distinguen” la política y la manera particular de hacer gobierno en España. Y lo malo es que no está sóla. La acompañan otros vicios también muy arraigados: corrupción, ocultación y maquillaje de datos, corporativismo (lo acabamos de ver nítidamente en el CGPJ, con el caso Dívar), clientelismo, visión miope y cortoplacista de los problemas, etc., todos ellos lamentablemente muy interrelacionados. Todo ello se conoce. El pueblo, la gente de a pie no es tonta ni mucho menos, y cada vez se está más y mejor informado, como lo prueban a diario  miles y miles de opiniones: en las cartas al director de los diarios escritos, en los blogs, en los foros de Internet o en los mensajes de las redes sociales. Pero, claro está, una cosa es saberlo y otra muy distinta combatir con efectividad todos estos vicios tan característicos de nuestras clases dirigentes.

          El desaliento nos invade cuando, por ejemplo, diariamente vemos u oímos noticias relativas al caso Gürtel, de financiación irregular del Partido Popular y tráfico de influencias, que aparecen como pequeños episodios de un cuento interminable, que se pierde en los intrincados laberintos de la justicia y que tiene todo el aspecto de no llegar nunca al final. Continuamente surgen complejos  obstáculos legales que se prolongan hasta el infinito e impiden llegar con rapidez a una clara y satisfactoria depuración de responsabilidades. ¿Y qué decir de BANKIA, otro caso escandaloso y de enormes proporciones? Nadie parece ser responsable de un tremendo descalabro patrimonial, que de momento se eleva a unos 24.000 millones de euros, y que pone en peligro la propia estabilidad del Estado y genera incertidumbre y desconfianza entre todos nuestros socios europeos y en todo el mundo financiero.

          Este reinado del embuste, del oscurantismo y la tergiversación de la verdad actúa como un poderoso agente depresivo sobre la moral de nuestra sociedad. La gente trabajadora, que se esfuerza a diario por salir adelante, que estudia y se prepara para dar lo mejor de sí misma, que lucha para estirar sus ingresos y cubrir sus necesidades básicas, se desmoraliza ante la conducta de los que están arriba y piensa cosas como: “¡Si todos son iguales! Esté quien esté en el Gobierno, todos son unos sinvergüenzas”. En la mente del español medio habita una suerte de fatalismo en cuanto a la calidad, el rendimiento y la honestidad de sus dirigentes, a pesar de vivir en una democracia que, en teoría al menos, nos debería dar la oportunidad real de que las cosas discurriesen por otros cauces.

          Ojalá, y ya termino, algún día no muy lejano nuestros políticos y gobernantes tengan bien grabado en lo más profundo de sus mentes que, por encima de todo, son SERVIDORES PÚBLICOS y que su misión fundamental consiste en resolver los problemas de la ciudadanía de la manera más eficaz, más responsable y menos costosa. En su trabajo no pueden tener cabida alguna los favoritismos, ni las corruptelas, ni los enriquecimientos ilícitos, ni las broncas de patio de colegio con sus oponentes políticos, ni el mirar hipócritamente hacia otro lado cuando se cometen errores graves en su gestión. La gran pregunta que uno se hace es: ¿cuánto tendremos que esperar para que esto sea así?