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NUEVA CARTA ABIERTA A MARIANO RAJOY, PRESIDENTE DEL GOBIERNO ESPAÑOL

Composición rajoyesca

Sr. don Mariano Rajoy Brei:

          Esta es la segunda carta que tengo a bien dirigirle desde este mi humilde blog. La primera, de fecha 15.03.11, se la escribí unos cuantos meses antes de la victoria de su partido (que se produciría finalmente el 20.11.11), cuando ya el gobierno de su predecesor agonizaba y todas las encuestas de opinión predecian una amplia ventaja para su formación política en las siguientes elecciones, tanto autonómica y municipales como generales.

          Ahora, cuando han pasado ya casi dos años desde su llegada al poder, creo disponer de datos, motivos y argumentos de sobra como para desarrollar una severa y justificada crítica a la política que usted y sus ministros han puesto en práctica a lo largo de todo este periodo. Fiel a mi costumbre, no pretendo ser especialmente exhaustivo, pues de lo contrario podría llegar a aburrir a mis lectores. Por ello, me limitaré a destacar los aspectos que me parecen más fundamentales.

          En primer lugar, le diré lo que muchos comentaristas y analistas ya le han reprochado. Ustedes llegaron al poder cabalgando a lomos de una gran falacia. “Lo primero, el empleo”, ¿recuerda su eslogan? Apartados los socialistas del poder y con ustedes al frente del gobierno de la nación, se produciría enseguida el milagro, comenzaría la recuperación y la creación de puestos de trabajo, y eso SÓLO porque ustedes “infundirían confianza”, “aportarían seriedad” (¡?), y en consecuencia atraerían rápidamente a los huidizos capitales, espantados por el mal hacer y la torpeza de sus antecesores en el ejecutivo. Es preciso señalar que usted no se molestó en aportar detalles de su futura política. De ninguna manera quiso pillarse los dedos, y se limitaba a manifestar ambigüedades tales como: “Aplicaremos la política económica que Dios manda” (increíble afirmación, que aún me asombra), “nos guiará el sentido común”, “haremos lo que hay que hacer”, y otras vaguedades por el estilo. Pese a esta manifiesta carencia de rigor y definición de su programa, la mayoría de los votantes les dieron su confianza aquel 20 de noviembre de 2011. Ello, unido al profundo desencanto causado por el gobierno anterior (al que ustedes sometieron desde el primer momento a una vil y feroz campaña de desprestigio, dicho sea de paso), les supuso a ustedes obtener una cómoda mayoría absoluta.

          Desde el primer minuto de su mandato, usted y sus ministros impusieron una intensísima campaña de recortes , austeridad y subidas de impuestos, que cayó como una catarata de agua fría sobre la sociedad española, muy en especial sobre los sectores más sufridos y vulnerables, a saber, los asalariados, los parados, los estudiantes, los pensionistas, los docentes, el personal sanitario y todos los funcionarios de la administración del Estado. Se aplicaron ustedes con un ahínco digno de mejor causa a ponernos a casi todos la vida más cara y más difícil, sin dejar prácticamente títere con cabeza. La tijera se convirtió en su símbolo por excelencia, aunque bien podría haber sido también un hacha de doble filo. Pero hubo sus excepciones, ¡vaya si las hubo! Ustedes pasaron a sabiendas por alto a la Iglesia Católica española como potencial contribuyente; ésta ha seguido gozando de sus viejos privilegios fiscales y continúa exenta del pago del IBI por todo su vasto patrimonio inmobiliario. Tampoco se les ocurrió modificar la fiscalidad de la renta, de manera que fuese mucho más progresiva y los más ricos y afortunados pasaran a tributar con arreglo a su renta y patrimonio. Asimismo, no se les pasó por la cabeza retocar el Impuesto de Sociedades, a fin de que las grandes empresas del IBEX 35 pasasen a contribuir de manera más efectiva a nuestra Hacienda Pública. En definitiva, la solidaridad nunca figuró entre sus ideas y programas, a pesar de que su Secretaria General Mª Dolores de Cospedal afirmase aquello tan peregrino y burlesco de que “el PP era el partido de los trabajadores” (sin comentarios).

          Ahora están ustedes intentando seducir a la opinión pública con la nueva especie de que “se están viendo claros signos de recuperación”, de que ya hemos pasado lo peor de la crisis (¿cuántas veces hemos oído este canto de sirena con anterioridad?), y de que el año que viene, en 2014, se empezará a crear empleo neto (¡?). Es obvio que ustedes deben contemplar el futuro inmediato con unas gafas especiales, quizás de color de rosa, puesto que la gran mayoría de las variables e indicadores macroeconómicos continúan mostrando un panorama muy sombrío. Es cierto que la prima de riesgo (la célebre y antipática prima de riesgo) se mantiene a niveles más o menos moderados, que el Tesoro está colocando deuda a tipos de interés bajos, y que las exportaciones de bienes y servicios muestran un buen comportamiento (aunque hay que tener en cuenta también que, paralelamente, las importaciones han caído bajo mínimos por efecto del fuerte bajón de la demanda interna; ambos fenómenos contribuyen de manera conjunta al mejor resultado de la balanza comercial). Pero todos estos síntomas, sin duda positivos, son insuficientes como para hacer pensar en una pronta recuperación del conjunto de la economía española.

          En efecto, lo que más nos preocupa a todos, el paro, continúa en niveles insoportables (en torno a los 6 millones de desempleados, de acuerdo con la EPA) y, por desgracia, nada hace presagiar que que se vaya a reducir de forma progresiva y significativa a corto y medio plazo. La situación internacional no es demasiado optimista. Los EE.UU. acaban de tenernos a todos con el alma en vilo con su amenaza de suspensión de pagos (que hubiese sido catastrófica), felizmente resuelta por el momento. Las economías emergentes están dando señales de cierto enfriamiento. El conjunto de la economía europea no es precisamente muy boyante. Podría mencionar otras variables e indicadores a nivel nacional, como el PIB, el nivel de consumo interno, la falta de crédito, el Indice de Producción Industrial, la deuda externa e incluso el déficit público, que dibujan un escenario muy poco positivo, pero comentar todo ello haría demasiado largo el presente artículo.

          Dejando la economía a un lado, debo reprocharle seriamente otros importantes aspectos de su política. A nivel educativo, su ministro Wert (al que no quiero calificar aquí, porque los epítetos resultarían muy duros al oído) ha desarrollado una política muy dañina para con todo el sistema público de enseñanza. Lejos de apoyarlo, como hubiera sido lo esperado, se ha esforzado por desacreditarlo y arrebatarle recursos económicos esenciales, lo que hará aún más difícil si cabe el desempeño de su importantísima misión. La LOMCE, su nueva y particular reforma educativa, sacada adelante sin consenso alguno y con el único y exclusivo apoyo de los votos del PP, beneficia sin reservas la enseñanza privada-religiosa, nos retrotrae en muchos aspectos a tiempos preconstitucionales, satisface descaradamente las viejas demandas de la Conferencia Episcopal y, desde luego, no resuelve los problemas de fondo del sistema educativo español, como la mejora de la calidad de la enseñanza, la superación del fracaso escolar o la obtención de un nivel de Inglés mucho más satisfactorio (un problema recurrente en nuestro país).

          En realidad, todo esto forma parte de un intensivo proceso de derechización en el que está embarcado su Gobierno, y que genera el malestar de amplias capas de la población. Destacaré aquí la reforma legislativa que prepara su ministro Gallardón sobre el aborto, y que es claramente regresiva con respecto a la ley actual, la descarada toma de control de RTVE, con su desembarco de directivos y profesionales procedentes de Telemadrid (¿quién nos lo iba a decir?), o la nueva ley de Costas de su ministro Cañete, que coquetea peligrosamente con el hiper-desarrollo inmobiliario que ha destruido gran parte de nuestro litoral y que finalmente, tras su colapso, ha sido causa determinante de la profunda crisis económica actual. También he de mencionar los tremendos recortes impuestos a nuestros centros de investigación científica (¡qué medida tan perjudicial para el futuro del país!), la fuerte subida del IVA en el cine y los espectáculos teatrales, el escaso apoyo efectivo a la cultura y el deporte (no así al mundillo taurino, por el que los suyos sienten tanta predilección), su decidida apuesta por la privatización de servicios públicos esenciales, etcétera. En otro orden de cosas, tampoco parece que les quite el sueño nuestra excesiva dependencia energética, como lo demuestran las severas restricciones impuestas a la producción de energía eléctrica procedente del Sol. Decididamente, ustedes desprecian con sus acciones la cultura, la educación, la ciencia, la investigación y el desarrollo. Deprimente.

          Para terminar, me gustaría transmitirle algunas apreciaciones sobre su persona y su particular estilo de ejercer el gobierno, señor Rajoy. Tengo que decirle que usted no se distingue precisamente por su valentía. Desde el principio mismo de su mandato, se ha refugiado casi siempre tras sus ministros, su vicepresidenta … y sus silencios. Quienes defienden su forma de proceder, argumentan que así se preserva la figura del presidente y se evita que se queme demasiado pronto (pobrecito). Lo que ocurre es que usted, con tal de no desgastarse, lleva su táctica de ocultamiento hasta el extremo. Cuando no hay forma alguna de evitar su comparecencia ante los medios, usted acostumbra ya a imponer el formato de “no hay preguntas”, o bien habla tras una pantalla de plasma, algo inaudito, como cuando se refirió por primera vez al caso Bárcenas (por cierto, entonces negó todo, pero no aclaró nada; pero descuide, voy a dejar a un lado este enojoso asunto, en el que su partido está saliendo tan mal parado). Lo que está claro es que usted tiene pánico a las preguntas incómodas y a salirse un milímetro del guión previamente trazado. Usted sabe que su política, muy alejada e incluso contradictoria con respecto a su programa inicial, está causando mucho sufrimiento a la sociedad española y genera constantemente muchas cuestiones, pero hace todo lo posible por no dar la cara. No sé si es consciente de lo que defrauda a la opinión pública tener un presidente que actúa de este modo tan esquivo. A todo esto habría que añadir otro rasgo preocupante de su conducta, y es que a menudo da la sensación de negar los problemas y mirar siempre hacia otro lado, como esperando que las dificultades se resuelvan por sí solas. La candente cuestión catalana es un ejemplo muy claro de lo que estoy diciendo.

          Señor Rajoy, usted ha hecho bueno a su antecesor, Jose Luis Rodríguez Zapatero. Que quede claro que yo, personalmente, no volvería a votar a éste último, dado que cometió muchos errores y no estuvo a la altura de lo que se le exigía tras el estallido de la crisis. Pese a ello, el señor Zapatero le gana a usted por goleada en varios aspectos: educación y respeto hacia el contrario, sinceridad, coraje para admitir sus propias equivocaciones, y valentía para comparecer ante la opinión pública las veces que hizo falta. Usted, que tanto abusó del insulto al anterior presidente, acusándole una y otra vez y sin fundamento de mentir a los españoles (una acusación demasiado grave y gratuita), ha demostrado ser el paradigma del embuste, contradiciéndose demasiadas veces sobre lo que había prometido o declarado con anterioridad. Tan es así que la opinión pública le ha tomado bien la medida y, cuando usted afirma algo, se interpreta como justamente lo contrario. Su palabra carece de valor.

          Acabo ya. El pueblo español no es idiota. Seguramente pecó de ingenuidad y falta de información cuando les otorgó a ustedes la mayoría absoluta. Pero confío en que no se dejará engañar la próxima vez. Ya está comprobando en sus propias carnes que los errores se pagan muy caros. También quiero manifestarle que, tarde o temprano, España saldrá de esta maldita crisis, pero desde luego ello no será por la “ayuda” que le está prestando su gobierno, señor Rajoy, sino por el propio empuje, la vitalidad, la imaginación y la formación de sus gentes, que por fortuna van por delante de usted y su equipo.

          Que pase usted un buen día. ¡Ah!, y no se estrese demasiado, que es malo. ¡Qué le voy a decir que usted no sepa!

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