Archive for 29 octubre 2012

CRÍTICA RAZONADA A UN OPTIMISTA POCO REFLEXIVO

          Leo en la web del diario “El Mundo” (sábado 27.10.12) una entrevista a Leopoldo Abadía, con ocasión de la presentación de su último libro, que lleva por título “El economista esperanzado“. Vaya por delante que me extraña el nombre de esta última obra pues, que yo sepa, este señor no es exactamente economista de formación académica, sino ingeniero industrial, si bien es cierto que ha ejercido de profesor del IESE durante muchos años, aparte de dedicarse a la consultoría de empresas. En todo caso, podríamos considerarle algo así como un “asimilado” a la economía o adminstración de empresas, pero no economista stricto sensu. En segundo lugar, no puedo ocultar mi desconfianza hacia una persona que, por lo que parece, ha demostrado ser especialmente hábil al aprovecharse de la crisis económica que padecemos desde hace ya 5 años para sacar al mercado una serie de libritos de bastante éxito editorial, pero de dudosa profundidad didáctica, y darse a conocer en los medios como una especie de “gurú” simpático y desenfadado que desmenuza los problemas con excesiva superficialidad. Leí con interés su primer libro, el de la “Economía ninja“, pero pronto me di perfecta cuenta de que no proponía nada nuevo ni original para ayudar a la gente o al propio país a superar sus problemas y salir adelante.

          En las líneas que siguen, me propongo analizar con cierto detalle el contenido de su entrevista, comentando los aspectos que más me han llamado la atención de la misma. Prometo no alargarme mucho para no cansar al lector, aunque ya le puedo anticipar que la citada entrevista no tiene desperdicio.

1. El señor Abadía se declara firme defensor de la actual política alemana, y va aún más lejos, al asegurar que a la señora Merkel ¡¡habría que canonizarla en vida!! Pues empezamos bien, don Leopoldo. Bromas aparte, lo que está haciendo la canciller Merkel no es sino defender los intereses de las finanzas alemanas por encima de todo, imponiendo a los países del sur una receta severísima de austeridad en un periodo de tiempo demasiado corto, con el agravante de que países como España carecen de un sector productivo lo suficientemente vigoroso como para contrarrestar los efectos de los durísimos recortes a que nos obligan desde Europa.

2. Al referirse al posible rescate de España por parte de la UE, el señor Abadía se contradice francamente, como él mismo reconoce. En el libro lo apoya, pero ahora dice que ojalá no nos rescaten. Bueno, a eso lo llamo yo tener las ideas claras. Continuando con el tema, dice que le parece que el señor Rajoy está haciéndolo bien, en su papel de “gallego”, esperando a ver si las reformas empiezan en algún momento a notarse y si los inversores comienzan a fiarse más de su Gobierno. Pues yo digo que mal vamos, si nos limitamos a esperar a ver si la situación mejora. El señor Abadía tiene la impresión de que vamos por el buen camino. Pues a mí, desde luego, no me valen las impresiones meramente subjetivas, sino las certezas derivadas de un pensamiento racional y basado en realidades.

3. Reconoce que los bancos lo han hecho muy mal y que son los culpables de la situación. En eso le doy toda la razón al señor Abadía. Lo que pasa es que él se queda en esa afirmación. ¿Qué pasa con la responsabilidad que habría que exigir a los gestores del sistema financiero? ¿Qué está pasando con Bankia? ¿Estaban justificados los salarios estratosféricos de presidentes, consejeros delegados y directores generales del sector financiero, que actuaron durante los años de la burbuja con semejante irresponsabilidad? El señor Abadía se refiere más adelante a la obsesión de los bancos por los objetivos y a la enorme presión que ejercen sobre los directores de oficinas, que se ven obligados a mentir, según sus propias palabras. No puedo estar más de acuerdo, pero es que los bancos siguen actuando de la misma manera, ¿sabe usted?, tanto en este aspecto como en todos los demás, menos en uno sólo: el de conceder préstamos.

4. Dice el señor Abadía que NO nos hemos vuelto más pobres, sino que antes éramos pobres apalancados (es decir, que vivíamos a crédito). En contra de su opinión, debo recordarle que sí es cierto que nos estamos volviendo más y más pobres, sobre todo desde que el señor Rajoy está en el Gobierno, aunque quizás el entrevistado aún no se haya percatado de ello. ¿Acaso no somos más pobres con las subidas del IRPF, del IVA, de los transportes, de las universidades, de la factura de la luz y de tantas y tantas cosas? ¿Realmente no somos más pobres con un desempleo que no para de aumentar, y con unos sueldos que no cesan de disminuir? ¿En qué mundo feliz vive usted, don Leopoldo?

5. Insiste el señor Abadía en una idea recurrente, en la de que se nos fue la cabeza a todos y vivimos por encima de nuestras posibilidades. Esto no me parece en absoluto acertado, es tan sólo una verdad muy parcial, y puede resultar además especialmente ofensivo e insultante para muchísima gente que ha perdido trabajo, casa y bienestar básico, no precisamente por su culpa, sino por la codicia de unos cuantos banqueros y empresarios sin escrúpulos del sector inmobiliario, y también por la incompetencia de muchos políticos. En el mismo párrafo, el señor Abadía dice textualmente: Tampoco pasa nada. Exagerando mucho, el único problema de España es el desempleo. ¡¡El único problema!! ¿Le parece poco? La frivolidad con que aborda el problema el señor Abadía me parece incluso obscena.

6. Más adelante, el entrevistado muestra su confianza plena en que, una vez saneados los bancos con la creación del “banco malo”, para que éste se lleve toda la porquería (aunque no se sabe a qué precio ni quiénes lo pagarán), estará todo arreglado. Me parece una simplificación intolerable porque, si bien es cierto que el saneamiento del sector financiero es imprescindible para la recuperación de la economía, no es menos cierto que un sector tan importante como ha sido el inmobiliario en España nunca va a volver a los niveles de actividad anteriores (a no ser, claro, que nos precipitemos otra vez a una nueva e indeseable burbuja). Con ello quiero decir que existe una importante bolsa de parados (entre 2 y 3 millones de personas) provenientes de este sector que, en su gran mayoría, no parece que vayan a ocuparse en su antigua actividad.

7. Asegura el señor Abadía que el capitalismo es perfectamente correcto. Según sus propias palabras, lo ve en su calle, a la que llama Capitalism Street, donde muchos se juegan todo su capital en tiendas y bares, en proporción más que Botín, y crean empleo. Este señor se debe creer que está en el Monopoly y adopta una postura buenista e ingenua. Yo le recordaría, y siento ser un pelín desagradable, que muchos capitalistas, además de jugarse su capital, también trampean, juegan sucio, eluden impuestos, sobornan y destruyen empleo. No todos son buenos, como en su calle, señor Abadía, que casi parece sacada de un cuento infantil. Me imagino que usted creerá a pies juntillas en ese mito de la mano invisible, creado por los antiguos economistas clásicos ingleses, que tiende a equilibrarlo todo como por arte de magia, sin necesidad de que el “perverso” Estado intervenga para nada.

8. El señor Abadía equipara la economía de los estados a la de las familias y desacredita a los que, por motivos ideológicos en los que no entra, afirman lo contrario, aunque sean premios Nobel. Bueno, yo le diría que los estados son algo bastante más complejo que una familia, aunque tenga 12 hijos, como la suya. También disponen de más recursos y posibilidades de acción. El endeudamiento público y el déficit son herramientas que, sabiamente dosificadas y con arreglo a determinados límites, se utilizan normalmente por la mayoría de los estados del mundo. El problema, claro es, viene cuando los desequilibrios traspasan ciertos límites cuantitativos y/o temporales.

9. Dice el entrevistado: Si tuviéramos una país con 47 millones de personas con criterio (o sea, que se administrasen bien), seríamos riquísimos. ¡Hombre, es posible! Pero, antes de intentar “reeducar” y disciplinar a los 47 millones de españoles, ¿no le parece que sería más adecuado exigir más criterio al Gobierno, a las CC.AA., a los ayuntamientos, a las entidades de crédito, al Banco de España, etc., etc.? Vuelve a aparecer la idea subyacente en la mente de don Leopoldo de que todos los ciudadanos somos culpables y responsables de la crisis.

10. El señor Abadía da por supuesta la honradez de todos los políticos, de la misma manera que se supone que todos los jugadores del Real Madrid tienen que saber jugar al fútbol. Es un punto de vista demasiado ingenuo, puesto que la realidad nos está demostrando lo contrario en demasiados casos. Hay muchos corruptos y muchos sinvergüenzas (Gürtel, caso Palma Arena, ERE’s fraudulentos…) y, por encima de todo, señor Abadía, hay muchísima mentira. Sin ir más lejos, el Partido Popular ha llegado al poder engañando como bellacos a más de media España, cuando tanto alardeaban de que con ellos llegaría la confianza, la recuperación y el empleo.

11. Al final de la entrevista, Leopoldo Abadía menciona el tema de las autonomías y se muestra firmemente partidario de reexaminarlas y modificarlas, incluso a costa de despedir a todos los que sobren. Mire usted, entiendo que es imprescindible buscar la austeridad, en el sentido de evitar el despilfarro, reducir gastos generales, eliminar duplicidades, etc., pero despedir gente debería ser lo último de lo último, más que nada porque se trata de personas y de familias, que se han ganado su derecho a vivir dignamente, a menudo después de una dura oposición y de muchos esfuerzos personales. Dice el señor Abadía: Prefiero pagar el subsidio de desempleo un tiempo antes que pagar un sueldo falso toda la vida. De cara a Europa, si les dices “he echado a éstos, éstos y éstos por eso”, aunque suba la tasa de desempleo, te baja la prima de riesgo. Ante semejante frivolidad y falta de humanidad, sólo quisiera preguntarle si tendría el mismo coraje de hacer estas mismas afirmaciones en persona a los colectivos de funcionarios e interinos afectados por los recortes actuales o futuros.

          Don Leopoldo, para finalizar esta crítica del modo más constructivo posible, yo le aconsejaría que no frivolice más con temas tan serios, se vaya de una vez a disfrutar de su retiro dorado en “San Quirico”, y deje los asuntos económicos, la macroeconomía de verdad, en manos de personas más preparadas y más responsables.

          Le envió mi más atento saludo.

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NUESTRA RENFE, EN PELIGRO

 

          A finales del pasado mes de septiembre, la ministra de Fomento, Ana Mª Pastor, presentó el nuevo Plan de Infraestructuras, Transporte y Vivienda (PITVI), el cual contempla una serie de medidas liberalizadoras de gran calado para nuestro ferrocarril. Muy resumidamente, se prevé la división de Renfe Operadora ¡en cuatro sociedades distintas!, el desdoble de Adif (Administrador de Infraestructuras Ferroviarias) en otras dos sociedades, así como la desaparición formal de Feve (Ferrocarriles de Vía Estrecha), que se integraría en las dos empresas anteriores, antes de la división de ambas.  Las cuatro sociedades en que se dividiría Renfe seguirían siendo públicas al 100% en un primer momento, pero de lo que se trata es de abrir el mercado de viajeros por tren a la competencia privada, por lo que no es muy difícil deducir el más que posible destino de tales empresas: su privatización. A esto me referiré después algo más detalladamente.

          En la presentación de sus planes, la ministra Pastor hizo especial hincapié en la infrautilización de muchos servicios ferroviarios (líneas, estaciones, trenes) y en los déficits actuales de Adif y Renfe (206 y 100 millones de euros respectivamente en 2011, según mis informaciones), lo que me induce a pensar que tiene en mente cierres de líneas y supresión de servicios, bajo el eufemístico concepto de “racionalización”, en lugar de practicar medidas tendentes a estimular el transporte por ferrocarril, fundamentalmente el de mercancías, por ser éste mucho más sensato, eficiente desde el punto de vista energético, y ecológico que el efectuado por carretera. En otras palabras, el ministerio de Fomento está preparando el terreno para que, una vez establecida la supuesta ineficiencia del modelo ferroviario presente, las futuras “micro-Renfes” en que se divida el operador ferroviario actual sean fácilmente digeribles por el capital privado, el cual, según la peculiar visión económica y empresarial de los hombres y mujeres del PP, está “mejor dotado” para obtener unas mayores eficacia y rentabilidad. Este pensamiento encierra una gran falacia, como intenté dejar patente en mi artículo Desmontando tópicos: lo público y lo privado, publicado en este mismo blog el 09.06.11.

          Pero antes de explicar mis conclusiones, hagamos un poco de historia, exponiendo brevemente la situación ferroviaria en la etapa inmediatamente anterior a aquella en que nos encontramos. Ya en el último gobierno de Aznar, siendo ministro de Fomento Alvarez Cascos, la antigua RENFE (creada en 1941) se desgajó en dos grandes entidades: Renfe Operadora, que se encargaría de la pura explotación comercial de los servicios de mercancías y de viajeros, manteniendo la propiedad de los trenes, y Adif (inicialmente GIF), que se ocuparía del mantenimiento de la infraestructura (vías, instalaciones y estaciones, que pasarían a formar parte de su patrimonio) y de la construcción de nuevas líneas; en una palabra, se encargaría de lo que podríamos llamar capital fijo o inmovilizado, pasando a cobrar a Renfe Operadora diversos cánones por la utilización y el tráfico, tanto en líneas como en estaciones y otras instalaciones fijas (apartaderos, estaciones de clasificación, etc.). Todo esto era, y sigue siendo, muy lógico, por cuanto se trataba de separar la gestión o explotación netamente comercial del costoso mantenimiento y la titularidad del inmenso patrimonio ferroviario existente en nuestro país, a fin de no desvirtuar la cuenta de explotación derivada del estricto tráfico ferroviario. Esto es muy parecido a la separación existente entre la gestión de las líneas aéreas y la gestión de los aeropuertos. Algo, pues, perfectamente racional y comprensible por todos.

          Asimismo, en la etapa de Rodríguez Zapatero, estaba contemplada también una progresiva liberalización del tráfico ferroviario. De hecho, desde enero de 2005 ya se abrió a las empresas privadas la posibilidad de llevar a cabo servicios de transporte de mercancías por ferrocarril, actividad que se ha venido desarrollando con normalidad desde entonces, en coexistencia con los servicios prestados por Renfe Operadora. Y, en relación con los servicios de viajeros, estaba prevista también en una fecha próxima la apertura de la red ferroviaria a operadores privados, que comenzarían a competir con la propia Renfe Operadora en determinados trayectos a convenir, pero manteniendo siempre la titularidad pública del actual operador ferroviario, aspecto éste que nunca se puso en cuestión. Simplemente, se actuaba de acuerdo con la tendencia que se había aprobado y comenzado a desarrollar en el conjunto de la Unión Europea.

          Sin embargo, lo que se pretende aprobar ahora, posiblemente durante la primavera de 2013, es un paso más que pone en serio peligro la existencia futura de Renfe Operadora, como prestadora de servicios públicos en el ferrocarril español. El “troceamiento” de la empresa actual en cuatro sociedades (viajeros, mercancías, mantenimiento y alquiler de material) no tiene ninguna lógica desde el punto de vista de la gestión y la eficiencia empresarial. Al dividirse, habrá más y mayores dificultades de coordinación interna, se incrementará la burocracia, unas empresas facturarán a otras por sus servicios, otras pagarán o se endeudarán con las demás, habrá conflictos de intereses, disputas de competencias, controles más complejos, todo ello en detrimento de la agilidad en la gestión y la toma de decisiones que se dan cuando se trata de una sola entidad. Naturalmente, todos estos problemas se intentarán minimizar u ocultar por parte del Gobierno y del Ministerio de Fomento, porque el fin último de todo este absurdo proceso no puede ser otro que el de facilitar su futura privatización, como apuntaba yo al principio y sospecha el propio personal de la empresa, con toda la razón del mundo. Hay que considerar el gran tamaño de la empresa, sobre todo desde el punto de vista patrimonial. En tales circunstancias, sería casi imposible para el capital privado pagar un justiprecio por semejante volumen de activos. Sin embargo, si se divide el operador ferroviario en cuatro partes, no cabe la menor duda de que se facilitaría la búsqueda de socios privados que se pudieran hacer cargo de las mismas. De cualquier manera, hay que temer que los actuales gestores políticos del PP puedan arbitrar fórmulas de pago ventajosas para cualquier sociedad privada interesada en comprar las sociedades resultantes, sin necesidad de que efectuase desembolsos de liquidez proporcionales al valor real de los activos adquiridos. No creo necesario explicar esto con más detalles, pues cualquiera lo puede entender.

          El ferrocarril español de vía ancha, que básicamente identificamos con RENFE desde hace más de 70 años, es patrimonio de todos los ciudadanos de este país. Ha ido evolucionando progresivamente a lo largo de todas estas décadas, adaptándose a los tiempos y mejorando sus servicios y prestaciones de forma muy significativa. A partir de 1992, con la inauguración de la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla, ha dado un salto cualitativo gigantesco, y hoy día  los españoles contamos con una de las mejores redes ferroviarias del mundo. Quizás, quizás, todo hay que decirlo, se ha corrido demasiado deprisa y se han invertido demasiados miles de millones en muy poco tiempo, cuando todas las capitales de provincia suspiraban por disponer de una estación de AVE, como si de un nuevo Eldorado se tratase. Pero la realidad está ahí, y nos pertenece a todos. No creo que debamos permanecer impasibles ante los nuevos cambios que pretende la actual administración del señor Rajoy. La privatización no es la solución y, al igual que tenemos que luchar por mantener una educación, una sanidad y unos servicios sociales de calidad, hemos de intentar por todos los medios mantener nuestro importante patrimonio ferroviario bajo gestión pública, a fin de asegurar su integridad y su carácter de servicio público. No caigamos en el mismo error colosal que perpetró el gobierno de la señora Thatcher en el Reino Unido en los años ochenta, con todas las nefastas consecuencias bien conocidas por los usuarios de los trenes británicos.

Estación Puerta de Atocha (Madrid). Pasado y presente del ferrocarril.
(Foto del autor del blog)

PROGRAMADOS PARA LA RIÑA

            Miércoles, día 10 de octubre de 2012. Madrid, Congreso de los Diputados. Tiene lugar una sesión de control al Gobierno. La portavoz del grupo socialista, Soraya Rodríguez, pregunta al Gobierno si no se sienten responsables del grave empeoramiento de nuestras perspectivas económicas, a juzgar por las últimas previsiones del FMI sobre la evolución de nuestro PIB, al que se atribuye una caída del 1.3% para 2013, lo cual arroja de hecho un jarro de agua fría sobre la credibilidad del proyecto de presupuestos que acaba de presentar el propio Gobierno. Respuesta de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría:

            – “Dice usted si este Gobierno se siente responsable. ¿Y el suyo, señoría?”- Justo a continuación, la vicepresidenta se lanza a un ataque contra las políticas practicadas por el gobierno de Jose Luis Rodríguez Zapatero, tildándolas de puro despilfarro, para finalizar espetando a la portavoz socialista que ellos (el PSOE) no tienen legitimidad para reclamar aquello que recortaron, refiriéndose al mantenimiento del poder adquisitivo de las pensiones.

            En resumen, a una pregunta -incómoda, pero justa y razonable- de la oposición, la señora Sáenz de Santamaría no sólo no responde, a lo que estaba obligada ante la Cámara, sino que despliega un ataque furibundo contra el gobierno anterior y contra el grupo parlamentario que lo sustentaba. No conforme con eso, les niega además toda legitimidad (¡?) para reclamar que se mantengan ciertos derechos sociales, olvidando que el grupo que ahora ocupa los escaños de la oposición sigue representando a siete millones de españoles y que, por consiguiente, tiene todo el derecho del mundo para interpelar al Gobierno en todos los asuntos de interés general sobre los que considere necesario preguntar.

            No voy ahora a entrar en cuestiones económicas o técnicas sobre los presupuestos, ni sobre las previsiones del FMI, ni sobre la pésima situación de nuestra economía, ni sobre las pensiones. Lo que me interesa subrayar aquí es que la bronca continúa instalada en el Congreso. Las riñas, las invectivas, las descalificaciones y los reproches siguen siendo lo más característico de nuestras sesiones parlamentarias. No hay debate propiamente dicho, ni se esgrimen datos ni argumentos más o menos bien construidos y razonados. Se pregunta por algo y, a cambio, se recibe un insulto por toda respuesta. Donde debiera haber un debate de cierta altura, sólo nos topamos con una riña propia de un patio de colegio, como ya hemos comprobado hasta la náusea una y otra vez.

            ¿Para esto elegimos los españoles a nuestros más altos representantes políticos? ¿Cómo es posible que éstos se escandalicen ante un hecho tan constatable como la gran desafección de los ciudadanos hacia nuestra clase política en general? ¡Si nos lo están sirviendo en bandeja cada día! Cuando discuten entre sí, o bien cuando hacen declaraciones ante los medios, se tratan unos a otros como enemigos, sin ahorrar esfuerzos para ridiculizar al contrario. El espectáculo es desalentador y deprimente. Y, por desgracia, los propios medios contribuyen muy a menudo a proyectar sobre la ciudadanía esta triste imagen de confrontación continuada.

            Hay que decir alto y claro que estamos hartos de este maldito juego. En un momento tan sumamente crítico como el actual, es imprescindible un entendimiento y un gran pacto de Estado entre todas las fuerzas políticas, y no me refiero sólo al PP y al PSOE, con el fin de sentar las bases de una estabilidad y un crecimiento sostenido y sostenible, que evite seguir profundizando en esta gravísima recesión. Está en juego nada menos que nuestro futuro y nuestra supervivencia como sociedad. Exigimos respeto, leal colaboración y soluciones. ¿Es mucho pedir?