Archive for 29 marzo 2014

DÉFICIT PÚBLICO. SR. MONTORO, A VER ESAS CUENTAS

Cristóbal Montoro sonriente

          Ayer viernes (¡por fin!), el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro daba a conocer las cifras del déficit público del Estado español en 2013. Personalmente, me llama mucho la atención que hayan tenido que transcurrir 3 meses desde final de año para que se pueda conocer en público esta información. Recuerdo muy bien que, cuando se produjo el cambio de Gobierno a finales de diciembre de 2011, con el gabinete de Rodríguez Zapatero como saliente, pasaron muy pocos días para que este mismo señor Montoro, entonces flamante nuevo ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, comenzase a rasgarse las vestiduras (es una metáfora) y a proclamar a los cuatro vientos que el objetivo de déficit entonces impuesto por la Unión Europea para aquel año 2011 iba a ser ampliamente rebasado por la realidad. Me parece que las estadísticas de la contabilidad nacional estaban entonces mucho más adelantadas que ahora, lo que sirvió al nuevo equipo de Gobierno del PP para censurar y desprestigiar al ejecutivo socialista anterior, en un grado superlativo y a pocas semanas de asumir el poder. Habrá quien me diga que no sea tan mal pensado.

          Pero vayamos a los datos de ahora, los de 2013, cuando ya se han cumplido dos ejercicios completos de Gobierno del Partido Popular. El déficit público total (o sea, el desfase entre los gastos y los ingresos del Estado español) ha quedado algo por encima de los 66.000 millones de euros, lo que supone un 6,6% sobre el PIB. Si incluyésemos las ayudas a la banca, la cifra se elevaría a un 7,1%. Por su parte, el objetivo último fijado por Bruselas era del 6,5%, con lo que el dato real “sólo” lo ha sobrepasado en una décima. Hay que recordar, sin embargo, que el objetivo se suavizó en gran medida en abril de 2013, pues anteriormente estaba fijado en un 4,5% (lo que, se mire como se mire, era absolutamente irreal e inalcanzable). Echemos un vistazo a este pequeño cuadro comparativo:

[Datos en % sobre el PIB]          2011 (Gob.Zapatero)     2012 (Gob. Rajoy)     2013 (Idem)

Objetivo                                                         6,0                                        6,3                                    6,5

Déficit (sin ayudas a Banca)            8,9                                        6,9                                    6,6

Déficit (con ayudas a Banca)          9,4                                      10,6                                   7,1

Lo primero que salta a la vista es que, en efecto, el año 2011 dejó una desviación considerable con respecto al objetivo establecido por la Unión Europea. Ahora bien, podríamos preguntarnos si las cifras de déficit público de los dos años siguientes realmente han mejorado de una manera sustancial. Tras el primer año de gestión del Gobierno de Mariano Rajoy, si bien se consiguió rebajar en 2 puntos el dato básico (6,9%), observamos que si incluimos las ayudas a la banca (muy considerables en aquel ejercicio), la cifra total de déficit público se disparó en realidad hasta un 10,6% sobre el PIB, significativamente peor que la del año anterior. Por otra parte, en 2013 el dato básico apenas si ha mejorado con respecto al año precedente (6,6 frente al 6,9 de 2012). Es decir, que se puede ver un cierto estancamiento en lo que a la evolución del déficit público se refiere, lo cual  resulta del todo sorprendente a juzgar por los enormes sacrificios que este Gobierno ha impuesto a la sociedad española, bajo la forma de incremento de la presión fiscal y de importantísimos recortes en las prestaciones sociales y servicios públicos. En otras palabras, ¿se justifica toda esta brutal política de austeridad impuesta desde principios de 2012 tan sólo para reducir poco más de 2 puntos las cifras del déficit, en relación con el último año en que gobernó el denostado Jose Luis Rodríguez Zapatero? ¿Realmente ha valido la pena?

          Hay que considerar también que Bruselas ha ido relajando paulatinamente  los objetivos de déficit público, acomodándolos a la realidad y, de paso, facilitándole las cosas al nuevo Gobierno. Mientras gobernaba Zapatero, la dureza de los objetivos era mucho mayor: 6% para 2011, 4,5% para 2012, y 3% para 2013: una carrera suicida en aras de la austeridad. En estos momentos, la meta del 3% se ha aplazado, por ahora, al año 2016.

               Tres observaciones finales, que intentaré resumir al máximo. Primero, en este año 2013 que acaba de terminar, la Administración Central (es decir, el propio Gobierno de la nación) ha sido la parte más incumplidora del déficit, al finalizar con un 4,5% de desfase entre gastos e ingresos, cuando su objetivo era el 3,8%. Por su  parte, la Seguridad Social y las Comunidades Autónomas han hecho sus deberes bastante mejor: un 1% y un 1,5%, respectivamente. Y los ayuntamientos incluso han terminado en conjunto con un pequeño superávit. ¡Ay, ay, señor Montoro!, dígame de qué presume y le diré de lo que carece.

               Segundo, el PIB español no ha dejado de empeorar en estos dos últimos años. Véase la evolución:

2011……………..1.046 miles de millones €

2012……………..1.029     ”                    ”

2013……………..1.005     ”                    ”              (cifra aproximada)

Ahora se nos está asegurando que en 2014 volveremos a crecer, en torno a un 1% o poco más. En fin, ojalá sea así pero, aun siendo optimistas, todavía quedaríamos por debajo de la cifra alcanzada en 2011. Ya veremos.

          Y tercero, el otro gran indicador que mide el endeudamiento del Estado con el exterior, la deuda pública externa, ha experimentado un crecimiento bastante preocupante a lo largo del período analizado:

2011……….0,635 billones de € (60,7% sobre el PIB)

2012……….0,844 billones de € (82,0% sobre el PIB)

2013……….0,940 billones de € (94,0% sobre el PIB)

          Señor ministro Montoro, ¿de verdad hay motivos para vanagloriarse y mostrarse tan satisfechos? Sinceramente, ¿cree usted que, con estas cuentas, nos encontramos mucho mejor que hace 3 años? Tengo serios motivos para ponerlo en duda.

          Hay una cosa cierta en todo este proceso, y es que con el tiempo los criterios se difuminan e incluso se vuelven del revés. Lo que antes era blanco ahora es gris, o incluso negro. Hace dos años, el cumplir o no con los sacrosantos objetivos de déficit era algo de la máxima relevancia y constituía la vara de medir por excelencia a la hora de enjuiciar la gestión económica de un Gobierno. Ahora, las cosas ya no son tan así, por decirlo coloquialmente. Los datos fríos siguen siendo objetivamente malos pero, bueno, pasamos un poco de puntillas sobre ellos. Lo importante es recalcar, de palabra, eso sí, que hemos acabado con los desequilibrios (!!??) y que estamos francamente en el camino de la recuperación. Amén.

 

 

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SUÁREZ, QUE NO NOS ROBEN SU FIGURA

Adolfo Suárez

          Tras la rueda de prensa dada el pasado viernes por el hijo del ex-presidente Adolfo Suárez, en la que anunciaba el casi inminente fallecimiento de su padre, cuyo precario estado de salud se había agravado a lo largo de los últimos días, la figura extraordinaria del que fuera primer presidente de nuestra democracia ha pasado de repente al primer plano de nuestra actualidad. Hay que tener en cuenta que, incluso desde mucho antes de que se hiciese público su padecimiento de la terrible enfermedad de Alzheimer, hace unos 11 o 12 años, Adolfo Suárez González era un personaje olvidado (injustamente olvidado) y retirado de cualquier tipo de actividad pública en España.

          No hace ninguna falta recordar que Adolfo Suárez fue un hombre absolutamente clave en el milagro de la transición política española, posibilitando algo que parecía imposible: pasar de un régimen autoritario y dictatorial, nacido tras el golpe de Estado militar del 18 de julio de 1936, a un sistema democrático y parlamentario, capaz de devolver al pueblo español todas las libertades cívicas que le habían sido sustraídas durante cuarenta largos años. Era un hombre del antiguo régimen, por supuesto, nada menos que antiguo ministro secretario general del Movimiento, pero también era un hombre noble, bienintencionado, valiente, y con un espíritu abierto y profundamente conciliador, y probablemente uno de los únicos capaces de llevar a buen puerto una tarea tan extremadamente difícil. El Rey se fijó en él, y justo es reconocer que tuvo muy buen tino a la hora de elegir al hombre que se encargaría de ejecutar la profunda reforma política que precisaba nuestro país. No es mi propósito relacionar y comentar todos los pasos que se dieron desde su primer nombramiento como presidente del Gobierno hasta la aprobación de la Constitución de 1978, pero sí quiero resaltar el gigantesco mérito de este hombre bueno, inteligente y generoso, que superó tensiones gravísimas entre adictos al antiguo régimen y un sinfín de fuerzas políticas renovadoras que pugnaban por abrirse paso en la escena política. Al final, se logró el milagro de llevar a cabo una transición por la que antes casi nadie daba un duro.

           Volviendo al hilo de lo que escribía en el primer párrafo, tras el triste mensaje dado por Adolfo Suárez Illana, hijo del ex-presidente, se han multiplicado las reacciones públicas en torno a su figura. Por una parte, tiene su lógica y resulta comprensible. Pero lo que me parece intolerable son los intentos, que ya se están notando en el partido que ostenta ahora el poder, por reivindicar su persona y su obra. En efecto, durante una reunión del Partido Popular de Madrid, varios dirigentes ya han mostrado su intención de homenajear y rendir tributo a Adolfo Suárez, exclusivamente desde la óptica de su partido. Y esto, hay que decirlo alto y claro, me parece de una ruindad supina.

          Recordemos que Adolfo Suárez fue una figura política excepcional, que no puede ser patrimonio de nadie, y que, cuando logró que se aprobase su ley de Reforma Política, por la que se legalizaban los partidos políticos, fundó la Unión de Centro Democrático, una fuerza política con vocación de centro, alejada intencionadamente del neofranquismo representado por la Alianza Popular de Manuel Fraga, que luego cambiaría su nombre por el de Partido Popular. UCD no duró mucho, y ya antes del golpe de Estado del 23.02.1981 había naufragado en la práctica con la dimisión del propio Adolfo Suárez, debido a las tensiones internas y a lo variopinto de las familias políticas que integraban aquel partido. Después, Suárez intentaría, sin éxito, recomponer su idea de un partido de centro (el CDS), más o menos equidistante de la derecha conservadora de AP y del socialismo representado por el PSOE. Pero lamentablemente, su idea no prosperó y quedó fagocitada por las formaciones políticas adyacentes.

          Por lo anteriormente dicho, me parece insultante que hombres y mujeres del PP intenten ahora apropiarse de la figura excelsa de Adolfo Suárez, considerándolo como alguien suyo, que hubiese compartido sus ideas políticas, su talante y su visión de España. Esta postura es mezquina, y es deber de todo ciudadano de bien denunciar cualquier maniobra reivindicativa por parte de la derecha reaccionaria que se coloca tras el símbolo de la gaviota (¡pobre animal, cuya imagen también ha sido robada por quienes de populares no tienen  más que el nombre!). Digámoslo claro: Adolfo Suárez fue odiado sin tapujos por la derecha de este país, esa misma derecha que ahora mora en la madrileña calle Génova, porque abrió España a todas las corrientes políticas de centro y de izquierda y, por tanto, puso en peligro los ancestrales privilegios de esa oligarquía que tanto había medrado durante los largos años del franquismo.

          Hay que andarse con mucho cuidado. La derecha se apropia de símbolos e ideas, como la patria, la bandera, la verdadera realidad de la gente… También sustrae los recursos de los trabajadores y los más desfavorecidos, bajo la forma de mayores impuestos, salarios más precarios, recortes de servicios públicos… Ahora pretende robar la figura política de Adolfo Suárez González… Esta derecha española es ladrona por naturaleza y su ansia devoradora no tiene fin.

P.D.: A las pocas horas de redactar mi artículo, a mediodía de hoy domingo, día 23 de marzo, hemos conocido la triste noticia del fallecimiento de don Adolfo Suárez González. Descanse en paz este hombre valeroso, inteligente, generoso y excepcional. Su generación no le ha tratado bien, tras aquella obra maestra de la alta política que culminó entre los años 1976 y 1981. Pero, como ya ha dicho alguien ante las cámaras de TV, su categoría humana se hará mayor con el paso del tiempo y su ejemplo para las generaciones venideras será incontestable.

Un ciudadano español agradecido.

LAS FUENTES DEL NILO: LA GRAN AVENTURA DE BURTON Y SPEKE

Burton y Speke - the film

          El Nilo es un río extraordinario, y no sólo por su enorme longitud, de unos 6.750 km (de acuerdo con las últimas mediciones, lo que lo convierte en el más largo del mundo), sino por ser un auténtico milagro de la Naturaleza. Resulta asombroso que una caudalosa corriente de agua que nace en el corazón del Africa negra, en las orillas del gran lago Victoria, en Uganda, siga precisamente esa ruta casi invariable hacia el norte, atraviese extensos territorios de Uganda y Sudán del Sur, se disipe en un extensísimo e impracticable laberinto pantanoso (el Sudd), prosiga hasta Jartum, donde recibe las aguas de su último gran afluente, el Nilo Azul, se interne en los desiertos de Nubia y Libia y continúe fluyendo incansable por los secos territorios de Sudán del Norte y Egipto, aportando vida y verdor a su paso, hasta su desembocadura final en el Mediterráneo, entre Alejandría y Port Said. Un auténtico capricho de la Naturaleza que, entre otras cosas, posibilitó que hace más de 5.000 años naciera en las orillas de su curso bajo la civilización egipcia, que aún hoy nos sigue hechizando con su arte, su historia, su maravillosa arquitectura, su mitología y su misterioso lenguaje de jeroglíficos. Las aguas del gran río obraron el milagro, aportando una imprescindible fecundidad a las tierras que lo bordean.

          Pero el Nilo es también, o al menos lo ha sido hasta no hace mucho tiempo, un río misterioso. Durante cientos, miles de años, guardó celosamente el secreto de su origen. La ubicación exacta de las Fuentes del Nilo fue durante muchísimo tiempo una incógnita que absorbió la mente y la imaginación del hombre. Aparentemente, nadie había logrado descifrar el misterio y llegar hasta su nacimiento, documentándolo de manera fehaciente. Los grandes obstáculos naturales, como las famosas cataratas con las que se topaban quienes intentaban navegar corriente arriba desde el Alto Egipto, y la increíble longitud del poderoso río hacían siempre fracasar cualquier intento de expedición en busca de su origen. Hay que citar, no obstante, lo que pudiera interpretarse como el indicio de una excepción a lo que acabo de exponer. En efecto, el astrónomo y geógrafo griego Ptolomeo(siglo II d.C.) dejó un mapa del curso fluvial en el que aparecían dos grandes lagos en el interior del continente africano, de los que supuestamente nacía el Nilo, y en los que, a su vez, se vertían las aguas procedentes de las nieves fundidas que cubrían una alta cordillera, bautizada por él mismo con el nombre de montañas de la Luna. Diecisiete siglos después, se pudo confirmar la veracidad de dicho mapa, identificando los dos lagos como el Victoria y el Alberto, así como la misteriosa cordillera, que no es otra que la de Ruwenzori, entre Uganda y la R.D. del Congo. ¿Cómo pudo llegar a saber Ptolomeo estos datos, que el tiempo demostraría mucho después que eran reales? ¿Casualidad o certeza? ¿Hubo ya en la antigüedad una expedición que verificase la existencia de estos accidentes geográficos, orígenes del gran río? Esto aún constituye un misterio por descifrar.

Río Nilo - 2

        Con todo, hubo que esperar hasta la segunda mitad del siglo XIX para que un explorador británico comprobase de manera indiscutible el lugar exacto del nacimiento del misterioso río Nilo. Y con ello llegamos a la gran expedición de Richard F. Burton y John H. Speke, que intentaré resumir con la mayor concisión posible, a fin de mantener en todo momento la atención y el interés del lector. De cualquier modo, el relato de su viaje es absolutamente fascinante. Para mayor detalle, recomiendo acudir al estupendo libro de mi admirado escritor Javier Reverte, titulado “El sueño de Africa”, el primero de una serie de excelentes trabajos literarios sobre el continente africano, y que guardo en casa como un tesoro. También recomiendo la película “Las montañas de la Luna” (Mountains of the Moon), una interesantísima producción norteamericana de 1990, no muy conocida en España, dirigida por Bob Rafelson, que narra la aventura de ambos exploradores con bastante fidelidad. La fotografía que encabeza este artículo pertenece precisamente al mencionado film (en color, por supuesto).

          Richard Burton y John Speke compartían el hecho de haber sido oficiales del ejército británico y haber prestado servicio en la India. En todos los demás aspectos, eran dos personalidades completamente opuestas: extrovertido, culto, políglota, buen comunicador, carismático y gran escritor el primero, mientras que el segundo era mucho más reservado, apenas se manejaba en otro idioma que no fuera el suyo, carecía de dotes para la escritura, aunque dibujaba muy bien y, sobre todo, era un hombre extraordinariamente tenaz y escrupuloso a la hora de comprobar los hechos. Ambos, pese a todas sus diferencias, tenían en común el mismo sueño: hallar las enigmáticas fuentes del Nilo. Con el apoyo y la financiación de la Royal Geographical Society de Londres, se organizó la expedición, la cual partiría, por consejo y decisión del propio Burton, desde las costas africanas del Índico, frente a Zanzíbar, en lugar de seguir la ruta tradicional de remontar el propio curso del río desde Egipto. El 17.06.1857 y desde Bagamoyo (costa de Tanzania), en palabras del propio Javier Reverte, dio comienzo “uno de los viajes más ambiciosos de la Historia y una de las expediciones más románticas que ha emprendido el hombre”. Partieron con un numeroso grupo de porteadores, esclavos y soldados indígenas, en total más de 130 hombres, y se internaron hacia el oeste, siguiendo una ruta ya frecuentada por las caravanas árabes de esclavos. No obstante, el viaje fue lento, largo y muy penoso, por culpa de las numerosas deserciones, los robos, el cansancio y las enfermedades, que en varias ocasiones estuvieron a punto de acabar con sus vidas. Casi 5 meses despúes, en noviembre, llegaron a Tabora (más o menos en el centro de la actual Tanzania), un punto neurálgico del tráfico de esclavos y marfil, controlado por mercaderes árabes y situado a unos 700 kilómetros del punto de partida. Allí se detuvieron varias semanas, descansando y reponiéndose de sus heridas y enfermedades.

          A mediados de diciembre de 1857, reemprendieron el camino, adentrándose más en el interior de Africa, siempre hacia el oeste. De nuevo, los problemas de salud continuaron cebándose con ellos, hasta que un día, casi vencidos por el agotamiento y las infecciones, desde lo alto de una colina divisaron en la lejanía una franja plateada. Era el 14.02.1858, ocho meses después de su partida desde la costa del Índico, y se habían encontrado con el lago Tanganika. De inmediato, Richard Burton tuvo casi la certeza de que habían llegado al fin a su destino, dando por sentado que el río Nilo fluía desde aquel gran lago. Por su parte, John Speke, muy debilitado y momentáneamente casi ciego, debido a una grave infección ocular, no se mostró tan convencido, al menos hasta que no se explorase debidamente el contorno de aquella extensión de agua. Intentaron, pues, recorrerlo en canoa, siguiendo la línea costera oriental hacia el norte, pero por diversas dificultades y contratiempos, no pudieron finalizar su exploración. Los indígenas les habían informado de la existencia de un río en la parte septentrional del lago, pero advirtiendo que aquél vertía sus aguas en el lago, y no al revés. Este testimonio, sin embargo, no pareció importarle a Burton, quien cada vez se reafirmaba más en su tesis de hallarse ante el verdadero origen del Nilo. De cualquier modo, dado que se encontraban en muy malas condiciones y al borde de la extenuación, ambos acordaron dar por finalizado su viaje y emprender el regreso. En aquellos momentos, las relaciones personales entre ambos exploradores se habían deteriorado casi por completo, debido a lo opuesto de sus temperamentos y a su gran discrepancia de criterios.

          De vuelta a Tabora, donde descansaron de nuevo y repusieron fuerzas, oyeron hablar de otro gran lago, situado al norte de donde se encontraban, al que los indígenas de la región denominaban Nyanza (lago, en realidad). Speke, que estaba convencido de que el Tanganika no era lo que estaban buscando, se separó temporalmente de su compañero, que permaneció en Tabora, y emprendió una larga incursión en solitario que le llevó, por fin, a las orillas meridionales del nuevo lago, al que bautizó con el nombre de Victoria, en honor de la reina de Inglaterra. Aunque no tuvo tiempo ni medios para comprobarlo, enseguida tuvo el presentimiento de que aquella inmensa extensión de agua sí era el origen del Nilo. Volvió a Tabora a reunirse con Burton y, ya juntos, afrontaron la última etapa de su viaje de regreso, hasta Zanzíbar. Como bien describe Javier Reverte en su magnífico libro, “El sueño de Africa”, la compañía entre ambos era por estricta conveniencia, pues su relación era pésima. Nada más poner pie en la isla de Zanzíbar, a donde arribaron el 04.03.1859 (tras casi 2 años de vicisitudes por el interior de Africa), Speke se embarcó en solitario hacia Inglaterra. Cuando llegó a Londres, contraviniendo el acuerdo al que había llegado expresamente con su compañero de expedición, se puso de inmediato en contacto con la Royal Geographical Society, informando de sus viajes y conclusiones. Cuando Richard Burton desembarcó en la capital inglesa, unas dos semanas después, se encontró con la desagradable sorpresa de que Speke le había arrebatado todo el protagonismo y ya era considerado como el descubridor del Nilo. Corría el mes de mayo de 1859.

          De todas formas, y dado que todavía, y pese a todas las evidencias, no se había documentado y verificado el origen exacto del gran río africano, el propio John Speke consiguió organizar una segunda expedición un año después, esta vez con una mayor financiación de la R.G.S y con el apoyo expreso del Foreign Office. El descubrimiento del nacimiento del río y la determinación precisa de su curso completo habían adquirido un sentido estratégico, comercial y militar para el Imperio Británico, independientemente de su puro valor geográfico. En esta ocasión, Speke se hizo acompañar por otro oficial, el capitán James A. Grandt, asegurándose previamente de su fidelidad y de que en ningún momento le pudiera robar el protagonismo y el éxito de la expedición. Siguieron la misma ruta inicial del primer viaje pero, al llegar de nuevo a Tabora, se dirigieron expresamente hacia el norte, hasta alcanzar la costa meridional del lago Victoria. Speke iba ya a tiro hecho, con resuelta determinación. Bordearon el inmenso lago por su orilla occidental, hacia el norte, y en febrero de 1862 lograron ser recibidos por el poderoso rey (kabaka, en lengua nativa) Mutesa I, soberano de Buganda. En la corte de este monarca, Speke fue informado de lo que ya sospechaba, es decir, que no muy lejos de allí, un gran río fluía desde el lago  en dirección norte. Poco tiempo después, acompañados por guías, Speke y Grandt partieron de Buganda en busca de su ansiado objetivo. Antes de alcanzar su destino, Speke decidió mandar a Grandt hacia el norte, mientras él proseguía su búsqueda en solitario de las esquivas fuentes. Acordaron reunirse después, río abajo, como así sucedería varias semanas más tarde, pero estaba claro que el quería la gloria del descubrimiento para sí mismo, sin que nadie le hiciese sombra. Vivió un momento emocionante cuando en plena selva se topó con una poderosa corriente de agua, en la que pululaban hipopótamos, cocodrilos y diversa fauna salvaje: el río Nilo, ya sin lugar a dudas. Lo siguió curso arriba, hacia el sur, y unos días después, el 28 de julio de 1862, dio finalmente con el lugar exacto en el que el legendario y fabuloso río se desbordaba desde el mismo lago Victoria, por medio de un salto de agua de escasa altura. Bautizó el sitio como Ripon Falls (Cataratas Ripon), en honor de uno de los miembros más destacados y entusiastas de la R.G.S. Las fuentes del Nilo ya habían sido descubiertas por un explorador europeo de la Edad Contemporánea.

Murchison Falls, en el primer tramo del río Nilo, entre los lagos Victoria y Alberto (Uganda).

Murchison Falls, en el primer tramo del río Nilo, entre los lagos Victoria y Alberto (Uganda).

         En contra de lo que pudiera parecer, y a pesar del valiosísimo testimonio aportado por John H. Speke, el debate científico sobre el origen del Nilo no se cerró, sino que al regreso de éste a Londres renació una agria disputa en el seno de la R.G.S. Allí le esperaba su enemigo número uno, Richard Burton, quien, tras oir la descripción del segundo viaje y los nuevos descubrimientos de Speke, hizo todo lo posible por rebatir sus conclusiones, arrojando todo tipo de dudas acerca de su veracidad. Pese a estar profundamente equivocado, Burton era un consumado orador y polemista, y puso contra las cuerdas al bueno de Speke. Por desgracia, éste último, por una amarga ironía del destino, sufrió a los pocos días un desgraciado accidente con una escopeta de caza y murió, sin haber podido zanjar por completo la disputa con su antiguo compañero y ahora enemigo declarado. Aún tuvieron que transcurrir 13 años más hasta que otro mítico explorador  africano, Henry Morton Stanley (el protagonista de su famoso encuentro con Livingstone) explorase concienzudamente los lagos Tanganika y Victoria y certificara de manera definitiva el nacimiento del Nilo Blanco en la orilla septentrional del Victoria, en Ripon Falls, con lo que el descubrimiento de John H. Speke quedaba plenamente ratificado.

Nota complementaria:  El llamado Nilo Blanco, al que me he referido en todo este artículo, es la corriente con mayor longitud del conjunto de la cuenca nilótica y, por tanto, a la que se puede considerar con rigor el Nilo auténtico. De todas formas, como muchos sabrán, existe también el Nilo Azul, que se une al Nilo Blanco en Jartum (Sudán), aporta también un importante caudal y procede de las tierras altas de Etiopía, en concreto del lago Tana. Se da la circunstancia de que el descubrimiento de su propio origen, por parte de un europeo, se atribuye al jesuita español Pedro Páez (siglos XVI y XVII), que permaneció bastante tiempo en la corte de los reyes de Etiopía, dedicado a tareas de evangelización. Sus interesantísimas peripecias están también recogidas en otra obra de Javier Reverte, “Dios, el diablo y la aventura”.

Confluencia del Nilo Blanco (izquierda) con el Nilo Azul en Jartum (Sudán).

Confluencia del Nilo Blanco (izquierda) con el Nilo Azul en Jartum (Sudán).

 Mapa río Nilo