Archive for the ‘Política’ Category

EN TORNO A LA INMIGRACIÓN

 

          Vaya por delante que me tengo por una persona abierta, defensora a ultranza de lo público, crítica con el sistema actual, orientada a lo social y, en definitiva, de izquierdas. Creo haberlo demostrado suficientemente a través de múltiples artículos publicados en mi blog personal, así como por medio de mi actividad en Twitter. Sin embargo, hay una cuestión de gran importancia (vital, diría yo) para nuestra sociedad, en la cual discrepo abiertamente de lo que parece ser el pensamiento común de los partidos más progresistas, así como de las opiniones que vierten a diario los medios de comunicación más afines a la izquierda ideológica.

          Me refiero al problema de la inmigración. Se tiende a considerar siempre al inmigrante como una persona a proteger a toda costa (lo que dice mucho en favor del que así lo piensa, dicho sea de paso). Cuando llega por mar en condiciones de lo más precario, se procura su rescate por todos los medios posibles, se le facilita abrigo y alimento, se le atiende en el aspecto sanitario, y se presiona desde la opinión pública para que las autoridades y fuerzas del orden le permitan entrar en nuestro país, con o sin papeles en regla. Esto, desde un punto de vista objetivo y humanitario, puede resultar encomiable, muy especialmente en el caso de los refugiados de guerra (tenemos el ejemplo paradigmático de Siria, un país destruido y devastado por 7 largos años de guerra). Ahora bien, el problema reside en cómo gestionar el gran número de inmigrantes que desde hace ya bastantes años están penetrando de manera irregular en nuestras fronteras, particularmente los que arriban a nuestras costas de Andalucía y Canarias, que por otra parte no suele ser el caso de los ciudadanos sirios que escapan del horror de su país (éstos últimos suelen huir de su territorio a través de Turquía y Grecia, al otro lado del Mediterráneo). Sinceramente preocupado por este fenómeno, me he propuesto escribir y compartir algunas reflexiones, aún a riesgo de que lo que vaya a exponer se pueda considerar por muchos como “políticamente incorrecto”. Pero es cosa sabida que quien tiene el valor de opinar, se arriesga al juicio quizás negativo del que le escucha.

          Los ciudadanos norteafricanos y, también en gran medida, los procedentes del Sahel y del Africa central (Mali, Mauritania, Senegal, Burkina, Níger, las dos Guineas, Ghana, Nigeria, República Centroafricana, Camerún, Gabón y otros países que integran la inmensa región del golfo de Guinea) llevan ya muchos años intentando entrar en España y Europa en gran número, y este es un fenómeno que tiende a ir en aumento. Las razones son muy variadas, pero de lo que no cabe duda es de que éstas actúan conjuntamente: pobreza, falta de oportunidades, miseria, violencia, corrupción extrema, estados fallidos, y también una importante explosión demográfica, como la que afecta a la superpoblada Nigeria, así como a otras naciones de su entorno. Estaremos todos de acuerdo en que son razones muy poderosas para que uno se plantee muy seriamente emigrar en busca de una vida mejor. Es algo que no se pone en duda.

          Lo malo de la cuestión es que estas oleadas continuadas de inmigrantes, que como ya he señalado no tienen visos de detenerse ni de menguar, exceden nuestras capacidades de acogida e integración, y aún excederán más en el futuro. En 2017 se calcula que entraron ilegalmente por nuestras costas y a través de Ceuta y Melilla más de 27.000 inmigrantes, más del doble de los que lo hicieron en 2016 (unos 13.900); en 2015 penetraron casi 17.000; y en los últimos 11 años la cifra asciende a más de 140.000 personas, de acuerdo con las estadísticas facilitadas por el Ministerio del Interior.

          En primer lugar, lo más importante, no hay trabajo que ofrecerles. En España tenemos 3,8 millones de parados según las estadísticas oficiales (EPA 4º trimestre 2017), y se sabe que muchos desocupados reales ya no figuran en las cifras del paro, por ser de muy larga duración y no percibir ningún tipo de ayuda al desempleo, o bien por haber perdido por completo la esperanza de encontrar trabajo, en razón de su edad. Además, a nadie se le oculta que el trabajo humano se encuentra en recesión (no sólo en España, sino en todo el mundo desarrollado), por efecto de la automatización creciente de gran número de tareas y empleos. La robotización, que ya hace bastantes años hizo su aparición en las cadenas de montaje de las grandes factorías automovilísticas, ahora va un paso más allá en su grado de sofisticación y está comenzando a implementarse en un gran número de actividades empresariales y administrativas de todo tipo. ¿Cómo se van a ganar la vida todos los inmigrantes que nos llegan?, ¿de manteros?, ¿pidiendo limosna a las puertas de los supermercados? A la postre, la única salida posible que a muchos se les presenta es la de dedicarse indefinidamente a la mendicidad, cuando no a algo peor.

          Por otra parte, no nos olvidemos de que son muchos, la inmensa mayoría de ellos, los que entran sin documentación y de manera irregular. No hay un control adecuado. De muchos no se conoce el país de origen, ni su actividad anterior, ni siquiera su nombre auténtico. Existe la sospecha (esto se comenta en diversos foros) de que un cierto número de ellos procedan de las numerosas guerrillas que surgen en países que están en permanente conflicto tribal, cuando no en abierta, sangrienta y cruel guerra civil. ¿Se trata siempre de personas seguras, en quienes podamos confiar? No se sabe, y obviamente nadie puede aseverar a priori que estemos siempre ante personas estupendas, honradas, pacíficas y trabajadoras, aunque muchas de ellas sí lo sean realmente.

          También está el factor de la asistencia sanitaria. Nuestra Sanidad pública, a partir del año 2012, cuando subió al Gobierno el PP de Mariano Rajoy, comenzó a sufrir recortes muy serios en sus asignaciones presupuestarias, lo que para nuestra desgracia se ha traducido en menos medios humanos y materiales, en una peor calidad en el servicio y en un aumento en las listas de espera. Un exceso de pacientes procedentes del extranjero incrementa seriamente el peligro de colapso en nuestra red hospitalaria y asistencial; lo que es seguro es que supone una merma considerable en la hasta ahora buena calidad que venía ofreciendo nuestro sistema público de Salud. Los “mal pensados”, y en cierto modo me incluyo entre ellos, podrían incluso atribuir al Gobierno neoliberal del PP la siniestra intención de acelerar con todo ello el deterioro de nuestra Sanidad pública (cosa que no sería nada descartable, conociendo sus preferencias por la sanidad privada, que no se molestan en ocultar).

          Voy a ir terminando. No, amigos, el “buenismo” que impregna el modo habitual de encarar el fenómeno de la inmigración por parte de muchas personas (bienintencionadas, no lo niego), así como de medios informativos, grupos de opinión, y fuerzas políticas de la izquierda, no debe impedirnos ver la realidad tal como es. Y la realidad, tanto actual como futura, no es agradable ni complaciente; ante los desafíos que nos presenta (laborales, sanitarios y de seguridad), se revelan inútiles las meras buenas intenciones de quienes apoyan sin más la acogida de los inmigrantes . En este artículo me he referido fundamentalmente a los inmigrantes africanos, que constituyen a día de hoy el flujo de inmigración irregular más importante en España, pero no podemos olvidar que en épocas bien recientes ha penetrado en nuestro territorio un número muy cuantioso de ciudadanos sudamericanos, marroquíes y de varios países de la Europa del Este, muy a menudo de manera también incontrolada, y que desde el momento de desatarse la crisis de 2007/08 quedaron desocupados en una gran proporción. Debemos afrontar y analizar el grave problema de la inmigración con criterios más fríos y racionales, sin perder nunca de vista la protección de nuestros propios intereses, como ciudadanos españoles y europeos.

          La solución de fondo, si es que la hay, habrá de pasar por que nuestros gobiernos, la Unión Europea e incluso la O.N.U. se comprometan seriamente a ayudar a los países de origen de todos estos emigrantes, prestándolos apoyo financiero, técnico, educativo y médico -asistencial (seguramente con apoyo militar capaz de garantizar el cumplimiento de toda esa compleja labor), para que esas sociedades rotas y desestructuradas del Sahel y del centro de África salgan del pozo de miseria y violencia en que se encuentran y comiencen a desarrollarse y a ofrecer un futuro digno y sostenible para sus gentes, sin necesidad de que éstas se vean obligadas a emigrar hacia el Norte (en el que se encuentra España en primerísima línea). Es en esta actividad en la que han de concentrarse los esfuerzos de Europa y de toda la comunidad internacional.

          Mientras tanto, la inmigración masiva y descontrolada habrá de ser frenada de algún modo, so pena de que nuestras propias sociedades (la española se ve particularmente afectada) comiencen a deteriorarse de manera irremisible, con malas y desagradables consecuencias para todos nosotros y nuestros descendientes. Sería bueno que nuestros políticos y gobernantes, sean de la ideología que sean, reflexionasen sobre todo ello, con rigor y en toda su integridad, sin criticarse ni descalificarse mutuamente como resulta habitual.

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¿QUÉ SIGNIFICA HOY SER DE IZQUIERDAS?

José Múgica, ex-presidente de Uruguay (periodo 2010-15), y Manuela Carmena, actual alcaldesa de Madrid.

          Hace dos o tres días, el diario El País insertaba en su página web un artículo en el que se formulaba en parecidos términos la pregunta que da título a este post, y procedía a trasladar esta cuestión a diversas personas más o menos destacadas de la izquierda española. Tengo para mí la sospecha -es una opinión personal- de que la intención del artículo no era demasiado benévola ni sincera, habida cuenta de la deriva que ha experimentado el citado medio de comunicación desde no hace mucho tiempo, con una línea editorial claramente escorada hacia el centro derecha y las posiciones neoliberales. Incluso la propia redacción del texto parecía pretender destacar una vacilación en los propios entrevistados ante una pregunta tan directa, con el objetivo de poner el foco en las posibles contradicciones e inconsistencias de quienes dicen considerarse claramente de izquierdas.

          Por lo que a mí respecta, no voy a entrar a analizar las diferentes respuestas que dieron a la periodista los personajes mencionados en el artículo. Allá cada uno con su interpretación y sus ideas y sentimientos. Pero me voy a colocar en el lugar de un posible entrevistado y voy a exponer la que hubiera sido mi respuesta, que por otra parte no me parece demasiado difícil. Allá va:

I – Lo primero de todo, un hombre o una mujer de izquierdas es, esencialmente, alguien con capacidad de crítica objetiva y de profundización en las cuestiones y problemas sociales y económicos.

II – Es también alguien con un desarrollado sentido de la justicia social, que siempre simpatizará con todo lo que signifique un reparto más equitativo de la riqueza, lo que conlleva inequívocamente definir un sistema tributario justo y progresivo.

III – Asimismo, se trata de una persona que cree en la igualdad de oportunidades y que luchará por unas condiciones mínimas de bienestar para los más desfavorecidos.

IV – Del mismo modo, es alguien intelectualmente inquieto, amante de la cultura y la educación, y que se preocupará en todo momento por buscar y/o apoyar (según su responsabilidad) las mejores soluciones a los diferentes problemas que afecten a la sociedad. Por descontado, nunca pensará en aprovecharse ruinmente de los demás (muy en especial cuando se trate de los recursos públicos), para lucrarse en beneficio propio.

V – Una persona de izquierdas cree y confía en el sector público, porque éste es el único que puede garantizar el bien común y satisfacer de verdad muchas de las necesidades de la población. Ello no significa en modo alguno denostar ni arrinconar al sector privado, de enorme importancia e imprescindible también en el desarrollo de la economía, el comercio y la industria. Pero el papel del Estado como árbitro y regulador del conjunto del sistema ha de estar siempre fuera de toda duda.

          En fin, con estas pinceladas, me parece que queda bastante bien definida una auténtica personalidad de izquierdas, y ello sirve tanto en nuestro entorno más inmediato, en España, como en Europa y el resto del mundo.

          Quisiera añadir un comentario final. Una mujer o un hombre de izquierdas pueden perfectamente ser también elegantes en su comportamiento, en sus formas e incluso en su aspecto externo. No tiene por qué haber conflicto alguno entre la educación y las buenas maneras, de un lado, y el hecho de hacer gala de una sincera ideología de izquierdas, de otro lado. Quiere esto decir que la torpeza, la grosería, los malos modos, el lenguaje chabacano o el aspecto desaliñado e indecoroso nunca deben confundirse con una personalidad de izquierdas. Podría pensarse que ésta es una cuestión accesoria, pero creo que mucha gente todavía alberga unas ideas bastante equivocadas al respecto, tanto desde el seno de la propia izquierda como desde otras perspectivas sociales e ideológicas.

A PROPÓSITO DE DONALD TRUMP

Republican presidential candidate Donald Trump speaks to supporters as he takes the stage for a campaign event in Dallas, Monday, Sept. 14, 2015. (AP Photo/LM Otero)

          En esta semana que ahora concluye, el mundo entero se ha visto sacudido por la sorprendente elección del candidato republicano Donald Trump como próximo presidente de los Estados Unidos de América. La inmensa mayoría de la gente, tanto aquí en España como en el resto del planeta, se ha quedado boquiabierta, cuando no directamente escandalizada, ante el hecho de que un personaje tan atípico y controvertido como Trump tenga ya abiertas las puertas de la Casa Blanca y esté a punto de dirigir los destinos de la nación más poderosa del planeta. Sus posicionamientos radicales y rupturistas, sus declaraciones a menudo grotescas, sus comentarios sexistas y machistas, sus ataques verbales a todos los rivales (señora Clinton incluída), nos hacen temer cualquier cosa durante los próximos años que dure su mandato. De momento, la incertidumbre es lo único seguro que tenemos al respecto, si se me permite esta figura literaria (¿un oxímoron?).

          No obstante, hay algo que sí sabemos acerca de los motivos de tan singular elección por parte del electorado norteamericano. Según parece, el señor Trump ha conectado con una gran masa de gente, mayoritariamente personas blancas de la América interior y profunda, descontentas y preocupadas con fenómenos como la globalización, la invasión de productos extranjeros (muchos procedentes de China), un cierto estancamiento económico (muy relativo en el caso de los EE.UU.), y el flujo masivo y constante de inmigrantes procedentes de la América de habla hispana. Está claro que mucha gente ve todo ello como una amenaza a sus esencias, identidad y forma de vida. Ese descontento y esa desconfianza crecientes por parte de gran cantidad de ciudadanos, unidos a otros factores, entre los que yo destacaría cierto grado de desconocimiento del mundo exterior y un recelo innato hacia cuanto signifique progreso cultural y social, han despertado el entusiasmo de mucha gente, que ven a Donald Trump como “alguien de los suyos”, una persona que les habla en su mismo lenguaje.

          Pero no quisiera referirme por el momento más al presidente electo USA ni a los norteamericanos, sino a lo que sucede aquí, en Europa y en España. Ya que hemos hablado de descontento y desapego, estoy convencido de que a este lado del Atlántico tenemos muchos más motivos de peso para estar inquietos y enfadados con la situación económica, laboral y social. En efecto, los ciudadanos europeos, y muy especialmente los españoles (por no hablar de los griegos, portugueses, etc.), estamos padeciendo graves y profundos problemas que la política “convencional” se muestra incapaz de afrontar y responder de modo satisfactorio. Echemos un rápido vistazo:

  • Hace ya más de 8 años tuvo lugar una crisis de ámbito global, provocada por los excesos del sector financiero. Dicha crisis se agravó en España al coincidir con el estallido de la burbuja inmobiliaria y el derrumbe del sector de la construcción. Sin embargo, después de todo este tiempo, lo único claro al respecto es que estamos siendo las clases medias y trabajadoras las que seguimos pagando en exclusiva las consecuencias de aquel desastre. Y parece que lo vamos a seguir haciendo durante un tiempo indeterminado, quizás ya de forma permanente. Las élites económicas y financieras han salido reforzadas, pero en cambio nuestros salarios han bajado de manera dramática, y las prestaciones de tipo social y asistencial a las que teníamos todo el derecho del mundo han quedado seriamente dañadas y mermadas. El empleo se ha vuelto más y más precario, y el futuro de nuestros jóvenes se ha tornado muy sombrío.
  • La gran crisis ha venido a unirse a otros fenómenos, como la globalización, la deslocalización, el creciente e imparable automatismo de los procesos productivos, la robotización, etc., que amenazan y destruyen empleo aquí y en muchos países de nuestro entorno. El trabajo humano y su remuneración está en franca recesión.
  • Por su parte. la población de ciertos países menos desarrollados (Oriente próximo y Africa) crece de forma incontrolada y huye hacia nuestras fronteras del sur y del este europeos. Y este fenómeno muy posiblemente seguirá creciendo en el futuro inmediato hasta hacerse insoportable, porque no se trata sólo de las guerras y conflictos que sufre ahora parte del mundo árabe (en particular Siria e Irak), sino que ciertas regiones del África subsahariana padecen una vigorosa explosión demográfica (el caso de Nigeria es extremo), junto con una enorme pobreza, inseguridad y ausencia de estados firmes y democráticos.

          ¿Y qué respuestas nos ofrecen nuestros gobiernos? Nada. Ninguna. Sólo la de seguir ahogándonos en vida invocando la necesidad ineludible de controlar el déficit público, lo que no evita por cierto que la deuda externa (como es el caso de la española) siga creciendo hasta alcanzar unas dimensiones que la convierten en virtualmente impagable.

          En definitiva, y ya termino, seguramente tenga yo muchas razones para temer a Donald Trump, pero la verdad es que me dan más miedo personajes mucho más cercanos como la canciller alemana Angela Merkel, su hiper-rígido ministro de finanzas Wolfgang Schäuble, el presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker, el comisario de Asuntos Económicos Pierre Moscovici, así como todos sus obedientes y fieles “peones” que componen el actual gobierno conservador de España. No podemos olvidar que a un país hermano como Grecia la han hundido en la miseria y la desesperanza entre todos ellos.  Y nosotros no estamos mucho mejor. No somos Alemania, ni Dinamarca, ni Suiza, ni Noruega, ni Suecia, ni Holanda.

          Que cada cual saque sus propias conclusiones.

ESPAÑOLES: ¿ORGULLOSOS O AVERGONZADOS DE SERLO?

Tribuna de personalidades asistentes al desfile militar en Madrid el día 12 de octubre de 2016.

Tribuna de personalidades asistentes al desfile militar en Madrid el día 12 de octubre de 2016.

          Hace apenas un mes, el pasado 12 de octubre,  celebrábamos en España la Fiesta Nacional o Día de la Hispanidad. Con motivo de ella se manifestaron en los medios y redes sociales de nuestro país numerosas opiniones, a menudo fuertemente dispares y encontradas. Frente a las voces que, siguiendo una inercia que proviene de muchas décadas atrás, no dudan en reiterar su particular idea del patriotismo y su orgullo inquebrantable por defender supuestos valores tradicionales de la nación española, surgen con fuerza otras opiniones bien distintas, que ponen en tela de juicio todo ese conjunto de valores y se muestran incómodas ante la reiterada exhibición de la bandera nacional, los desfiles militares, los actos oficiales, y la propia celebración. Si bien en esta dicotomía de pensamientos se ha introducido ahora como nuevo factor de discusión la muy diferente valoración que se hace del papel histórico de España en América (conquista, invasión, destrucción de antiguas civilizaciones, evangelización forzosa, expolio de riquezas, imposición de nuevas leyes y costumbres), en el fondo tenemos que reconocer que el concepto central de patriotismo español se entiende de muy distinta manera según la ideología y la forma de pensar de cada uno.

          El 05.05.2011 yo mismo publicaba en este blog un artículo, LOS LASTRES DE LA DERECHA POLÍTICA ESPAÑOLA, en el que apuntaba algunas de las causas que explican que el sentimiento de los españoles ante la idea de Patria sea tan diferente e incluso antagónica entre nosotros mismos. Principalmente, señalaba en aquel post (que sigue a disposición de cualquiera) que la derecha política de nuestra nación se ha apropiado, de una manera muy descarada, por cierto, de los símbolos del Estado, la bandera, el himno y la propia idea de España. Y esto no es más que una continuación prácticamente ininterrumpida de la forma de pensar impuesta por las élites -y seguida por la mayoría del sumiso y apolítico pueblo llano- que veíamos durante el franquismo. En este sentido, poco o nada ha cambiado con el advenimiento de la democracia. Precisamente, el pasado sábado escuchaba a mi admirado Gran Wyoming, en una entrevista televisada en la Sexta Noche, afirmar que en realidad la Transición política española llevada acabo entre 1976 y 1978 sirvió al régimen anterior (nacido con el golpe de Estado del 18.07.1936) para adaptarse sin apenas costes ni traumas a la nueva legalidad democrática. Es así como el principal partido político de España en estos momentos, el Partido Popular, no es más que un heredero directo del estado franquista. No creo que nadie pueda discutir en serio estos postulados, aunque no guste reconocerlos a casi nadie.

          Nos encontramos, pues, ante una idea de España, de nuestra Patria y los símbolos que la representan de forma oficial, que no agrada a una parte muy significativa de los ciudadanos españoles, entre los que desde luego me incluyo. No deja de ser curioso que no hayamos sido capaces de dar una letra satisfactoria a nuestro himno. Y es que dicha idea no suscita el entusiasmo de quienes se sienten realmente de izquierdas, por su sentido crítico de la Historia, por su valoración de la coyuntura económica (en especial del desigual reparto de la riqueza) y por la constatación de la maltrecha justicia social. Y al mismo tiempo fomenta el rechazo de gran parte de quienes viven en comunidades “históricas” como Cataluña y Euskadi, que tienen otra sensibilidad y rechazan frontalmente el nacionalismo español tradicional, centralista, desfasado y encerrado en sí mismo, del que hacen gala muchos conservadores españoles que se identifican sin fisuras con el Partido Popular. Por cierto, son estos mismos españoles los que no dudan en envolverse en la bandera rojigualda cuando salen a la calle a defender sus particulares ideas, FRENTE a todos los demás, a los que parecen considerar “malos españoles” y/o enemigos de la Patria. La apropiación excluyente del concepto de patria y de sus símbolos por una parte de la sociedad constituye un grave problema, a mi modo de ver. En primer lugar, porque dificulta extraordinariamente la identificación de muchos ciudadanos con un concepto de patria satisfactorio y por el que realmente merezca la pena luchar y trabajar. Y en segundo lugar, a consecuencia directa de lo anterior, porque tal actitud frentista no hace más que exacerbar el antagonismo y la sensación de desarraigo por parte de muchos ciudadanos de otros territorios peninsulares,  que optan por su propio nacionalismo porque piensan que se sentirían más cómodos en un hipotético Estado independiente, alejados de los manejos y la influencia de esa oligarquía particular que viene gobernando España  desde muchas décadas atrás, con democracia o sin ella.

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          De España no me atraen particularmente sus gestas militares (por cierto, muy alejadas ya en el tiempo), ni aquel Imperio “donde no se ponía el Sol”, ni su férrea defensa del catolicismo, representada por la Inquisición y la secular intolerancia por parte de las autoridades eclesiásticas a todo cuanto significase ideas nuevas, modernidad, refinamiento y adelantos científicos.

          Ni que decir tiene que me disgusta sobremanera la sucesión de pronunciamientos y asonadas militares que se reprodujeron a lo largo del siglo XIX y continuaron en el XX, que culminaron en la gran tragedia nacional que supuso la Guerra Civil Española. De alguna manera siniestra, los fracasos del ejército español en el exterior parecen haber discurrido en paralelo a una perversa utilización de las fuerzas armadas para reprimir y castigar duramente al pueblo, a la sociedad civil, cuando ésta tenía la osadía de protestar contra las injusticias y su precaria situación. Frasecitas históricas de carácter pseudo-patriótico como “más vale honra sin barcos que barcos sin honra” o esa otra de “por el Imperio hacia Dios” me parecen absolutamente lamentables.

          El mismo rechazo me merecen la corrupción, el clientelismo, el caciquismo, la picaresca, la cultura del pelotazo, así como los privilegios eclesiásticos y de la aristocracia. Es intolerable que la educación de nuestros niños y jóvenes haya recaído durante tanto tiempo en la Iglesia Católica,en especial durante el franquismo, y que aún pervive (no lo olvidemos) mediante la Educación Concertada, financiada como bien se sabe con dinero público. He de decir asimismo que me repugnan las corridas de toros, así como cualquier otra manifestación popular o festiva que implique maltrato animal.

          En definitiva, es fácil constatar que aún hoy día subsisten muchas lacras y rasgos distintivos provenientes de lo que podríamos considerar como “viejo régimen”, que por cierto se remonta mucho más atrás en el tiempo que el nefasto golpe de Estado perpetrado por el general Franco.

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          Es imprescindible y urgente redefinir el concepto de Patria y fundamentarlo más en un proyecto de futuro que en supuestas viejas glorias del pasado . No puede ser ciertamente un ente abstracto, “sagrado” e intocable, basado en antiguas y discutibles hazañas llevadas a cabo por nuestros antepasados, iluminados -al parecer- por una misión u objetivo trascendente. No, la Patria somos nosotros mismos, las personas que vivimos y trabajamos en este pedazo de tierra, con nuestros anhelos, aspiraciones, necesidades y fatigas diarias. Es la sociedad que formamos todos, naturalmente con las instituciones democráticas que nos hemos dado, que tienen el deber ineludible de garantizarnos seguridad, protección, asistencia y un futuro digno para nuestros hijos. Es el Estado, que ha de estar al servicio de la sociedad civil, y no al revés. Y, naturalmente, es nuestro entorno humano y natural, nuestros pueblos y ciudades, nuestros campos y espacios naturales, que constituyen nuestro patrimonio común (junto con lo cultural y artístico) y que hemos de amar, cuidar y respetar, tanto para nosotros como para las futuras generaciones. Por último, nunca olvidemos que nuestra Patria se inserta en un mundo exterior, dinámico y en continua evolución, formado por multitud de pueblos y naciones, con los que hemos ineludiblemente de interactuar de modo pacífico y constructivo, para beneficio de toda la Humanidad.

          He mencionado muchas cosas que me desagradan de lo que algunos aún consideran inherente al viejo concepto de patria. Es justo nombrar a unas cuantas personalidades de nuestro pasado reciente y nuestro presente a las que considero  ejemplares y que me reconcilian con la comunidad que formamos los españoles. Como sería demasiado prolijo hacer una relación exhaustiva, me tomaré la libertad de mencionar tan sólo una pequeña muestra:

  • Científicos ilustres como Santiago Ramón y Cajal o Severo Ochoa de Albornoz.
  • Médicos prestigiosos como Ignacio y Joaquim Barraquer (padre e hijo) o Valentín Fuster Carulla.
  • Inventores como Isaac Peral, Juan de la Cierva y Codorníu, o Alejandro Goicoechea.
  • Emprendedores y urbanistas como José de Salamanca y Mayol, Ildefons Cerdá i Sunyer, o Arturo Soria y Mata.
  • Pintores como el genial Francisco de Goya y Lucientes (precursor del impresionismo), Mariano Fortuny, Joaquín Sorolla, Ignacio Zuloaga, Julio Romero de Torres, o Antonio López García (actual).
  • Escritores de talento (la lista aquí podría ser interminable), como Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Antonio Machado, Angel Ganivet, Miguel Delibes, Camilo José Cela, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Laforet, Gloria Fuertes, Jose Luis Sampedro, etc.
  • Políticos de la talla de Pablo Iglesias Posse (fundador del PSOE y de UGT), Francisco Giner de los Ríos (creador de la Institución Libre de Enseñanza), Julián Besteiro, Manuel Azaña, o Adolfo Suárez.
  • Mujeres valientes y de gran talla intelectual como Victoria Kent, Clara Campoamor, María Zambrano, o Federica Montseny, luchadoras y defensoras de los derechos de la mujer en tiempos muy difíciles.
  • Buenos y leales militares, defensores hasta el final de la legalidad republicana, como los generales Vicente Rojo y José Miaja.
  • Personas extraordinarias en sus respectivos campos, como el ex-jesuita Vicente Ferrer Moncho (modelo de entrega absoluta a los más necesitados), el inolvidable naturalista Féliz Rodríguez de la Fuente (quien obró el milagro de hacernos mirar a la Naturaleza con otros ojos), intérpretes como Narciso Yepes, Joan Manuel Serrat y Paco de Lucía, grandes actores y actrices como Jose Luis López Vázquez, Fernando Fernán Gómez, Concha Velasco o Amparo Baró, magníficos deportistas como Rafa Nadal, Mireia Belmonte, Fernando Alonso, Andrés Iniesta, Pau Gasol, Gemma Mengual, etc., etc.

Aprendamos de los mejores. Ellos han de ser la esencia y la inspiración de nuestro proyecto en común.

 

 

¡AY, MARIANO, QUE NADIE QUIERE BAILAR CONTIGO!

Rajoy autoritario

          Con la vista puesta en la fallida legislatura pasada y con el pánico a unas nuevas elecciones (¡serían las terceras en menos de un año!), casi todos los medios coinciden en señalar el preocupante bloqueo institucional y las malas perspectivas que nuevamente percibimos los españoles en lo referente a la formación de un nuevo Gobierno. Y es que pocas cosas han cambiado con respecto a la situación creada tras las elecciones del 20 de diciembre pasado. Los nuevos comicios del 26 de junio nos han dejado un panorama bastante parecido. El Partido Popular ha subido en votos y escaños, y en honor a la verdad ha sido la única fuerza política en mejorar los resultados precedentes, llegando a rozar casi los 8 millones de votos, pero no deja de ser cierto también que, al mismo tiempo, más de 16 millones de españoles han expresado claramente su rechazo a este partido y a su presidente por medio de su voto. Por supuesto, no es menos cierto que estos 16 millones de ciudadanos se han repartido al menos entre 8 partidos distintos, eso sin contar con todas aquellas otras formaciones que no han obtenido escaño.

          He aquí la clave del problema actual, la piedra en el camino o el enorme tapón que impide resolver por ahora la extrema dificultad de dar viabilidad a un proyecto de gobierno encabezado por el partido más votado, algo que en otro país o en otro tiempo no sería nada difícil ni extraño, sino una solución bastante natural. La cuestión es que ninguna otra fuerza política ni ninguno de sus líderes quieren llegar a pacto alguno con el partido encabezado por Mariano Rajoy Brei. Y la razón no es baladí. No obedece a ningún capricho ni a ninguna cabezonería individual. La verdad es que nadie desea facilitar al señor Rajoy  la presidencia de un nuevo gobierno a imagen y semejanza del anterior, que continúa en funciones. Lejos de consideraciones personalistas, Mariano Rajoy simboliza como nadie el continuismo de una legislatura que muchos consideramos nefasta bajo casi todos los puntos de vista, y resulta perfectamente lógico y explicable que ningún otro líder desee cualquier tipo de complicidad con él, ya sea mediante un pacto de gobierno u otra fórmula distinta que haga posible su investidura (voto afirmativo o incluso abstención, con condiciones en ambos casos). Ello supondría un grave descrédito y una traición manifiesta a sus propios electores. Naturalmente, me refiero en particular a Albert Rivera y Pedro Sánchez, líderes de Ciudadanos y del PSOE respectivamente. Me explicaré, y creo que con la mayor rotundidad.

          Cuando uno, armado de cierto criterio y espíritu crítico, mira a Mariano Rajoy, a su actual Gobierno (en funciones) y al partido que lo sustenta, estará recordando inevitablemente todas estas cosas:

  • La Reforma Laboral de su ministra Fátima Báñez, destructora de derechos de los trabajadores, eliminadora de la negociación colectiva, y creadora por excelencia de empleo precario.
  • La LOMCE, es decir, la reforma educativa emprendida por el ya ausente ministro Wert, elaborada contra viento y marea, impuesta  por la fuerza de la mayoría absoluta popular, y que ha generado un rechazo casi unánime entre toda la comunidad educativa, en razón de sus “singularidades” y su descarada orientación ideológica.
  • La Ley de Seguridad Ciudadana (“ley mordaza”), redactada por el ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, visiblemente molesto por la proliferación de manifestaciones ciudadanas, legales y legítimas, a consecuencia de la durísima política de recortes llevada a cabo por el ejecutivo actual. Esta ley, sobra decirlo, recorta gravemente los derechos de opinión y manifestación que exige cualquier democracia moderna que se precie.
  • Los severísimos recortes perpetrados en áreas tan básicas y sensibles como la Sanidad, la Educación Pública (¡qué poco amigos de lo público son los hombres y mujeres del PP!), y la asistencia social en general.
  • La disuasión acerca del uso de energías renovables (solar, principalmente) emprendida desde el Ministerio de Industria y Energía, dirigido casi todo el tiempo por el ahora dimitido señor Soria, quien apostó desde el principio por seguir con el modelo energético tradicional, basado sobre todo en el petróleo y acomodado a los intereses de las grandes empresas del sector. Innovación y progreso no son las señas de identidad de este gobierno, eso es seguro.
  • 21% del IVA cultural (cine, teatro, espectáculos, cultura). Un fuerte varapalo al sector y a todos los ciudadanos.
  • El creciente y preocupante déficit de la Seguridad Social, con un saqueo sin precedentes del Fondo de Reserva de las Pensiones, que ha descendido de casi 70 mil millones de euros a diciembre de 2011 a unos 24 mil millones en la actualidad. Es evidente que, entre otras cosas, la destrucción de empleo estable y de calidad, y su sustitución por empleo precario, temporal, inestable y mal pagado, no es un buen negocio para la sociedad. Este tema es de la máxima gravedad, pero nadie desde el Gobierno ha dicho una sola palabra al respecto.
  • A pesar de los recortes y la política de “austeridad” emprendida con tanto entusiasmo por el ejecutivo, hay que señalar también el incumplimiento sistemático de todos los objetivos anuales de déficit público marcados desde Bruselas, y eso aún con un suavizamiento y aplazamiento continuados por parte de las autoridades comunitarias.
  • Subida de los niveles y del alcance de la corrupción interna del Partido Popular a sus cotas máximas. Ahí están los escándalos de la trama Gürtel (que por cierto se llevó por delante al juez Baltasar Garzón, justamente el que comenzó a investigarla); toda la miseria destapada por el ex-tesorero señor Bárcenas (contabilidad paralela, reparto de sobres bien jugosos a los dirigentes del partido, aportaciones ilegales de grandes empresarios); la indemnización en diferido del propio señor Bárcenas, tan “modélicamente” explicada por Dolores de Cospedal; la destrucción de pruebas informáticas (ahora motivo de encausamiento procesal al mismo partido); la trama Púnica; la corrupción casi absoluta del PP valenciano; el apoyo entusiasta e incondicional prestado hasta hace bien poco a grandes caciques territoriales como Carlos Fabra (Castellón) o Jose Luis Baltar (Orense), y un largo etcétera. La corrupción, por desgracia presente en nuestro país en muchos ámbitos, niveles e instituciones (por supuesto que también ha afectado a otros partidos, como Convergencia y el propio PSOE), se ha identificado por excelencia con el Partido Popular, hasta el punto de ser una seña de identidad insoslayable del mismo.

          Y ahora yo les invito a todos ustedes a que se hagan la misma pregunta: ¿qué otro líder político con vocación de futuro, de renovación y regeneración democrática se avendrá de buena gana a mancharse las manos pactando con Mariano Rajoy? Amigas y amigos, he ahí el dilema.

 

DEPRESIÓN PRE-ELECTORAL

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          Habrá quien se sorprenda por el más bien poco esperanzador título de este artículo, pero es que corresponde a mi estado de ánimo en estas semanas previas a las nuevas elecciones generales del próximo 26 de junio. Trataré de explicarme y espero que al final de estas líneas el lector comprenda al menos las razones que rondan por la cabeza de quien esto suscribe.

          Lo que se ha visto y oído durante estos casi seis meses de lo que va de año, tras conocerse los resultados de los comicios del 20.12.15, nos da una idea bastante acertada del actual estado de nuestra política, así como de lo que podemos esperar de ella en el futuro inmediato. Por supuesto, las últimas encuestas de intención de voto son decisivas a la hora de formarnos una opinión. Para bien o para mal, el tradicional modelo bipartidista español se ha quebrado y ha quedado sustituido por un escenario en el que cuatro formaciones políticas se disputan su presencia parlamentaria, si bien no de una manera suficientemente armónica y equitativa. Veamos por qué.

Una rápida ojeada a los principales partidos de ámbito nacional

          El Partido Popular del señor Rajoy, a pesar de haberse convertido por derecho propio en sinónimo y paradigma de la corrupción en este país, y también pese a haber sometido a la sociedad española en la pasada legislatura a un severísimo castigo en términos de renta, bienestar, seguridad, derechos y perspectivas de futuro, continúa en una posición preeminente sobre el resto de los partidos. Ha sufrido desgaste, desde luego, que se ha traducido en la pérdida de la mayoría absoluta (¡menos mal!), pero ahí se ha quedado la cosa, y aún tiene asegurados los votos de unos 7 millones de españoles, que siguen siendo muchos. Me gusta pensar en ello como una anomalía de la política española, aunque lo cierto es que se trata de un pobre consuelo.

          La formación Ciudadanos, presidida por Albert Rivera, surgió como una alternativa bastante esperanzadora en el espacio de centro-derecha, que tenía la gran ventaja (en comparación con el PP) de no estar contaminada por la corrupción y no ser tampoco heredera de la casposa ideología neofranquista que continúa fluyendo abundantemente por las venas del gran partido conservador que preside Mariano Rajoy. En líneas generales, el partido de Albert Rivera se ha mostrado dialogante y propenso a llegar a pactos constructivos, al menos con las fuerzas situadas en su vecindad más inmediata, a izquierda y derecha. Con el PSOE de Pedro Sánchez firmó el pasado mes de marzo un acuerdo ampliamente detallado que podría haber sido la base de una nueva manera de hacerse las cosas desde el gobierno, bien distinta a la ofrecida por el equipo de Mariano Rajoy. Sin embargo, estas buenas intenciones y este talante no le han sido de mucha utilidad al señor Rivera, a juzgar por las encuestas, puesto que lejos de crecer, las previsiones de voto le dan incluso menor presencia parlamentaria tras el 26 de junio. Bastante curioso, la verdad.

          El Partido Socialista Obrero Español, con Pedro Sánchez al frente, también ha mostrado sentido de la responsabilidad y capacidad de diálogo, si bien ha fijado nítidamente su voluntad de no colaborar con el PP de Mariano Rajoy -por pura coherencia, a mi modo de ver-. Tampoco ha querido ceder a los cantos de sirena que le lanzaban desde Podemos, cuyas exigencias para formar un gobierno conjunto juzgaban demasiado ambiciosas. Con independencia de los vetos que se han puesto entre sí todas las formaciones políticas (básicamente entre Ciudadanos y Podemos, o entre el PSOE y el PP), que imposibilitan casi cualquier acuerdo de gobierno, debo decir que el PSOE sigue sufriendo el castigo del electorado por la mala gestión del último gobierno de Zapatero, de cuyo recuerdo colectivo aún no se ha recuperado. Hay herencias que pesan como una auténtica losa, aunque las decisiones que tomaría después el nuevo ejecutivo conservador resultasen infinitamente más duras y lesivas para la sociedad española que las adoptadas por el último gobierno socialista. Compárense si no las reformas laborales respectivas de unos y otros. Y aún hay otro factor clave que no ayuda mucho a la recuperación del crédito por parte de la actual ejecutiva socialista, y es el liderazgo continuamente discutido de Pedro Sánchez, por parte precisamente de algunos de sus principales compañeros de partido. Este débil apoyo al Secretario General, a medias, provisional y con condiciones, está perjudicando de una manera muy sensible al Partido Socialista. Y da la impresión de que no se percatan.

          Por último, me referiré brevemente a la formación Unidos-Podemos, liderada por Pablo Iglesias. Al contrario de lo que ocurre con PSOE y Ciudadanos, los sondeos de opinión otorgan a esta formación más apoyos que en las elecciones del 20D, hasta el punto de que se da por hecho un sorpasso al propio PSOE, que quedaría relegado al puesto de tercera fuerza política. Pero, ¿sería esto bueno para el país? Personalmente, lo dudo, puesto que lo veo como una polarización del espectro político, con un mayor peso de las dos fuerzas más extremas y antagónicas, en detrimento de PSOE y C’s, que vienen a representar el centro político actual. La formación de Pablo Iglesias aporta muchas y buenas ideas nuevas a la política española, y estoy convencido de que su presencia es necesaria en el parlamento, ahora y en el futuro, como contrapeso y neutralización de las posiciones más neoliberales y conservadoras. Pero creo que le falta cohesión interna (hay muchos movimientos y opiniones distintas dentro de este partido, ahora fusionado también con Izquierda Unida, que no siempre concuerdan) y un cierto barniz de moderación en gestos y actitudes, cualidades necesarias para una fuerza que aspira a gobernar.

          La cuestión es que, con estos actores políticos, tan distintos entre sí y cargados de tantos condicionamientos y prejuicios previos, la gobernabilidad va a seguir siendo muy complicada después de las nuevas elecciones.

¿Qué podemos esperar tras el próximo 26 de junio?

          Llegados a este punto, como decía, uno no puede dejar de preguntarse si con estos mimbres las cosas realmente pueden cambiar a mejor, habida cuenta de la desconfianza que cada formación política, con razón o sin ella, inspira en todas las demás. Al Partido Popular se le llena la boca condenando las líneas rojas y los vetos que interponen los demás (se refieren al PSOE fundamentalmente) con respecto a lo que ellos mismos han bautizado como “gran alianza”, en la que dan por hecho que también podría entrar Ciudadanos. Pero en realidad lo que están exigiendo es una adhesión incondicional a su propia política. El PP cree firmemente que su proyecto, que no es sino una continuación del desarrollado en el periodo 2012-15, es el mejor, más bien el único posible, razón por la que no debe tocarse en sus líneas maestras. En cualquier caso, tan sólo admitirían pequeños retoques de maquillaje para contentar a sus posibles socios.

          En resumidas cuentas, con el PP de líder al frente de un nuevo gobierno, nos esperaría más de lo mismo con respecto a los cuatro últimos años: nuevos y duros ajustes presupuestarios para cumplir lo más fielmente posible con los objetivos fijados por Bruselas, aderezados con un programa político y social conservador y retrógrado. La perspectiva no es nada risueña, desde luego. Es muy posible que, de darse esta eventualidad, el PP contase con el apoyo explícito de Ciudadanos, ya que Albert Rivera se sentiría muy presionado a favorecer la gobernabilidad al precio que fuese. La incógnita es qué haría el PSOE en caso de que Mariano Rajoy recibiese el encargo expreso de formar gobierno. Pienso que lo más sensato por parte de los socialistas sería la abstención, es decir, un apoyo puramente pasivo, puesto que un voto favorable (entrando o no en el nuevo gobierno) supondría un suicidio político casi definitivo para los de la calle Ferraz.

          Descartado a priori un gobierno de centro, cimentado sobre el núcleo PSOE-Ciudadanos, dado que las encuestas apuntan aún a bastantes menos escaños que los 130 actuales que suman ambas formaciones, la otra opción que se perfila en el horizonte es la de un gobierno de izquierda radical, liderado por Pablo Iglesias, quien se situaría ahora en una posición de ventaja en relación con el PSOE. Desde la perspectiva del socialista Pedro Sánchez, la posibilidad de formar un gobierno con Unidos Podemos (entrando en él en minoría) se me antoja muy difícil de aceptar.  Son muchos los riesgos que se asumirían, mucha la inertidumbre que habría que afrontar, y muchas también las posibilidades reales de no entendimiento y fracaso final. El partido de Pablo Iglesias, al que se ha adherido recientemente el grupo de Alberto Garzón (Izquierda Unida), tiene una imagen demasiado radical y despierta muchos recelos en amplias capas de la sociedad, por no hablar del ámbito empresarial y económico. Yo mismo tengo mis dudas de que los de Pablo Iglesias estén preparados para gobernar este país con un mínimo de moderación y prudencia sin romper demasiados platos en el camino, por expresarlo en términos figurados. Quizás peque de demasiado conservador por expresar esto. Sinceramente, ojalá me equivoque y la realidad futura eche por tierra mis dudas y prejuicios con respecto a Unidos Podemos.

          Al final de todas estas disquisiciones, este servidor de ustedes llega … a ninguna parte. Percibo una radicalización de posturas, una clara negativa a suavizar y aproximar posiciones, así como un atasco político e institucional. De ahí el título que he puesto al presente artículo. Pese a todo, no quiero finalizarlo sin dejar un leve resquicio a la esperanza. Al fin y al cabo, aún no está todo dicho, faltan las elecciones propiamente dichas, y pudiera ocurrir que la correlación de fuerzas resultante se configure de un modo distinto a lo que pronostican los sondeos de opinión. Veremos.

Ya para acabar, ahí dejo este llamamiento casi desesperado:

Señor don Mariano Rajoy Brei, por el bien de España y de los españoles, ¡márchese ya a su casa! En compensación, yo mismo me comprometo a solicitar al Excmo. Ayuntamiento de su Pontevedra natal que revisen su caso y tengan a bien retirarle la calificación de “persona non grata”. Palabra. ¡Pero váyase ya, por favor, y deje de bloquear el progreso de este país!

 

ESPAÑA ATASCADA: LA TENAZA DE LOS EXTREMOS

Rajoy vs. Iglesias

          Esta legislatura está acabada, aún habiendo nacido hace escasos meses. No ha sido capaz de alumbrar un nuevo Gobierno, pese a las esperanzas de millones y millones de españoles, que aspiraban legítimamente y cargados de buenas razones a que las cosas se empezasen a hacer de otra manera en este sufrido país. Desde el primer momento, tras publicarse los resultados de las elecciones del pasado 20 de diciembre, se supo que iba a ser una tarea difícil, que exigiría muchas horas de diálogo, negociaciones y pactos entre diferentes fuerzas políticas. Pero había ilusión y muchas ganas de cambio, por lo que el llegar a un acuerdo razonable y satisfactorio para la mayoría era algo que se consideraba factible. Sin embargo, a medida que iban transcurriendo las semanas y los meses, tal esperanza se ha visto truncada. El país se ha quedado atrapado entre dos fuerzas opuestas que actúan desde los extremos, y el meritorio intento que han llevado a cabo el PSOE de Pedro Sánchez y Ciudadanos de Albert Rivera, sin duda los dos partidos políticos más centrados a día de hoy, se ha quedado en agua de borrajas. Ello no los ha librado de las críticas más agresivas y descalificadoras de sus más directos adversarios: Mariano Rajoy por un lado y Pablo Iglesias por el otro. En especial Pedro Sánchez ha sido verbalmente crucificado con saña desde ambos frentes.

          El Partido Popular, la fuerza que representa a la derecha más conservadora de este país, así como a la élite financiera y empresarial que realmente rige los destinos de España (como viene haciendo desde los años más oscuros del período franquista, y aún desde mucho antes), no está dispuesto a ninguna otra solución de gobierno que no pase por conservar su liderazgo a toda costa. Ello supone mantener las cosas como están y seguir realizando la misma política económica y social que viene practicando desde diciembre de 2011, cuando ganaron las anteriores elecciones con mayoría absoluta. Dicha política ha consistido básicamente en seguir al pie de la letra los dictados de la Troika comunitaria, practicando acciones de corte neoliberal: incremento de la presión fiscal sobre las clases medias y trabajadoras y, paralelamente, fortísimos recortes en el estado del bienestar, en especial en Sanidad y Educación públicas. A cambio, se salvaba al sector bancario con dinero público, salvaguardando siempre los intereses del capital privado. A estas medidas se añadieron otras de carácter reaccionario (uno de los ejemplos más destacados quizás sea la nueva ley educativa, la tristemente famosa LOMCE, del ministro Wert), que intentaron imponer a la sociedad española una intolerable derechización.

          En lo económico, los resultados de esta política llevada acabo por el Gobierno de Mariano Rajoy han sido muy pobres, pese a la fuerte y machacona propaganda oficial. El nivel de desempleo es bastante similar al que había cuando el presidente Zapatero dejó el poder, porque, aunque ha habido un punto de inflexión en la evolución del paro, éste se ha producido a mediados de la legislatura “popular”. De cualquier forma, la calidad del nuevo empleo es ínfima, pues la mayor parte de los puestos de trabajo que se van generando son temporales, precarios y muy mal pagados. La Seguridad Social ha perdido muchos ingresos que antes tenía, ya que los nuevos empleos apenas aportan recursos en forma de cotizaciones; la llamada “hucha” de las pensiones se ha reducido a menos de la mitad (algo muy preocupante, se mire como se mire); la deuda pública total ha crecido hasta igualar el PIB nacional; y, para colmo, los objetivos de déficit comprometidos con Bruselas se han incumplido sistemáticamente ejercicio tras ejercicio, aún contando con las continuas rebajas y suavizaciones de plazos concedidas. ¿Se puede añadir algo más? Pues sí, la CORRUPCIÓN. Un nivel altísimo, insoportable y muy extendido de corrupción, que se ha ido conociendo casi día tras día y que afectaba de lleno a miembros destacados del partido en el Gobierno. Uno de los últimos casos más sonados ha sido el de la trama corrupta de Valencia, en cuya cabeza todas las evidencias apuntan a la antaño todopoderosa y populista alcaldesa Rita Barberá, a punto de ser imputada por el Tribunal Supremo. Pero esto, en realidad, no es más que una pieza más en un sucesión interminable de irregularidades, blanqueado de dinero, abusos de poder, designaciones a dedo, clientelismo, pelotazos urbanísticos, favoritismos, enriquecimientos ilícitos e indecencias de todo tipo, siempre con el PP como telón de fondo.

          Con respecto a la otra gran fuerza política situada en el extremo opuesto del arco parlamentario, Podemos y su líder Pablo Iglesias, se trata como bien sabemos de un partido político muy nuevo, que se acaba de estrenar en el parlamento, y que surgió de aquel gran movimiento de indignación popular del 15M. Hablamos pues de una formación muy joven, llena de proyectos e ilusión, e impregnada por una ideología claramente social, que ha irrumpido con fuerza en el ala izquierda de la vida política española. Nada que objetar. Al contrario, me parece que era muy necesario contar con un partido así, que lograra una rebasculación del espectro político español. Ahora bien, muchos estarán de acuerdo conmigo en que a Podemos le falta consolidación, madurez, unidad y, todo hay que decirlo, un cierto barniz de estabilidad y credibilidad que me parece que aún no tiene. Aquí mis críticas (que de ningún modo pueden ser equivalentes a las que ha formulado sobre el PP) no van tanto por sus hechos sino por las dudas que suscitan tanto el propio partido como los gestos y declaraciones de sus dirigentes, en particular de su líder Pablo Iglesias. Con franqueza, yo no veo a Iglesias, al menos de momento, al frente de una vicepresidencia o de un ministerio; tampoco me lo imagino en una reunión de alto nivel de la Eurozona, o en cualquier otro evento internacional de altura (ONU, OTAN, G-20, etc.). Y ya no sólo por su aspecto físico e indumentaria, que también cuentan, sino por su actitud a menudo provocadora y ciertamente excéntrica. Puede hacer mucha gracia a sus incondicionales, pero tiene que darse cuenta de que asusta y provoca desconfianza, y en política esto puede ser muy perjudicial. Durante la segunda y fallida sesión de investidura de Pedro Sánchez, dedicó buena parte de su intervención a comentar con cierto sarcasmo su famoso beso con el también diputado Xavier Doménech (vale el beso, al fin y al cabo, un gesto espontáneo sin mayor trascendencia, pero comentarlo largo y tendido sobraba); incluso también llegó a aludir en tono irónico a una supuesta atracción sexual entre un miembro de su partido y una diputada del PP. Tales actitudes evidencian que no se tomó suficientemente en serio la sesión de investidura, ni el Congreso, ni la ciudadanía en su conjunto, que escuchaba atenta las intervenciones y esperaba oir argumentos serios y rigurosos.

          Quizás le falte tiempo al señor Iglesias para llegar a comportarse de manera más madura y responsable. Mientras tanto, yo le habría recomendado que ejerciera su labor (importantísima, por otra parte) de oposición y de cabeza visible de una formación de 69 diputados y 5,2 millones de votantes, facilitando la investidura del socialista Pedro Sánchez, que ya contaba con el apoyo expreso de Albert Rivera (Ciudadanos), y de paso enviando a la oposición al Partido Popular de Mariano Rajoy, el gran anhelo de muchos millones de españoles. Y digo “habría recomendado”, porque me temo que ya es tarde para llegar a ningún arreglo o pacto entre fuerzas ajenas al PP . Tristemente, estamos ya abocados a celebrar nuevas elecciones el próximo mes de junio, salvo un muy improbable milagro de última hora.

          Balance de esta legislatura: casi 6 meses perdidos, un gobierno en funciones que actúa con desprecio hacia el parlamento, y de nuevo suspense ante lo que pueda surgir de las urnas en la próxima cita electoral.  ¡Suerte y buen criterio a la hora de elegir las papeletas!