Archive for 23 mayo 2012

SOBRE LA EDUCACIÓN

          Por su especial interés, reproduzco a continuación mi comentario al video-blog de hoy mismo de Iñaki Gabilondo, inserto en la web del diario El País. Tras la jornada de huelga y las grandes manifestaciones del día anterior, martes, por parte del sector de la enseñanza pública, a todos los niveles, el citado periodista hacía especial hincapié sobre la enorme importancia que tiene para este país, como para cualquier otro que se precie, el sistema educativo. Ello constituye una sólida razón por la que éste no debería ser objeto de los mismos recortes presupuestarios que se aplican en otros ámbitos de la actividad pública.

          Dado que me considero particularmente sensible hacia este tema, me he permitido ir un poco más allá de lo expresado por el ilustre comentarista. Ahí va mi aportación:

Muy buenos días, Iñaki.

Tu comentario de hoy me parece muy oportuno y acertado, pero quisiera avanzar un poco más en la reflexión. No se trata solamente de que el Gobierno considere la Educación como una parcela más a recortar en el gasto del Estado, y de que se actúe ciegamente sobre ella sin comprender su verdadera importancia.

No, se trata de que están actuando deliberadamente para deteriorar y desacreditar la Enseñanza Pública y  favorecer a la privada. Esto comenzaron a practicarlo comunidades autónomas como la de Madrid, al menos desde principios del curso lectivo que ahora está finalizando, es decir, desde el verano pasado, cuando aún residía en La Moncloa el presidente Zapatero. Como prueba irrefutable de lo que afirmo, está el hecho de que, mientras se exigía a los profesores un incremento de sus horas lectivas (y como consecuencia directa, se dejaban de contratar entre 2.000 y 3.000 profesores interinos sólo en la comunidad de Madrid), simultáneamente aumentaban las desgravaciones fiscales en la Renta para aquellas familias que enviasen a sus hijos a estudiar en la enseñanza privada concertada. La intencionalidad estaba -y sigue estando- clarísima. Esto es muy importante comprenderlo.

El Partido Popular ya no oculta sus intenciones de reformar el conjunto del sistema educativo. Ayer mismo, una portavoz del PP en el Congreso aseguraba que el modelo educativo español estaba fracasado (¡¡??), y que por tanto era necesario modificarlo ampliamente. Y yo me pregunto, aún admitiendo que hubiera fracasado (algo muy discutible y opinable, por supuesto), ¿acaso la mejor manera de mejorarlo es reducir drásticamente los presupuestos y los recursos de la enseñanza pública? Sin lugar a dudas, esta idea es un disparate monumental.

La Educación tiene una importancia decisiva e incuestionable para el futuro y el bienestar de la sociedad, nunca me cansaré de decirlo, y no se puede permitir que un gobierno de un color determinado reforme y deteriore la calidad de la enseñanza de forma UNILATERAL. Su reforma estaría condenada de antemano al fracaso, pero lo peor es que, además, los daños serían catastróficos e irreparables para alumnos, profesores y padres. En definitiva, este tema es extremadamente serio, por lo que exigiría un gran consenso y un pacto de Estado entre la mayoría de las fuerzas políticas.

¿ENTENDIMIENTO ENTRE EL PP Y EL PSOE?

          Ayer viernes, el comentarista político Iñaki Gabilondo reflexionaba en su video-blog “La Voz de Iñaki”, del diario El País, acerca de la posibilidad de un pacto entre Rubalcaba y Rajoy, tal y como el líder socialista le está ofreciendo al presidente del Gobierno en los últimos debates parlamentarios. Desde luego, a la vista de cómo está la situación económica, tras una semana extraordinariamente tensa, marcada por el problema de Bankia, las dudas europeas acerca de la solvencia real de nuestra banca, la prima de riesgo española en máximos históricos, y las autonomías sometidas a una presión enorme por parte del ministro Montoro, lo sensato, lógico y oportuno sería que como mínimo los dos principales partidos se reuniesen a negociar y sentar las bases de un gran acuerdo  nacional, teniendo en el recuerdo los exitosos Pactos de La Moncloa, que dieron un buen resultado en un período también muy difícil de nuestra historia reciente. Creo que cualquier otro país de nuestro entorno, si pasara por unas circunstancias similares, haría lo propio, esto es, dejar a un lado los intereses puramente partidistas y consensuar todo un paquete de medidas tendentes a superar la crisis cuanto antes, con el menor coste social posible.

          Sin embargo, esta posibilidad, aunque deseable y necesaria, se me antoja prácticamente imposible en España y en este preciso momento. ¿Por qué pienso de esta manera? Pues porque existe un abismo casi infranqueable entre las dos principales fuerzas políticas españolas. Y ese abismo se empezó a abrir desde el mismo instante en que Jose Luis Rodríguez Zapatero ganó las elecciones aquel mes de marzo de 2004. Desde aquella fecha la oposición del Partido Popular se volvió especialmente agresiva, bronca y visceral; la descalificación pura y dura se instaló permanentemente en el discurso de Rajoy y sus más inmediatos colaboradores; el PP protagonizó durante sus casi 8 años de oposición una lamentable etapa de crispación y radicalización de la vida política en España. Como es lógico, el Gobierno de Zapatero y el PSOE se vieron obligados a responder a este ataque permanente como buenamente pudieron, a menudo cayendo en una dialéctica más o menos similar, para poder defenderse y contrarrestar la agresividad del partido en la oposición. Aunque hay que reconocer que el presidente Rodríguez Zapatero se mostró casi siempre mucho más educado, elegante y cortés con su adversario que éste con aquél, el español medio percibió un antagonismo continuo, severo y de muy malas maneras entre las dos principales fuerzas políticas a lo largo de las dos legislaturas pasadas.

          De aquella larga etapa de áspera confrontación, independientemente de los aciertos y fracasos del ejecutivo socialista (en los que ahora no quiero entrar expresamente), se ha llegado a la situación actual. El Partido Popular ha descalificado de tal manera al PSOE por su gestión de la crisis y por cualquier otro tema que ahora ni siquiera contemplan la posibilidad de llegar a pactos con ellos, pese a su propio fracaso en materia económica, constatable tras estos 5 meses intensísimos en los que nos han sometido a todos a un aluvión de duras medidas de recorte y austeridad. Rajoy prefiere seguir sólo, alardeando obstinadamente de su mayoría absoluta. Por su parte, Alfredo Pérez Rubalcaba, pese a la repugnancia que deben sentir en su propio partido a tender puentes con el PP, movido por un puro sentido de la responsabilidad ofrece la mano e invita al Gobierno a firmar pactos de colaboración, pero, como he sostenido más arriba, hoy por hoy parece muy lejana esa posibilidad. En resumen, el enorme distanciamiento existente entre los dos principales partidos tiene unas raíces claras que, más allá de posiciones ideológicas diferentes, se cimenta en 8 años de bronca continuada, más propia de pelea de patio de colegio que de un debate profundo, serio, riguroso y responsable entre profesionales de la política, que es el que debería haberse dado entre un gobierno y su oposición parlamentaria.

          Me permito recomendar al lector un post que publiqué en este mismo blog hace ahora un año, concretamente el 05.05.2011. Lleva por título LOS LASTRES DE LA DERECHA ESPAÑOLA, y en él intento profundizar un poco sobre una serie de características peculiares del Partido Popular que imposibilitan su homologación con otras formaciones políticas semejantes de nuestros vecinos europeos y de otros países occidentales. En mi opinión, tendrían que cambiar mucho las cosas en el seno del PP para poder considerarlo un partido moderno, respetable, coherente y sin complejos.

EL 15-M, UN AÑO DESPUÉS

          Estoy firmemente convencido de que el 15-M es un movimiento imprescindible, cargado de razones, y surgido en un momento muy crítico de nuestra historia, en el que están quedando al descubierto las grandes contradicciones, mentiras e injusticias de este sistema económico nuestro, dominado más que nunca por las altas finanzas y por la búsqueda exacerbada y obscena de los máximos beneficios posibles por parte de una reducida élite empresarial. En este planeta que habitamos, superpoblado, limitado, sobre-explotado y contaminado, no es posible seguir tolerando una economía neoliberal y capitalista, ejercida por unos pocos en su propio y exclusivo provecho, y en detrimento de la inmensa mayoría de la población, al tiempo que se degrada con rapidez el medio ambiente y peligra la supervivencia de la fauna y la flora salvajes. Es urgente e ineludible plantear otras pautas de vivir, trabajar y consumir, para que los graves desequilibrios que observamos en nuestro mundo no alcancen niveles intolerables. Y es más que evidente que los grandes intereses privados, las grandes corporaciones financieras y la mayoría de las multinacionales que dominan el sistema actual no van a propiciar ninguno de los cambios que se necesitan, cada vez con mayor urgencia.

          Ahora bien, pienso igualmente que el movimiento de indignados debe ir más allá de la mera protesta en las calles. Creo que debería organizarse mejor y establecer contactos con formaciones políticas ya existentes, preferentemente de izquierdas (sería un absurdo vincularse con partidos de otro signo, por razones obvias), con el fin de realizar un intento serio y profundo de influir en la marcha de la política de este país. Se me podrá decir que, de esa manera, perdería frescura y espontaneidad y correría el riesgo de burocratizarse en exceso y convertirse en otro partido más. Bueno, existiría ese peligro, es posible, pero es preciso pensar también que, tras la fase de denuncia y de diagnóstico, que es absolutamente básica, el siguiente paso consistiría ya en proponer alternativas , plantear otras formas de hacer política, redactar objetivos coherentes, diseñar una manera diferente de dirigir la economía, con arreglo a criterios mucho más sociales. Y para todo esto, hay que sentarse, recapacitar, estudiar, proponer, analizar lo que dicen expertos independientes de todo el mundo, debatir……y todo ello con los mayores rigor y seriedad posibles.

          Además, quiero dejar bien claro que no me parece justo despreciar o ignorar a determinadas formaciones políticas, constituídas desde hace bastante tiempo y con representación parlamentaria. Se diga lo que se diga, algunas de estas fuerzas políticas se hallan mucho más cerca de los propios planteamientos del 15-M que otras (léase el PP). Meter a todos los partidos políticos en un mismo saco y afirmar que todos son iguales me parece una gran simplificación y una absoluta falsedad. En este último año que hemos vivido, se ha visto una gran contradicción. Apenas nacido el 15-M en la Puerta del Sol madrileña, con una enorme repercusión mediática no sólo en España sino en buena parte del mundo occidental, pasamos por unas elecciones autonómicas y municipales en las que la derecha ganó por goleada a las alternativas socialista y de izquierdas. Pocos meses después, en las elecciones generales del 20-N, el PP volvió a ganar con amplia mayoría absoluta, mientras que el PSOE cosechó los peores resultados de su historia reciente. Ya sé que en ello han influido muchísimos factores y que se podría estar discutiendo sobre los mismos hasta el infinito, pero no se me negará que, por encima de todo, se ha producido una paradoja de enorme calibre: mientras el 15-M nacía con fuerza y generalizaba sus protestas, un partido conservador y claramente pro-capitalista obtenía sus mayores cuotas de poder desde el advenimiento de la democracia.

          En fin, resumiendo, yo pediría a los indignados dar otro paso hacia delante y engranarse de alguna manera más efectiva con la política real, precisamente para tratar de influir mejor sobre la misma y modificarla con más eficacia. Un saludo a todos.

SORAYITA, LA “REVIENTAVIERNES”

Hay que ver cómo cambian las cosas con el tiempo. Lo malo, claro, es cuando van a peor, que por desgracia suele ser lo frecuente en momentos como los que nos está tocando vivir.  Me gustaría llamar la atención del lector sobre algo tan aparentemente neutro  y ajeno  a los vaivenes de la vida como es un simple día de la semana. Concretamente me estoy refiriendo al viernes.

Casi desde que tengo uso de razón, el viernes ha sido siempre un día alegre, optimista, casi sonriente, si se me permite el calificativo. Señala el final de una semana laborable, más o menos llena de trabajos, esfuerzos, estudios, madrugones y fatigas de diversa índole, y representa una especie de portal del anhelado fin de semana. Cuando llega el viernes, nuestra mente se recrea ante la perspectiva del tiempo libre, de levantarse más tarde, salir al campo, ir al cine, salir a cenar o a picar algo (el que se lo pueda permitir,  lógicamente), reunirse con los amigos, holgazanear, practicar el bricolaje, en fin, cualquier cosa menos trabajo  y obligaciones. Bueno, al menos ésta es la tónica general, para la mayoría de los mortales. Y, desde luego, esto ocurre también en otros países que comparten cultura y costumbres con nosotros. Como botón de muestra, basta citar el título de aquella película norteamericana: “Thank God,  it’s Friday!(“¡Por fin ya es viernes!” en español). Este carácter simpático y alegre del viernes se ha mantenido así durante décadas, como es natural y, creo yo, como Dios manda……hasta ahora.

En efecto, desde hace ya unas cuantas semanas, más o menos desde que empezó a rodar este año 2012 -y el nuevo Gobierno de Mariano Rajoy-, la cosa ha cambiado dramáticamente. Los viernes son el día del Consejo de Ministros, como antes, es cierto, pero es que ahora se ha adoptado la costumbre de utilizar la rueda de prensa posterior al Consejo para anunciarnos (más bien, descargar sobre nuestros atónitos oídos) una cascada de muy malas noticias para casi todos los españolitos: subidas de impuestos, recortes presupuestarios, supresión de servicios públicos, reformas laborales, eliminación de organismos estatales, ajustes, tijeretazos, privatizaciones, amenazas de intervención a comunidades autónomas, recortes milmillonarios en sanidad y educación, copago de medicamentos y toda una suerte de espantos que convierten los telediarios del viernes a mediodía en una verdadera tortura psicológica. Si encima estás comiendo al tiempo que ves las noticias, pierdes ràpidamente el apetito y corres el riesgo de sufrir una indigestión.

¿Y quién es la mensajera de todo este aluvión de pésimas noticias para nuestro bolsillo, nuestra salud y nuestro bienestar? Pues, ya saben, Soraya Sáenz de Santamaría, Vicepresidenta del Gobierno y Portavoz del ídem, que siempre acude como un clavo a las citas del viernes, unas veces sóla y otras acompañada de los ministros más implicados, como Montoro, De Guindos, Mato, Báñez o Wert (los más habituales en este tipo de encuentros). Desde su tribuna preferente, tienen a bien anunciarnos la amplia batería de medidas anti-crisis que han aprobado esa misma mañana en el Palacio de la Moncloa y que, más que anti-crisis, yo las calificaría de anti-humanas, porque siempre van “al merme” (como diría el genial José Mota) de la gente corriente, los ciudadanos de a pie, los electores, los contribuyentes, los asalariados.

Pero, por curioso que pudiera parecer, la actitud de la vicepresidenta Soraya y de sus ministros no refleja ni siquiera una cierta y lógica contrariedad o malestar ante el dolor que todas estas medidas están causando a la sociedad. ¡Qué va! ¡Todo lo contrario! En sus caras, tono, gestos e incluso sonrisas de autocomplacencia, se percibe inequívocamente un íntimo y ostensible orgullo por todas las decisiones que están tomando, como si dijesen: Fijáos qué buenos, qué listos y qué competentes somos, que no paramos de hacer reformas y no dejamos títere con cabeza. Nosotros sí que sabemos gobernar, y no los que había antes, que eran tan blanditos y que nos han dejado esta herencia tan desastrosa. Exhiben, sin recato ni pudor alguno, una actitud jactanciosa que resulta, la verdad, bastante irritante, mientras ponen en marcha sus planes de liquidación de tantas cosas positivas que teníamos los ciudadanos españoles, tras décadas de construcción laboriosa de este, ¡ay!, aparentemente efímero estado del bienestar.

Y mientras termino de escribir este artículo, no puedo dejar de pensar en la frasecita pronunciada ayer día 2 de mayo por la señora Aguirre, presidenta de la comunidad madrileña, cuando era entrevistada en la cadena SER. Con el sarcasmo que la caracteriza, vino a decir algo así: “Pues nosotros, en la Comunidad, nos reunimos todos los viernes para estudiar qué servicios podemos recortar, ¡y estamos encontrando unas partidas maravillosas!” Francamente, esta actitud me parece obscena. Es como si le divirtiera hallar oportunidades de recorte, que casi siempre significan personas a la calle. Me parece inadmisible que una persona que ostenta un cargo público, por encargo directo del electorado, y que se encuentra al servicio de la ciudadanía, se pronuncie en estos términos tan sumamente frívolos.

En fin, espero que en algún momento, y ojalá que no sea muy lejano, nuestros queridos viernes vuelvan a ser como los de antaño. Nos va la salud en ello.