Archive for 20 marzo 2013

A VUELTAS CON LA ECONOMÍA DE LA UE

responsables económicos UE

          El otro día envié un breve comentario  al video-blog del periodista Iñaki Gabilondo en la web del diario El País, pero por alguna razón, probablemente de tipo técnico, no llégó a salir publicado. Y la verdad es que me quedé con las ganas de verlo subido al foro, de manera que vuelvo a transcribirlo aquí, en mi propio blog, un pelín corregido y aumentado.

          Se trataba del rescate a Chipre por parte de la llamada “troika” comunitaria, formada como se sabe por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Las durísimas e inaceptables condiciones impuestas en un primer momento al pequeño país mediterráneo han desatado la indignación no sólo de los propios ciudadanos chipriotas, sino de muchos comentaristas, expertos y economistas de todo el mundo. Incluso el mismísimo Wladimir Putin, presidente de Rusia, se ha pronunciado en términos muy severos sobre las condiciones financieras impuestas por la gobernanza económica comunitaria, si bien hay que reconocer que lo que más mueve a este mandatario es la defensa de los intereses de muchos conciudadanos rusos, titulares de depósitos en los bancos de la isla.

          Independientemente del claro abuso que las autoridades monetarias europeas están cometiendo sobre la economía de Chipre, país que queda en una situación muy precaria, yo quisiera abundar en una idea sobre la que ya me he pronunciado en varias ocasiones. Los responsables actuales de la economía y las finanzas europeas parecen tener una OBSESIÓN ENFERMIZA con las medidas de carácter presupuestario y financiero a la hora de afrontar el problema de la profunda crisis económica que atraviesa la UE (bien es cierto que unos países la sufren con mucha más intensidad que otros). Según estas mentes pensantes y poderosas (véase la fotografía que encabeza el artículo), sólo hay un camino posible para toda Europa, el de la austeridad fiscal a rajatabla, y sólo por medio de ella se llegará un día a la tan ansiada recuperación económica, al crecimiento y al empleo. Esta idea se repite desde hace unos años como un mantra, y dirigentes de “segunda división”, como nuestro “preclaro” presidente Rajoy y su equipo, la han adoptado con gran entusiasmo y fe ciega, para desgracia de casi todos los ciudadanos que padecemos su mandato.

          Y he aquí mi reflexión. ¿Por qué demonios los altos dirigentes europeos no se dedican a pensar sobre otro tipo de medidas diferentes a las estrictamente financieras y presupuestarias? ¿Por qué no se les ocurre diseñar políticas de carácter comercial, industrial, productivo y energético? ¿Acaso estos/as señores/as están donde están sólo para imponer medidas de pura austeridad, es decir, recortes y tijeretazos en los presupuestos nacionales, que casi siempre se traducen en severas disminuciones de gasto social, esto es, en sanidad, educación, pensiones y atención social? ¿Todavía no han caído en la cuenta de que aplicar políticas restrictivas sobre una economía en recesión no hace más que agravar el problema? Por Dios Santo, que piensen de una vez cómo se podría estimular la economía real, que es de la que todos comemos y la única que puede asegurar un crecimiento sostenido, un bienestar para la inmensa mayoría de la población, y un hueco digno para Europa en el mundo.

          ¿O es que se han vuelto todos locos?

EL PAPA FRANCISCO: BUENAS VIBRACIONES

Papa Francisco

          Debo confesar que al anochecer del día 13 de marzo, después de que la fumata blanca sobrevolara el tejado de la capilla Sixtina, en el Vaticano, acudí de mala gana al televisor para ver aparecer poco después al recién nombrado Papa en el balcón principal de la Basílica de San Pedro. En esos momentos me importaba bien poco quién saliera elegido, porque pensaba que todo seguiría más o menos igual en la Iglesia Católica, tras los pontificados bastante conservadores y ortodoxos de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

          A pesar de haber recibido una educación machaconamente religiosa en mis años mozos, como tantos y tantos españoles de mi edad, soy una persona muy fría en cuestiones de fe. Con los años me he vuelto bastante escéptico y, además, he podido comprobar toda la hipocresía y falsedad que rodea, no sólo a la alta jerarquía de la Iglesia, sino a muchos que se consideran católicos y que se jactan de ello ante los demás, contraviniendo flagrantemente lo que se supone que deberían ser la humildad y el espíritu evangélicos. Si hablamos de los grupos más conservadores del mundo católico, que mezclan de manera obscena la profesión religiosa con el poder político y el poder financiero, el rechazo que siento hacia todos ellos es absoluto.

          Pero tengo que reconocer que, tras los primeros minutos de aparición ante las cámaras del hasta entonces cardenal Bergoglio, tras sus primeros gestos y sus primeras palabras, me invadió un sentimiento bastante positivo. Fue sorprendente que saludara a la multitud con un simple “Buona sera” y que, pocos minutos después, pidiera humildemente a los fieles allí congregados que rezaran y pidiesen por él. Me pareció una persona cercana, empática, sencilla y bastante diferente del estilo que ha caracterizado a sus antecesores inmediatos. Su manera de conducirse y expresar sus ideas, en los primeros días que han seguido a su elección como nuevo Papa, no ha hecho más que confirmar esta primera y favorable impresión personal.

          Ayer, durante la ceremonia solemne de entronización, entre otras muchas cosas, el nuevo Papa Francisco dijo algo que me agradó especialmente, cuando exhortó a todos los dirigentes y personas con poder político en el mundo a cuidar del planeta y proteger la Naturaleza, evitando su destrucción. Ya va siendo hora de que la Iglesia Católica tome auténtica conciencia de los graves problemas medioambientales que sufre nuestro mundo, y se implique de verdad en cuestiones de ecología y medio ambiente, en lugar de dar la espalda a algo tan serio y preocupante. Por supuesto, también me gustó su posicionamiento en favor de las más pobres y desfavorecidos. La Iglesia de Roma, si quiere recuperar autenticidad y credibilidad, debe involucrarse también en los problemas económicos y sociales, ahora que el capitalismo más descarnado y la extrema codicia de una pequeña minoría han causado esta profunda crisis en la que estamos sumidos, y que se puede resumir en un gigantesco y descarado trasvase de recursos financieros de las clases medias y trabajadoras a los grandes bancos, a los poderosos grupos de inversión y a los hombres más ricos y acaudalados del planeta, lo que no hace más que extender la pobreza y agigantar el abismo entre pobres y ricos. Es hora de denunciar conductas y actitudes, y no de andarse con paños calientes.

          Ojalá los primeros gestos del nuevo Papa Francisco, como lo de elegir su propio nombre o renunciar a ciertos signos personales de ostentación, como la cruz de oro, se traduzcan en cambios más profundos y trascendentes. La Iglesia Católica lo necesita como el agua, y el mundo entero, creyente o no, lo agradecería también.

“LA VIDA PRIVADA DE SHERLOCK HOLMES”, UNA JOYA OLVIDADA

Private Life of Sherlock Holmes 1

Billy Wilder (1906-2002) es uno de los realizadores con más talento que ha dado la historia del cine. A este director y guionista norteamericano de origen austríaco debemos películas tan famosas y reconocidas como:

  • El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard) (1950)
  • Sabrina (1954)
  • La tentación vive arriba (1955)
  • Testigo de cargo (1957)
  • Con faldas y a lo loco (1959)
  • El apartamento (1960)
  • Irma la dulce (1963)
  • Primera plana (1974)

entre otras muchas igualmente valiosas. En total, fue guionista de 60 películas y director de 26. Resultó nominado a los Oscars en 21 ocasiones y premiado con la famosa estatuilla cinco veces. Destacó principalmente por sus comedias de humor especialmente crítico y ácido, pero supo abordar también con gran éxito otros géneros, como el drama o el suspense.

Dentro de su extraordinaria filmografía, figura una película un tanto atípica y, creo, injustamente olvidada, “La vida privada de Sherlock Holmes”, producida en 1970. En ella, Billy Wilder (coautor del guión junto a I.A.L. Diamond) aborda desde una perspectiva bastante original un supuesto episodio de la vida del archifamoso detective creado por Sir Arthur Conan Doyle, y consigue una bonita historia, en la que concurren bien dosificadas la intriga, la ironía, el amor, la sorpresa y el encanto del ambiente británico en plena era victoriana. Para ello, el realizador cuenta con la ayuda inestimable de una preciosa y sugerente banda sonora, de la que es autor nada menos que Miklós Rózsa, genial compositor que puso música a filmes como El loco del pelo rojo (una biografía de Vincent Van Gogh, interpretada por Kirk Douglas), Ben-Hur, El Cid, Rey de Reyes o la más tardía El ojo de la aguja.

La película está protagonizada por Robert Stephens, que da vida a Sherlock Holmes, Colin Blakely, en el papel del Dr. Watson, y Geneviève Page, la cual interpreta el papel de una bella y enigmática mujer extranjera que irrumpe de un modo inesperado en la vida del detective y su compañero, y les pide su ayuda para averiguar el paradero de su esposo supuestamente desaparecido. También aparece el siempre eficaz y todoterreno Christopher Lee, que actúa como el hermano de Sherlock, alto funcionario del Gobierno británico.

La historia arranca de un modo bastante acertado y original. La primera escena nos sitúa en el Londres de los años sesenta del pasado siglo, en el interior de una entidad bancaria y en el momento en que se procede a la apertura de una vieja caja, custodiada en los sótanos del banco y perteneciente en su día al Dr. Watson, quien había dado órdenes precisas de no abrirla hasta transcurridos 50 años después de su propia muerte. En el interior de la caja van apareciendo los antiguos objetos personales del célebre detective: su pipa, su característico sombrero, su lupa, un revólver, la jeringuilla que utilizaba para inyectarse morfina, documentos escritos y, en el interior de un viejo reloj de bolsillo, una foto de la atractiva dama que luego tendrá un papel decisivo en la trama de la película. Los documentos hablan por medio de la voz en off del propio Dr. Watson, al tiempo que suena una melodía sugerente y profundamente nostálgica, que nos ayuda a trasladarnos a la época en la que tiene lugar la historia, al Londres del verano de 1887.

No voy a contar la película, por supuesto, pues odio destripar las buenas historias, y en todo caso el propósito de este artículo es el de animar al lector a verla y disfrutarla, si es que no la conoce todavía. Lo que sí diré es que, en mi opinión, es una película llena de encanto y primorosamente tratada por el director Billy Wilder. El personaje de Sherlock Holmes, bajo una apariencia inicial excéntrica, maniática y bastante afectada (incluso se insinúa una aparente homosexualidad), se siente fuerte y sinceramente atraído por la hermosa y misteriosa mujer que aparece de repente en su vida. Esta  revelará después una gran inteligencia y astucia, que acabará poniendo en jaque las cualidades deductivas y la reputación del propio Holmes. La trama se inicia en el mítico 221B de Baker Street, residencia del detective y su entrañable amigo y compañero de fatigas, Watson. Tras una serie de pesquisas e indagaciones en Londres, nuestros personajes tomarán luego un tren nocturno que les llevará hasta Inverness, en la lejana Escocia, y a las orillas del Lago Ness. Las escenas rodadas allí son visualmente muy atractivas.

Esta película me cautivó desde que la vi por primera vez, allá a principios de los años 70, siendo yo un adolescente, en un cine de barrio de la calle Bravo Murillo de Madrid, en un típico programa doble de los que se estilaban todavía por aquel entonces. Era una película distinta, sin duda alguna, peculiar, elegante y atractiva, y confieso que me llamó mucho la atención. Muchos años después, la he vuelto a ver, primero en video grabado de la TV y después en DVD, y puedo asegurar que no ha perdido ni un ápice de la magia inicial. Al menos para mí, el film tiene la virtud de sumergirte en otra realidad, en esa atmósfera victoriana que tanto me ha atraído siempre, y cuenta una historia que, sin ser nada espectacular, resulta muy sugestiva, interesante y sorprendente, tanto por el fondo como por la forma. ¡Gracias, señor Wilder!

El cineasta Billy Wilder (a la derecha), junto al siempre genial Jack Lemmon, uno de sus actores predilectos.

El cineasta Billy Wilder (a la derecha), junto al siempre genial Jack Lemmon, uno de sus actores predilectos.