Archive for 22 agosto 2012

LA PESADILLA DE LOS INCENDIOS FORESTALES

          Este verano está resultando especialmente trágico y dañino para nuestro medio natural, por el gran número de incendios forestales que están teniendo lugar a lo largo y ancho de toda nuestra geografía. En casi todos estos fuegos se aprecia claramente una intencionalidad criminal, pues sería de necios atribuirlos tan sólo a las altas temperaturas que estamos padeciendo. El calor extremado no es la causa de los incendios, aunque ciertamente favorezca su propagación, una vez comenzados, y dificulte gravemente su extinción. Para desgracia de nuestros bosques y montes (y para desgracia nuestra, por supuesto), hay muchos pirómanos que, movidos por oscuros intereses o, simplemente, por el placer miserable de causar el máximo daño posible, actúan con casi total impunidad. A mi modo de ver, en este tremendo problema hay dos elementos que fallan estrepitosamente, dejando aparte la cuestión añadida de que la reciente política de recortes aplicada en todo el territorio ha afectado sin duda a la efectividad de los equipos de prevención y extinción (sobre esto habría mucho que decir, naturalmente).

          El primer punto débil es la falta de detección de los fuegos en los primeros instantes de originarse los mismos. Sé que no es fácil, pero me parece fundamental que los medios y dispositivos de vigilancia sean mucho más exhaustivos y precisos, con el fin de minimizar el tiempo de respuesta por parte de los operativos de extinción, a fin de abortar el incendio cuando éste aún no haya adquirido grandes dimensiones y sea demasiado tarde. Obviamente, cuando un fuego afecta ya a miles de hectáreas, la labor de los servicios de extinción se multiplica y se dificulta de manera extraordinaria, comprometiendo una cantidad de recursos humanos y medios materiales a veces inasumible.

          El otro elemento que falla es de carácter penal y punitivo en relación con el que provoca el incendio. Creo que en la mente de todos está la idea de que estos individuos cometen un gravísimo delito, por cuanto destruyen un paisaje natural, patrimonio de todos y resultado de varias décadas de crecimiento y desarrollo. Arrasan flora y fauna, con un valor inapreciable en una naturaleza ya de por sí bastante castigada, y también ponen en serio peligro vidas humanas, comenzando por la de los que se esfuerzan en combatir los fuegos, cuyo trabajo es singularmente arriesgado, como todo el mundo sabe. ¿A qué esperan nuestros legisladores para endurecer la gravedad de estos delitos y elevar las penas correspondientes? Para mí, no sería ninguna incoherencia equiparar este delito al rango de asesinato o acto terrorista y, por consiguiente, castigar a quien lo cometa con las penas legales máximas. ¿Por qué no, si el daño que provocan es también del máximo nivel imaginable? Sinceramente, creo que nuestos parlamentarios tienen aquí mucho que hacer, si es que les importa algo el valor de nuestro patrimonio medioambiental y también el de las vidas humanas que se ponen en peligro, indefectiblemente, verano tras verano.

          Una vez más, el gobierno y su máximo responsable en estos temas, el ministro Arias Cañete, demuestran estar muy alejados e insensibilizados con respecto a este grave problema. Hace pocos días, el titular de Medio Ambiente se defendía en una comparecencia pública, en la que ponía todo su empeño en demostrar que la gestión de su departamento con respecto a los incendios había sido “intachable” (¡¡toma ya!!). Se refería a los incendios como si fueran un fenómeno natural, como pudiera ser la lluvia, el calor o el viento, que se presentan espontáneamente y ante los que sólo cabe tomar medidas a posteriori, para paliar sus efectos. Naturalmente, también aprovechó su comparecencia para descargar todo el peso de la responsabilidad sobre las comunidades autónomas, que son las que deben encarar a priori este asunto al ser de su competencia. Es lamentable, pero ante los más graves problemas seguimos presenciando comportamientos insolidarios e irresponsables por parte de los que ocupan los más altos puestos. Para ellos, en este caso para el señor Arias Cañete en particular, lo principal es defender su parcelita de poder y su particular actuación, aunque haya estado desaparecido casi todo el verano mientras los incendios arrasaban decenas de miles de hectáreas por toda España. La verdad es que este personaje no tiene aspecto de alterarse ni de perder su beatífica tranquilidad por nada ni por nadie, por más que arrecie la tempestad en el exterior de su despacho ministerial. Él está a otras cosas, como lo de “poner en valor” nuestro litoral, ¿recuerdan?

          ¡Pobre medio ambiente español, menudo “abogado defensor” que le han endilgado!

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“SANGRE Y ACERO”, SERIE DE TV

          La cadena de televisión Antena 3 está emitiendo desde hace unas semanas una interesante serie titulada Sangre y Acero. Se trata de una coproducción en la que han intervenido varios países, Irlanda, Reino Unido, Italia, Francia y Canadá, bajo la dirección del irlandés Ciaran Donnelly, responsable también de otra serie de éxito, Los Tudor.

          Como base argumental y fondo histórico se recrea la la construcción del archifamoso buque de pasajeros Titanic, en los astilleros Harland & Wolff de Belfast, por encargo expreso de la compañia de navegación norteamericana White Star Line, propiedad del magnate JP Morgan. Como se narra en la serie, el Titanic no fue el único transatlántico de su clase, sino que era el segundo de una total de tres grandes vapores que se construyeron por acuerdo entre la naviera mencionada y los astilleros norirlandeses. Ya se había entregado el Olimpic, y faltaba aún por construir el Gigantic, aún en proyecto y que posteriormente cambiaría su nombre por el de Britannic. Por fatalidades del destino, sólo el Olimpic tuvo una vida relativamente prologada, ya que el Britannic se hundió durante la Primera Guerra Mundial en 1916 en aguas griegas, bien por la explosión de una mina alemana o por la acción de un torpedo enemigo. De la tragedia del Titanic, en su viaje inaugural de abril de 1912, ya se ha contado todo lo que se podía decir, y más.

          Aparte de la fidelidad histórica, en esta producción televisiva concurren muchos otros ingredientes valiosos. Hay una bonita historia de amor entre el principal protagonista, un joven ingeniero metalúrgico (encarnado por Kevin Zegers), de origen humilde pero convertido en pieza clave de la construcción del transatlántico, y una bella e inteligente empleada de los astilleros (a la que da vida Alessandra Mastronardi), hija mayor de un inmigrante italiano. Este ingeniero, que ha intentado ocultar su pasado, como hijo que es de un obrero irlandés católico, a fin de poder abrirse camino sin dificultad, se enfrentará además a un conflicto personal grave que absorberá buena parte de su tiempo y energías. Y hay también un trasfondo turbulento y conflictivo, con problemas sociales, laborales y políticos peligrosamente entremezclados. En efecto, aparte las reivindicaciones de los trabajadores propias de la época, que chocaban frontalmente con la rígida mentalidad propia de la mayoría de los propietarios del capital, ya existía una fuerte tensión entre los católicos irlandeses, favorables a la independencia respecto del Reino Unido, y la minoría protestante de la provincia del Ulster, fiel a la corona  británica y dispuesta a todo con tal de mantener su statu quo. Como se ve, un auténtico cóctel bastante explosivo, que queda muy bien reflejado en la serie. Por supuesto, la ambientación está muy cuidada en todos sus aspectos, e incluso las escenas exteriores, como la del casco del Titanic en construcción (quizá la parte más difícil de conseguir, desde el punto de vista técnico y visual), están bastante bien resueltas y resultan muy creíbles.

          Entre los protagonistas de esta coproducción, tiene un lugar muy destacado el magnífico actor británico Derek Jacobi (el inolvidable protagonista de Yo, Claudio). Da vida a un personaje muy interesante, el de Lord William Pirrie, presidente del consejo de administración de los astilleros Harland & Wolff. Contrariamente a lo que era la norma entre sus colegas de clase social y económica, este hombre se distingue por ser mucho más flexible y ecuánime, lo que le hace buscar por todos los medios maneras de resolver satisfactoriamente los conflictos planteados por los trabajadores de su astillero, llegando incluso a negociar personal y directamente con representantes de los mismos. Es quizás un hombre adelantado a su tiempo, con una gran categoría humana, que sabe ponerse en la piel de sus oponentes (¡qué virtud tan escasa, incluso hoy día!), y a quien le interesa sobre todo concluir sus grandes proyectos (la construcción del mejor buque de su tiempo), sabiendo que ello será beneficioso para todos, ricos y pobres, grandes y pequeños, seguidores de una religión o de  otra. Un personaje, en fin, que se gana el afecto del espectador, como decía antes interpretado magistralmente por Derek Jacobi, en quien se fijó en su día nada menos que Sir Laurence Olivier, cuando le invitó a formar parte del Royal National Theatre de Londres. No hace mucho, los espectadores españoles pudimos contemplarle interpretando al arzobispo de Canterbury en la excelente película El discurso del Rey, una muestra perfecta de que con no muchos recursos se puede hacer una producción impecable.

          En resumen, los miércoles por la noche hay un buen motivo para quedarse sentado delante del televisor y disfrutar de una sobresaliente serie de ambiente histórico, lo que es muy de agradecer.

RAJOY: UN PRESIDENTE CONTRA LAS CUERDAS

          Hola de nuevo. Tal como prometí, ya estoy otra vez ante la pantalla de mi ordenador, dispuesto a continuar exponiendo mis puntos de vista en el blog. Verdaderamente, estos últimos días de julio y primeros de agosto han seguido la misma tónica de alta tensión de las semanas precedentes, en lo relativo a política y economía. La presión sobre nuestra deuda en los mercados de capitales ha continuado en niveles muy preocupantes, que sólo se relajaron circunstancialmente a partir de unas declaraciones muy genéricas de Mario Draghi el 26.07.12; sin embargo, días después, las expectativas optimistas generadas por el presidente del BCE quedaron una vez más defraudadas tras una nueva comparecencia pública del mismo personaje, y de nuevo nuestra prima de riesgo volvió a dispararse. Este juego macabro de un pasito hacia adelante y uno o dos pasitos hacia atrás, por parte de los máximos responsables de la unión monetaria europea, no benefician a nadie, y menos a nosotros, por supuesto.

          Por su parte, nuestro presidente Mariano Rajoy se dignó a realizar una excepción en lo que ha venido siendo su costumbre de no prodigarse ante los medios (¡qué miedo a desgastarse!). El pasado viernes 3 de agosto, tras el último consejo de ministros, salió al estrado y ofreció una especie de declaración institucional ante la prensa de marcado carácter económico, como si quisiera suplir así el tan necesario debate sobre el estado de la nación que este año no quiere celebrar en el Congreso. Una vez más, como en tantas comparecencias públicas, su discurso ha sido hueco e impreciso, repleto de lugares comunes e ideas repetidas hasta la saciedad en el gobierno que preside. Además, ha faltado un mensaje realista de optimismo y esperanza hacia la sociedad española, que se supone sería un deber ineludible por parte de cualquier presidente.

          Da la impresión de que Mariano Rajoy está desconcertado  y superado por la realidad, al evidenciarse un fuerte empeoramiento de la economía española, “a pesar” de todo el paquete de reformas que ha venido desarrollando sin cesar desde el pasado mes de enero. No parece sino que se ha llegado a un punto en el que, en contra de lo esperado por él y sus ministros, la situación no hace más que agravarse semana tras semana. ¡Qué distinto es todo a lo que él prometía, cuando aseguraba a sus electores potenciales que las cosas empezarían a mejorar nada más entrar él en La Moncloa! ¿Dónde queda ahora su famosa confianza, con la que sedujo fácilmente a tantos millones de ciudadanos incautos?

          Centrándonos un poco en su discurso del viernes, en nada ayudan manifestaciones en las que se pone a sí mismo como ejemplo a seguir, como cuando apela a su constancia y a su perseverancia proverbiales para salir de la crisis que nos ahoga. ¡Curiosa fórmula para combatir y resolver una recesión económica tan grave! Ciertamente, no me esperaba algo tan subjetivo, voluntarista e inconsistente en un jefe de gobierno. Tampoco ayudan en nada expresiones tan tópicas e indefinidas como: “Vivimos un momento extraordinariamente difícil” (¡ya lo sabemos, presidente!), “no hay más remedio que seguir este camino” (¡hombre, si usted lo dice!), “sé que las medidas no son agradables” (¡desde luego, sobre todo para los asalariados y la gente con menos recursos, qué casualidad!), “siempre actuaré por los intereses generales de los españoles” (no sé yo, oiga, no me fío ni un pelo de lo que dice), o bien, refiriéndose al más que posible rescate de nuestra economía, “no tengo tomada ninguna decisión” (¡hay que ver con qué meridiana claridad se expresa usted!). Ya para terminar, una curiosa despedida: “El que pueda, feliz verano”. No sé como tomarme esta última frase, que casi calificaría como de dudoso gusto. En resumen, un discurso nada clarificador y muy deprimente, probablemente reflejo de su propio estado de ánimo.

          Ciertamente, no ofrece ya ninguna credibilidad ni confianza un presidente del gobierno que ha seguido tozudamente una senda de durísimos ajustes fiscales, sin detenerse a pensar ni por un momento en la peligrosa espiral recesiva que podía causar, y que al cabo de siete meses da claras muestras de agotamiento y estupor ante los nulos resultados pretendidos. Desde el primer momento siguió con entusiasmo las recetas que le marcaban desde Bruselas, Frankfurt y Berlín (“Me gusta la austeridad”, ¿recuerdan?), y no se detuvo a reflexionar si era posible otra política, basada en el estímulo del crecimiento y en una renegociación enérgica y valiente de objetivos con la Unión Europea. Pero esto sin duda era demasiado para él y los suyos, supongo. Para nuestra desgracia, estamos pagando un alto precio por su mediocridad como estadista, si es que se le puede calificar de tal. Mariano Rajoy, que habitualmente se muestra en España tan altivo, suficiente, orgulloso y seguro de sí mismo, no es más que un pobre hombrecillo cuando acude a las reuniones internacionales.

          Esta es la dura realidad.

         En otro momento comentaré otras decisiones, no económicas sino puramente políticas, que están haciendo un enorme daño a la sociedad española. Escribiré sobre los graves perjuicios causados en los servicios públicos, en educación y sanidad; sobre la toma de control de RTVE y la caza de brujas obrada en sus servicios informativos; sobre el disparate que pretenden hacer con el operador ferroviario RENFE; sobre el sorprendentemente ultraderechista ministro Gallardón; sobre muchas otras medidas que nos están haciendo retroceder décadas de avances sociales. Hasta entonces, un saludo.