Archive for abril 2011

ELOGIO DEL «WESTERN»

          Soy un gran admirador del cine, al que considero el arte por excelencia del siglo XX . Se ha definido muchas veces a Hollywood como «la fábrica de sueños», y esta definición me parece acertadísima, aunque yo la haría extensiva a toda la industria del cine en el mundo. La gran pantalla es una ventana mágica que nos traslada a otros lugares y otras épocas, que nos deleita con la belleza de sus imágenes, que nos hace reír o nos conmueve profundamente, que despierta en nosotros un sincero entusiasmo cuando conecta con nuestros propios anhelos, que nos hace soñar, en fin, con personajes -actrices y actores- cuya belleza, glamour, valor y elegancia nos cautivan irremediablemente.

          Ahora bien, dentro del cine hay un género por el que siempre he sentido una especial predilección: el western. Desde niño me he sentido fuertemente atraído hacia él, cosa bastante comprensible, ya que cuando empecé a ir al cine y a darme cuenta de lo que veía en él (lo que suele conocerse como uso de razón), las películas del Oeste eran extraordinariamente frecuentes en nuestras salas de cine, y el género vivía aún su época dorada en su Norteamérica natal. Estoy hablando de los primeros años de la década de los sesenta.

          Recuerdo muy bien cuando estrenaron en Madrid la película «La conquista del Oeste» (originalmente, How the West was won) en el cine Albéniz, que entonces era la única sala madrileña habilitada para proyectar en Cinerama, sistema que utilizaba tres proyectores a la vez y que conseguía una gran espectacularidad en la pantalla. Como tantas otras veces en mi infancia, me acompañaba mi querida tía , a la que nunca he podido agradecer bastante el gran número de tardes de cine que me dedicó durante los años escolares. Solíamos ir al cine todos los jueves por la tarde, que era libre, sin clases, en los colegios (luego la libranza pasaría a los miércoles por la tarde). Volviendo a la película, ésta me dejó maravillado. Su banda sonora épica, sus numerosas escenas de acción, la grandiosidad de la imagen, el desfile de actores y actrices de primera fila (James Stewart, Gregory Peck, Debbie Reynolds, Caroll Baker, John Wayne, Richard Widmark, Henry Fonda, George Peppard, Eli Wallach,…), todos ellos en la cumbre de sus carreras, fueron absolutamente fascinantes para mí. Por supuesto, he vuelto a visionar la película en varias ocasiones y, aunque el impacto ya no ha sido el mismo, siempre la he visto complacido. Yo me quedaría sobre todo con su música, quizá lo más destacable del film (compuesta por Newman/Darby) y lo que mejor aguanta el paso del tiempo.

          «La conquista del Oeste» pretendía ser una especie de fusión, compendio u obra cumbre de todos los elementos más destacables que aparecían en el género del «western». Pese a su grandiosidad y a todos los recursos utilizados, no lo consiguió, desde luego. El western, por fortuna, era mucho más, tan extenso y variado como el paisaje geográfico que le sirvió siempre de escenario, y sin duda ha dado títulos de mayor calidad y prestigio que la pelicula mencionada. No pretendo dar aquí una lista completa de los mejores títulos, pero no quisiera dejar de mencionar algunos de los que me han dejado mejor recuerdo: «Sólo ante el peligro» (con un inolvidable y arquetípico Gary Cooper), «Raíces Profundas» (Shane, en origen, film sobrio pero de gran belleza), «Horizontes de Grandeza», «Duelo al sol», «El último tren de Gun Hill», «Duelo de titanes», «La diligencia», «Duelo en la alta sierra», «El árbol del ahorcado», «El Álamo», «Murieron con las botas puestas» (versión muy adornada y peculiar de la vida del coronel Custer, revisada años más tarde con  «La última aventura»), «El hombre que mató a Liberty Valance», «Los siete magníficos», «La legión invencible», «Río Bravo», «Tren de las 3:10 para Yuma», «Mayor Dundee», «Grupo salvaje»,……Por supuesto que tendría que añadir muchas más, pero no es mi intención escribir un artículo enciclopédico. Eso sí, debo hacer mención del llamado spaguetti western, subgénero que se caracterizaba por tener directores italianos (Sergio Leone, sobre todo) y rodarse en los secos paisajes almerienses; eso sí, con actores norteamericanos. Entre estas películas, yo destacaría «El bueno, el feo y el malo», «Por un  puñado de dólares» y «La muerte tenía un precio». Clint Eastwood fue la estrella indiscutible de este subgénero, normalmente secundado por Lee Van Cleef y Eli Wallach, soberbios villanos en la pantalla. Ya que hablo de villanos, personajes imprescindibles en el western, no tengo más remedio que recordar a actores como Jack Palance, Lee Marvin, John Carradine y tantos otros. Indudablemente, sin ellos, los héroes nunca hubieran brillado como lo hicieron.

          Evidentemente, el western vivió una época dorada durante las décadas de los cuarenta, cincuenta y sesenta, produjo un enorme número de títulos (no todos buenos, desde luego), a los que se añadió una buena cantidad de telefilms, y se llegó a una clara saturación. El género, por decirlo de alguna manera, se agotó y los espectadores dejaron de interesarse por él. Sin  embargo y por suerte, nunca ha muerto del todo, puesto que de tarde en tarde se producen películas más que notables que vuelven al mismo escenario del viejo y lejano Oeste americano. Podemos citar aquí «Sin Perdón», «Bailando con lobos», «Apaloosa» o la reciente «Valor de ley». Y es que los ingredientes del western siguen siendo válidos para construir nuevas o viejas historias, contadas éstas con lenguaje renovado.

          ¿Y qué es lo que tienen de especial los western para resultar tan atractivos? En primer lugar, yo mencionaría el escenario natural, los grandes espacios abiertos, la naturaleza majestuosa en la que se desarrollan las cabalgadas, las persecuciones, las emboscadas, la construcción de las primeras vías férreas transcontinentales. La escena física suele resaltarse con bandas sonoras muy inspiradas, que acentúan la grandiosidad del paisaje, como sucede en «Horizontes de grandeza» (The big country) (*), «La conquista del Oeste», «Los siete magníficos» y muchas más (¡cuánto le debe el género a compositores geniales como Dimitri Tiomkin, Elmer Bernstein, Jerome Moross, Richard Hageman, Max Steiner y otros!). Luego, por supuesto, está la historia humana, en la que habitualmente se enfrentan el bien y el mal, pero de una manera primaria, ruda y salvaje, debido a la ausencia de una estructura de ley y orden en unas poblaciones y territorios jóvenes y primitivos. Se dan, pues, las circunstancias idóneas para que el villano de turno y sus pistoleros  a sueldo opriman y atemoricen a una población indefensa, hasta que indefectiblemente aparece el hombre recto, valiente y, por descontado, diestro con las armas, que se enfrenta a los malvados y termina haciendo justicia. También están, naturalmente, los poblados con sus precarias construcciones de madera, los caballos, las diligencias, el personaje del sheriff, no siempre del lado de la ley, las escaramuzas con los pieles rojas, el fuego de los campamentos en la noche, el silbato del humeante caballo de hierro, todos esos elementos, en fin, que contribuyen a recrear un universo primitivo, salvaje y fascinante. En definitiva, a mi modo de ver, el western refleja el encanto primigenio de una nación joven, con vastos y magníficos territorios sin explorar, y la ilusión de unos hombres y mujeres dispuestos a luchar con coraje contra todos los obstáculos para abrirse camino, y construirse así un futuro próspero para ellos mismos y sus descendientes.

          En fin, sirvan estas modestas palabras mías como sentido homenaje a un género cinematográfico tan extraordinario como es el western.

(*) Mediante el siguiente enlace, se puede disfrutar de una suite basada en la banda sonora de esta película, compuesta por Jerome Moross:http://www.youtube.com/watch?v=EbowH6D2l_c

SOBRE LA PROPUESTA EDUCATIVA DE AGUIRRE

 

                                      

          Hace pocos días, la presidenta de la Comunidad de Madrid, doña Esperanza Aguirre, lanzaba su propuesta de crear un Bachillerato de Excelencia para aquellos alumnos que destaquen especialmente por su rendimiento académico durante la etapa anterior, es decir, la E.S.O. Para ser más exactos, no se trata de una propuesta en estricto sentido, sino de un plan adoptado unilateralmente por la CAM para implantarlo ya el curso que viene, en principio en un solo centro a título experimental, pero con la idea de extenderlo después a todos los institutos de la Comunidad. Todo esto, naturalmente, en caso de ganar las elecciones de mayo.

          Tengo que decir que estoy por completo en desacuerdo con semejante medida, y voy a exponer razonadamente mi posición, como no podría ser de otra manera.

          En primer lugar, no es adecuado que una medida de este calibre se adopte en solitario por una determinada comunidad autónoma. La política educativa constituye un asunto de la máxima importancia para el conjunto del Estado, y cualquier reforma significativa que se pretenda implementar ha de ser presentada y debatida en el Congreso, debidamente estudiada y valorada, y, si prospera con el necesario consenso, ha de aplicarse por igual en todo el territorio nacional. No es serio que cada comunidad, en un asunto tan vital, vaya por libre y modifique los planes educativos según el criterio de cada una (y lo que es peor, según quién gobierne en cada una de ellas). Siempre he mantenido la opinión de que los planes de educación tienen que estar consensuados por las principales fuerzas políticas, y no pueden de ninguna manera estar sometidos a cambios continuos, dependiendo de quienes ejerzan el poder en cada momento. Experimentos, los justos. Estabilidad, la mayor posible.

          En segundo lugar, no creo que esta sea la vía adecuada para mejorar el nivel de conocimientos de nuestros alumnos. Se podrían hacer muchas críticas atendiendo al carácter discriminatorio y elitista de esta medida. En este ámbito, sólo quiero llamar la atención sobre el hecho de que, mientras a unos cuantos chicos y chicas se les aislase del resto y se les facilitase una educación exquisita y «excelente», se dejaría a su suerte a todos los demás -la mayoría-, presuponiendo que la educación que éstos últimos recibieran sería cuando menos regular o mediocre. Y esta idea me parece intolerable. El grupo de los «elegidos» gozaría ya para siempre de un estatus privilegiado, que se extendería incluso a su futura vida profesional, pues en sus curriculum aparecería de forma destacada el haber cursado el Bachillerato de Excelencia.

          No, no debe caminarse por esa senda. Lo ético y responsable (y también lo difícil, por descontado) es hacer todo lo posible por elevar el nivel académico de todos, adoptando una cultura de esfuerzo y superación en todos los ámbitos y para todos los colectivos: educadores y alumnos, fundamentalmente, y también padres y sociedad en general. Si es necesario apoyar más al profesorado y otorgarle más autoridad, hagamos todo lo que sea preciso para que su figura sea más respetada y goce de todas las ayudas posibles. Si es preciso introducir pequeños -o no tan pequeños- cambios en los planes de estudio, o en el número de horas mínimas destinadas a cada asignatura, que se estudien, se discutan y se implanten. Para eso están el Ministerio y las consejerías de cada comunidad. Hay muchos altos cargos y funcionarios implicados en el ámbito de la enseñanza. Que «se pongan las pilas», si me permiten la expresión, y luchen por lograr la excelencia educativa de todos o, al menos, de la inmensa mayoría. Es el futuro de España lo que está en juego, ni más ni menos.

          En cualquier caso, ya existen en los centros aulas de enlace y/o aulas de diversificación y apoyo para alumnos que, por las razones que sea, no logran alcanzar un nivel mínimo de rendimiento escolar y han de ser segregados para recibir una atención especial, ya que es evidente que entorpecen y ralentizan el aprendizaje de los demás. Esto se manifiesta sobre todo con muchos hijos de inmigrantes, que llegan a nuestras aulas sin siquiera conocer nuestro idioma, o careciendo de una mínima base cultural previa.

          Un último apunte. Presiento que a una mayoría de los chicos/as  les repugnará un poco la idea de formar parte de un grupo escogido y aislado del resto, por muchas ganas de aprender que tengan y por muy brillante que sea su rendimiento. Muy posiblemente les invadiría un sentimiento de verse de alguna manera señalados o incluso rechazados por los demás, que a buen seguro les tomarían por «bichos raros» (cerebritos, pitagorines, etc.) pertenecientes a un club demasiado exclusivo. ¿Me equivoco?

          Seguiremos con atención el debate de este polémico asunto.

«MY FRIEND ANSAR»

                                       

          De cuando en cuando, con más frecuencia de lo deseable, este personaje desciende del Olimpo de su FAES y de sus misteriosas y ocultas actividades como consejero de inescrutables intereses y aparece en cuerpo mortal ante las cámaras de los medios nacionales. Se pone muy, muy serio y nos «regala» con algunos de sus pensamientos apocalípticos sobre el futuro de este país. País que, desde que dejó de estar guiado por su experta batuta, parece deslizarse inexorablemente hacia los abismos, por causa, claro, de la mala cabeza del gobierno socialista.

          Este individuo, que no aguantaría un asalto cuerpo a cuerpo con ningún periodista objetivo y profesional, se refugia en la distancia y altura de su tarima para sentenciar sobre el desastre y la ruina a la que nos conduce ZP, y para recordarnos sistemáticamente que él dejó España sin paro, en la cumbre de su prosperidad y con las cuentas más saneadas que nunca. Mientras pontifica, se acaricia con fingido descuido su melenita, se atusa el bigotín, se ajusta las gafas, saca pecho y tensa sus abdominales de hierro. En verdad que pocas veces he visto a un individuo con tantas carencias intelectuales y, a la vez, tan pagado de sí mismo.

          Este hombre tuvo la «suerte» de pilotar una España que había encontrado en la expansión inmobiliaria el medio más fácil y rápido de enriquecimiento de unas cuantas compañías constructoras, prosperidad que, por supuesto, contagió a otros sectores, atrajo gran cantidad de mano de obra y, en definitiva, aumentó la recaudación tributaria del Estado. Su famosa frasecita del «España va bien» no hacía sino constatar esta realidad, pero ignoraba los peligros de basar el crecimiento económico de nuestro país en un solo sector, cuyo desarrollo no podía ser ilimitado. Cuando creyó que éramos lo suficientemente fuertes como para destacar en el mundo, se alió sin dudarlo un momento con George W. Bush y le brindó todo su apoyo en la locura de la guerra de Irak, argumentando que ya era hora de colocar a España en el lugar que se merecía en la escena internacional.

          Y así se hizo cómplice de una de las guerras más injustas, ilegítimas y de peores consecuencias que ha visto la humanidad. Una guerra basada en una gran mentira y que ha castigado cruelmente al pueblo iraquí, que aún no ha hallado la paz y que todavía sufre casi a diario el zarpazo de grandes atentados terroristas, a una escala que aquí nos parecería insoportable. Al final, suele suceder que quien la hace la paga: al propio Bush la aventura militar le pasó factura (aunque tarde); Tony Blair vio truncada su prometedora carrera política y se vio obligado a responder ante comisiones parlamentarias y tribunales. Sin embargo, curiosamente aquí el Sr. Aznar ha salido incólume de este lamentable episodio y, lejos de pedir excusas con humildad por los graves errores cometidos, se pasea con prepotencia por todos los foros y elude la cuestión con sonrisitas de suficiencia. ¿Alguna vez se ha parado a pensar este sujeto en los horrores ysufrimientos infinitos padecidos por hombres, mujeres, ancianos y niños iraquíes, provocados por una decisión tomada unilateralmente por un trío de líderes extranjeros, en contra del sentido común y sin el respaldo de la ONU? ¿De verdad que tiene la conciencia tranquila?

          Pido a Dios, si está ahí y nos escucha, que nos libre de personajillos como éste, cuya mediocridad y total carencia de humanidad sólo les da para construir frasecitas lapidarias como «váyase, Sr. González», «España va bien», «créanme, Sadam tiene armas de destrucción masiva», «el cambio climático es un camelo», y otras por el estilo. Desde luego, a mí lo único que me produce es un desprecio absoluto.

          Espero y deseo que algún día el centro derecha español tenga líderes de mayor categoría, sensibilidad y prestigio. Mientras tanto, mucho me temo que nuestra democracia estará coja, y eso no es bueno para el conjunto del país.

CUESTIONES PARA UN DEBATE RENOVADO

                                   

          Este país nuestro necesita con urgencia superar el actual panorama político, este continuo rifirrafe y cruce encolerizado de acusaciones en que se ha convertido el debate entre partidos, este tono crispado y casi infantil que la mayor parte de los políticos utilizan al hablar del adversario. El Partido Popular ha hecho de la descalificación y del ataque sistemático sus señas de identidad. El gobierno y el Partido Socialista se defienden como pueden y, con frecuencia, caen al mismo nivel que sus irritadísimos detractores. Los medios de comunicación destacan estas trifulcas hasta la saciedad en telediarios, portadas de periódicos, noticiarios de la radio, páginas web (ellos tienen mucha responsabilidad de lo que ocurre). Y la ciudadanía está cansada y harta. ¿Es que la clase política no tiene otra cosa mejor que hacer y proponer?

          Es imprescindible elevar el debate, poner sobre la mesa asuntos serios e importantes, hacer propuestas positivas y llegar a acuerdos de colaboración en cuestiones básicas para el bienestar de nuestra sociedad. Para eso se les elige y se les paga, y los ciudadanos tenemos el derecho y el deber de exigírselo.

          Y para predicar con el ejemplo, me atrevo a proponer aquí algunos temas de capital importancia sobre los que, a mi modesto entender, tendría que centrarse el debate nacional.

  • Definición de un nuevo modelo productivo.  Tras el fracaso del modelo anterior, dominado por el sector de la construcción, es preciso definir y potenciar aquellos otros sectores sobre los que se ha de basar en el futuro nuestra prosperidad: turismo de calidad, nuevas tecnologías, reciclado y protección medioambiental, agricultura, aeronáutica, energías renovables, etc. Quizás sea esta la cuestión más difícil, pero los políticos tienen la obligación de estrujarse el cerebro e ir definiendo el camino a seguir.
  • Definición de un modelo energético. De una vez por todas, hay que discutir y resolver la cuestión de la energía nuclear. Hay que aclarar si es o no segura y si es o no aconsejable, y hacérselo saber a la ciudadanía de manera clara y pedagógica. Estoy convencido de que la energía solar tiene mucho camino por delante y puede dar mucho más de sí. Hay que despejar los problemas que dificultan su desarrollo y, si falta la iniciativa privada, no sería ninguna insensatez promover una empresa pública que se ocupe de desarrollarla. Un país como España podría ser una verdadera potencia en energía solar.
  • Educación de calidad. Toda sociedad moderna otorga la máxima importancia a su sistema educativo. No es admisible el discreto o incluso mediocre nivel de calidad de nuestra enseñanza (en ESO y Bachillerato sobre todo) cuando nos comparamos con otros países desarrollados (Alemania, Francia, Reino Unido, países escandinavos, Corea del Sur, Japón…). Hay que luchar contra estos pobres resultados como sea y caminar hacia una excelencia educativa en todos los niveles.
  • Adelgazamiento y correción del estado de la autonomías. Sin ánimo de renunciar al modelo autonómico en sus líneas maestras, parece evidente que se ha llegado a un nivel de gasto público insoportable, con tantos parlamentos y diputados regionales, tantos altos cargos, consejeros, viceconsejeros, directores generales, etc. Hay que reducir con prudencia toda esa gran «cabeza» administrativa, redefinir competencias y devolver algunas al Estado central. Se debe encontrar un equilibrio sensato entre una administración austera y un gasto público enfocado directamente a la creación de riqueza (fomento, obras públicas, ayudas a los sectores productivos), siguiendo las ideas keynesianas, que han mostrado sobradamente su eficacia en el pasado.

          En fin, no deseo ser exhaustivo ni extenderme más. Ahí dejo unas cuantas ideas, sobre las que la clase polìtica española tendría que debatir y consensuar más. Demostrarían categoría y profesionalidad, y darían un ejemplo infinitamente mejor a la gente de la calle. España puede ser un gran país; hay conocimiento, técnicos y profesionales de sobra, pero debe haber una voluntad política fuerte que encauce adecuadamente los esfuerzos de todos.