Archive for 24 marzo 2018

EN TORNO A LA INMIGRACIÓN

 

          Vaya por delante que me tengo por una persona abierta, defensora a ultranza de lo público, crítica con el sistema actual, orientada a lo social y, en definitiva, de izquierdas. Creo haberlo demostrado suficientemente a través de múltiples artículos publicados en mi blog personal, así como por medio de mi actividad en Twitter. Sin embargo, hay una cuestión de gran importancia (vital, diría yo) para nuestra sociedad, en la cual discrepo abiertamente de lo que parece ser el pensamiento común de los partidos más progresistas, así como de las opiniones que vierten a diario los medios de comunicación más afines a la izquierda ideológica.

          Me refiero al problema de la inmigración. Se tiende a considerar siempre al inmigrante como una persona a proteger a toda costa (lo que dice mucho en favor del que así lo piensa, dicho sea de paso). Cuando llega por mar en condiciones de lo más precario, se procura su rescate por todos los medios posibles, se le facilita abrigo y alimento, se le atiende en el aspecto sanitario, y se presiona desde la opinión pública para que las autoridades y fuerzas del orden le permitan entrar en nuestro país, con o sin papeles en regla. Esto, desde un punto de vista objetivo y humanitario, puede resultar encomiable, muy especialmente en el caso de los refugiados de guerra (tenemos el ejemplo paradigmático de Siria, un país destruido y devastado por 7 largos años de guerra). Ahora bien, el problema reside en cómo gestionar el gran número de inmigrantes que desde hace ya bastantes años están penetrando de manera irregular en nuestras fronteras, particularmente los que arriban a nuestras costas de Andalucía y Canarias, que por otra parte no suele ser el caso de los ciudadanos sirios que escapan del horror de su país (éstos últimos suelen huir de su territorio a través de Turquía y Grecia, al otro lado del Mediterráneo). Sinceramente preocupado por este fenómeno, me he propuesto escribir y compartir algunas reflexiones, aún a riesgo de que lo que vaya a exponer se pueda considerar por muchos como “políticamente incorrecto”. Pero es cosa sabida que quien tiene el valor de opinar, se arriesga al juicio quizás negativo del que le escucha.

          Los ciudadanos norteafricanos y, también en gran medida, los procedentes del Sahel y del Africa central (Mali, Mauritania, Senegal, Burkina, Níger, las dos Guineas, Ghana, Nigeria, República Centroafricana, Camerún, Gabón y otros países que integran la inmensa región del golfo de Guinea) llevan ya muchos años intentando entrar en España y Europa en gran número, y este es un fenómeno que tiende a ir en aumento. Las razones son muy variadas, pero de lo que no cabe duda es de que éstas actúan conjuntamente: pobreza, falta de oportunidades, miseria, violencia, corrupción extrema, estados fallidos, y también una importante explosión demográfica, como la que afecta a la superpoblada Nigeria, así como a otras naciones de su entorno. Estaremos todos de acuerdo en que son razones muy poderosas para que uno se plantee muy seriamente emigrar en busca de una vida mejor. Es algo que no se pone en duda.

          Lo malo de la cuestión es que estas oleadas continuadas de inmigrantes, que como ya he señalado no tienen visos de detenerse ni de menguar, exceden nuestras capacidades de acogida e integración, y aún excederán más en el futuro. En 2017 se calcula que entraron ilegalmente por nuestras costas y a través de Ceuta y Melilla más de 27.000 inmigrantes, más del doble de los que lo hicieron en 2016 (unos 13.900); en 2015 penetraron casi 17.000; y en los últimos 11 años la cifra asciende a más de 140.000 personas, de acuerdo con las estadísticas facilitadas por el Ministerio del Interior.

          En primer lugar, lo más importante, no hay trabajo que ofrecerles. En España tenemos 3,8 millones de parados según las estadísticas oficiales (EPA 4º trimestre 2017), y se sabe que muchos desocupados reales ya no figuran en las cifras del paro, por ser de muy larga duración y no percibir ningún tipo de ayuda al desempleo, o bien por haber perdido por completo la esperanza de encontrar trabajo, en razón de su edad. Además, a nadie se le oculta que el trabajo humano se encuentra en recesión (no sólo en España, sino en todo el mundo desarrollado), por efecto de la automatización creciente de gran número de tareas y empleos. La robotización, que ya hace bastantes años hizo su aparición en las cadenas de montaje de las grandes factorías automovilísticas, ahora va un paso más allá en su grado de sofisticación y está comenzando a implementarse en un gran número de actividades empresariales y administrativas de todo tipo. ¿Cómo se van a ganar la vida todos los inmigrantes que nos llegan?, ¿de manteros?, ¿pidiendo limosna a las puertas de los supermercados? A la postre, la única salida posible que a muchos se les presenta es la de dedicarse indefinidamente a la mendicidad, cuando no a algo peor.

          Por otra parte, no nos olvidemos de que son muchos, la inmensa mayoría de ellos, los que entran sin documentación y de manera irregular. No hay un control adecuado. De muchos no se conoce el país de origen, ni su actividad anterior, ni siquiera su nombre auténtico. Existe la sospecha (esto se comenta en diversos foros) de que un cierto número de ellos procedan de las numerosas guerrillas que surgen en países que están en permanente conflicto tribal, cuando no en abierta, sangrienta y cruel guerra civil. ¿Se trata siempre de personas seguras, en quienes podamos confiar? No se sabe, y obviamente nadie puede aseverar a priori que estemos siempre ante personas estupendas, honradas, pacíficas y trabajadoras, aunque muchas de ellas sí lo sean realmente.

          También está el factor de la asistencia sanitaria. Nuestra Sanidad pública, a partir del año 2012, cuando subió al Gobierno el PP de Mariano Rajoy, comenzó a sufrir recortes muy serios en sus asignaciones presupuestarias, lo que para nuestra desgracia se ha traducido en menos medios humanos y materiales, en una peor calidad en el servicio y en un aumento en las listas de espera. Un exceso de pacientes procedentes del extranjero incrementa seriamente el peligro de colapso en nuestra red hospitalaria y asistencial; lo que es seguro es que supone una merma considerable en la hasta ahora buena calidad que venía ofreciendo nuestro sistema público de Salud. Los “mal pensados”, y en cierto modo me incluyo entre ellos, podrían incluso atribuir al Gobierno neoliberal del PP la siniestra intención de acelerar con todo ello el deterioro de nuestra Sanidad pública (cosa que no sería nada descartable, conociendo sus preferencias por la sanidad privada, que no se molestan en ocultar).

          Voy a ir terminando. No, amigos, el “buenismo” que impregna el modo habitual de encarar el fenómeno de la inmigración por parte de muchas personas (bienintencionadas, no lo niego), así como de medios informativos, grupos de opinión, y fuerzas políticas de la izquierda, no debe impedirnos ver la realidad tal como es. Y la realidad, tanto actual como futura, no es agradable ni complaciente; ante los desafíos que nos presenta (laborales, sanitarios y de seguridad), se revelan inútiles las meras buenas intenciones de quienes apoyan sin más la acogida de los inmigrantes . En este artículo me he referido fundamentalmente a los inmigrantes africanos, que constituyen a día de hoy el flujo de inmigración irregular más importante en España, pero no podemos olvidar que en épocas bien recientes ha penetrado en nuestro territorio un número muy cuantioso de ciudadanos sudamericanos, marroquíes y de varios países de la Europa del Este, muy a menudo de manera también incontrolada, y que desde el momento de desatarse la crisis de 2007/08 quedaron desocupados en una gran proporción. Debemos afrontar y analizar el grave problema de la inmigración con criterios más fríos y racionales, sin perder nunca de vista la protección de nuestros propios intereses, como ciudadanos españoles y europeos.

          La solución de fondo, si es que la hay, habrá de pasar por que nuestros gobiernos, la Unión Europea e incluso la O.N.U. se comprometan seriamente a ayudar a los países de origen de todos estos emigrantes, prestándolos apoyo financiero, técnico, educativo y médico -asistencial (seguramente con apoyo militar capaz de garantizar el cumplimiento de toda esa compleja labor), para que esas sociedades rotas y desestructuradas del Sahel y del centro de África salgan del pozo de miseria y violencia en que se encuentran y comiencen a desarrollarse y a ofrecer un futuro digno y sostenible para sus gentes, sin necesidad de que éstas se vean obligadas a emigrar hacia el Norte (en el que se encuentra España en primerísima línea). Es en esta actividad en la que han de concentrarse los esfuerzos de Europa y de toda la comunidad internacional.

          Mientras tanto, la inmigración masiva y descontrolada habrá de ser frenada de algún modo, so pena de que nuestras propias sociedades (la española se ve particularmente afectada) comiencen a deteriorarse de manera irremisible, con malas y desagradables consecuencias para todos nosotros y nuestros descendientes. Sería bueno que nuestros políticos y gobernantes, sean de la ideología que sean, reflexionasen sobre todo ello, con rigor y en toda su integridad, sin criticarse ni descalificarse mutuamente como resulta habitual.

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