“SANGRE Y ACERO”, SERIE DE TV

          La cadena de televisión Antena 3 está emitiendo desde hace unas semanas una interesante serie titulada Sangre y Acero. Se trata de una coproducción en la que han intervenido varios países, Irlanda, Reino Unido, Italia, Francia y Canadá, bajo la dirección del irlandés Ciaran Donnelly, responsable también de otra serie de éxito, Los Tudor.

          Como base argumental y fondo histórico se recrea la la construcción del archifamoso buque de pasajeros Titanic, en los astilleros Harland & Wolff de Belfast, por encargo expreso de la compañia de navegación norteamericana White Star Line, propiedad del magnate JP Morgan. Como se narra en la serie, el Titanic no fue el único transatlántico de su clase, sino que era el segundo de una total de tres grandes vapores que se construyeron por acuerdo entre la naviera mencionada y los astilleros norirlandeses. Ya se había entregado el Olimpic, y faltaba aún por construir el Gigantic, aún en proyecto y que posteriormente cambiaría su nombre por el de Britannic. Por fatalidades del destino, sólo el Olimpic tuvo una vida relativamente prologada, ya que el Britannic se hundió durante la Primera Guerra Mundial en 1916 en aguas griegas, bien por la explosión de una mina alemana o por la acción de un torpedo enemigo. De la tragedia del Titanic, en su viaje inaugural de abril de 1912, ya se ha contado todo lo que se podía decir, y más.

          Aparte de la fidelidad histórica, en esta producción televisiva concurren muchos otros ingredientes valiosos. Hay una bonita historia de amor entre el principal protagonista, un joven ingeniero metalúrgico (encarnado por Kevin Zegers), de origen humilde pero convertido en pieza clave de la construcción del transatlántico, y una bella e inteligente empleada de los astilleros (a la que da vida Alessandra Mastronardi), hija mayor de un inmigrante italiano. Este ingeniero, que ha intentado ocultar su pasado, como hijo que es de un obrero irlandés católico, a fin de poder abrirse camino sin dificultad, se enfrentará además a un conflicto personal grave que absorberá buena parte de su tiempo y energías. Y hay también un trasfondo turbulento y conflictivo, con problemas sociales, laborales y políticos peligrosamente entremezclados. En efecto, aparte las reivindicaciones de los trabajadores propias de la época, que chocaban frontalmente con la rígida mentalidad propia de la mayoría de los propietarios del capital, ya existía una fuerte tensión entre los católicos irlandeses, favorables a la independencia respecto del Reino Unido, y la minoría protestante de la provincia del Ulster, fiel a la corona  británica y dispuesta a todo con tal de mantener su statu quo. Como se ve, un auténtico cóctel bastante explosivo, que queda muy bien reflejado en la serie. Por supuesto, la ambientación está muy cuidada en todos sus aspectos, e incluso las escenas exteriores, como la del casco del Titanic en construcción (quizá la parte más difícil de conseguir, desde el punto de vista técnico y visual), están bastante bien resueltas y resultan muy creíbles.

          Entre los protagonistas de esta coproducción, tiene un lugar muy destacado el magnífico actor británico Derek Jacobi (el inolvidable protagonista de Yo, Claudio). Da vida a un personaje muy interesante, el de Lord William Pirrie, presidente del consejo de administración de los astilleros Harland & Wolff. Contrariamente a lo que era la norma entre sus colegas de clase social y económica, este hombre se distingue por ser mucho más flexible y ecuánime, lo que le hace buscar por todos los medios maneras de resolver satisfactoriamente los conflictos planteados por los trabajadores de su astillero, llegando incluso a negociar personal y directamente con representantes de los mismos. Es quizás un hombre adelantado a su tiempo, con una gran categoría humana, que sabe ponerse en la piel de sus oponentes (¡qué virtud tan escasa, incluso hoy día!), y a quien le interesa sobre todo concluir sus grandes proyectos (la construcción del mejor buque de su tiempo), sabiendo que ello será beneficioso para todos, ricos y pobres, grandes y pequeños, seguidores de una religión o de  otra. Un personaje, en fin, que se gana el afecto del espectador, como decía antes interpretado magistralmente por Derek Jacobi, en quien se fijó en su día nada menos que Sir Laurence Olivier, cuando le invitó a formar parte del Royal National Theatre de Londres. No hace mucho, los espectadores españoles pudimos contemplarle interpretando al arzobispo de Canterbury en la excelente película El discurso del Rey, una muestra perfecta de que con no muchos recursos se puede hacer una producción impecable.

          En resumen, los miércoles por la noche hay un buen motivo para quedarse sentado delante del televisor y disfrutar de una sobresaliente serie de ambiente histórico, lo que es muy de agradecer.

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