Archive for 6 de agosto de 2012

RAJOY: UN PRESIDENTE CONTRA LAS CUERDAS

          Hola de nuevo. Tal como prometí, ya estoy otra vez ante la pantalla de mi ordenador, dispuesto a continuar exponiendo mis puntos de vista en el blog. Verdaderamente, estos últimos días de julio y primeros de agosto han seguido la misma tónica de alta tensión de las semanas precedentes, en lo relativo a política y economía. La presión sobre nuestra deuda en los mercados de capitales ha continuado en niveles muy preocupantes, que sólo se relajaron circunstancialmente a partir de unas declaraciones muy genéricas de Mario Draghi el 26.07.12; sin embargo, días después, las expectativas optimistas generadas por el presidente del BCE quedaron una vez más defraudadas tras una nueva comparecencia pública del mismo personaje, y de nuevo nuestra prima de riesgo volvió a dispararse. Este juego macabro de un pasito hacia adelante y uno o dos pasitos hacia atrás, por parte de los máximos responsables de la unión monetaria europea, no benefician a nadie, y menos a nosotros, por supuesto.

          Por su parte, nuestro presidente Mariano Rajoy se dignó a realizar una excepción en lo que ha venido siendo su costumbre de no prodigarse ante los medios (¡qué miedo a desgastarse!). El pasado viernes 3 de agosto, tras el último consejo de ministros, salió al estrado y ofreció una especie de declaración institucional ante la prensa de marcado carácter económico, como si quisiera suplir así el tan necesario debate sobre el estado de la nación que este año no quiere celebrar en el Congreso. Una vez más, como en tantas comparecencias públicas, su discurso ha sido hueco e impreciso, repleto de lugares comunes e ideas repetidas hasta la saciedad en el gobierno que preside. Además, ha faltado un mensaje realista de optimismo y esperanza hacia la sociedad española, que se supone sería un deber ineludible por parte de cualquier presidente.

          Da la impresión de que Mariano Rajoy está desconcertado  y superado por la realidad, al evidenciarse un fuerte empeoramiento de la economía española, «a pesar» de todo el paquete de reformas que ha venido desarrollando sin cesar desde el pasado mes de enero. No parece sino que se ha llegado a un punto en el que, en contra de lo esperado por él y sus ministros, la situación no hace más que agravarse semana tras semana. ¡Qué distinto es todo a lo que él prometía, cuando aseguraba a sus electores potenciales que las cosas empezarían a mejorar nada más entrar él en La Moncloa! ¿Dónde queda ahora su famosa confianza, con la que sedujo fácilmente a tantos millones de ciudadanos incautos?

          Centrándonos un poco en su discurso del viernes, en nada ayudan manifestaciones en las que se pone a sí mismo como ejemplo a seguir, como cuando apela a su constancia y a su perseverancia proverbiales para salir de la crisis que nos ahoga. ¡Curiosa fórmula para combatir y resolver una recesión económica tan grave! Ciertamente, no me esperaba algo tan subjetivo, voluntarista e inconsistente en un jefe de gobierno. Tampoco ayudan en nada expresiones tan tópicas e indefinidas como: «Vivimos un momento extraordinariamente difícil» (¡ya lo sabemos, presidente!), «no hay más remedio que seguir este camino» (¡hombre, si usted lo dice!), «sé que las medidas no son agradables» (¡desde luego, sobre todo para los asalariados y la gente con menos recursos, qué casualidad!), «siempre actuaré por los intereses generales de los españoles» (no sé yo, oiga, no me fío ni un pelo de lo que dice), o bien, refiriéndose al más que posible rescate de nuestra economía, «no tengo tomada ninguna decisión» (¡hay que ver con qué meridiana claridad se expresa usted!). Ya para terminar, una curiosa despedida: «El que pueda, feliz verano». No sé como tomarme esta última frase, que casi calificaría como de dudoso gusto. En resumen, un discurso nada clarificador y muy deprimente, probablemente reflejo de su propio estado de ánimo.

          Ciertamente, no ofrece ya ninguna credibilidad ni confianza un presidente del gobierno que ha seguido tozudamente una senda de durísimos ajustes fiscales, sin detenerse a pensar ni por un momento en la peligrosa espiral recesiva que podía causar, y que al cabo de siete meses da claras muestras de agotamiento y estupor ante los nulos resultados pretendidos. Desde el primer momento siguió con entusiasmo las recetas que le marcaban desde Bruselas, Frankfurt y Berlín («Me gusta la austeridad», ¿recuerdan?), y no se detuvo a reflexionar si era posible otra política, basada en el estímulo del crecimiento y en una renegociación enérgica y valiente de objetivos con la Unión Europea. Pero esto sin duda era demasiado para él y los suyos, supongo. Para nuestra desgracia, estamos pagando un alto precio por su mediocridad como estadista, si es que se le puede calificar de tal. Mariano Rajoy, que habitualmente se muestra en España tan altivo, suficiente, orgulloso y seguro de sí mismo, no es más que un pobre hombrecillo cuando acude a las reuniones internacionales.

          Esta es la dura realidad.

         En otro momento comentaré otras decisiones, no económicas sino puramente políticas, que están haciendo un enorme daño a la sociedad española. Escribiré sobre los graves perjuicios causados en los servicios públicos, en educación y sanidad; sobre la toma de control de RTVE y la caza de brujas obrada en sus servicios informativos; sobre el disparate que pretenden hacer con el operador ferroviario RENFE; sobre el sorprendentemente ultraderechista ministro Gallardón; sobre muchas otras medidas que nos están haciendo retroceder décadas de avances sociales. Hasta entonces, un saludo.