Archive for the ‘Cultura y espectáculos’ Category

PELAYO, ¡QUÉ GRAN PERSONA!

Pelayo - Amar es para siempre

          Me gustaría dedicar unas palabras de elogio a un conocido personaje televisivo. Como muchos sabrán, se trata de Pelayo, el entrañable tabernero de la serie Amar es para siempre (y antes, de Amar en tiempos revueltos), admirablemente recreado por Jose Antonio Sayagués. Este hombre regenta el bar El Asturiano, con la ayuda de su hijo Marcelino y su nuera Manolita, y todos ellos (junto con la nieta de Pelayo, Leonor) forman una de las familias nucleares de la serie. Esta producción televisiva, cuya primera etapa se emitía antes en TVE-1  y ahora lo hace en Antena 3, goza de bastante éxito y se ha ganado por derecho propio un estimable hueco entre la audiencia. ¿Su secreto? Probablemente, son varios. Es una serie coral, protagonizada por muchos y diversos personajes, con los que inevitablemente uno se puede sentir identificado de una u otra manera; las tramas son interesantes y «enganchan» al espectador. Los actores y actrices desempeñan bien su trabajo y cuentan con la colaboración de compañeros muy prestigiosos, como es el caso de Jordi Rebellón y Jaime Blanch, recientemente incorporados a la trama. Y, además, la ficción se desarrolla en una época (la España de principios de los sesenta) que muchos hemos vivido y que, por tanto, nos trae multitud de recuerdos.

          Pero volvamos a Pelayo. Este personaje es un compendio de virtudes, que lo hacen especialmente querido. Lo que más llama la atención es su gracejo proverbial, reflejado en una forma de hablar salpicada de dichos populares y palabras tan castizas como caletre, colodrillo, pollo-pera, cuchipanda, menda, entresijos, más rojos que los pimientos morrones (en el sentido político de la expresión) o «el Chaparrito» (general Franco). Es un lenguaje con el que siempre acierta a arrancarnos una sonrisa o una carcajada, y eso no tiene precio. Pero Pelayo es también una excelente persona. Quiere con locura a su familia, a su hijo, nuera y nietos, y mantiene también una gran complicidad con su nieta mayor, la inteligente y sensible Leonor, de la que es seguramente su mejor consejero, a pesar de la gran diferencia de edad entre ambos. Y en todo momento se muestra optimista y simpático con cualquiera que se acerca a la barra de El Asturiano. Si su interlocutor es un personaje apesadumbrado por cualquier problema, Pelayo, desde su sabiduría natural, encuentra palabras de ánimo e inevitablemente acaba contagiando su optimismo al otro. Es una persona muy positiva y, en cualquier situación, hace lo posible por empatizar con los que le rodean. Eso no le impide tener sus arranques de genio, por supuesto, que se manifiesta ante las injusticias y los abusos de poder. Siempre que tiene ocasión, y las circunstancias no lo impiden, despotrica a placer contra el régimen y dedica al «Chaparro del Pardo» todos los epítetos que se le vienen a la cabeza, hasta tal punto que su hijo Marcelino (más prudente), se ve obligado a frenar sus impetuosos cabreos. Eso sí, nunca llega a perder las buenas formas y la educación, como hombre de bien que es. Como simpática anécdota, recordaré aquí sus escuchas «clandestinas» de Radio Pirenaica por medio del pequeño transistor que suele tener guardado en algún rincón de sus estantes de bebidas.

          En fin, desde este mi humilde blog quiero trasmitir a Jose Antonio Sayagués mi calurosa enhorabuena por saber recrear de forma tan divertida y entrañable al personaje de Pelayo. ¡Cuánto me gustaría tener de cerca a un buen amigo como este tabernero! ¡Tendríamos tantas cosas de que charlar y tantos recuerdos que compartir! Un abrazo muy cordial y felicidades por su estupendo trabajo.

El Asturiano -Amar es para siempre

«EL TIEMPO ENTRE COSTURAS», UNA DELICIOSA PRODUCCIÓN

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          Desde que empezó la emisión de la serie televisiva «El tiempo entre costuras», estoy literalmente encantado, deseando que llegue el lunes por la noche para sentarme ante el televisor y ver sus sucesivos capítulos. Basada en la exitosa novela del mismo nombre de María Dueñas, esta producción es todo un regalo para la mente y los sentidos del espectador. Siempre he apoyado y celebrado la ficción nacional televisiva, que en los últimos años ha crecido muy considerablemente tanto en cantidad como en calidad, y no tengo ningún reparo en reconocer que soy seguidor de muchas de sus producciones, no de todas por supuesto, entre otras cosas porque sería una tarea imposible. Me gustan las series cómicas, los dramas, las de ambientación histórica y las de acción y aventura, ingredientes que a veces se unen a la vez en un sólo producto. Aunque haya altas dosis de fantasía y elementos no muy realistas (como podría ser el caso de «Aguila Roja», o de «Tierra de lobos», con sus aires de western en la España profunda y caciquil del XIX), me gusta la realización, la interrelación de los numerosos personajes, la puesta en escena y el resultado final, que no es otra cosa que la evasión y el divertimiento del espectador. Nos hace mucha falta, y quizás ahora más que nunca, pasar un buen rato entretenidos y olvidarnos un poco de la fea realidad, con tanto recorte, tanto ajuste y tanta mala noticia proveniente del mundo económico, político y laboral. Es una actividad muy sana para el espíritu, estoy convencido.

     Probablemente, la serie de «El tiempo entre costuras», producida por Boomerang TV y dirigida por Ignacio Mercero, representa un nuevo salto cualitativo, lo cual es muy gratificante. La novela en la que se basa narra una historia interesantísima, sin lugar a dudas. Nos sitúa en la España inmediatamente anterior a la Guerra Civil y tiene como protagonista a una chica sencilla de Madrid, de profesión costurera, que por azares y caprichos del destino se traslada a Tánger, en aquel entonces importante enclave internacional situado dentro del antiguo protectorado español de Marruecos. De allí pasará luego a Tetuán, capital del territorio administrado por España, vivirá muchos cambios y sorprendentes aventuras, y conocerá a un buen número de personajes interesantes. La ambientación es exquisita, muy cuidada, y tanto los interiores como los escenarios naturales contribuyen a recrear aquellos años convulsos en el Norte de Africa, mientras se libraba una devastadora y fratricida guerra civil en la Península y se gestaba el tremendo conflicto bélico a nivel mundial, que daría comienzo poco después, en 1939, con la invasión de Polonia por parte del ejército alemán. Pese a ello, en aquel territorio la alta sociedad, tanto española como internacional, vivía aún sumergida en una especie de paraíso, presidido por las relaciones diplomáticas, el espionaje, el lujo y el glamour de los años treinta. La excepcional realización de la serie nos transporta de lleno a aquel tiempo y aquel lugar.

          En cuanto a los actores y actrices, su trabajo es extraordinario. La protagonista, Adriana Ugarte, está perfecta en el papel de Sira Quiroga, con su fresca belleza, su sencillez y su encanto natural. El papel le queda como un guante. Un amplio elenco de actores la rodean en sus aventuras y desventuras: Mari Carmen Sánchez, que borda el papel de Candelaria, la animosa y simpática mujer que será fundamental en la vida de Sira, Francesc Garrido, impecable en su personaje del comisario Vázquez, Carlos Santos, metido en la piel de Félix Aranda, buen amigo y fiel consejero de la protagonista, Rubén Cortada, Peter Vives, Alba Flores, Tristán Ulloa, Hannah New, David Muro y un largo etcétera. Todos desempeñan sus roles con gran credibilidad y acierto. No hace falta mencionar que el vestuario y todos los demás detalles están especialmente cuidados. Personalmente, agradezco especialmente ver circular antiguos Citroën y Mercedes de la época por las calles de Tánger y Tetuán, ciudades que han servido como escenario natural para el rodaje de muchas escenas de la serie.

          En fin, sólo quiero felicitar de nuevo a todo el equipo que ha hecho posible la realización de esta ficción. Todo un ejemplo de cómo hacer bien las cosas. Ojalá nuestra producción audiovisual siga por estos derroteros.

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WEST SIDE STORY: UN MUSICAL ASOMBROSO DE HACE MÁS DE 50 AÑOS

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A mi hermano Andrés, que vibró y soñó intensamente con esta película, en un momento especialmente importante de su vida. Donde quiera que estés ahora, deseo de corazón que hayas encontrado al fin la paz y el bienestar. Hasta siempre.

          En 1961, el cine norteamericano lanzó al mundo una producción sin precedentes, que marcó un antes y un después en la historia del musical cinematográfico. Me atrevería a afirmar que, en muchos aspectos, no ha sido superada, pese al tiempo transcurrido desde su estreno. Ciertamente, la historia no era nueva. Ya se había estado representando desde hacía unos años en un teatro de Broadway, y el núcleo narrativo no era sino una versión actualizada del archifamoso Romeo y Julieta de William Shakespeare. Sin embargo, la película de Mirisch Pictures, dirigida por Robert Wise, supuso un paso de gigante en la difusión de este musical, que desde entonces ocupa un puesto de privilegio en el mejor cine de todos los tiempos.

West Side Story - prologue

          Muy en resumen, diré que se trata de una historia de amor, sobre un escenario particularmente tenso y difícil. En una zona marginal de Nueva York, en el West Side, conviven dos bandas rivales de jóvenes, a medio camino entre la adolescencia y una incipiente madurez. Por un lado están los Jets, de origen anglosajón, y por otro los Sharks, de ascendencia puertorriqueña. El odio entre unos y otros se solventa en pequeñas escaramuzas y persecuciones callejeras, en un principio sin mayores consecuencias. En este contexto, María (Natalie Wood), la bella y jovencísima hermana del líder puertorriqueño Bernardo (George Chakiris), se enamora profundamente -y es correspondida desde el primer instante- de Tony (Richard Beymer), antiguo jefe de los Jets, que ha madurado y decidido trabajar y afrontar la vida de un modo más sensato. El amor surge con ímpetu entre ambos jóvenes, pero justamente desde el primer momento aparecen las dificultades. Bernardo y su novia Anita (Rita Moreno) se oponen frontalmente a esta relación. por su parte, Riff (Russ Tamblyn) y el resto de los Jets, a los que ahora capitanea, ejercerán también una gran presión sobre su antiguo compañero Tony, anteponiendo su implacable rivalidad con los Sharks frente a cualquier otra consideración. La suerte está echada, y todos los factores que conducirán a un trágico y rápido desenlace están sobre la escena.

west_side_story - tonight

          Hasta aquí el argumento. Pero además están los bailes, las espléndidas coreografías debidas a Jerome Robbins, y, por encima de todo …… la música , esa música maravillosa del genial Leonard Bernstein que convierte el espectáculo en algo único. Temas como el Prólogo, María, Tonight, América, el Quinteto previo a la lucha (the rumble) o Somewhere alcanzan un altísimo nivel artístico y emocional. Sinceramente, no creo que haya exageración ninguna en mis palabras. La banda sonora de West Side Story es inigualable.

Aquí dejo dos enlaces como botón de muestra:

          Por otra parte, aunque en un plano bien distinto, hay que señalar que la película contiene una seria reflexión sobre los problemas sociales que se derivan de la marginalidad, el enfrentamiento y el rechazo mutuo que suelen darse entre grupos raciales diferentes, que se ven forzados a coexistir forzosamente. Incluso la canción satírica que interpretan en tono jocoso los Jets (¡Caramba, el policía Krupke!), refleja muy bien los graves problemas de los adolescentes, hijos de familias desestructuradas, que rechazan el orden y la disciplina de la escuelas y viven la mayor parte del tiempo en la calle, siempre al borde de la delincuencia. En este sentido, lo que se trata en la película no es demasiado diferente de la realidad actual en cualquier suburbio de una gran ciudad, pese a los cambios evidentes en los gustos, las modas, los estilos, el lenguaje y los gestos de los jóvenes (50 años no pasan en balde, no lo olvidemos).

Wset Side Story - Anita

          West Side Story se estrenó en España con cierto retraso con respecto a su salida en Estados Unidos. Si mis datos no fallan, en Madrid se proyectó por vez primera en la primavera de 1963, en el cine Paz, de la calle Fuencarral (en Barcelona había comenzado su exhibición pocos meses antes). En principio se le puso el nombre castellanizado de Amor sin barreras, no muy atractivo, la verdad. Por suerte, este título no caló demasiado entre el público español, y al final se conocería siempre la película por su nombre original. Indudablemente, el musical causó un gran impacto entre los espectadores, y sobre todo entre los jóvenes, como no podía ser de otra manera. Mi hermano, que por aquel momento tenía 15 años y aparentaba un poco más (lo que le permitió «colarse» en el cine sin dificultades, pese a que estaba prohibido a menores de 18), se quedó tan impresionado y entusiasmado tras la primera proyección, que luego la volvería a ver 6 o 7 veces más, en un corto intervalo de tiempo. Y, por las referencias que tengo, no fue un caso aislado. Por mi parte, yo, que sólo contaba con 9 años de edad, pero que oí hablar tantas veces de la película, tuve que esperar al verano de 1972 para verla por vez primera, aprovechando un re-estreno estival en el Real Cinema, de la madrileña Plaza de la Ópera.

          Sólo quiero añadir que West Side Story obtuvo nada menos que 10 Oscars de la Academia de Hollywood. En lo que se refiere a su reparto, la única actriz  que triunfaría de modo indiscutible y con posterioridad en el cine fue Natalie Wood, la inolvidable María. Russ Tamblyn, George Chakiris y Rita Moreno sólo gozarían después de un éxito bastante modesto, si bien ésta última destacaría como intérprete en el mundo musical norteamericano. En cuanto a Richard Beymer (Tony en la película), no conozco ninguna intervención suya destacable en los años siguientes. De todas formas, ahí queda para siempre el trabajo de todos ellos en un espectáculo cinematográfico único y portentoso.

West Side Story - prólogo

«LA VIDA PRIVADA DE SHERLOCK HOLMES», UNA JOYA OLVIDADA

Private Life of Sherlock Holmes 1

Billy Wilder (1906-2002) es uno de los realizadores con más talento que ha dado la historia del cine. A este director y guionista norteamericano de origen austríaco debemos películas tan famosas y reconocidas como:

  • El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard) (1950)
  • Sabrina (1954)
  • La tentación vive arriba (1955)
  • Testigo de cargo (1957)
  • Con faldas y a lo loco (1959)
  • El apartamento (1960)
  • Irma la dulce (1963)
  • Primera plana (1974)

entre otras muchas igualmente valiosas. En total, fue guionista de 60 películas y director de 26. Resultó nominado a los Oscars en 21 ocasiones y premiado con la famosa estatuilla cinco veces. Destacó principalmente por sus comedias de humor especialmente crítico y ácido, pero supo abordar también con gran éxito otros géneros, como el drama o el suspense.

Dentro de su extraordinaria filmografía, figura una película un tanto atípica y, creo, injustamente olvidada, «La vida privada de Sherlock Holmes», producida en 1970. En ella, Billy Wilder (coautor del guión junto a I.A.L. Diamond) aborda desde una perspectiva bastante original un supuesto episodio de la vida del archifamoso detective creado por Sir Arthur Conan Doyle, y consigue una bonita historia, en la que concurren bien dosificadas la intriga, la ironía, el amor, la sorpresa y el encanto del ambiente británico en plena era victoriana. Para ello, el realizador cuenta con la ayuda inestimable de una preciosa y sugerente banda sonora, de la que es autor nada menos que Miklós Rózsa, genial compositor que puso música a filmes como El loco del pelo rojo (una biografía de Vincent Van Gogh, interpretada por Kirk Douglas), Ben-Hur, El Cid, Rey de Reyes o la más tardía El ojo de la aguja.

La película está protagonizada por Robert Stephens, que da vida a Sherlock Holmes, Colin Blakely, en el papel del Dr. Watson, y Geneviève Page, la cual interpreta el papel de una bella y enigmática mujer extranjera que irrumpe de un modo inesperado en la vida del detective y su compañero, y les pide su ayuda para averiguar el paradero de su esposo supuestamente desaparecido. También aparece el siempre eficaz y todoterreno Christopher Lee, que actúa como el hermano de Sherlock, alto funcionario del Gobierno británico.

La historia arranca de un modo bastante acertado y original. La primera escena nos sitúa en el Londres de los años sesenta del pasado siglo, en el interior de una entidad bancaria y en el momento en que se procede a la apertura de una vieja caja, custodiada en los sótanos del banco y perteneciente en su día al Dr. Watson, quien había dado órdenes precisas de no abrirla hasta transcurridos 50 años después de su propia muerte. En el interior de la caja van apareciendo los antiguos objetos personales del célebre detective: su pipa, su característico sombrero, su lupa, un revólver, la jeringuilla que utilizaba para inyectarse morfina, documentos escritos y, en el interior de un viejo reloj de bolsillo, una foto de la atractiva dama que luego tendrá un papel decisivo en la trama de la película. Los documentos hablan por medio de la voz en off del propio Dr. Watson, al tiempo que suena una melodía sugerente y profundamente nostálgica, que nos ayuda a trasladarnos a la época en la que tiene lugar la historia, al Londres del verano de 1887.

No voy a contar la película, por supuesto, pues odio destripar las buenas historias, y en todo caso el propósito de este artículo es el de animar al lector a verla y disfrutarla, si es que no la conoce todavía. Lo que sí diré es que, en mi opinión, es una película llena de encanto y primorosamente tratada por el director Billy Wilder. El personaje de Sherlock Holmes, bajo una apariencia inicial excéntrica, maniática y bastante afectada (incluso se insinúa una aparente homosexualidad), se siente fuerte y sinceramente atraído por la hermosa y misteriosa mujer que aparece de repente en su vida. Esta  revelará después una gran inteligencia y astucia, que acabará poniendo en jaque las cualidades deductivas y la reputación del propio Holmes. La trama se inicia en el mítico 221B de Baker Street, residencia del detective y su entrañable amigo y compañero de fatigas, Watson. Tras una serie de pesquisas e indagaciones en Londres, nuestros personajes tomarán luego un tren nocturno que les llevará hasta Inverness, en la lejana Escocia, y a las orillas del Lago Ness. Las escenas rodadas allí son visualmente muy atractivas.

Esta película me cautivó desde que la vi por primera vez, allá a principios de los años 70, siendo yo un adolescente, en un cine de barrio de la calle Bravo Murillo de Madrid, en un típico programa doble de los que se estilaban todavía por aquel entonces. Era una película distinta, sin duda alguna, peculiar, elegante y atractiva, y confieso que me llamó mucho la atención. Muchos años después, la he vuelto a ver, primero en video grabado de la TV y después en DVD, y puedo asegurar que no ha perdido ni un ápice de la magia inicial. Al menos para mí, el film tiene la virtud de sumergirte en otra realidad, en esa atmósfera victoriana que tanto me ha atraído siempre, y cuenta una historia que, sin ser nada espectacular, resulta muy sugestiva, interesante y sorprendente, tanto por el fondo como por la forma. ¡Gracias, señor Wilder!

El cineasta Billy Wilder (a la derecha), junto al siempre genial Jack Lemmon, uno de sus actores predilectos.

El cineasta Billy Wilder (a la derecha), junto al siempre genial Jack Lemmon, uno de sus actores predilectos.

«SANGRE Y ACERO», SERIE DE TV

          La cadena de televisión Antena 3 está emitiendo desde hace unas semanas una interesante serie titulada Sangre y Acero. Se trata de una coproducción en la que han intervenido varios países, Irlanda, Reino Unido, Italia, Francia y Canadá, bajo la dirección del irlandés Ciaran Donnelly, responsable también de otra serie de éxito, Los Tudor.

          Como base argumental y fondo histórico se recrea la la construcción del archifamoso buque de pasajeros Titanic, en los astilleros Harland & Wolff de Belfast, por encargo expreso de la compañia de navegación norteamericana White Star Line, propiedad del magnate JP Morgan. Como se narra en la serie, el Titanic no fue el único transatlántico de su clase, sino que era el segundo de una total de tres grandes vapores que se construyeron por acuerdo entre la naviera mencionada y los astilleros norirlandeses. Ya se había entregado el Olimpic, y faltaba aún por construir el Gigantic, aún en proyecto y que posteriormente cambiaría su nombre por el de Britannic. Por fatalidades del destino, sólo el Olimpic tuvo una vida relativamente prologada, ya que el Britannic se hundió durante la Primera Guerra Mundial en 1916 en aguas griegas, bien por la explosión de una mina alemana o por la acción de un torpedo enemigo. De la tragedia del Titanic, en su viaje inaugural de abril de 1912, ya se ha contado todo lo que se podía decir, y más.

          Aparte de la fidelidad histórica, en esta producción televisiva concurren muchos otros ingredientes valiosos. Hay una bonita historia de amor entre el principal protagonista, un joven ingeniero metalúrgico (encarnado por Kevin Zegers), de origen humilde pero convertido en pieza clave de la construcción del transatlántico, y una bella e inteligente empleada de los astilleros (a la que da vida Alessandra Mastronardi), hija mayor de un inmigrante italiano. Este ingeniero, que ha intentado ocultar su pasado, como hijo que es de un obrero irlandés católico, a fin de poder abrirse camino sin dificultad, se enfrentará además a un conflicto personal grave que absorberá buena parte de su tiempo y energías. Y hay también un trasfondo turbulento y conflictivo, con problemas sociales, laborales y políticos peligrosamente entremezclados. En efecto, aparte las reivindicaciones de los trabajadores propias de la época, que chocaban frontalmente con la rígida mentalidad propia de la mayoría de los propietarios del capital, ya existía una fuerte tensión entre los católicos irlandeses, favorables a la independencia respecto del Reino Unido, y la minoría protestante de la provincia del Ulster, fiel a la corona  británica y dispuesta a todo con tal de mantener su statu quo. Como se ve, un auténtico cóctel bastante explosivo, que queda muy bien reflejado en la serie. Por supuesto, la ambientación está muy cuidada en todos sus aspectos, e incluso las escenas exteriores, como la del casco del Titanic en construcción (quizá la parte más difícil de conseguir, desde el punto de vista técnico y visual), están bastante bien resueltas y resultan muy creíbles.

          Entre los protagonistas de esta coproducción, tiene un lugar muy destacado el magnífico actor británico Derek Jacobi (el inolvidable protagonista de Yo, Claudio). Da vida a un personaje muy interesante, el de Lord William Pirrie, presidente del consejo de administración de los astilleros Harland & Wolff. Contrariamente a lo que era la norma entre sus colegas de clase social y económica, este hombre se distingue por ser mucho más flexible y ecuánime, lo que le hace buscar por todos los medios maneras de resolver satisfactoriamente los conflictos planteados por los trabajadores de su astillero, llegando incluso a negociar personal y directamente con representantes de los mismos. Es quizás un hombre adelantado a su tiempo, con una gran categoría humana, que sabe ponerse en la piel de sus oponentes (¡qué virtud tan escasa, incluso hoy día!), y a quien le interesa sobre todo concluir sus grandes proyectos (la construcción del mejor buque de su tiempo), sabiendo que ello será beneficioso para todos, ricos y pobres, grandes y pequeños, seguidores de una religión o de  otra. Un personaje, en fin, que se gana el afecto del espectador, como decía antes interpretado magistralmente por Derek Jacobi, en quien se fijó en su día nada menos que Sir Laurence Olivier, cuando le invitó a formar parte del Royal National Theatre de Londres. No hace mucho, los espectadores españoles pudimos contemplarle interpretando al arzobispo de Canterbury en la excelente película El discurso del Rey, una muestra perfecta de que con no muchos recursos se puede hacer una producción impecable.

          En resumen, los miércoles por la noche hay un buen motivo para quedarse sentado delante del televisor y disfrutar de una sobresaliente serie de ambiente histórico, lo que es muy de agradecer.

A FAVOR DE LA FICCIÓN EN RTVE

Sabemos que una de las primeras medidas de ajuste acordadas por el nuevo Gobierno fue la decisión de reducir en 200 millones de euros el presupuesto de RTVE. y, como consecuencia de ello, sabemos también que el Ente Público se está planteando la posibilidad de suprimir de la programación series de ficción como Águila Roja o Cuéntame, si bien aún no ha adoptado una decisión definitiva.

No voy a entrar aquí en las verdaderas intenciones del Gobierno en lo que se refiere al futuro de la Televisión Pública. Es éste un tema particularmente sensible, que está levantando no poca suspicacia y muchos temores, pero no es mi intención abordarlo, de momento. Sencillamente, lo que quiero ahora es reflexionar un poco sobre los graves perjuicios que conllevaría tal decisión, en caso de que al final fuera inevitable.

Las dos series mencionadas son, justamente, unas de las que cuentan con los mayores seguimiento y aceptación por parte del público. Águila Roja ha venido registrando un share promedio del 30%, lo que se traduce en más de 6 millones de telespectadores de media por capítulo, datos que la convierten en la serie de ficción favorita del público. Por su parte, Cuéntame llega a superar el 25% de share y máximos en torno a los 5 millones de espectadores, lleva 10 años en pantalla y ha obtenido numerosos galardones. Ambas producciones gustan, indudablemente, son adecuadas para todos los públicos, y entretienen, algo que, lejos de parecer banal, tiene mucha importancia, puesto que contribuyen a que la gente se evada y distraiga al final de la jornada, olvidándose durante un buen rato de casi todos los problemas que nos acechan y agobian: inseguridad laboral, desempleo, hipotecas, bombardeo de malas noticias en los medios, etc. ¿Vamos a permitir que nos arrebaten una de las pocas válvulas de escape que nos van quedando?

La producción nacional de series de ficción ha experimentado una gran mejora y un desarrollo espectacular a lo largo de los útlimos años, si partimos de la época de Farmacia de guardia o Médico de familia. Sin entrar en la temática ni en el mayor o menor grado de realismo o fantasía que caracteriza a las distintas series, bastante variados para satisfacer gustos diferentes del público, el hecho objetivo es que ha habido un gran progreso en lo que se refiere a la realización técnica, con numerosas escenas de exteriores y de acción bien resueltas. Por otra parte, la producción de series da trabajo a muchos profesionales, no sólo los que actúan frente a las cámaras, sino a mucha gente que está detrás: personal de producción, asesores, cámaras, iluminadores, responsables de vestuario y decoración, expertos en post-producción y un largo etcétera. Se trata de un trabajo colectivo que requiere mucha profesionalidad.

En fin, sería muy lamentable que, por causa de la tijera presupuestaria, perdiésemos series de ficción como las que menciono aquí expresamente u otras que figuran en la parrilla televisiva, máxime cuando, según hemos podido saber estos últimos días, existe la pretensión por parte del Gobierno de apoyar económicamente otras manifestaciones «culturales», bastante más minoritarias y que incluso provocan el rechazo directo de amplios sectores de la población. Me refiero, naturalmente, a las corridas de toros, que el actual ministro de Educación y Cultura, señor Wert, tiene intención de fomentar y «poner en valor» (¡cómo les gusta esta expresión!). Sería un gran contrasentido actuar así, además de una prueba palpable de ir en contra de los tiempos. ¿Será que el nuevo Gobierno tiene añoranza de la España cañí, de charanga y pandereta, sol, playa y toros?

Un cordial saludo, amigo/a lector/a.

UN «WESTERN» NOTABLE

Ya en su día (24.04.11) dediqué un artículo a uno de mis géneros cinematográficos predilectos (ELOGIO DEL «WESTERN»). Cuando lo escribí, no había tenido la oportunidad de ver todavía (¡descuido imperdonable en alguien que pretende pasar por cinéfilo!) una película bastante destacada: «Hasta que llegó su hora» (el título original es Once upon a time in the West).

Se trata del último film del Oeste realizado por el cineasta italiano Sergio Leone y, por tanto, podríamos encuadrarlo en el subgénero de Spaguetti-western, si bien en este caso se rodó parcialmente en Estados Unidos, a diferencia de sus películas precedentes, que como se sabe tuvieron como únicos escenarios el desierto de Almería y otros parajes españoles.

No voy a decir que se trate de una obra maestra, porque quizá exageraría, pero sí que se puede calificar como una buena película, muy digna de verse. Está bien dirigida, narra una historia interesante, cuenta con actores de primera fila, está filmada en magníficos escenarios naturales (Monument Valley, Arizona, y también de nuevo en el desierto almeriense de Tabernas), abundan las escenas ferroviarias (¡soy un enamorado de los trenes!) y la banda sonora está firmada, como de costumbre, por Ennio Morricone.  En esta ocasión, Leone no contó con la presencia de Clint Eastwood (que se había hecho famoso con él) ni del imponente Lee Van Cleef, pero en cambio aparecen Charles Bronson, Claudia Cardinale, Jason Robards……y Henry Fonda, desempeñando éste último un papel ciertamente atípico dentro de su amplísima filmografía, pues da vida aquí a un perfecto villano, frío como el hielo y carente por completo de escrúpulos. Pese a ello, representa su papel de una manera tan soberbia, que para mí es el atractivo número uno de la película.

En efecto, Henry Fonda, que siempre se había caracterizado (y lo seguiría haciendo) por desempeñar generalmente papeles de hombre bueno, íntegro, con principios o, al menos, con sentimientos, se mete aquí en la piel de un pistolero (a sueldo del ferrocarril transcontinental que se está construyendo en esa parte del territorio) glacial, enigmático, casi imperturbable y que no tiene el menor reparo en eliminar a cualquiera que le estorbe, incluidos un niño de 7 años al que dispara sin dudarlo en una de las primeras escenas y el propio director del ferrocarril que le paga por sus «servicios», pero que se va horrorizando gradualmente por los métodos empleados. La esbelta figura de Fonda, su indumentaria oscura e inquietante, su elegancia de movimientos (reconocida por todos los especialistas en cine clásico), su rostro impasible y, sobre todo, sus fascinantes ojos azules, convierten al personaje interpretado por él en un verdadero arquetipo de maldad que, no obstante, subyuga al espectador.

En mi anterior artículo ya hacía mención al papel fundamental jugado por los villanos en las películas del Oeste. Sin ellos, ciertamente, no habría historias ni películas. En ocasiones, la personalidad del villano es tan fuerte y, justo hay que reconocerlo, tan atractiva, que llega a eclipsar al héroe de turno. Pues bien, en el caso de «Hasta que llegó su hora», esta aparente paradoja se cumple en su plenitud. Y es que Henry Fonda era un actor extraordinario, versátil y polifacético como pocos, que ha dejado una huella profunda en la historia del cine. De veras que merece la pena ver la película aunque sólo sea por ver su magistral actuación.

Sergio Leone saca buen provecho tanto de Fonda como de todos los demás actores protagonistas y, fiel a su peculiar estilo, obtiene numerosos primeros planos (primerísimos, diría yo) de sus caras, con los que intenta reflejar toda la tensión psicológica de los personajes en los momentos clave de la historia. Como hemos dicho ya, aparte de Charles Bronson y Jason Robards, aparece también Claudia Cardinale, con toda la espléndida belleza que exhibía por aquellos años (1968). Aunque no destaca especialmente por su interpretación, pues en mi opinión no se saca partido de todos sus recursos y matices como actriz, se agradece no obstante su presencia, regalando nuestros sentidos con su gran hermosura y equilibrando un poco el exceso de «masculinidad» del resto del reparto. En cuanto a Charles Bronson, diremos que interpreta a un hombre misterioso, impenetrable, monolítico, casi pétreo, conocido sólo por el sobrenombre de Armónica (por el instrumento que hace sonar) y que busca, lenta pero inexorablemente, venganza por una tragedia personal sufrida muchos años atrás.

                                            

ELOGIO DEL «WESTERN»

          Soy un gran admirador del cine, al que considero el arte por excelencia del siglo XX . Se ha definido muchas veces a Hollywood como «la fábrica de sueños», y esta definición me parece acertadísima, aunque yo la haría extensiva a toda la industria del cine en el mundo. La gran pantalla es una ventana mágica que nos traslada a otros lugares y otras épocas, que nos deleita con la belleza de sus imágenes, que nos hace reír o nos conmueve profundamente, que despierta en nosotros un sincero entusiasmo cuando conecta con nuestros propios anhelos, que nos hace soñar, en fin, con personajes -actrices y actores- cuya belleza, glamour, valor y elegancia nos cautivan irremediablemente.

          Ahora bien, dentro del cine hay un género por el que siempre he sentido una especial predilección: el western. Desde niño me he sentido fuertemente atraído hacia él, cosa bastante comprensible, ya que cuando empecé a ir al cine y a darme cuenta de lo que veía en él (lo que suele conocerse como uso de razón), las películas del Oeste eran extraordinariamente frecuentes en nuestras salas de cine, y el género vivía aún su época dorada en su Norteamérica natal. Estoy hablando de los primeros años de la década de los sesenta.

          Recuerdo muy bien cuando estrenaron en Madrid la película «La conquista del Oeste» (originalmente, How the West was won) en el cine Albéniz, que entonces era la única sala madrileña habilitada para proyectar en Cinerama, sistema que utilizaba tres proyectores a la vez y que conseguía una gran espectacularidad en la pantalla. Como tantas otras veces en mi infancia, me acompañaba mi querida tía , a la que nunca he podido agradecer bastante el gran número de tardes de cine que me dedicó durante los años escolares. Solíamos ir al cine todos los jueves por la tarde, que era libre, sin clases, en los colegios (luego la libranza pasaría a los miércoles por la tarde). Volviendo a la película, ésta me dejó maravillado. Su banda sonora épica, sus numerosas escenas de acción, la grandiosidad de la imagen, el desfile de actores y actrices de primera fila (James Stewart, Gregory Peck, Debbie Reynolds, Caroll Baker, John Wayne, Richard Widmark, Henry Fonda, George Peppard, Eli Wallach,…), todos ellos en la cumbre de sus carreras, fueron absolutamente fascinantes para mí. Por supuesto, he vuelto a visionar la película en varias ocasiones y, aunque el impacto ya no ha sido el mismo, siempre la he visto complacido. Yo me quedaría sobre todo con su música, quizá lo más destacable del film (compuesta por Newman/Darby) y lo que mejor aguanta el paso del tiempo.

          «La conquista del Oeste» pretendía ser una especie de fusión, compendio u obra cumbre de todos los elementos más destacables que aparecían en el género del «western». Pese a su grandiosidad y a todos los recursos utilizados, no lo consiguió, desde luego. El western, por fortuna, era mucho más, tan extenso y variado como el paisaje geográfico que le sirvió siempre de escenario, y sin duda ha dado títulos de mayor calidad y prestigio que la pelicula mencionada. No pretendo dar aquí una lista completa de los mejores títulos, pero no quisiera dejar de mencionar algunos de los que me han dejado mejor recuerdo: «Sólo ante el peligro» (con un inolvidable y arquetípico Gary Cooper), «Raíces Profundas» (Shane, en origen, film sobrio pero de gran belleza), «Horizontes de Grandeza», «Duelo al sol», «El último tren de Gun Hill», «Duelo de titanes», «La diligencia», «Duelo en la alta sierra», «El árbol del ahorcado», «El Álamo», «Murieron con las botas puestas» (versión muy adornada y peculiar de la vida del coronel Custer, revisada años más tarde con  «La última aventura»), «El hombre que mató a Liberty Valance», «Los siete magníficos», «La legión invencible», «Río Bravo», «Tren de las 3:10 para Yuma», «Mayor Dundee», «Grupo salvaje»,……Por supuesto que tendría que añadir muchas más, pero no es mi intención escribir un artículo enciclopédico. Eso sí, debo hacer mención del llamado spaguetti western, subgénero que se caracterizaba por tener directores italianos (Sergio Leone, sobre todo) y rodarse en los secos paisajes almerienses; eso sí, con actores norteamericanos. Entre estas películas, yo destacaría «El bueno, el feo y el malo», «Por un  puñado de dólares» y «La muerte tenía un precio». Clint Eastwood fue la estrella indiscutible de este subgénero, normalmente secundado por Lee Van Cleef y Eli Wallach, soberbios villanos en la pantalla. Ya que hablo de villanos, personajes imprescindibles en el western, no tengo más remedio que recordar a actores como Jack Palance, Lee Marvin, John Carradine y tantos otros. Indudablemente, sin ellos, los héroes nunca hubieran brillado como lo hicieron.

          Evidentemente, el western vivió una época dorada durante las décadas de los cuarenta, cincuenta y sesenta, produjo un enorme número de títulos (no todos buenos, desde luego), a los que se añadió una buena cantidad de telefilms, y se llegó a una clara saturación. El género, por decirlo de alguna manera, se agotó y los espectadores dejaron de interesarse por él. Sin  embargo y por suerte, nunca ha muerto del todo, puesto que de tarde en tarde se producen películas más que notables que vuelven al mismo escenario del viejo y lejano Oeste americano. Podemos citar aquí «Sin Perdón», «Bailando con lobos», «Apaloosa» o la reciente «Valor de ley». Y es que los ingredientes del western siguen siendo válidos para construir nuevas o viejas historias, contadas éstas con lenguaje renovado.

          ¿Y qué es lo que tienen de especial los western para resultar tan atractivos? En primer lugar, yo mencionaría el escenario natural, los grandes espacios abiertos, la naturaleza majestuosa en la que se desarrollan las cabalgadas, las persecuciones, las emboscadas, la construcción de las primeras vías férreas transcontinentales. La escena física suele resaltarse con bandas sonoras muy inspiradas, que acentúan la grandiosidad del paisaje, como sucede en «Horizontes de grandeza» (The big country) (*), «La conquista del Oeste», «Los siete magníficos» y muchas más (¡cuánto le debe el género a compositores geniales como Dimitri Tiomkin, Elmer Bernstein, Jerome Moross, Richard Hageman, Max Steiner y otros!). Luego, por supuesto, está la historia humana, en la que habitualmente se enfrentan el bien y el mal, pero de una manera primaria, ruda y salvaje, debido a la ausencia de una estructura de ley y orden en unas poblaciones y territorios jóvenes y primitivos. Se dan, pues, las circunstancias idóneas para que el villano de turno y sus pistoleros  a sueldo opriman y atemoricen a una población indefensa, hasta que indefectiblemente aparece el hombre recto, valiente y, por descontado, diestro con las armas, que se enfrenta a los malvados y termina haciendo justicia. También están, naturalmente, los poblados con sus precarias construcciones de madera, los caballos, las diligencias, el personaje del sheriff, no siempre del lado de la ley, las escaramuzas con los pieles rojas, el fuego de los campamentos en la noche, el silbato del humeante caballo de hierro, todos esos elementos, en fin, que contribuyen a recrear un universo primitivo, salvaje y fascinante. En definitiva, a mi modo de ver, el western refleja el encanto primigenio de una nación joven, con vastos y magníficos territorios sin explorar, y la ilusión de unos hombres y mujeres dispuestos a luchar con coraje contra todos los obstáculos para abrirse camino, y construirse así un futuro próspero para ellos mismos y sus descendientes.

          En fin, sirvan estas modestas palabras mías como sentido homenaje a un género cinematográfico tan extraordinario como es el western.

(*) Mediante el siguiente enlace, se puede disfrutar de una suite basada en la banda sonora de esta película, compuesta por Jerome Moross:http://www.youtube.com/watch?v=EbowH6D2l_c

14 de abril. La República

Fernando De la Torre y Alejandra Prado

          Me gusta mucho la serie de TVE-1. La considero un auténtico regalo que tengo la suerte de disfrutar todos los lunes por la noche, desde hace ya varias semanas. Criticamos muy a menudo a la «caja tonta» por la ausencia de buenos contenidos, por la proliferación de programas de mal gusto, telebasura y demás. Pocos meses atrás me llevé una gran decepción cuando transformaron el canal CNN+ en una especie de reality 24h, privándolo de todas sus noticias, comentarios de actualidad, entrevistas y coloquios, amén de enviar al paro a todos los profesionales que lo hacían posible. Lamentable. Sin embargo, de tarde en tarde la televisión nos obsequia con algún que otro programa de calidad, y es justo saber reconocerlo.

          En «14 de abril. La República» (spin-off de otra serie de éxito, «La señora») aprecio casi todos sus ingredientes. La trama y las relaciones entre los distintos personajes son intensas y dramáticas en el mejor sentido de la palabra. El momento histórico elegido como telón de fondo, los primeros años de la II República, es fascinante y creo que está retratado con bastante objetividad, aunque sé que algunos no estarán de acuerdo conmigo (luego dedicaré unas palabras a esta sensible cuestión). La puesta en escena tiene una calidad impecable y evidencia un gran esfuerzo de ambientación por parte de la productora (Diagonal TV), lo cual es muy de agradecer. Finalmente, el conjunto de actores y actrices desempeñan sus papeles francamente bien, y la mayoría nos deleitan con soberbias interpretaciones, de gran hondura psicológica; entre todos, componen un mosaico muy variado de personajes que logra captar siempre la atención del espectador. El amor, la amistad, los intereses, las intrigas, las dudas, las pasiones, las ilusiones y los temores se agitan y se entremezclan en una trama de gran interés humano. No se cae en una visión cainita, con buenos y malos, sino que los protagonistas ofrecen una personalidad compleja y diversa, aunque no oculten sus tendencias ideológicas, como es natural.

          En definitiva, mi opinión acerca de la serie es muy positiva y felicito sinceramente desde aquí a la productora, a la dirección, a todos los actores y a TVE-1, que hacen posible cada lunes la magia de retroceder en el tiempo y vivir las experiencias vitales de un grupo de hombres y mujeres sumergidos en un periodo convulso y difícil de nuestra historia reciente. Ojalá siga habiendo producciones similares de alto nivel en nuestra televisión.

          Según he leido, al principio surgieron algunas voces de protesta desde el PP (¡ay, Dios mío, siempre ellos!), a los que al parecer molestaban frases puestas en boca de algunos personajes de tendencia izquierdista que aparecen en la serie. Venían a acusar a la dirección de RTVE poco menos que de manipulación y revisionismo histórico. ¿Por qué? ¿Simplemente porque uno de los personajes mostraba su intención de votar a un partido de izquierdas por estar convencido de que ello llevaría al progreso de la nación? Seamos serios, por favor, y maduros de una vez por todas. Estamos en 2011. Han pasado 80 años desde 1931, la época retratada en la serie televisiva. Ya es hora de contemplar lo sucedido en la España de entonces con serenidad y objetividad; naturalmente que podemos sentir simpatía hacia unos y rechazo hacia otros, según nuestras ideas y afinidades, pero de ahí al escándalo o a posicionarse con virulencia a favor de unos y en contra de otros, sacando a relucir un profundo rencor desde nuestras entrañas, hay un abismo. Por supuesto que las posiciones ideológicas en la época estaban muy radicalizadas y existía un claro enfrentamiento entre lo que se ha llamado las dos Españas; por desgracia para todos, no se pudo evitar al final la terrible tragedia de la guerra civil, que dio al traste con las ilusiones de muchos y sumió a nuestro país en una larga y penosa postguerra de unos 20 años de duración, y supuso la privación de libertades durante un periodo aún mucho más largo. Sin embargo, todo eso ya pasó y debemos considerarlo superado. No podemos a estas alturas atrincherarnos en una bronca de «fachas» y «rojos», como por desgracia se ve a diario en muchos foros de Internet de contenido político. Tenemos que ser ya lo suficientemente adultos como para contemplar aquellos hechos sin complejos, sin pasión y, sobre todo, sin olvidar que estamos de lleno en el siglo XXI, en un mundo muy diferente, lleno de nuevos problemas y desafíos, para bien o para mal.

          En fin, lo dejo por hoy. Buena suerte a todos y hasta pronto.