SIGAMOS HABLANDO DE CINE

Alan Ladd en “Raíces profundas” (“Shane”), todo un clásico del género western, rodado en 1953.

          Como continuación de mis dos posts anteriores acerca de antiguas películas y salas de cine, quisiera hacer una rápida semblanza de muchas otras películas que pude disfrutar en la pantalla grande durante mis años de infancia, y que no he mencionado en los artículos referidos. En esta ocasión, y dado que mi memoria no da para tanto, prescindiré de cualquier referencia a las salas de proyección en que las vi.

          Comenzaré por algunos de los estrenos que podríamos calificar como más glamurosos que tuvieron lugar en los años sesenta del siglo pasado, como por ejemplo “El Álamo”, “El fabuloso mundo del circo” (última gran producción de Samuel Bronston rodada en España) y “Lawrence de Arabia”, ésta última dirigida por David Lean y también rodada parcialmente en nuestro país. Este film, como se sabe, lanzó al estrellato a Peter O’Toole, quien encarnaba al oficial británico T. E. Lawrence, personaje real que jugó un papel destacado en la rebelión árabe contra el dominio otomano, durante la Primera Guerra Mundial. Puedo citar también “Kartum” (o “Khartoum”, en su título original), protagonizada por Charlton Heston y Laurence Olivier. En este film, de carácter épico, se narran unos hechos históricos, a saber, la violenta rebelión de musulmanes sudaneses encabezada por un temible caudillo, quien se hacía llamar “El Mahdi” (más o menos, el Elegido por Alá), y que amenazaba con extenderse a Egipto; los ingleses, alarmados, enviaron a un prestigioso militar, el general Gordon, el cual consiguió llegar a Jartum (en la confluencia del Nilo Azul con el Nilo Blanco) y organizar los limitados efectivos de que disponía; sin embargo, los rebeldes mahdistas eran mucho más numerosos, sitiaron la capital y acabaron tomándola a sangre y fuego, matando a todos sus defensores, Gordon incluido. Corría el año 1883, y por lo que se ve los brotes radicales islámicos estaban ya presentes. Otra buena película histórica de aquellos años es, por ejemplo, “Un hombre para la eternidad”, una buena interpretación cinematográfica del enfrentamiento entre Tomás Moro y Enrique VIII de Inglaterra, a propósito de la ruptura que éste último llevó a cabo con la Iglesia Católica de Roma, motivada yo diría que exclusivamente por su desmedida afición a cambiar de consorte (Catalina de Aragón, Ana Bolena, Juana Seymour … y tres más). En esta misma línea, podría mencionar también “El tormento y el éxtasis”, acerca de la excelsa figura de Miguel Angel (Charlton Heston de nuevo) y su singular relación con el Papa Julio II (Rex Harrison), un pontífice que vivía sobre todo para el arte y la guerra, cosas bastante habituales en aquella época. Y también estaba “Rebelión a bordo” (“Mutiny on the Bounty”, producida en 1962), que contaba nada menos que con Marlon Brando como estrella principal  del reparto. Dedicaré a esta película un comentario especial.

          Este film era la segunda versión que se hizo en el cine acerca del motín en el buque HMS Bounty, una historia real sucedida a fines del siglo XVIII, en el Pacífico meridional. La primera, rodada en blanco y negro, databa de 1935 y estaba protagonizada por Clark Gable y Charles Laughton. Y en tiempos más recientes se filmaría un tercer remake, esta vez con Mel Gibson y Anthony Hopkins en los papeles principales. Personalmente, me quedo con la versión intermedia, dirigida por el estadounidense Lewis Milestone y protagonizada como decíamos por Marlon Brando y también por Trevor Howard. Me encantan su espléndida fotografía en Technicolor, el sabor de gran aventura, el fiel retrato de cómo era la navegación en alta mar, los paisajes paradisíacos de Tahití, el bonito amor que surge entre el oficial Fletcher Christian (Brando) y la encantadora princesa Maimiti (Tarita, con la que se casaría el actor en la vida real), y por descontado la larga gestación del conflicto entre gran parte de la tripulación de la nave y el despótico capitán  Bligh (Trevor Howard), que acaba estallando en un motín y la inmediata asunción del mando por parte del primer oficial. Me gusta también mucho la banda sonora (del compositor de origen polaco Bronislaw Kaper), que realza el dramatismo y la poesía de la aventura. Sin duda alguna, esta ha sido una de mis películas predilectas a lo largo de toda mi vida. Como curiosidad, sí que recuerdo bien dónde la vi por vez primera: fue en un cine de verano en las cercanías de Marbella, durante unas vacaciones en familia, con mis padres, mi hermano y mi tía; por paradójico que pueda sonar, tras mis anteriores alabanzas a esta gran película, en aquella ocasión me quedé dormido, debido a mi corta edad y al largo metraje del film. Posteriormente, claro está, he tenido varias veces la ocasión de volver a disfrutarla por entero.

“Rebelión a bordo”(1962): puesto de mando del HMS Bounty, con el temible capitán Bligh (Trevor Howard) en primer término.

          Bien es sabido que en aquellos años, cuando la dictadura del general Franco proseguía en todo  su apogeo, la Semana Santa española obligaba a guardar con bastante celo ciertas normas de respeto al culto católico. En lo que al cine se refiere, ello se traducía en la prohibición de proyectar en las salas películas que no tuviesen un marcado acento religioso. En consecuencia, entre lo proyectado durante tales días abundaban bastante las llamadas “pelis de romanos”, aderezadas naturalmente con historias de primeros cristianos, conversiones, mártires, etc. Sin embargo, y que yo recuerde, nunca vi entonces grandes clásicos de este género como “Quo vadis?” o “La túnica sagrada”, y pienso que ya era difícil, porque se repetían hasta la saciedad ( y posteriormente la TV se ha encargado de proseguir esta machacona tradición, en especial con la primera de ellas). Ya he dicho en otro post anterior que siempre me ha atraído poderosamente el género “peplum” (preferiblemente sin modélicos y abnegados cristianos de por medio), aunque he de decir también que raras veces los productos italo-norteamericanos de este tipo alcanzaban un alto nivel de calidad. Recuerdo algunas de estas películas, como “Los últimos días de Pompeya” y “Helena de Troya”, con la hermosa Rossana Podestà, film este último que considero bastante digno. No llegué a ver entonces “Espartaco”, de Stanley Kubrick, seguramente porque cuando se estrenó no era tolerada para menores. Por la misma razón me perdí también “Cleopatra”, con Elizabeth Taylor y Richard Burton, gran producción que tuvo un gran impacto en la época.

Escena de "Helena de Troya" (1956). El "divino" Aquiles (Stanley Baker) se prepara para la batalla.

Escena de “Helena de Troya” (1956). El “divino” Aquiles (Stanley Baker) se dispone a entrar en combate.

          Lo cierto es que por culpa de mi edad me quedé con las ganas de ver unos cuantos estrenos de cine, como es el caso de la serie dedicada al personaje de James Bond, creado por el escritor Ian Fleming y a quien empezó a dar rostro el excelente actor Sean Connery. La saga inaugurada por “Agente 007 contra el Dr. No” constituyó una gran aportación al cine de la época, con su atractivo cóctel de acción trepidante, escenarios espectaculares, bellísimas mujeres, ingenios sorprendentes, lujo, cochazos, yates, etc. La atmósfera de guerra fría que se respiraba en el mundo de los sesenta abonaba el terreno a este tipo de películas, que han tenido continuidad hasta nuestros días, como bien se sabe. Entre otras grandes y exitosas producciones cinematográficas que me perdí durante aquellos años están “La Pantera Rosa” (de Blake Edwards, 1963), con el torpe y entrañable inspector Clouseau encarnado por Peter Sellers, el hermoso musical “My fair lady” (George Cukor, 1964), protagonizado por Rex Harrison y la siempre encantadora Audrey Hepburn, y “West Side Story” (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961), película esta última a la que he dedicado un post en este mismo blog (22.07.2013). ¡Cuántas veces oí a mi hermano (6 años mayor que yo) ensalzar esta película musical! Pienso que este gran espectáculo, una moderna versión de la historia de amor de Romeo y Julieta, supuso ciertamente una gran conmoción para todos los adolescentes de la época.

           Volviendo a los géneros cinematográficos, y ya que he mencionado el “peplum”, ciertamente uno de los más populares y conocidos de la época era el “western”, que continuaba en pleno apogeo. Ya he dedicado un post a esta categoría de películas (ELOGIO DEL WESTERN, 24.04.2011), de manera que no me extenderé mucho más aquí. Tan sólo quiero escribir unas líneas para recordar una producción que aprecio de forma muy especial. Se trata de “Raíces profundas” (“Shane”, en su título original, un film de George Stevens, rodado en 1953). Veo en esta película una belleza primitiva, y pienso que de alguna manera representa muchas de las esencias del western más genuino. Se trata de una historia narrada de forma muy directa y sin dobleces, en la que quizás lo único que permanece en el misterio es el pasado del protagonista, Shane, encarnado por un sobrio Alan Ladd, en uno de los papeles más emblemáticos de su carrera. La banda sonora (Victor Young), el paisaje más bien desolado y las altas montañas que se alzan majestuosamente como un telón de fondo componen con maestría el ambiente en que se desarrolla la acción. La escena final, en la que nuestro protagonista se aleja del poblado a caballo y comienza a ascender las escarpadas sendas de la sierra, mientras resuena el eco de la voz del chiquillo pronunciando su nombre, forma parte del imaginario más clásico de la historia del cine, del Cine con mayúsculas. No es necesario afirmar que el cine del Oeste, del que existe una amplísima filmografía, con muchos y excelentes títulos (también hay muchas producciones mediocres y malas, cierto), influyó en buena medida en varias generaciones de españoles.

          Me gustaría ahora mencionar algunas otras películas que me dejaron huella, pertenecientes ya a géneros bastante diversos. Comenzaré con un clásico del cine de aventuras en el África profunda, “Las minas del rey Salomón”; ¡qué buena pareja hacían Deborah Kerr y Stewart Granger! También actuarían juntos en “El prisionero de Zenda”, un film de intrigas palaciegas y espadachines, esta vez con la compañía de un malvado James Mason. Me gustó mucho en su momento “Hombres temerarios” (“The racers”), protagonizada por Kirk Douglas, dedicada al fascinante mundo de las carreras de automóviles en una época ya legendaria y mucho menos tecnificada que la actual, cuando sonaban los nombres míticos de Alberto Ascari, Stirling Moss o Juan Manuel Fangio. También recuerdo “Al borde de la eternidad”, con Cornel Wilde, una historia contemporánea de tipo policíaco junto al impresionante escenario natural del Gran Cañón del Colorado; personalmente, disfruté mucho admirando los espectaculares coches americanos de los 50 y 60 que se dejan ver generosamente en la película, y es que siempre me han fascinado aquellos vehículos, que aquí en España conocíamos como “haigas”. Dentro de lo que podríamos denominar cine fantástico, recuerdo con cariño “Simbad y la princesa” (1958), con sus más que meritorios efectos especiales, a pesar de que en aquel entonces no se podía siquiera soñar con los perfeccionados efectos digitales de hoy día. Nunca olvidaré al temible cíclope que amenaza a Simbad y sus compañeros en una isla misteriosa, en una especie de revisión de una de las aventuras de Ulises en la Odisea de Homero, ni tampoco la asombrosa danza de la mujer-serpiente, con sus cuatro ondulantes brazos, por obra y gracia de la poderosa magia de un malvado brujo. El cine japonés de ciencia-ficción comenzaba a darse a conocer, y un ejemplo que puedo mencionar aquí es “Los hijos del volcán” (1956), en la que el monstruo principal era un gigantesco pterosaurio que surgía de las entrañas de un volcán y provocaba la destrucción y el caos, obligando a movilizarse al mismísimo ejército. Y ya para finalizar este apartado, no puedo dejar de pasar por alto “Fantomas” (1964), una película francesa de acción que me gustó mucho en su día, en la que intervenían el galán Jean Marais, la atractiva Mylène Demogeot y el cómico Louis de Funès. Este último nos hizo reír de lo lindo a toda una generación de españoles, interpretando a una serie de personajes histriónicos y caricaturescos en diversas películas hechas a su medida. Por cierto, tras la antes mencionada se rodaron dos secuelas: “Fantomas vuelve” y “Fantomas contra Scotland Yard”, con el mismo reparto protagonista.

"Las minas del rey Salomón", con Deborah Kerr y Stewart Granger. Estilo y elegancia británicos en el corazón de Africa.

“Las minas del rey Salomón”, con Deborah Kerr y Stewart Granger. Estilo y elegancia británicos en el corazón de Africa.

          No sería justo finalizar este artículo sin dedicar al menos unas líneas al cine español, naturalmente el que yo solía ver en aquellos años de mi vida. En este apartado, más que a películas en concreto, me gustaría expresar mi sincero reconocimiento a una serie de intérpretes como son José Luis López Vázquez, Antonio Ozores, Gracita Morales (con su voz inolvidable), Manolo Gómez Bur, Tony Leblanc, Pepe Isbert y José Sazatornil “Saza”, entre otros muchos. Todos ellos me hicieron pasar muy buenos ratos en las salas de cine, dando vida a personajes costumbristas y cómicos, algo que probablemente era lo mejor que se podía hacer durante aquel largo periodo de censura y acatamiento a rajatabla de los Principios Fundamentales del Movimiento. Simpáticos films como “Los tramposos” o “Atraco a las tres” nos hacían reír de buena gana, y eso era muy de agradecer. A pesar de las duras restricciones tanto políticas como económicas, algunas producciones brillaron con luz propia, como es el caso de “Bienvenido, Mr. Marshall” (Luis Gª Berlanga, 1953), una auténtica joya, “El cochecito” (Marco Ferreri, 1960) o “El verdugo” (Luis Gª Berlanga, 1963), estas dos últimas con el entrañable e irrepetible Pepe Isbert de protagonista. Podría destacar también “Calle Mayor” (Juan Antonio Bardem, 1956), si bien tanto ésta como las dos anteriores películas no las vería hasta unos cuantos años después. Pese a tratarse de un cine menor, y espero que nadie se ofenda por ello, deseo hacer aquí también un hueco a las películas de Marisol (Pepa Flores), cuyo encanto y simpatía conquistaban el corazón de todos los públicos. Otro menor, Pablito Calvo, lo había hecho con anterioridad en la emotiva “Marcelino, pan y vino”. Había también un cine español cuyo objetivo fundamental era el de exaltar las virtudes patrias y las glorias de antaño, aunque justo es reconocer que se le veía demasiado el plumero; en este subgénero se encuadraba, por citar un ejemplo, “Jeromín”, película que narraba las supuestas peripecias infantiles del hermano bastardo de Felipe II, don Juan de Austria, el vencedor de la batalla de Lepanto.

          Con este rápido repaso al cine de mis primeros años he pretendido expresar como mejor he podido mi amor incondicional al cine, al arte por excelencia del siglo XX, ateniéndome solamente a los recuerdos que aún permanecen vivos en mi memoria. Pido disculpas por mis posibles errores y muchos olvidos.

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