RECORDANDO ANTIGUAS PELÍCULAS Y SALAS DE CINE – II

La gran pantalla

          Aparte de la Gran Vía, otra zona de Madrid pródiga en salas de estreno era el tramo de la calle Fuencarral que discurre entre las glorietas de Bilbao y Quevedo, más la adyacente calle Luchana. Precisamente en esta última vía se encuentra el cine Palafox, del que se decía cuando abrió por vez primera sus puertas que era “el mejor de Europa”. Es probable que fuera una exageración publicitaria, pero lo cierto es que para mí este local tiene un gratísimo recuerdo, y es que desde sus butacas pude disfrutar de “55 días en Pekín”, un film que ya en su momento me fascinó y que nunca ha dejado de atraerme. Personalmente, considero esta producción como la mejor de todas las que salieron de la factoría Samuel Bronston, el hombre que acercó Hollywood a Madrid y atrajo a España a algunas de las más deslumbrantes estrellas del cine norteamericano. De “55 días en Pekín”, dirigida por Nicholas Ray, me gusta todo: la presencia de Charlton Heston, Ava Gardner y David Niven, perfecto éste último en su rol de caballero británico victoriano, la acción y la espectacularidad de los decorados, la sensación de peligro que rodea a todos los occidentales que moran en la capital imperial tras el estallido de la rebelión boxer, el excelente vestuario tanto de chinos como de europeos y, cómo no, la estupenda banda sonora de Dimitri Tiomkin, otro genial compositor de cine. Vista con más rigor y espíritu crítico, debo decir ahora en su contra que los chinos, encabezados por su emperatriz Cíxî, aparecen de alguna manera como los villanos de la historia, cuando la triste realidad era más bien a la inversa. En efecto, China vivía un período de gran decadencia bajo la última dinastía imperial, la Qing (o Manchú, según su nombre más conocido), y durante todo el siglo XIX había venido sufriendo toda clase de abusos, conquistas territoriales, vejaciones, expolios y derrotas militares por parte de varias potencias occidentales, incluyendo Rusia y Japón, potencias todas ellas que no ocultaban ambiciones comerciales a todas luces desmedidas. Asimismo, otro “fallo” de la película, si bien comprensible y perdonable, es la breve aparición del supuesto embajador español en Pekín (Alfredo Mayo); nuestro país nunca mantuvo legación diplomática en aquel lejano país en la época referida. Imagino que no estábamos para semejantes aventuras en aquellas latitudes, puesto que nosotros también padecíamos nuestra propia decadencia. Sin duda, se trató de un guiño del señor Bronston a nuestra nación.

          Acudí muchas veces al cine Proyecciones, en la calle Fuencarral. En él pude disfrutar de “Hatari”, una bonita y simpática película en la que se vivían las aventuras de un singular grupo de hombres y mujeres de acción que se dedicaban a capturar animales salvajes vivos en las sabanas de Tanganyka, con el fin de enviarlos a distintos zoológicos de Europa y Norteamérica. Encabezaba el reparto John Wayne, ya bastante maduro pero aún con una contundente presencia física, mientras que la italiana Elsa Martinelli ponía un contrapunto de frescura y feminidad. La secuencia en la que el grupo, que suele utilizar dos vehículos para cazar a sus presas, intenta hacerse con un gran rinoceronte a la carrera es espectacular. E inolvidable es también la música de Henry Mancini, con sus ritmos tan deliciosamente africanos. También vi en esta sala “El mundo está loco, loco, loco, loco”, una animada comedia de carretera, en la que un grupo muy heterogéneo de personas se lanza a la búsqueda de un supuesto tesoro escondido en una playa californiana, tras escuchar la confesión de un hombre moribundo que acaba de sufrir un accidente. En el film hay una interesante exhibición automovilística de la época -muy de mi gusto-, ya que casi toda la acción discurre sobre ruedas. Una producción intrascendente, pero muy divertida. Por último, sin estar muy seguro de si se pasó en el Proyecciones, quiero destacar también “Hello, dolly!”, un bonito y desenfadado musical dirigido por Gene Kelly y protagonizado por Barbra Streisand y Walter Matthau. Ella ya había triunfado muy poco antes con “Funny girl”, ésta vez junto a Omar Sharif, y ciertamente ambas películas la lanzaron a la fama en el mundo entero. Nunca entendí por qué motivo ambos films quedaron relegados al olvido durante muchos años en España, ya que no pude volver a verlos ni en el cine ni en TVE. Por suerte, hace muy poco tiempo me hice con los dos DVD’s y he conseguido disfrutarlos de nuevo en casa. ¿Ha habido algún tipo de extraño boicot en la televisión española contra Barbra Streisand? ¿Quizás por el hecho de ser judía? Quién sabe, pero su talento interpretativo, su simpatía y la calidad de su maravillosa voz están fuera de toda duda.

          Poco antes se había estrenado en Madrid “Sonrisas y lágrimas” (“The sound of music”), un musical protagonizado por Julie Andrews (convertida en gran estrella por “Mary Poppins”), y que contaba también con la presencia de Christopher Plummer y Eleanor Parker. No voy a comentar nada de esta película, que obtuvo un enorme éxito, aunque algunos la han tildado de demasiado edulcorada y un tanto cursi. La banda sonora es buena, hay que reconocerlo, y el número de las marionetas es encantador. Sí que me gustaría añadir una anécdota personal, y es que yo enseguida simpaticé con la Parker, que interpretaba a la Baronesa, debido a su indudable belleza y elegancia (ya me había fijado en esta actriz en “El Valle de los Reyes”), y no pude evitar sentir un poco de rabia al comprobar que el capitán Von Trapp (C. Plummer) acabara enamorándose de la sencillota y monjil María (J. Andrews). Así son de caprichosos los sentimientos, incluso los de un chavalín como yo, aunque nadie me podrá acusar de carecer de buen gusto en lo que a damas se refiere. La bella y distinguida Eleanor Parker también había actuado en “Cuando ruge la marabunta”, junto al apuesto Charlton Heston, y en “Scaramouche”, una película de espadachines protagonizada por Stewart Granger. Con todo esto casi me olvido de citar la sala de cine en que vi esta película; me parece que fue el Amaya, en el Paseo del General Mnez. Campos, aunque no podría asegurarlo al cien por cien. Lo que sí recuerdo muy bien es que en este mismo cine, muchos años después, vería con mi mujer la disparatada y desternillante “Aterriza como puedas”.

          La verdad es que no sólo vi buenas e interesantes películas en los cines de estreno de la capital. En realidad, solíamos acudir más frecuentemente a los llamados cines de barrio, o de sesión continua, diseminados por todo Madrid, principalmente por el hecho de que en estas salas podías ver dos películas seguidas a un precio mucho más módico; además, si habías llegado al cine con la primera película ya empezada, no tenías más que quedarte en tu butaca a verla de nuevo desde el principio en la siguiente sesión. Es cierto que la calidad de los locales menguaba bastante y el público era más ruidoso, pero no creo que estas circunstancias me preocupasen demasiado. Como mis recuerdos al respecto son más confusos, y tampoco es cuestión de alargarme en exceso, solamente mencionaré una sala bastante decente que había en la calle Bravo Murillo, a la altura de Estrecho. Se trataba del cine Lido, el cual frecuenté muy a menudo sobre todo cuando, ya de adolescente, empecé a salir por mi cuenta, casi siempre con compañeros de clase. Entre otros muchos films, aquí vi dos que me gustaron de forma muy especial: “Un día en Nueva York”, todo un clásico del mejor cine musical norteamericano, con unos joviales Gene Kelly y Frank Sinatra, y “La vida privada de Sherlock Holmes”, de Billy Wilder, una película que nunca me cansaré de alabar y que siempre recuerdo con gran cariño. Ya la he dedicado un post en este mismo blog (con fecha 09.03.13), y únicamente me gustaría subrayar de nuevo la bellísima partitura de Miklós Rózsa, con seguridad uno de los más inspirados compositores que hayan trabajado nunca para el Séptimo Arte. Ciertamente, la contribución de una buena banda sonora a la calidad de una película es decisiva.

          Como me he dejado muchas y buenas películas en el tintero, de todas las que pasaron ante mis asombrados ojos durante mi infancia y primeros años mozos, dedicaré otro post a seguir divagando sobre cine, sin referirme ya a ninguna sala en concreto. El tema lo merece.

Cartel 55-Days-Peking

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