RECORDANDO ANTIGUAS PELÍCULAS Y SALAS DE CINE – I

proyector de cine

          En mi memoria siempre ha permanecido el recuerdo de ciertas películas íntimamente ligado con el de las salas en las que las vi por primera vez, allá por los ya lejanos años mi infancia y primera adolescencia. Soy de los que creen que el cine, el séptimo arte, tiene una gran carga de magia, por su capacidad para trasladarte a otras realidades y permitirte experimentar vivencias de todo tipo y apasionantes aventuras. Como ya he escrito en otra ocasión, en este mismo blog, el cine es una ventana maravillosa por la que escapas, al menos momentáneamente, de ti mismo y de tu entorno más inmediato. Se me ocurre que, quizás debido a estas razones, he podido retener el recuerdo indeleble de una serie de películas junto con el de la propia sala de proyección en que las disfruté. Por acotar un poco el relato, me ceñiré básicamente a la década que va desde finales de los años 50 hasta finales de los 60, cuando dejaba ya atrás la niñez. Y para quien lea este blog por vez primera, le aclararé que todo transcurrió en la ciudad de Madrid.

          Muy cerca de mi primera casa, en la calle Lope de Rueda, había varios cines que, o bien han desaparecido del todo, o bien han sufrido una profunda transformación, como ha sido el caso del Teatro-cine Alcalá, situado en la esquina de las calles Alcalá y Jorge Juan, especializado ahora en espectáculos musicales. Dada su gran proximidad a nuestro domicilio, y también por tratarse en aquella época de una sala de sesión continua (mucho más barata que los locales de estreno), vi en este local infinidad de películas, casi siempre aprovechando las tardes libres de los jueves (libranza escolar que luego se trasladaría a los miércoles). De entre todas ellas, recuerdo especialmente una muy bella y de poético título, “El albergue de la sexta felicidad”, protagonizada por Ingrid Bergman. En ella, la extraordinaria actriz encarna a una misionera británica -un personaje real- que en el periodo de entre-guerras del siglo XX decide viajar sola nada menos que hasta la lejana China, con el fin de dedicarse al cuidado de los demás, y en particular de un nutrido grupo de niños huérfanos. Tras la invasión de Manchuria por parte del ejército imperial japonés, esta valiente mujer se ve directamente involucrada en la tarea titánica de conducir a este grupo a través de las montañas hasta un lugar seguro, a salvo de la guerra. Se trata de una historia muy emotiva, que te deja un buen recuerdo en el corazón.

          Otro cine muy cercano a nuestra casa era el Salamanca, sede ahora de una gran tienda C&A, en la misma esquina de Conde de Peñalver con Hermosilla. Aún me veo a mi mismo, junto a mi tía y mi hermano, haciendo cola para entrar a ver “Moby Dick” (John Huston, 1956), con muchos nervios y una gran expectación por contemplar a la gran ballena blanca de la novela de Herman Melville. De esta película, que figura entre mis predilectas de toda la historia del cine, ya he escrito en otro post de este mismo blog (EL GENUINO SABOR DE LA AVENTURA). A pesar del tiempo transcurrido desde su rodaje, creo que es una versión muy digna de la historia descrita por Melville, y aún hoy se puede ver a plena satisfacción. También en el cine Salamanca pude ver “Rey de reyes”, la primera de las grandes producciones de Samuel Bronston rodadas en España. De este film, una buena muestra del cine religioso, dirigida  por Nicholas Ray, yo destacaría la música inigualable de Miklós Rózsa (que ya había compuesto la también magnífica banda sonora de “Ben Hur”), así como los extraordinarios ojos azules de Jeffrey Hunter, en su papel de Jesús de Nazaret. Fui visitante muy asiduo de este cine y, si la memoria no me falla, años más tarde también vería aquí “El día más largo”, una buena película rodada en blanco y negro  que contaba las vicisitudes del desembarco  aliado en Normandía, el famoso día D. Esta producción se hizo famosa por su conocido tema musical, de aire castrense y fácilmente tarareable.

          Ya que hablamos de cine bélico, no puedo dejar de mencionar otra gran película anterior, “El puente sobre el río Kwai”, dirigida por el gran David Lean y protagonizada por el siempre eficaz Alec Guinness, un joven William Holden y el japonés Sessue Hayakawa, en el papel del férreo y tiránico coronel Saito. Este film también se hizo mundialmente famoso por popularizar otro tema en su banda sonora, la Marcha del Coronel Bogey. Si mal no recuerdo, creo que vi esta película (ya de reestreno) en el cine Narváez, hoy Renoir Retiro, entonces de sesión continua o “de barrio”.

          Otra sala muy frecuentada por nosotros en el mismo barrio era el Benlliure (esquina de Alcalá con Fernán González), que ha conseguido permanecer abierta hasta hace pocos años, pero que al final se ha visto condenada al cierre, como tantas otras. Este cine siempre lo recordaré asociado con la película “Barrabás”, protagonizada por un excepcional Anthony Quinn, así como por Vittorio Gassman, Silvana Mangano y Jack Palance, éste último metido en la piel de un famoso y despiadado gladiador profesional. Al igual que otras grandes producciones de la época, contaba con una buena banda sonora, especialmente adaptada al trasfondo religioso del film. Muy destacable la secuencia del anfiteatro romano, en la que asistimos a un desigual combate entre Quinn, a pie y muy básicamente armado, y Palance, que guía un carro de combate tirado por dos caballos. Mi gusto por el “cine de romanos” o género peplum viene de antiguo, y curiosamente la casualidad quiso que en esta misma sala Benlliure, muchos años después, disfrutase de dos modernos y buenos exponentes de este tipo de cine: “Gladiator” (2000) y “Troya” (2004). Al finalizar el pase de esta última película, que vi en compañía de mis hijos, me sentí emocionado y prorrumpí en aplausos, que otros espectadores siguieron. Muy poco tiempo después, tristemente, el Benlliure cerraría sus puertas.

          Refiriéndome ya a otras zonas de Madrid, tengo que nombrar en primer lugar una sala de estreno muy emblemática, el cine Albéniz, muy próximo a la Puerta del Sol. Este local fue sin duda muy especial para mí, puesto que fue el primero de la capital en estar adaptado al sistema de proyección Cinerama, de 3 cámaras simultáneas. Las primeras producciones rodadas con esta tecnología eran de carácter documental, y estaban encaminadas fundamentalmente a mostrar al público las excelencias del sistema, en especial la espectacularidad de las imágenes, gracias a la pantalla curva y al gran ángulo de visión. Pero luego vendrían las películas con argumento, como “La conquista del Oeste”, “El maravilloso mundo de los hermanos Grimm” y “La última aventura del General Custer”. De la primera de ellas, que me marcó en buena medida y que volvería a ver muchas veces, ya he escrito en mi post ELOGIO DEL WESTERN (24.04.11). Posteriormente, una vez abandonado el sistema Cinerama, en el Albéniz se siguieron proyectando films en formato convencional. Sin que pueda asegurarlo al cien por cien, creo que vi aquí también “2001: una Odisea en el Espacio”, de Stanley Kubrick. Debo confesar que en aquel momento no entendí casi nada de esta aclamadísima obra de ciencia ficción, aunque diré en mi favor que yo aún era muy crío.

          En aquel entonces, la Gran Vía era la avenida más glamurosa de Madrid, con su inequívoco aire neoyorquino de los años treinta, y estaba salpicada de un buen número de salas cinematográficas de estreno: Palacio de la Prensa, Palacio de la Música, Imperial, Avenida, Rialto, Capitol, Lope de Vega, Rex, Coliseum,… También frecuenté estos cines, en los que pude ver películas de la categoría de “Los Diez Mandamientos”, “El Cid”, “La caída del Imperio Romano”, “Mary Poppins” (un delicioso musical del que me sigue gustando prácticamente todo), “El planeta de los simios”, “El jovencito Frankestein”, “El violinista en el tejado” y “Tiburón”, entre las más destacadas que recuerde, si bien no podría asociar casi ninguna de ellas a una u otra sala en concreto. Creo poder relacionar “Ben Hur”, impresionante producción donde las haya, con el desaparecido cine Benavente, en la Plaza Vázquez de Mella, aunque no podría asegurarlo. En el Imperial vi “El Valle de los Reyes”, una historia de aventuras y egiptología protagonizada por Robert Taylor y Eleanor Parker, y “El quinteto de la muerte”, una simpática película inglesa de ladrones de bancos en cuyo reparto figuraban nada menos que Alec Guinness y Peter Sellers. Siempre recordaré a éste último en la genial “Teléfono rojo: volamos hacia Moscú” (Stanley Kubrick, 1964), dando vida nada menos que a tres personajes, entre ellos el del gesticulante Dr. Strangelove. Inolvidable Peter Sellers.

ToBeContinued

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