EL GENUINO SABOR DE LA AVENTURA – DESCRIPCIÓN DE UNA DE LAS ESCENAS INICIALES DE “MOBY DICK”, DE JOHN HUSTON (1956)

MobyDick - Ismael y Queequeg antes de enrolarse

 

          Siempre me he sentido muy atraído por la película Moby Dick dirigida por John Huston, una producción de 1956 y protagonizada por Gregory Peck, Richard Basehart y Leo Genn. Considero que es una buena versión de la magistral novela del mismo nombre escrita por Herman Melville, aunque es bien sabido que resulta muy difícil condensar una obra literaria densa y extensa en una película de algo menos de dos horas de duración, como es este caso. De cualquier modo, el trabajo de Huston se me antoja bastante satisfactorio y, lo que me parece muy importante, anima a acercarse a la novela original. No pretendo realizar aquí una crítica más o menos amplia de la película, que es un clásico del séptimo arte, sino que deseo centrarme en la descripción de una escena que para mí resulta sumamente hermosa. Comienza más o menos en el minuto 22 y dura unos 6 minutos. Se centra en la partida del Pequod, el barco ballenero gobernado por el capitán Ahab, justo antes de lanzarse a la mar océana en su épica y demencial aventura.

          Estamos en el puerto pesquero de Nantucket, Nueva Inglaterra, en un frío día invernal, a mediados del siglo XIX. Hay mucha actividad en el muelle, donde se encuentra atracado el Pequod. Se cargan numerosas mercancías a bordo, bajo la atenta mirada de los capitanes Peleg y Bildad, copropietarios y armadores del buque: repuestos de todo tipo, cera, alimentos, agua potable, incluso animales de granja vivos, todo destinado a una larga navegación que puede prolongarse hasta tres años. La tripulación va subiendo poco a poco a cubierta, mientras una mujer, al pie mismo de la escalerilla, les ofrece biblias para sus oraciones y momentos de tribulación. En aquella época, las gentes del lugar (cuáqueros en su mayoría) tenían un sentimiento religioso muy arraigado, probablemente acrecentado por el temor que inspiraba el inmenso mar y la propia actividad pesquera y ballenera de sus hombres, que obligaba a faenar en inferioridad de condiciones frente a todos los peligros imaginables del océano.

          El protagonista de la historia -y quien comienza a narrarla-, Ismael, se dirige por los muelles próximos hacia el velero. Le acompaña su nuevo amigo, el gigantesco Quiqueg, un “salvaje” de la Polinesia, hijo del reyezuelo de una de sus innumerables islas, y convertido en certero arponero de la nueva tripulación en la que ambos se han enrolado. De pronto, desde detrás de unas cajas que hay allí estibadas, les sale al encuentro un tipo flaco y desarrapado, que les interroga sobre el barco en el que pretenden hacerse a la mar. Al saber que van a embarcarse en el Pequod, les hace una severa advertencia sobre su capitán, el enigmático y misterioso Ahab (que aún no ha aparecido en escena), y los motivos ocultos que le guían. Como Ismael y Quiqueg no hacen caso y se muestran despreciativos para con el hombrecillo, éste eleva el tono de su discurso y pronuncia una terrible profecía acerca del trágico destino que les aguarda a todos … menos a uno. Tras quedarse pensativo durante unos instantes, Ismael se gira y vuelve a encaminarse junto a su compañero hacia el buque.

          Prosiguen los preparativos para la partida del ballenero, y se oyen órdenes en cubierta. Sobre el muelle, frente al barco, se congrega un pequeña multitud de mujeres y algunos niños, para despedir a los hombres que están a punto de marchar a mares lejanos y llenos de Dios sabe cuántos peligros. Entre las mujeres, las hay de todas las edades y condiciones: ancianas, madres, esposas, viudas. En el rostro de todas ellas se refleja una honda preocupación y un punto de resignación. Sus tristes miradas acaparan varias veces la atención de la cámara. Se ve al primer oficial, segundo de a bordo, el señor Starbuck (Leo Genn), supervisar las tareas de la tripulación; en un momento dado, vuelve sus ojos hacia su familia, mujer e hijos, asomados en la azotea de su casa, que le saludan con los brazos. Starbuck les corresponde discretamente.

MobyDick - mujeres y niños mirando

          El viejo capitán Bildad, en pie sobre cubierta junto a su socio Peleg, ambos armadores del buque, no cesa de  dirigir consejos a todos los miembros de la tripulación, recordándoles que no desperdicien nada y que cuiden bien de todo lo que hay en el barco. Curiosamente, también les hace advertencias sobre los rezos que han de practicar y sobre la necesidad de honrar al Señor en domingo, para a continuación volver a insistir sobre cuánto ha subido en el último año el precio de un buen tablón de madera de fresno o el kilo de manteca. Al final, su colega el capitán Peleg, más realista y resolutivo, le dice que ya está bien de tanta cháchara y le anima a descender de una vez al muelle. Los dos capitanes constituyen una pareja muy singular, con su aire puritano, su oscura y larga indumentaria, abotonados de arriba abajo, y tocados ambos con sus características chisteras bajas de ala ancha.

          Los oficiales segundo y tercero, Stubb y Flask, empiezan a gritar órdenes para iniciar las maniobras de desatraque y los marineros se aprestan a cumplirlas con premura. Un grupo numeroso trepa por las escalas de cuerda de los tres mástiles para encaramarse a las vergas y comenzar a soltar el trapo. Otros se dedican a soltar amarras y halar maromas para empezar a mover la embarcación y dirigirla hacia la bocana del puerto. Para infundirse fuerzas y marcar el ritmo de su tarea, entonan una vieja y monótona canción marinera. El grumete baila y toca la pandereta, mientras la nave se separa lentamente del muelle. Hay un bellísimo primer plano de la proa y su mascarón deslizándose frente el fondo estático de las casas próximas al puerto.

MobyDick - mascarón de proa del Pequod

          El viento del norte infla pronto las velas conforme el Pequod rebasa la bocana del pequeño puerto. Los marineros que aún están encaramados a los palos dicen adiós con la mano a la reducida multitud congregada en el muelle. Starbuck, el primer oficial, que ha vigilado atentamente todas las maniobras del buque y su tripulación, vuelve por última vez su mirada a la línea de casas, en una de las cuales aún permanece su familia. Sus ojos reflejan nostalgia, tristeza por la separación de sus seres queridos y, probablemente, una preocupación indefinida ante los desconocidos peligros que les aguardan a todos. Aún no es consciente de la profunda y trágica demencia que alberga en su interior la mente de su capitán, Ahab, y tampoco puede prever su futuro enfrentamiento con él, en un desesperado intento de contraponer su sensatez a la locura. Pero, de algún modo, parece intuir dificultades y graves peligros en esta singladura que ahora da comienzo.

MobyDick - última mirada de Starbuck al puerto

           En el plano final de la escena, podemos ver al Pequod ya en lontananza, dejando atrás la bahía de Nantucket. Suena a lo lejos el grito de su timonel: “¡Hasta la vueltaaaa…!“. El ballenero sólo tiene frente a sí el imponente y vasto océano, la aventura … y su destino.

          He pretendido reflejar en estas líneas, como mejor he sabido, toda la belleza, la innegable poesía y los diversos sentimientos que surgen y se entrecruzan en esta hermosa escena. Los viajes y la aventura poseen un fuerte atractivo, y el momento de la partida es quizás el más emocionante.

          Este es mi modesto homenaje a una gran película y a quienes la hicieron posible.

MobyDick - el Pequod se aleja de tierra

 

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3 responses to this post.

  1. Posted by Pedro Ignacio Riarán Frías on 27 julio, 2015 at 7:40

    Excelente comentario sobre una obra muy denostada, pero que a mi me parece excelente en algunos momentos y como bien dices tú, es muy difícil condensar una obra larga en menos de dos horas. Lo que sí consigue Huston es imprimir una honestidad fuera de lugar en todo el filme. Un reparto equilibrado y una aparición sobresaliente como la de Orson Welles elevan el tono del filme. La fotografía de Cardiff adquiere una importancia fuera de lugar con sus colores contrastados y la dirección de un especialista en adaptar obras iimportantes, sabe lo que tiene que contar con magistral pulso. Gracias Fernando por regalarnos tu prosa y recordarnos ésta obra. Un saludo.

    Responder

    • Muchas gracias, Pedro, por tu grato comentario. Siempre es un placer intercambiar contigo opiniones sobre cine clásico, del que demuestras ser un gran conocedor. En estos tiempos de ahora, en los que predomina lo chabacano, la ordinariez y el mal gusto, a menudo resulta necesario volver nuestra mirada a las grandes obras del pasado, a su belleza, y a los valores que se reflejan en ellas. Un saludo para ti también y feliz verano.

      Responder

      • Posted by Pedro Ignacio Riaran Frias on 10 agosto, 2015 at 7:57

        Ya puedes ver que es a ‘vuela pluma’. Es una obra gozosa de ver y muy complicada de adaptar y como bien dices, hoy abunda otro tipo de cine más sincopado y aparatoso donde siempre puede haber alguna obra grata y diferente que mira de reojo al cine más clásico, pero que es casi imposible de ‘imitar’. Un saludo también para ti y que pases un buen verano. Cuando desees nos tomamos un caña. Abrazos Fernando

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