ANTE EL 25 DE MAYO: MIS RAZONES PARA IR A VOTAR (I)

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          De acuerdo con algunos pronósticos y encuestas recientes, al menos en España se prevé un alto grado de abstención en la próxima cita electoral del 25 de mayo, mediante la cual se pretende renovar la cámara legislativa de Estrasburgo de la que, a su vez, saldrá el futuro gobierno de la Unión Europea, la llamada Comisión, que como sabemos hasta ahora estaba presidida por el portugués José Manuel Durão Barroso.

          PERSPECTIVA EUROPEA

          La prolongada y profunda crisis económica y laboral que padecemos, desde aquel nefasto bienio de 2007/08, ha hecho mella en nuestros ánimos, sin duda alguna. Y es que no solamente padecemos las propias consecuencias de la crisis y de la política neoliberal que se aplica, sí o sí, en Europa, sino que parece haberse instalado en nuestro pensamiento la idea de que no existe otra salida o tratamiento posible para superar la crisis que la austeridad, el rigor presupuestario y el objetivo inapelable de reducir el déficit público de los distintos Estados. De tal manera, el malestar y el pesimismo van en este caso de la mano, ya que, por lo visto, no hay otro remedio que aguantarse y sufrir un año tras otro, sin que se vislumbre en el horizonte ninguna perspectiva halagüeña para la inmensa mayoría de los ciudadanos. Se nos dice una y otra vez, machaconamente, que ésta es la única vía a seguir. Y lo malo es que casi nos tienen convencidos.

          Pues bien, la primera reflexión que deberíamos hacernos es que, por descontado, sí es posible otra política económica. No podemos resignarnos a que la mayor parte de la sociedad, aquella que vive -o intenta vivir- de sus salarios o pensiones, tenga que pagar los platos rotos de una crisis financiera global (unida en el caso español a un derrumbe del sector inmobiliario, que se vino abajo tras más de una década de crecimiento especulativo e incontrolado), generada por las malas prácticas, el exceso de codicia y la escasa regulación de la banca privada mundial. Aceptar esto es aceptar una gran injusticia, en la que participan hoy por hoy la mayoría de los gobiernos e instituciones de esta Europa del euro, dirigida con mano férrea desde Berlín, Frankfurt y Bruselas, si bien esta última actúa en un plano inferior con respecto a las otras dos; podríamos decir metafóricamente que es algo así como el capataz o negrero que ejecuta las órdenes recibidas de las otras plazas.

          Incluso desde el punto de vista de la ortodoxia económica, no es adecuado ni aceptable exigir rigor presupuestario y una severa reducción del déficit público a países, como España, afectados ya por una importante recesión económica. Lo que se consigue como resultado  es ahondar en los problemas sociales y dificultar las posibilidades de susbsistencia de amplias capas de población, incluidos la gran mayoría de pequeños y medianos empresarios, que ven cómo la demanda interna de sus productos y servicios es cada vez más débil. Y este hecho es fácilmente comprobable. Paradójicamente, la gran banca, origen de la crisis y responsable de la situación, se ha ido de rositas, valga la expresión, y además se ha beneficiado de cuantiosas y generosas ayudas por parte de los Gobiernos -con el dinero público, de todos- y del BCE. Si nos ceñimos a la realidad española, podemos observar que las grandes empresas y corporaciones contribuyen mínimamente al esfuerzo fiscal, pagando unos tipos ridículos del Impuesto de Sociedades, en comparación con los tipos realmente aplicados al IRPF de nuestros salarios. Por último, no nos olvidemos de las grandes fortunas, que suelen eludir casi siempre la fiscalidad que les debería corresponder.

          Como decía, otro enfoque es posible, y son muchos los caminos y alternativas que se pueden y deben afrontar. Veamos tan sólo varios ejemplos:

 * Una política monetaria expansiva, como le piden a gritos al BCE los economistas más prestigiosos de todo el mundo.

* Creación de bancos o entidades públicas de crédito, que compitan con las privadas en el mismo terreno de juego (¿por qué no?), y estén sujetas al mismo control por parte del Banco Central, como no podía ser de otra manera.

* Emisiones únicas de eurobonos para captar recursos financieros al mismo precio para todos los Estados miembros.

* Impulsar una política de recuperación de procesos industriales deslocalizados (llevados a terceros países, principalmente asiáticos), lo que ha destruído incontables puestos de trabajo en todo el continente.

* Obligar a una utilización creciente de fuentes de energía limpias y renovables, para reducir significativamente nuestra dependencia energética. El caso español es, en este sentido, como para echarse a llorar, con nuestro singular y oligopolístico mercado de la energía.

Sé perfectamente que Alemania, como estarán pensando muchos lectores, se opone a estas alternativas, en especial a las de carácter financiero. Pero, ¿tiene sentido un club de naciones teóricamente soberanas, en el que una de ellas impone a rajatabla sus particulares puntos de vista, sin ceder jamás? Mi sincera y humilde opinión es que tal asociación de países no es equilibrada ni, por tanto, viable.

          PERSPECTIVA ESPAÑOLA

          En estos últimos dos años y medio, el Gobierno “popular” (quien me conozca, ya sabrá lo que pienso de este calificativo tan inapropiado) de Mariano Rajoy ha llevado a cabo, y esto es indiscutible, los mayores recortes económicos de la democracia. Ha infligido un daño muy serio a la sanidad y a la educación públicas de este país, arrebatándolas cuantiosos recursos y dificultando al extremo que ambos sistemas, pilares del estado español del bienestar, puedan seguir prestando un servicio de calidad a la ciudadanía. Lo mismo se puede afirmar de los servicios de atención social y del sistema de prestaciones públicas, ya sean pensiones de jubilación, prestaciones por desempleo, ayudas a la dependencia, becas y ayudas de estudios, etc. Hipócritamente, ahora se oyen voces en el PP acusando (¡otra vez!) al anterior ejecutivo de Rodríguez Zapatero de haber impuesto en su momento recortes “severos y sin precedentes” a la sociedad española, sin aceptar la evidencia de que aquellas medidas podrían considerarse muy light en comparación con las que ha ido aplicando con extrema dureza el Gobierno de Rajoy desde el mismo comienzo de su mandato, en enero de 2011.

(Continuará)

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