LA INFRAVALORACIÓN DEL TRABAJO, SIGNO DE NUESTRO TIEMPO

Imagen

          En el terreno de lo laboral, sin lugar a dudas estamos viviendo unos tiempos canallescos. No sabría decir si esto es así en todo el mundo, aunque me temo que, por causa de la globalización, la respuesta sea afirmativa. Pero por lo que se refiere a España, lo puedo asegurar con toda certeza. La falta dramática de trabajo y el crecimiento desmesurado del desempleo han venido de la mano de otros fenómenos igualmente indeseables: las rebajas en los sueldos y la pérdida del poder adquisitivo, los salarios-basura que ahora se ofrecen a los jóvenes, la inestabilidad e inseguridad en el empleo, la precariedad, el miedo en definitiva. Las consecuencias económicas de todo ello son más que evidentes: los hábitos de consumo e inversión de los españoles han acusado fielmente todos estos fenómenos, y no es necesario insistir ahora sobre ello. Pero lo peor de este proceso es que, al no preverse ninguna salida razonable a la profunda crisis actual (por más cantos de sirena y brindis al sol que recibamos del Gobierno y otras instituciones afines), se ha instalado un desánimo profundo entre la gente que trabaja y la que aspira a trabajar. Estamos comprobando que la presente crisis, lejos de constituir un fenómeno pasajero o coyuntural, ha llegado para permanecer, al menos durante un largo período de tiempo (ya llevamos 6 años).

          En este artículo no pretendo desarrollar en modo alguno un análisis riguroso y exhaustivo de la crisis económica, de sus causas y de sus posibles soluciones, cuestiones sobre las que se han vertido ya ríos de tinta. Lo que me gustaría subrayar es uno de esos fenómenos perversos a los que antes aludía y que acompañan a esta larga etapa de recesión económica y fuerte caída del nivel de empleo. Me refiero concretamente a la tremenda desvalorización que está sufriendo el trabajo humano (y no sólo en la medida de contraprestación económica que recibe a cambio). En efecto, el trabajo que desempeña un empleado , sea del tipo que sea y se desarrolle en un sector determinado u otro cualquiera, ha perdido casi todo su valor, en el sentido de mínimo o nulo reconocimiento por parte del empresario o empleador. El trabajador no se siente ya sólo un número, sino además un número que no vale nada, ya que sabe que puede ser eliminado o sustituido por cualquier otro y en cualquier momento. Este hecho es tremendamente desmoralizador para el individuo, y resulta también sumamente dañino para la vertebración y la cohesión de la sociedad en su conjunto.

          Descendamos a lo concreto. ¿Qué es lo que percibe un trabajador, hombre o mujer, joven o maduro, cualificado o sin cualificar, en estos últimos años? Empezaron con congelarle el sueldo. Luego se lo comenzaron a rebajar. Comprobó con temor y angustia que iban despidiendo a gente de su alrededor. Al mismo tiempo, la carga de trabajo se incrementaba, al disminuir el número de empleados. Le exigían más dedicación y productividad, empezar a trabajar los festivos, doblar turnos, hacer horas extras sin cobrar. En cuanto a libranzas obligadas y vacaciones, se las recortan, modifican o anuncian cuando menos te lo esperas, a lo mejor la misma tarde anterior, según las conveniencias del jefe de turno. Los derechos laborales empiezan a sonar como algo del pasado. Y, al final, si llega la Parca del tan temido y fatídico despido, ni siquiera se toman la molestia de comunicárselo oficialmente, sino que el desafortunado trabajador se entera por una llamada telefónica en fin de semana, un triste e-mail o incluso un simple SMS. Esto, que era inconcebible hace tan sólo 10 o 15 años, se ha convertido en una práctica habitual.

          En resumen, el trabajo, esa actividad humana tan vital y fundamental tanto para el funcionamiento de la economía como para el propio desarrollo y realización de la persona, se ha degradado hasta lo indecible. La dignidad del trabajo y de los trabajadores, algo que está reconocido en la Constitución y en el ordenamiento jurídico, está ahora por los suelos. Esto es una consecuencia directísima de la mentalidad actual de los empresarios, empleadores y directivos en general. Como el trabajo ofrecido es muy escaso, y por el contrario hay siempre un enorme número de demandantes, el empresario se permite el lujo de rebajar las remuneraciones a cifras ridículas y, al mismo tiempo, exigir todo cuanto se le ocurra al trabajador, al que mueve, maneja, quita, pone y cambia sin la menor consideración. Lo más triste del caso es que todo este fenómeno tan perverso sucede con perfecto conocimiento del Ministerio de Empleo y del Gobierno entero, a cuyos representantes se les llena la boca prometiendo empleo estable y de calidad. Pero lo cierto es que el trabajo precario está ganando terreno a pasos agigantados. Lo único que les preocupa realmente a nuestras autoridades laborales es la cifra total del paro; si ésta disminuye aunque sea en pequeña proporción (como nos dicen las estadísticas del INEM en estos últimos meses), se apresuran a cantar victoria y a alabar las “excelencias” de su funesta reforma laboral.

          Nunca podemos olvidar que, detrás de un empleado, hay un ser humano, con sus anhelos, aspiraciones, necesidades, ilusiones, cargas familiares, etc. Un trabajador no es un objeto ni un esclavo, y está suficientemente demostrado que, en un entorno favorable y con la adecuada motivación, su rendimiento, entrega y dedicación pueden dar muchísimo de sí. Naturalmente, todos sabemos que hay vagos, pasotas y malos trabajadores (¿cuándo no los ha habido?), pero es muy fácil distinguir a éstos de los demás en la actividad diaria, y no es de justicia dispensar a todos el mismo maltrato, como norma general y ampliamente aceptada hoy día.

          Se dice que vamos caminando a paso firme hacia los modelos de relaciones laborales vigentes en países como China u otras naciones del sur y sudeste asiáticos. Si esto es cierto, habremos dinamitado casi 150 años de lucha sindical, conquistas sociales y mejoras continuadas en las condiciones de trabajo en el mundo occidental. Y esto, que se resume en una frase o en un par de líneas, tiene consecuencias sumamente graves. Para decirlo de forma simplificada -y ya termino mi reflexión-, creo que sólo caben dos alternativas:

  1. Aguardar pacientemente a que los trabajadores chinos y asiáticos en general empiecen a reconocer sus derechos y a exigir unas sustanciales mejoras salariales y de salud laboral (alternativa que no parece muy realista o, por lo menos, cercana en el tiempo).
  2. Exigir de nuestros gobiernos (español y europeo), como ciudadanos y trabajadores de sociedades democráticas y avanzadas, que se dé un cambio de rumbo y se comiencen a dar pasos significativos y precisos para revertir este proceso de degradación del trabajo. Porque ya hemos comprobado que esta vía sólo nos conduce a un aumento del trabajo precario y mal remunerado, al tiempo que desaparece inexorablemente el empleo estable y los niveles salariales dignos de los que hemos gozado mayoritariamente durante la segunda mitad del siglo XX.
Anuncios

One response to this post.

  1. Mi felicitacion grande artículo. Adios.

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: