ACERCA DEL SOBERANISMO CATALÁN

          Con la multitudinaria celebración de la Diada en las calles de Barcelona, se ha abierto un nuevo frente en la ya de por sí bastante agitada política nacional. Hasta ahora, el independentismo catalán permanecía más o menos latente, ambiguo, semioculto, siendo sólo reivindicado expresamente por partidos “menores”, como ERC. Pero, tras la gigantesca manifestación del martes, el soberanismo ha pasado de golpe a la primera línea de las exigencias políticas por parte de una mayoría muy significativa de los catalanes, encabezados por CiU.

          No sé muy bien si esto era lo que pretendía de verdad Artur Mas, pero me da la impresión de que ha contribuido a abrir una puerta que ya no se va a cerrar y que le va a obligar a dar una serie de pasos hacia adelante muy difíciles y peligrosos, cuyas consecuencias nadie está en condiciones de medir con precisión. El asunto se le puede ir de las manos con gran facilidad. Mi interpretación es que el President se ha precipitado a utilizar la reivindicación soberanista para ocultar un fracaso más que evidente de su política económica y desviar así la fuerte contestación o rechazo social que sus durísimas medidas de austeridad han surgido entre los propios ciudadanos catalanes. Ese descontento se une a la indignación que también está provocando entre TODOS los ciudadanos españoles la política del gobierno de Mariano Rajoy, con sus continuos y duros ajustes y su desvergonzado giro hacia una derechización que creíamos ya superada, con lo que la combinación es muy explosiva y peligrosa. Está suficientemente demostrado que, en fases de gran descontento social, las posturas radicales y extremas proliferan como setas y, que me perdonen muchos catalanes y vascos por expresar mi libre opinión, considero que el independentismo nacionalista es una postura extrema que no está de acuerdo con los tiempos que corren, porque me parece un movimiento regresivo.

          No cabe duda de que nos hallamos ante una cuestión muy sensible y que provoca reacciones radicalmente enfrentadas. Tenemos la obligación todos (ciudadanos y políticos) de realizar un gran esfuerzo por abordar este problema con sosiego y cabeza, sin dejarnos llevar por sentimientos viscerales que chocan frontalmente entre sí e imposibilitan el diálogo. Abrir ahora la caja de los truenos, reivindicando la independencia como único camino posible, no es una actitud responsable, viene en un momento pésimo y puede desencadenar unas tensiones muy peligrosas para nuestra convivencia. Frente a los que defienden esta salida (la independencia) como la única viable y aseguran que no pasaría nada, porque sería un proceso pacífico y “natural”, opino que nadie está en condiciones de prever en su justa dimensión todas las consecuencias.

          Dicho esto, quisiera expresar también mi convencimiento de que los nacionalismos catalán y vasco no se han tratado bien en toda esta ya larga etapa de la España democrática. La solución de las CC.AA., de “café para todos”, no ha sido la adecuada. Admito unas características especiales tanto en Cataluña como en Euskadi, de carácter cultural, lingüístico, económico y de sentimiento identitario nacional, que hubieran requerido desde el primer momento un tratamiento específico, el cual hubiese cumplido satisfactoriamente sus aspiraciones de autogobierno, dentro del Estado español. Comprendo que muchos catalanes y vascos se sientan incómodos dependiendo del gobierno de Madrid en las actuales condiciones, puesto que no se les ha dado un trato “diferencial” al que se consideran acreedores. Las críticas, descalificaciones e incluso insultos que han ido recibiendo por parte de ciudadanos del resto de la península, por el hecho de defender sus reivindicaciones, no han hecho más que alimentar y radicalizar su hostilidad y su postura nacionalista, dentro de un proceso perverso de antipatía mutua que no ha hecho más que acentuarse con el tiempo. En particular, el Partido Popular ha mantenido siempre una posición despectiva y distante con respecto a las sensibilidades catalana y vasca, y desde luego el gobierno actual de Mariano Rajoy está en las antípodas para lograr un entendimiento razonable y satisfactorio con los nacionalistas.

          En definitiva, estamos ante un puzzle muy intricado y difícil de resolver, pero que precisamente por eso requiere grandes dosis de tranquilidad y mente fría. La reivindicación soberanista viene, sin duda, en el peor de los momentos.

P.D.: Recomiendo la lectura de mi segundo comentario al presente post, publicado el 25.09.12. Me parece una adecuada ampliación a lo que pienso sobre este asunto tan sensible.

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3 responses to this post.

  1. Yo creo que todo lo contrario.Es la unidad de España que es en esencia la plasmación ideologica del nacionalismo español la que es regresiva y va contra los valores del presente en las sociedades europeas.En otros casos,un pueblo,una nación mas o menos unida a otros pueblos bajos las fronteras de un estado si que puede llegar a ser reaccionario en su camino independentista.Como la Liga Norte por ejemplo en Italia.En el caso de España no,porque en frente esta el nacionalismo español que tiene los origenes y las raices impositoras y autoritarias que tiene.Y eso no va a cambiar ni siquiera desde posturas conciliadoras y paternalistas de otras zonas de España.Porque no hay esa base social en España que entienda a las naciones sin estado.No la hay en el PP y no la hay tampoco en el PSOE aunque en menor medida, cuya base social en muchas zonas del estado,especialmente en el centro y el sur es similar en estos temas al PP.Es imposible.Se ha intentado de todo desde el federalismo de aquella primera republica en 1873 y se ha demostrado que no se puede.Es imposible.Las parejas civilizadas cuando no se llevan bien se divorcian de manera lo más amistosa posible y algunas veces las relaciones mejoran y surgen amistades inesperadas.

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    • Tengo muy claro que se trata de una cuestión muy opinable y sobre la que se puede discutir hasta la saciedad. De cualquier modo, no comparto para nada su reflexión. En el caso catalán, a mi entender no hay raíces históricas suficientes para apoyar la idea de que hayan gozado de estado propio. El antiguo condado medieval de Barcelona, que tuvo su origen en la Marca Hispánica del rey franco Carlomagno, durante su lucha contra el invasor musulmán, tenía más carácter de señorío feudal que de estado, al menos en el sentido moderno del término. No creo que un payés, un alfarero o un panadero de la Cataluña del siglo X tuviesen conciencia nacional ni que se considerasen especialmente afortunados por pertenecer a un territorio gobernado por “uno de los suyos”, llamárase Borrell o Ramón Berenguer. Por otra parte, quisiera manifestarle que la plena soberanía o independencia a la que ustedes aspiran no es en absoluto un “bálsamo de Fierabrás” que vaya a curar todos sus males y que les asegure la felicidad. Tras un hipotético proceso de independencia, seguirían ustedes sufriendo más o menos los mismos problemas que ahora: crisis económica, desempleo, corrupción, bolsa de pobreza, inmigración, abusos por parte de la banca, ajustes y recortes, etc. Puedo comprender que les excite mucho la idea de gobernarse plenamente a sí mismos y perdernos de vista al resto de los españoles, con los que no se identifican, pero me parece que esa idea actúa como un espejismo para muchos de ustedes. Saludos y mis respetos.

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  2. Ayer lunes, día 24.09.12, dejé el siguiente comentario en el video-blog del periodista Iñaki Gabilondo, que podría considerarse una ampliación a lo ya manifestado en mi post.
    Tal como están las cosas, y habida cuenta de que han transcurrido ya 34 años desde la aprobación de nuestra actual Constitución, no me parece disparatado pensar en una modificación o readaptación de la misma. Como ya he expresado en este y otros foros, la solución que se dio en su momento al problema de los nacionalismos, que coloquialmente se podría resumir como “café para todos”, no ha sido la ideal. Particularmente, Cataluña y el País Vasco (o al menos una parte importante de sus respectivas sociedades) no se sienten cómodos con su status dentro del actual Estado de las autonomías. No les doy ni les quito la razón, pero es un hecho constatable y que no se puede soslayar. Ignoro sinceramente si la solución más adecuada sería un modelo federal o un modelo más centralizado, pero con unos estatutos especiales y específicos para ambos territorios, que satisficiesen sus exigencias de autogobierno y reconocimiento a su singularidad. Posiblemente, la negativa constitucional que se dio durante el gobierno de Zapatero al proyecto de nuevo estatuto para Cataluña hirió innecesariamente las justas aspiraciones y sensibilidades de muchos catalanes, lo que no ha hecho sino exacerbar muchos ánimos independentistas.
    En mi opinión, el Gobierno y los demás partidos de la oposición no deberían ignorar el grave problema que se plantea con los nacionalismos. Lo sensato sería constituir una comisión de expertos provenientes de todas las fuerzas políticas, que estudiaran y diseñaran una modificación rigurosa y suficientemente profunda de nuestra Carta Magna, con realismo, calma, sosiego y altura de miras. Además, se podría aprovechar la ocasión para modificar otros aspectos de nuestro ordenamiento constitucional, como la eliminación del Senado, institución cara e inútil, y la cuestión de la sucesión en la Corona, para que pueda llegar a ser Reina en el futuro una mujer.

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