¡NO OLVIDEMOS EL MEDIO AMBIENTE!

          La gran crisis económica en la que estamos inmersos, cuyo final los españoles no acabamos de ver en absoluto, ocupa de tal manera nuestras preocupaciones diarias que nos hace olvidar otros grandes problemas que tenemos planteados, no ya como meros ciudadanos de este país, sino como habitantes de este planeta que constituye nuestro último hogar. Justamente se celebra ahora mismo en Río de Janeiro una cumbre sobre el medio ambiente, muy poco después de la reunión del G-20. En principio, podría parecer que esta Conferencia Río+20 va a quedar eclipsada, como en un segundo plano, tras el encuentro que acaba de tener lugar en Los Cabos (México), que ha puesto todo el foco de interés sobre la economía, los problemas financieros específicos de Europa, y los riesgos de que se pueda sufrir otra recesión global, precisamente a causa de la particular situación que vivimos en la eurozona. Pero la economía, con ser fundamental y situarse en el centro de nuestras actuales preocupaciones, no lo es todo ni mucho menos.

          La Naturaleza y el futuro de nuestra propia existencia sobre el planeta Tierra están en serio peligro. Esto no es nada nuevo. Lo sabemos, y se viene denunciando en numerosos foros internacionales, desde hace varias décadas, muy especialmente desde que se tuvo evidencia científica del fenómeno del cambio climático, en los pasados años ochenta y noventa del siglo XX. Pero lo peor es que, lejos de corregirse, la gravedad y magnitud de los problemas medioambientales siguen creciendo cada año que pasa. Ciertamente, muchísima gente se ha sensibilizado con estas cuestiones, se han producido reacciones positivas y se han adoptado iniciativas importantes, pero todo ello no basta. La inercia impuesta por nuestro desarrollo y forma de vida es demasiado grande, y en general estamos aún muy lejos de invertir las tendencias observadas, en cuanto al proceso de calentamiento global, el impacto negativo de la actividad humana sobre la biodiversidad y el deterioro de la calidad de nuestra atmósfera y de nuestras aguas. El medio ambiente continúa su proceso de degradación, ante el acoso incesante que representa la vida humana, tal y como la tenemos concebida.

          Desgraciadamente, la protección del medio y la preservación de los recursos naturales aún ocupan un lugar secundario en las agendas de gobierno de la inmensa mayoría de las naciones, incluso de aquéllas que podemos considerar más desarrolladas y mejor preparadas para abordar tan serios problemas. Podría hacer un chiste fácil acerca del grado de preocupación medioambiental de nuestro actual gobierno de España, el encabezado por Mariano Rajoy, pero casi prefiero pasarlo por alto; sería una frivolidad innecesaria por mi parte. De todos modos, la magnitud del problema y sus características exigen, por supuesto, grandes y ambiciosos acuerdos internacionales. Las acciones aisladas pueden no tener ningún valor.

          Si algún extraterrestre nos pudiese estudiar desde el espacio exterior, disponiendo de medios adecuados y precisos de observación, nos podría ver como un gigantesco hormiguero de unos  7.000 millones de individuos, enfrascados en una actividad frenética, devorando recursos naturales a un ritmo endiabladamente alto, produciendo sin cesar millones y millones de productos de todas clases, generando cantidades ingentes de residuos, moviendo personas y mercancías intensísimamente entre todos los puntos imaginables del planeta, y dejando inservibles (contaminados) la atmósfera que respiramos, el agua que bebemos y grandes áreas del espacio físico que habitamos.

          La llamada economía capitalista o de libre mercado está basada en un absurdo: el crecimiento continuo, de los mercados, de las ventas, del consumo y de los beneficios empresariales. Está meridianamente claro que, en un planeta limitado, superpoblado y sobreexplotado como el nuestro, dicha expansión es literalmente insostenible. No es necesario recordar que el espacio físico está rígidamente limitado, los recursos naturales son escasos, y la naturaleza requiere un ritmo determinado para renovarse y regenerarse convenientemente (como es el caso del agua que utilizamos para beber y limpiarnos, o de los bancos de peces que habitan los mares y que necesitamos para alimentarnos). El empeño de las grandes empresas y corporaciones por crecer y maximizar sin límite sus beneficios resulta, si se contempla la realidad humana en su conjunto, sencillamente aberrante. Si no se pusiera límite de ningún tipo, la expansión de algunas compañías (las de mayor éxito comercial y financiero) conllevaría la ruina y desaparición de otras, en un proceso perverso y canallesco, alimentado en exclusiva por la codicia humana, que conduciría “in extremis” al dominio absoluto de una de ellas sobre todo el planeta, tal y como hemos visto o leído en las peores pesadillas de las películas y novelas de ciencia-ficción. Al final de ese camino demencial, ¿dónde quedarían las demás compañías -y sus trabajadores- que habrían ido sucumbiendo?, ¿en qué situación quedarían los individuos y su libertad?

          Sin lugar a dudas, el gran reto al que se enfrenta ahora y en el futuro inmediato la ciencia económica es el de su conciliación con la ecología. Ambas ciencias, conjuntamente con muchas otras disciplinas del conocimiento, tendrán forzosamente que aproximarse y buscar soluciones integrales válidas que posibiliten el llamado desarrollo sostenible. Me permito hacer una matización sobre este nombre; el concepto de “desarrollo” tendrá que referirse en exclusiva a su aspecto o dimensión cualitativa. No será posible un desarrollo cuantitativo, por las razones ya vistas poco más arriba: limitación de recursos y de espacio. Y si queremos evitar un gran desastre a nivel global, que cada vez se va aproximando más en el tiempo, tendremos todos que redoblar nuestros esfuerzos en las actividades siguientes:

  • Uso creciente y rápido desarrollo de energías limpias y renovables, poniendo fin cuanto antes a la era de los combustibles fósiles no renovables.
  • Reciclado integral de todo tipo de desechos y residuos, tanto orgánicos como inorgánicos.
  • Maximizar la eficacia -y reducir el consumo energético- de medios de transporte, maquinaria industrial, todo tipo de aparatos electrodomésticos, sistemas de calefacción y elementos de alumbrado.
  • Perfeccionar al máximo todos los sistemas y aparatos de filtración y limpieza de gases y aguas, estableciendo nuevas y exigentes normas de obligado cumplimiento, con imposición de sanciones disuasorias y adecuadas al daño ambiental causado.
  • Alcanzar pactos a nivel mundial para limitar el crecmiento de la población, quizá el punto más difícil de lograr de entre todos los expuestos. La explosión demográfica de muchos países, en especial de los más subdesarrollados, constituye el mayor de los problemas y está en el origen de todos los desequilibrios que observamos en el mundo actual. Es preciso actuar ya y con toda la eficacia, antes de que sea demasiado tarde.

          Está claro que todo ello requiere una sensibilización mucho mayor que la actual por parte de los líderes políticos de todo el mundo, ya que su voluntad es imprescindible para acometer con garantías de éxito la titánica tarea de convertir en un lugar habitable para las futuras generaciones este querido planeta nuestro, “nuestra buena y vieja amiga la Tierra”, usando la misma expresión que empleara el capitán Haddock (el entrañable personaje, compañero de Tintín, creado por el genial Hergé), al término de su aventura en la Luna.

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