Archive for 13 13+01:00 junio 13+01:00 2012

¿POR QUÉ ODIABA TANTO LA DERECHA A ZP?

          Uno de los asuntos que más destacan en la actualidad política española de estas semanas es el caso de Carlos Dívar, presidente del TS y del CGPJ. Casi todos conocen de sobra sus viajes a Marbella (Puerto Banús, para ser exactos) y a otros lugares de nuestra geografía, viajes de fin de semana «al caribeño modo», es decir, de tres o cuatro días de duración, en hoteles de cinco estrellas, con comidas y cenas a todo tren (siempre para dos comensales, él y otra persona, que permanece aún envuelta en el misterio), alquiler de Mercedes 500 de superlujo, motivos de los susodichos viajes sospechosamente poco profesionales……y gastos cargados enteramente a cuenta del erario público. Es bien sabido también que se trata de un hombre de fuertes convicciones religiosas, profundamente devoto y, al parecer, muy vinculado al Opus Dei. Es algo que, lejos de ocultarse, es bien público y notorio.

          Pero no voy a hablar sobre él en este artículo, aunque ciertamente el peculiar y poco honorable comportamiento de este magistrado me ha servido de base para desarrollar el comentario que expongo a continuación. No deja de ser curioso que el hombre que dirigió el gobierno de España durante las dos pasadas legislaturas, Jose Luis Rodríguez Zapatero, fuese objeto de tantas iras, tanta indignación y tantos insultos por parte de sus enemigos políticos: dirigentes, militantes y votantes de base del Partido Popular. Pero lo que más llama la atención es que esa rabia no contenida se manifestara desde el primer momento, desde el mismo instante en que el señor Zapatero ocupó el palacio de la Moncloa, o sea, varios años antes de que se desatara la crisis económica, pinchara nuestra burbuja inmobiliaria y la cifra de paro comenzase a crecer alocadamente. Con ello quiero dejar muy claro que la siempre feroz crítica a su papel de gobernante no tuvo como causa su discutible manejo o gestión de la crisis económica, que se ha llevado casi todo por delante en este país, sino más bien con sus características personales.

          Desde el principio de su mandato,  la actitud dialogante y conciliadora del ahora ex-presidente, sus suaves maneras, sus gestos elegantes, su famoso «talante» en definitiva, empezaron enseguida a ser objeto de mofa, burla y escarnio por parte de sus oponentes políticos, con Rajoy a la cabeza. Los modales educados y correctísimos de Rodríguez Zapatero, reconocidos por cualquier observador medianamente objetivo y neutral, recibían casi siempre por respuesta comentarios despectivos, irónicos, desagradables e incluso claramente agresivos. Esto fue así durante todo el tiempo que duró su mandato. Las causas que podrían ser directamente atribuíbles a su más o menos acertada gestión, a sus logros o fracasos, eran lo de menos. Se convertían en simples excusas para descargar toda la artillería verbal de los populares sobre la persona del entonces presidente.

          Recuerdo una anécdota que tuvo lugar en una fecha más o menos temprana de su primera legislatura. Durante toda una jornada se desarrolló un tenso, largo y agotador debate en el Congreso sobre los sucesos del 11-M, con la asistencia y la participación de Pilar Manjón, como representante de la asociación de víctimas de aquellos terribles atentados. La sesión se prolongó hasta muy tarde, ya de madrugada. El presidente Zapatero, que al día siguiente tenía programado un viaje oficial a Polonia, se sintió indispuesto (enfermo, en una palabra), y se vio obligado a cancelar y posponer dicho viaje. Pues bien, Mariano Rajoy, en una sesión parlamentaria celebrada muy poco después, se lo reprochó  públicamente espetándole con sarcasmo algo así como «usted siga así, haciendo amigos (en el exterior)», empleando un tono y un fondo extremadamente duros y malintencionados. Estoy completamente seguro de que Zapatero nunca le habría atacado con esas mismas armas, de haberse producido la misma situación a la inversa.

          Bueno, pues llegados a este punto, cabría preguntarse por qué la mera presencia del anterior presidente Zapatero provocaba tantos ladridos de indignación entre las filas de sus contrarios. Pues mi conclusión es que, siendo ZP ateo o agnóstico (condición de la que, sin embargo, nunca ha alardeado en absoluto), sus enemigos políticos no le podían perdonar su comportamiento moralmente intachable, sus maneras educadas, discretas y corteses, su máximo respeto hacia todos, su alto nivel ético, que le sitúan en este terreno normalmente muy por encima de todos sus detractores, muchos de los cuales en cambio sí que presumen de su «ejemplar» vida cristiana, de sus creencias religiosas (que toman como firme base de su «moral»), y no ocultan sus simpatías hacia la jerarquía católica de nuestro país, con la que en varias ocasiones se han manifestado en la calle. El discurso educado y respetuoso del anterior presidente sacaba de quicio, sencillamente, a sus oponentes políticos y hacía aflorar  una rabia y una indignación irracionales. Es un fenómeno  indudablemente curioso, que entronca con las raíces más primarias y rudas de nuestra psicología individual y colectiva, y que mantiene un claro paralelismo con ese rechazo que en el colegio o la escuela experimentan  a menudo muchos gamberretes y «perdonavidas»  hacia un compañero más discreto, educado y aplicado de lo normal.

            Quiero dejar bien claro que todo lo aquí dicho se refiere en exclusiva al estilo personal y a las maneras particulares que definen el modo de comportarse de Jose Luis Rodríguez Zapatero. Aquí no he entrado a analizar ni opinar sobre su valía como jefe del gobierno, ni acerca de sus éxitos y fracasos como político. Sobre todo ello ya se han vertido ríos de tinta, y sin duda alguna se continuará hablando y escribiendo durante mucho tiempo.