ALGUNA LUZ EN EL HORIZONTE

Hace pocos días conocíamos las cifras del desempleo en España correspondientes al primer trimestre del año. En total, unos 365.000 parados más en lo que llevamos de 2012, con lo que la cifra global se sitúa ya en unos 5,6 millones de personas sin empleo. Al mismo tiempo, hemos sabido también que el PIB ha vuelto a descender (esta vez alrededor de un 0,4%) por segundo trimestre consecutivo, lo que “oficializa” de alguna manera la situación de recesión de la economía española. Por su parte, la deuda pública de nuestro país volvió a sufrir el ataque de los mercados desde los primeros días de abril, con una prima de riesgo que llegaba otra vez a niveles de serio peligro, en torno a los 430 puntos básicos, con lo que reaparecían las dificultades de financiación en los mercados internacionales. Parece que no han servido de mucho las continuas y duras medidas de austeridad adoptadas por el ejecutivo de Rajoy, al menos en lo que se refiere a los reiterados mensajes de confianza que se han pretendido lanzar a esos mismos mercados.

La situación general de nuestra economía, a juzgar por estos datos y otros muchos, no ha hecho más que empeorar desde que se produjo el cambio en el gobierno de la nación. Algunos argumentarán que es demasiado pronto para exigir resultados a un gobierno que acaba de empezar. Pero es que, en relación con el problema número uno que tenemos en España, que es el brutal nivel de desempleo, el propio gobierno espera que siga creciendo durante este año (hablan de 600.000 parados netos más, y parece que se podrían quedar cortos en su previsión) e incluso ya está reconociendo que apenas se generará empleo nuevo en ¡toda la legislatura! Entonces, ¿dónde quedan sus objetivos y sus promesas de acabar con el paro, promesas sobre las que el Partido Popular montó toda su campaña electoral ante el 20-N? Todo ello ha quedado, sencillamente, en agua de borrajas, y la dura realidad ha tirado por los suelos los continuos brindis al sol que Rajoy y toda su gente proclamaban en relación con el problema del desempleo mientras estaban en la oposición: “lo primero, el empleo”, “nosotros tenemos la solución”, “sabemos lo que hay que hacer”, “daremos confianza”, etc., etc.

Lo que sí ha hecho el Gobierno de Rajoy es practicar, con un entusiasmo digno de mejor causa, una política continuada y agresiva de austeridad fiscal, marcada por unos duros recortes tras otros. La empezaron a llevar a cabo desde el primer momento (subida del IRPF y reducción de presupuestos en I&D y RTVE), continuaron con la reforma laboral (sumamente lesiva para los trabajadores), siguieron con los PGE (los más austeros y regresivos de la democracia) y, de momento, han terminado con la reducción adicional de 10.000 millones de euros más en sanidad y educación (aparte de lo especificado en los propios presupuestos). Pero es que la cosa no termina ahí, ni muchísimo menos. A juzgar por las declaraciones del presidente Rajoy hechas ante sus fieles militantes este fin de semana, en el congreso del PP madrileño, su calendario de “reformas” continuará, viernes tras viernes, durante la legislatura entera. Y pongo aposta las comillas en la palabra “reformas”, porque en realidad no son más que recortes y tijeretazos; no hay nada creativo ni positivo en ellas. Mariano Rajoy, no sé si proponiéndoselo o no, ha conseguido infundirnos auténtico pánico ante su futuro calendario reformista, aparte de un rechazo frontal al carácter de sus medidas. Y además ha logrado que, cada vez más españoles, le cojamos manía a un día tan agradable como siempre ha sido el viernes, preludio del fin de semana; ahora es sinónimo de malas noticias, de pérdida de derechos y de renta disponible para la gran mayoría de los ciudadanos.

Por fortuna, y mientras el presidente Rajoy nos amenaza con más “tazas” de lo mismo, provocando el delirio de sus incondicionales en los actos de partido y el más puro terror entre la gente de la calle, en el horizonte europeo empiezan a detectarse algunas señales esperanzadoras, que pronostican un posible cambio de rumbo en la política económica de la Unión Europea. Parece que, por fin, un nuevo enfoque es posible en el tratamiento de la crisis, que, no lo olvidemos, no afecta sólo a España, sino que con distintos matices implica a todos los miembros de la eurozona, cuyo crecimiento económico es muy débil en su conjunto.

El signo más significativo viene dado por la previsible victoria del socialista François Hollande en las casi inminentes elecciones presidenciales francesas, con lo que se rompería el tándem Sarkozy-Merkel, que ha presidido la política económica europea en estos dos últimos años, prácticamente sin oposición de ningún tipo. Hollande ya ha manifestado claramente su oposición a la austeridad a ultranza que se ha impuesto desde Berlín y París. Últimamente, otras piezas se empiezan a desencajar del actual puzzle europeo, como es el caso de Holanda, hasta ahora fiel seguidora de las doctrinas merkelianas y que ha mostrado sus graves dificultades para cumplir los objetivos de déficit. Instituciones de tanto peso como el FMI y el propio BCE ya se han pronunciado sobre la necesidad de implementar políticas específicas de crecimiento, ante la imposibilidad de que el ajuste fiscal a ultranza baste por sí sólo para superar la crisis actual. En el seno de la Comisión y el Consejo europeos se está discrepando abiertamente de la política impuesta hasta ahora, y se reclaman otras acciones diferentes a la contención del déficit. Y, finalmente, incluso la propia Canciller alemana Angela Merkel está estudiando un amplio plan de desarrollo de la inversión, que estimularía el crecimiento en todos los países miembros, en particular los más castigados por la recesión, como Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia, plan que se llevaría a cabo a través del Banco Europeo de Inversiones. ¿Se acabará imponiendo el sentido común, como reclaman ya muchas voces autorizadas? Ojalá sea así, y pronto.

Tendría gracia que el ascenso de un socialista a la presidencia francesa (junto a otros factores, por supuesto) acabe significando la tabla de salvación para un gobierno de derechas como el nuestro. Paradojas de la vida, y de la economía.

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