UNA BREVE REFLEXION SOBRE EL TEA PARTY

          Una de las ideas centrales del denominado Tea Party, movimiento ultraconservador norteamericano, es su rechazo al Estado, al que vienen a decir, hablando en plata, que no interfiera en sus asuntos y que se meta los impuestos donde le quepan (pido perdón por la grosería, pero creo que he expresado muy gráficamente su línea de pensamiento).

          La verdad es que, hablando un poco más en serio y a la vista de lo publicado en los medios sobre este movimiento de extrema derecha, Sarah Palin (en la foto) y sus seguidores carecen de una ideología con un mínimo de rigor. Ellos reafirman su genuina “americanidad”, como si fueran los únicos y legítimos herederos de la Norteamérica real y profunda. Según parece, se creen de alguna manera amparados por Dios (¡qué miedo me dan los que citan continuamente a Dios y lo acaparan para sí!). Desprecian e ignoran a los demás, incluidos los restantes paises que habitamos este sufrido planeta. Y desautorizan al propio Estado, sobre todo cuando la Casa Blanca está ocupada por un demócrata, que encima es negro. Pese a su vaciedad, su demagogia  y su ausencia de rigor intelectual, el Tea Party se ha hecho un hueco importante en la sociedad norteamericana actual y cuenta con numerosos seguidores. Su última hazaña ha sido la de rebelarse dentro del propio partido republicano, al que por ahora pertenecen, y poner contra las cuerdas a su propio país, al dificultar extraordinariamente un gran acuerdo político entre los dos grandes partidos para solucionar el problema de la colosal deuda externa y evitar la suspensión de pagos.

          Sólo quiero expresar una idea al respecto, y que creo bastante consistente. La voluntad popular, la democracia en definitiva, se ejerce a través de las instituciones del Estado, tanto en USA como en cualquier otro país democrático. Y son las instituciones del Estado las encargadas de velar por el bien común, las que pueden cambiar las cosas a mejor, las que pueden corregir desequilibrios indeseables, las que pueden preservar el patrimonio natural, cultural y artístico de los pueblos, y también las que pueden echar una mano a los más desfavorecidos de la sociedad. Estas son tareas que sólo un Estado democrático puede realizar.

          La deseable iniciativa privada, es decir, las empresas, tienen otra misión, necesaria y positiva, desde luego. Pero éstas siempre van a obedecer a intereses privados, particulares. Intentarán maximizar sus beneficios a corto o a largo plazo, e incluso aspirarán a detentar cuotas de poder, como se ve continuamente en la realidad. Pero no existe una “mano invisible” que corrija desequilibrios y modere la situación, como argumentaban los economistas de la antigua escuela clásica británica.

          Llegados a este punto, quiero afirmar con toda rotundidad que aquellos que desean cuanto menos Estado mejor y que creen ciegamente en el mercado, en realidad NO SON DEMÓCRATAS, no creen en el poder de las urnas ni en la capacidad de los pueblos de gobernarse a sí mismos. Me gustaría que se reflexionase sobre esta idea, simple pero muy clarificadora.

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